Bukowski, entre las rosas y la mierda

  • Imagen

Bukowski, entre las rosas y la mierda

19 Agosto 2018

Por Miguel Martinez Naón

 

poco amor

o poca vida

no es tan malo

lo que cuenta

es observar las paredes

 

yo nací para eso

nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.

(Charles Bukowski)

BUKO_3
 

Fue un autor prolífico, escribió más de 50 obras: seis novelas, una decena de libros de cuentos, varios poemarios, ensayos, cartas y guiones para cine y televisión. Dijo alguna vez: “Escribo para sentirme bien”. Se presentaba como un bastardo, y escribía sobre la propia escritura, la poesía, los libros, el vino, la derrota, el hipódromo, los caballos, las mujeres, el amor, la vida, la muerte.

 

Sus cuentos comenzaron a publicarse en la revista Story, editada por Whit Burnett, tenía 24 años, pero en aquel momento se sentía frustrado y abandonó la escritura inmediatamente. Durante unos 10 años vivió sin escribir, o al menos sin publicar nada, años que fueron muy duros, viviendo de tristes empleos temporales en los suburbios de Los Ángeles.

 “Escribía con un estilo muy sencillo y decía todo lo que me venía en gana” todas las noches, haciendo de eso una pelea de peso pesado. Con su Smith Corona, sus botellas y esa música de Mozart en el aire.

Entre seguir trabajando como cartero y volverse loco, o escribir y morirse de hambre optó por lo segundo. De su poesía fueron apareciendo personajes inolvidables: aquella mujer gorda, con su bombacha rota y sucia que llora porque extraña a sus hijos que viven en Atlanta; aquel viejo del Bar Joya´s llamado Fred, que siempre elegía en la fonola el tema “La retirada de Bonaparte” (uno de los mejores poemas que leí en mi vida) o su propio padre, ese viejo monstruoso de grandes orejas que lo golpeaba sin límites y que aparece siempre. Ni hablar de Henry Chinaski, su alter ego, ese tipo tan querible y tierno dentro de ese cuerpo duro e implacable.

También es autor de una prosa donde pone en jaque la condición del escritor, donde nos incita a abandonar todo tipo de comodidad, prejuicios o tontas ilusiones, al advertir que lo único que nos espera si elegimos este camino es un destino de miseria, espanto, mierda, guerra, soledad y podredumbre.

De no ser así, de no terminar aplastados como moscas por estas pesadillas, no valdrá la pena sentarse a escribir, nada resultará demasiado apasionante. Lo que realmente vale es tomar mucha cerveza, coger y agarrar la máquina de escribir:

Agarra una buena máquina de escribir

y dale duro a esa cosa, dale duro.

Haz de eso una pelea de peso pesado.

Haz como el toro en la primera embestida

 

Se ríe de los jóvenes poetas, les toma el pelo. El autor de Música de cañerías envicia, tal como escribe Enrique Symns: “Bukowski te envicia porque las palabras tienen su aliento y puedes sentir la saliva que escupen, y sus historias de bares y pensiones son las mismas que tu vives en los bares y las mismas pensiones. Bukowski escribe para los que habitamos el sótano oscuro de ese edificio abandonado que es este tiempo”.

Envicia, sus cuentos, sus novelas o lo que carajo sea que consigas de él pueden hacerte perder todo tu tiempo, y hasta consiguen mandarte a mudar, mandarte a vivir a la calle, a lugares donde no hay empleos, ni familia, ni sueños, ni carreras, ni ciclos de poesía, ni premios literarios, ni sal para tus heridas, ni mucho menos dinero. Sólo conventillos y estaciones de tren y una botella rota en manos de un tipo que te quiere destripar, que te quiere desangrar; y muchas mujeres rotas que lloran en tu cama.

el mundo es una bolsa de mierda si. No puedo salvarlo

Dueño de ritmos y entonaciones únicas, de un caos que siempre cierra en la carcajada o en la emoción más íntima y noble, la tristeza: "La tristeza es causada por la inteligencia. Cuanto más entiendes ciertas cosas, más desearías no comprenderlas”.

Nació en Andernach, Alemania, un 16 de agosto de 1920. Pocos años después emigró con su familia a los Estados Unidos. Murió en 1994, a los 74 años, dejando en manos de todos nosotros una literatura ávida de ser reescrita en las avenidas de muerte.

BUKO_1
 

 

 

 

La retirada de Bonaparte

 

lo llamaban Fred.

siempre estaba sentado al final de la

barra

cerca de la puerta

y siempre estaba ahí

desde que abrían hasta que

cerraban.

estaba más que

yo,

lo cual es decir

bastante.

 

nunca hablaba con

nadie.

sólo se sentaba y

tomaba sus vasos de

cerveza tirada.

miraba derecho hacia adelante

a través de la barra

pero nunca miraba

a nadie.

 

y había otra cosa.

 

de vez en cuando

se levantaba

iba a la fonola

y siempre ponía

el mismo disco:

"la retirada de Bonaparte".

 

ponía esa canción

todo el día y toda la

noche.

 

era su canción,

está bien.

 

nunca se cansaba

de ella.

 

y cuando su cerveza tirada

le pegaba

se levantaba y ponía

"la retirada de Bonaparte"

6 ó 7 veces

seguidas.

 

nadie sabía quién era él o

cómo zafaba,

sólo que vivía

en el hotel de enfrente

y era el primer borracho

en el bar

cada día

al abrir.

 

yo le protesté a Clyde

el barman:

"escucháme, nos vuelve

locos con esa

cosa.

los otros discos

se cambian

pero

"la retirada de Bonaparte"

queda.

¿Qué quiere decir

éso?".

 

"es su canción",

dijo Clyde.

"¿Vos no tenés una

canción?".

 

bueno, llegué a eso

de la una de la tarde

aquel día

y estaban los de siempre

menos Fred.

 

pedí mi trago,

y dije en voz alta,

"Hey, ¿dónde está

Fred?"

 

"Fred está muerto",

dijo Clyde.

 

miré al final de la

barra.

el sol entraba a través de las

persianas

pero no había nadie

en el último

taburete.

 

"me estás cargando",

dije, "Fred está en cana o

algo así".

 

"Fred no vino esta mañana",

dijo Clyde, "así que

fui hasta el hotel

y ahí estaba

duro

como una caja

de cigarrillos".

 

todo el mundo estaba muy

quieto.

aquellos tipos nunca hablaban

mucho

de todos modos.

 

"bueno", dije, "al menos

no tenemos que escuchar más

"la retirada de Bonaparte".

 

nadie dijo

nada.

 

"¿todavía está ese

disco en la

fonola?", pregunté.

 

"sí", dijo

Clyde.

 

"bueno", dije,

"voy a ponerlo una vez

más".

 

me levanté.

 

"espera",

dijo Clyde.

 

salió de atrás de la barra,

fue hasta la

fonola.

 

tenía una llavecita

en la mano.

puso la llave

en la fonola

y la abrió.

 

metió la mano

y sacó

un disco.

 

entonces agarró el

disco y

lo rompió sobre

su

rodilla.

 

"era su

canción", dijo

Clyde.

 

cerró

la fonola,

se llevó el disco

atrás de la barra

y

lo tiró.

 

el nombre del

bar

era

"Joya's".

estaba en

Crenshaw y

Adams,

un día lo cerraron

y no lo volvieron a abrir

más.