Bronce y genocidio: historias de un monumento en disputa

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Bronce y genocidio: historias de un monumento en disputa

06 Septiembre 2020

Esta nota contiene lenguaje inclusivo por decisión de la autora.

El monumento a J.A. Roca es reflejo del tiempo que sucedió desde el Wingka Malon (Campaña al desierto) hasta nuestros días. Las intervenciones artísticas y callejeras en la plaza, descompletan un debate que se suponía eterno como el bronce. El monumento hoy, habla otras lenguas

La plaza es de roca

En el año 1940, el político e intelectual José Manuel Estrada, designa como “Expedicionarios al Desierto” la plaza y los edificios cívicos del entonces pueblito de Bariloche. Su único monumento es un homenaje al general Roca, realizado por Emilio Sarguinet, y fue emplazado allí un año después.

Así es como queda fundada la postal de un pueblo destinado desde sus comienzos al turismo. Son también fundantes las palabras que el Dr. Exequiel Bustillo, presidente de la novísima Dirección de  Parques Nacionales pronunciara a propósito de la inauguración del Centro Cívico de la ciudad: “…con cuánto respeto y con qué profunda admiración se evoca siempre a la noble figura del general Roca. (…) Todo este pueblo de Bariloche es dueño ya de una clara conciencia histórica como para cuidar este monumento con respetuoso cariño y recibirlo hoy con honda y patriótica emoción”.

Muy ilustrativa será también, la carta que poco tiempo antes escribiera al vicepresidente Dr. Julio A. Roca (hijo): “…aspiro a que sea un santuario a la memoria de su ilustre padre…”.

En lo sucesivo, durante mucho tiempo se realizarán allí los actos oficiales y los homenajes, entre otros, al general Julio Argentino Roca. Se verán militares desfilando, actos escolares y representantes del Estado,  rindiendo culto al héroe admirado de esta gesta patriótica de exterminio.

Vale la pena pensar en las ausencias, en los silenciosos muertos que “todo el pueblo de Bariloche” elige olvidar.

Así, materia y significante, la roca, expone la dureza con la que el Estado incipiente de los años 1870, con Avellaneda en la presidencia, quiso para estas tierras extensas y ventosas del sur.

La plaza es del pueblo

Popularmente conocida como “La plaza de los pañuelos”, a partir de una práctica que se realiza  todos los 24 de marzo, desde el año 2000 hasta hoy; conforma una parte indisociable de los actos por el día de la Memoria.

Todos los 24, cientos de personas, organizaciones, agrupaciones,  familias, se reúnen a pintar los pañuelos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo sobre las lajas de la plaza y sobre el monumento.

Siempre hay, por supuesto, un lugar para el desaparecido barilochense Juan Marcos Herman.

También empieza a tener cada vez más presencia la pintada de un gran kultrun mapuche. Allí la memoria puja por encontrar su lugar en la historia, recordándonos la pregunta que David Viñas se hiciera: “...quizá, los indios, ¿fueron los desaparecidos de 1879?”

Espacio en disputa

Como se ve, la plaza, el Centro Cívico, o el “Cívico” como se dice en jerga de marcha, es el espacio de las disputas sociales, como lo es su estatua principal, ubicada en el centro de ese desierto de piedras y expresión de los poderes instituidos

La plaza es ella misma objeto de esa disputa y ágora de las demandas instituyentes.

Esta plaza, nació como parte de la postal barilochense, nació blanca y hegemónica: “Sobre el alma del Tehuelche, puso el sello el español”, decía la estrofa censurada del himno de la región. Quisieron sellar así, bronce y piedra, algo que para ellos era un problema resuelto: los pueblos originarios.

La historiadora Pilar Pérez, documenta la masacre. Relata cómo los ejércitos comandados por Roca desplazaron de sus tierras a los pueblos originarios, llevándolos a campos de concentración, cómo se apropiaron de niñas y niños cambiando sus nombres, torturando, humillando a los sobrevivientes y exponiendo sus cuerpos vivos y muertos en museos. Generando así lo que hoy se lee como el primer genocidio de estas tierras, anterior al de los 30.000.

No se trata sólo de viejas historias justificadas en nombre de la creación de un Estado que se encontraba en conformación, como pretendieron los generales y una oligarquía porteña representada, entre otros, por la Sociedad Rural.  No se trata sólo de que traicionaran pactos y acuerdos con los pueblos originarios. Se trata también de un gran negocio en el que élites pusieron dinero para el exterminio a cambio de la apropiación de las tierras que se transformarían en latifundios.

Y también se trata de las versiones de la historia. El indio vago o el indio chileno conformarán un sentido común que, como nos recuerda Adrián Moyano, periodista investigador, se asemeja al “algo habrán hecho” de la última dictadura y así se justificaría la masacre en nombre de la defensa de la  gloriosa nación.

Sin embargo, hace algunas décadas se escuchan ya las voces cada vez más fuertes de quienes sobrevivieron. Nietas y nietos, bisnietos de aquellos que los poderes no pudieron desaparecer. No hay crimen perfecto.

Zugun, la voz de los pueblos

Vanesa Gallardo Llancaqueo, descendiente de aquellos perseguidos, nos pregunta con claridad y dolor qué sentiríamos si hubiera hoy monumentos a un asesino como Videla en nuestras plazas…

La indignación golpea. Vanesa se indigna por el esfuerzo que ponen en borrar las intervenciones de la estatua. Limpiar, lavar la imagen para que siga brillando el discurso genocida. Pero, ¿se puede borrar la sangre?

Las comunidades piden una reparación, piden justicia, piden el reconocimiento del genocidio por parte del Estado, dice Vanesa con su voz suave, reflexiva: “el Nunca Más del juicio a las Juntas tiene frágil sostén porque hay un genocidio anterior que no ha sido juzgado ni reconocido”.  

La voz, el zugun mapuche, grita, denuncia que hay un crimen de lesa humanidad que está sucediendo en tanto ha quedado impune. La voz es en gerundio: “seguimos siendo discriminados, sometidos y víctimas de violencias, desalojos o persecuciones.”

 (¡Cómo contradecirla si en estos mismos días vemos el llamado de un grupo de gente a armarse contra una comunidad en la Lof Winkulmapu en Mascardi!)

Pengelün, lo que se da a ver. Un monumento intervenido

Fundador del grupo Kultrunazo, Hugo Hernández nos cuenta: “Es costumbre en nuestras comunidades, que se conmemore el 11 de octubre como el último día de libertad”. Desde 1992, en el aniversario de la conquista de América, los nietos y bisnietos de los desterrados comenzaron a luchar por recuperar un espacio simbólico y material en estos territorios de la desmemoria y el silencio. Comenzaron escraches y pintadas al monumento.

Así se iniciaban, entre otras muchas acciones, las intervenciones en una estatua que parecía sólo pronunciar la historia para la que el monumento había sido creado. Así, el héroe de indiscutida nobleza de la Campaña al Desierto empezó a resquebrajarse.  

La discusión, comenzó a darse en una sociedad conservadora, la del pueblito “alpino”, que en nombre de un patrimonio histórico intocable pretendió el monumento eterno, como su bronce mismo. Sus lajas debían estar limpias de pañuelos blancos y kultrunes mapuche, para el buen disfrute de turistas (blancos y adinerados preferentemente).

El “Kultrunazo” fue en 2008 -relata Hugo- un trabajo colectivo que quiso transmitir los valores de la cultura Mapuche. Y no faltaron quienes con violencia intentaron romper la instalación al grito de “ahí tienen indios de mierda”. Esa madrugada del 12 de octubre “las 4x4 llenaban la plaza. Esa vuelta nos encontramos con los que nunca dan la cara defendiendo a Roca”, explica.

Indudablemente, no se trataba de un problema tan sólo simbólico, sino que la intervención artística visibilizaba lo que aún persiste: “Cuando hicimos el kultrunazo, la policía se acercaba para ver si habíamos desaparecido a Roca”, ríe Hugo.

Foto:Alejandra Bartoliche

En 2012, un grupo intentó derribar la estatua. Cuentan las crónicas de aquél día que “el intento por tirar la estatua del genocida Roca fracasó debido a la intervención policial que, en gran número, evitó que los manifestantes comenzaran a tirar de los cables de acero que ataron al cuello del militar y las patas del caballo. De hecho, las extremidades inferiores de la estatua del animal, fueron serruchadas.”

Ese mismo año se instaló sobre el monumento, un puente según cuentan las crónicas.

Foto: Chino Leiva

Foto: Hernán Pirato Mazza

Foto: Chino Leiva

A fines de 2015, la estatua tomó el rostro del gobierno que vendría a perseguir como política explícita a los pueblos originarios, tratándolos de terroristas y salvaguardando el territorio para los Benetton y los Lewis.

Más tarde sería punto de encuentro para repudiar las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel o las muertes en mano de la policía.

Foto: Natalia Buch

Foto: Chino Leiva

Foto: Natalia Buch

Fue bastidor de pañuelos blancos. Fue luchas por Memoria, Verdad y Justicia. En esas ocasiones, algunxs vecinxs juntaron firmas para tratar de impedir que se mancillara la imagen limpia de la ciudad.

Foto: Natalia Buch

Fue sangre derramada.

Foto: Chino Leiva

Fue pantalla de proyección.

Foto:Alejandra Bartoliche

Fue Verde. 

Foto: Eugenia Neme

Intervenciones: un habla irrefrenable

Intervenir es, en su definición técnica, la acción de completar una obra o modificarla.

Y bien, Roca ecuestre se erigió contando la historia de los vencedores y hoy, otras voces buscan las maneras de inscribir sus propias historias modificando el símbolo que en todos los casos es símbolo de un poder represivo. Hoy se cuestiona el modelo de Estado blanco y libre de indios, conservador, racista y autoritario: ¿Qué duda cabe que la barbarie resultó ser la de aquellos que pretendieron ser responsables del orden y del progreso?

En este caso, la obra con sus intervenciones y nuevas marcas descompleta más bien una historia oficial que se pretendió única y acabada.

El monumento hoy habla otras lenguas e invita a la discusión. Las intervenciones resignifican la historia y abren un debate que se suponía sellado.

El debate incluye la pregunta de si hay que retirar o no el monumento, en tanto allí erigido, genera irritación y discusión. Las intervenciones son las lenguas del debate histórico.

A la vez, una de las luchas, en el marco de la búsqueda reparatoria de Memoria, Verdad y Justicia, -valga la consigna-, es que la estatua, como planteó Osvaldo Bayer muchas veces, que ese artefacto que perpetúa los valores de aquella conquista, sea retirado del centro indiscutido de la ciudad.

 

Agradecemos los testimonios y comentarios de Vanesa Gallardo Llancaqueo , Hugo Hernández, Pilar Pérez, Adrián Moyano, Esteban Buch, Liliana Lolich, Leonor González, Roxana Ferreyra y el aporte de archivo fotográfico de Alejandre Bartoliche, Hernán Pirato Mazza, Luciana Lagorio, Chino Leiva, Eugenia Neme y Verónica Moyano.

Bibliografía recomendada

Pilar Pérez, “Archivos del silencio”, Editorial Prometeo http://prometeoeditorial.com/libro/903/Archivos-del-silencio

Adrián Moyano, publicaciones en el diario digital “En estos días” https://www.enestosdias.com.ar/informeEspecial/4-cronicas-mapuches-memorias-de-la-tierra

https://editorial.unrn.edu.ar/index.php/catalogo/346/view/61/aperturas/61/en-el-pais-de-nomeacuerdo

Adriana Robles, “Centro Cívico de Bariloche, eterna postal”