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Cultura //// 04.10.2020
Entrevista a Bárbara Blasco, Premio Tusquets de Novela

El premio fue otorgado por su novela Dicen los síntomas que saldrá publicada el próximo 6 de octubre. En diálogo con Sergio Kisielewsky reflexiona sobre la enfermedad, su escritura y poética: “La literatura sólo sirve a los caídos”.

Por Sergio Kisielewsky | ​Fotografía: Tusquets Editores​​​​​​

El 6 de octubre saldrá editada en España y gran parte de América Latina la novela Dicen los síntomas de Bárbara Blasco ganadora del Premio Tusquets. La autora que nació en Valencia, España, en 1972 construyó según el jurado que presidió la escritora Almudena Grandes “una narración mordaz de una mujer soltera y en plena crisis de desencanto, tanto en lo laboral como sentimental, que pese a tenerlo todo en contra, no desfallece en la búsqueda de la felicidad”. En el certamen se presentaron 280 obras y el premio consiste en una estatuilla de bronce diseñada por Joaquín Campos y un anticipo de derechos de autor de 18.000 euros. Bárbara Blasco fue ayudante de mago, bailarina de cabaret, camarera, teloperadora y coordinadora de talleres de narrativa breve. También estudió cine y guión en la Escuela de San Antonio de los Baños en Cuba. Publicó los libros La memoria como alambre y Suerte así como varios títulos en co autoría como Un cuento para cada problema y Mujeres de Premio.

Este es el diálogo que mantuvimos con la autora.

AGENCIA PACO URONDO: ¿Cómo se incluye el tema de la enfermedad en la escritura?

Bárbara Blasco: De forma natural, casi sale solo. La literatura es introspección, mirar hacia dentro, y la enfermedad también. Nos obliga a volcar la atención hacia la oscuridad del cuerpo, hacia sus interioridades.

APU: Usted afirmó que en sus clases de escritura plantea ir del personaje al yo y del yo a la escritura ¿cómo se manifiesta ese abordaje en Dicen los síntomas la novela ganadora del Premio Tusquets?

B.B.: Qué duda cabe que nosotros mismos somos el mejor campo de experimentación de emociones, todo personaje se construye desde el yo, ya sea Humbert Humbert, Mme. Bovary o Gregor Samsa.

El reto es saber entrar y salir, ir del personaje al yo y del yo al personaje sin tropezar en el ego, ni en las esclavitudes de la realidad, ni en la tentación de la escritura como terapia.

De esa manera, la Virginia de Dicen los síntomas tiene mucho de mí, si yo fuera un personaje, claro.

APU: ¿En este caso la literatura trabaja para combatir la enfermedad o para intentar remediarla?

B.B.: La literatura sólo sirve a los caídos, pero les sirve, nos sirve, así que podríamos decir que si no cura, al menos alivia. Me encantó la respuesta que dio Juan José Millás cuando le preguntaron por qué escribía. Por la misma razón por la que leo, respondió, porque no me encuentro bien. Muchos escritores empezaron a leer y a escribir precisamente a partir de una convalecencia. No hay que olvidar que una parte de la enfermedad sucede en la mente, es la conciencia del dolor, y ahí la literatura sí tiene poderes calmantes. Claro que también podría ponerme tremendista y decir que la literatura mitiga la enfermedad de estar vivo.

APU: Las relaciones familiares son un disparador para la trama. ¿Cómo se traduce en una estética, en una manera de mirar el mundo de las letras y la forma de narrar?

BB: He invertido muchísimo tiempo a lo largo de mi vida en pensar en la familia, en tratar de entenderla, que al fin y al cabo, es intentar responder a la escurridiza pregunta de la propia identidad. Yo no sé mucho de historia, ni de física, ni de casi nada pero he reflexionado mucho, muchísimo, seguramente demasiado, sobre las relaciones familiares. La familia es sinónimo del mundo en la niñez, el primer léxico es el familiar, el que conecta la idea y la realidad por primera vez, así que no podemos escapar del todo a ella. Es un cuerpo extraño y a la vez propio, al que nos unen los hilos invisibles de los genes. Por más que tratemos de reconstruirnos al margen, a sus espaldas, lo hacemos a partir de ella.

APU: ¿Es una manera también de reencontrarse o redescubrir a esos seres próximos, de sangre?

B.B.: En la novela las relaciones familiares no son idílicas, no hay un final feliz, al menos familiar, no se sientan a comer perdices y a recordar que, al fin y al cabo, llevamos la misma sangre.

 Sí creo que la literatura es una manera de reencontrarse con la verdad, claro que no siempre es la que a uno le gustaría. La novela no es optimista en cuanto a los lazos de sangre, pero sí en cuanto a los que se eligen.

APU: Me llamó la atención que uno de sus oficios fue el de vendedora de enciclopedias. Es una historia de caminantes... ¿Se incluyó ese mundo en su abordaje literario?

B.B.: Fue un periodo breve, que no sé si dejó mucha huella literaria y si lo hizo, creo que fue más por ser profesión decadente que de caminantes, me encanta lo de caminantes. Luego he seguido insistiendo con oficios sin futuro, he vendido rotrings y paralex, llegué tarde al periodismo, con perdón, cuando la espectacularización lo había tomado y las condiciones laborales se habían despeñado, y últimamente he estado trabajando como bibliotecaria. Por lo visto, me atrae lo decadente, encuentro que tiene cierta belleza.

APU: Lo mismo me sorprendió en el hecho que fue ayudante de un mago, lo imagino desopilante y a la vez nutricio ¿no?

B.B.: Sobre todo nutricio, porque entonces era muy joven y tenía menos sentido del humor. Con 19 años, trabajé unos meses como bailarina de cabaret y ayudante de mago. Salía al escenario con un bikini de pedrería y una boa de plumas a bailar y luego a sujetarle las palomas y las chisteras al mago. Era un ambiente sórdido. Cuando bajábamos del escenario, tomábamos copitas con los clientes. Para convencerme de que aceptara, mis jefes insistieron: no queremos que hagas nada más que tomar copitas. En aquel cabaret, aprendí la primera lección de literatura de mi vida: cuanto más interesantes eran mis historias, más se ralentizaban las manos. Cuanto mejor manejaba los puntos de giro, y más emoción y sorpresa lograba insuflarle al relato, más mantenía a raya esas manos.

APU: Usted trabaja en sus clases con disparadores de la imaginación. A la hora de escribir su obra ¿Es ensayo y error? ¿O corregir mucho? ¿Cómo se encuentra la voz principal y el papel que tienen los personajes secundarios? 

B.B.: Escribir es corregir, reescribir la mayor parte del tiempo, se acaba por no saber ni lo que dices por atender únicamente al cómo suena, a la música.

Siempre sostengo que existen dos escritoras en mí, la que va con el hacha abriendo el hielo y que apenas se deja caer unos ratitos por mi vida, y la que la sigue, arrastrando los pies, quejándose por todo, corrigiendo sin descanso. Esa es con la que convivo.

Lo cierto es que no tengo demasiada imaginación. Siempre se me ocurren escenas más bien realistas, mi fuerte seguramente sea otro, trazar líneas entre los distintos elementos, tejer relaciones entre ellos para profundizar.

Respecto a la voz, es fundamental, es lo que guía la construcción de la historia, y es lo que se colará en la cabeza del lector.

APU: ¿La ironía, la voz sarcástica es una forma de no decirlo todo o que el lector complete el cuadro de situación?

B.B.: La ironía siempre supone una pequeña distancia, una saludable distancia. En este caso la novela está escrita en primera persona. Virginia, la protagonista. trata de interponer cierta distancia con su familia, se siente agredida por ellos, pero también con ella misma, porque de alguna manera es fiel a la idea familiar, aunque la rechace.

Creo que la ironía es un pasito necesario para que lo dramático se vuelva risible.

Y como dices, es una forma de que el lector participe, de que complete él mismo la historia. Los textos se hacen sobre todo de elipsis. No me gustaría vender triturados. Aunque tampoco me va la literatura abstrusa.

APU: Los vínculos que se dan en los hospitales traen aparejados muchas sorpresas entre ellas el amor, nuevos vínculos, ¿cómo lo abordó en el medio de una situación ficcional delicada?

B.B.: Creo que hasta yo misma me sorprendí de lo que sucede entre mis personajes, lo había intuido, pero no pensé que ellos lo llevaran hasta ese límite. Creo que la vida es una cuentista excepcional, siempre encuentra la forma de sorprenderte.

APU: ¿Cómo influyó en usted la cuarentena, fue provechosa para su trabajo de escritura?

B.B.: Bien poco, la verdad. Al principio no escribí nada, luego ya sí, se impuso la disciplina. Creo que cuando la realidad compite tan fuerte con la ficción, cuando la sobrepasa en interés, poco se puede escribir, tal vez crónicas o poesía.

APU: ¿El panorama literario en España sufrió un cambio a partir de la pandemia?

B.B.: Pues no lo sé, no poseo datos. Parece indudable el impacto de la anulación de las ferias y actos culturales. Sé que desgraciadamente han cerrado algunas librerías, pero también sé de editores que han vendido más en cuarentena, de autores que han llegado a la conclusión de que las presentaciones de sus libros no eran determinantes en su venta.

Quiero pensar en positivo: si empezábamos esta entrevista diciendo que la enfermedad impulsa a mirarse hacia dentro, tal vez la pandemia favorezca la lectura.