El Papa ante los desafíos de la Inteligencia Artificial
El licenciado en Sociología, becario de CONICET y doctorando en Cs. Sociales (FaHCE-Univ. de La Plata) Jonathan Prueger analizó en diálogo con APU PODCAST la última encíclica de la Iglesia Católica que reflexiona sobre los desafíos de la inteligencia artificial a la humanidad.
APU: El disparador de esta entrevista fue un artículo que publicaste recientemente sobre la encíclica de León XIV. Pero antes de entrar en ese tema, quería preguntarte por tu participación en el Foro del Pensamiento Nacional Latinoamericano.
JP: Soy parte del Foro del Pensamiento Nacional Latinoamericano. El año pasado organizamos el congreso en la ciudad de La Plata, junto con la Universidad Tecnológica Nacional y la Universidad Nacional de La Plata. Salió muy bien. Es un foro que nuclea distintos entramados colectivos, organizativos y comunitarios a nivel nacional, y que se ha dado la tarea de generar instancias para problematizar la cuestión del proyecto nacional latinoamericano y crear espacios donde podamos destrabar algunos de los dilemas de nuestro tiempo.
APU: Una de las cuestiones que ha trabajado el Foro, tanto en el primer congreso como en el segundo, es otorgarle la relevancia necesaria al factor religioso. En su momento fue la figura de Francisco y ahora vemos que su sucesor parece continuar esa línea. El motivo de esta charla tiene que ver con el artículo que publicaste a propósito de la encíclica difundida el 25 de mayo, titulado La encíclica de León XIV y las ciencias sociales: crisis civilizatoria y tuétano ontológico-político. ¿Qué fue lo que te motivó a escribir este trabajo?
JP: Para responder esa pregunta me gustaría retroceder un paso. Cuando me enteré de que quien iba a asumir el papado era alguien vinculado a la tradición agustiniana, la primera intuición que tuve fue que posiblemente este Papa represente una fase superior del proceso iniciado por Francisco.
Me pareció alentador que un pontificado franciscano diera lugar a uno agustiniano. Hay varias razones para pensar eso, aunque no voy a desarrollarlas ahora. Lo cierto es que todos estábamos a la expectativa. Francisco tuvo un liderazgo profundamente carismático y muy amplificador. Podría decirse que dejó la vara muy alta. Sin embargo, todos los liderazgos son distintos.
La impronta de León parecía orientarse hacia una perspectiva más cercana a San Agustín y estábamos atentos a ver qué sucedía. Cuando finalmente aparece la encíclica, el 25 de mayo, la leo desde mi campo de investigación.
Soy licenciado en Sociología y actualmente realizo un doctorado en Ciencias Sociales. Mi trabajo se centra en la intersección entre ser humano, tecnología y poder. En ese marco, la inteligencia artificial ocupa un lugar fundamental. Por eso analicé la encíclica a partir de la complejización de las dinámicas contemporáneas del poder, especialmente en relación con la gubernamentalidad algorítmica y el despliegue de las tecnologías digitales.
Lo que me llamó la atención es que el documento tiene la capacidad de identificar uno de los problemas centrales de nuestro tiempo, una cuestión que interpela directamente a las ciencias sociales: ¿qué distingue al ser humano de la máquina?
APU: Es interesante lo que planteás porque vivimos en una época donde pareciera que las miradas teleológicas han perdido fuerza. Durante buena parte de la historia existieron proyectos de futuro relativamente claros. En cambio, hoy pareciera que estamos atrapados en una especie de presente permanente. El futuro suele aparecer representado a través de imágenes distópicas, bastante oscuras.
JP: Totalmente. Hoy están muy de moda los fatalismos y las perspectivas distópicas. Y, en cierto sentido, también funcionan como un modo de condicionamiento, porque proyectan la idea de que no existe una salida posible.
Justamente por eso creo que la encíclica de León XIV aparece en un momento muy particular para las ciencias sociales. Coincide con lo que muchos llaman el giro afectivo de las ciencias sociales. Frente al avance de la técnica y la creciente sofisticación de las formas de poder, que penetran cada vez más profundamente en la interioridad humana, surge la necesidad de revisar cómo pensamos esa interioridad.
Las ciencias sociales empiezan a preguntarse si la están reduciendo a una concepción meramente exterior, o incluso a una comprensión excesivamente tecnicista. Vuelve entonces una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente aquello que las tecnologías del poder logran capturar de nuestras interioridades?
Y no planteo esto en términos metafísicos, sino como una cuestión epistemológica.
En ese sentido, creo que la encíclica se aproxima a las ciencias sociales y, al mismo tiempo, las interpela en el momento preciso en que se encuentran. León XIV formula preguntas muy sencillas pero profundamente importantes. Por ejemplo, plantea que el ser humano no puede reducirse a encadenamientos lógicos de la cognición. Una experiencia interior de transformación, de crecimiento, de atravesar la vida, no es reducible a una secuencia algorítmica.
La capacidad creativa tampoco es reproducible por la máquina. Puede ser simulada, pero no reproducida. Y justamente en aquello que no es equiparable entre el ser humano y la máquina encontramos un punto de apoyo para pensar otro horizonte histórico.
Se trata de reconocer aquello que, en el ser humano, no puede reducirse a lo maquínico.
APU: A propósito de esta encíclica, me hizo acordar a un libro que me impactó mucho, La Reforma involuntaria, de Brad Gregory. Allí analiza cómo, a partir de la Reforma protestante, la teología deja de formar parte del mundo científico y pasa a ubicarse en la esfera privada. Según Gregory, antes de la Reforma existía una articulación mucho más estrecha entre ética, teología y conocimiento científico. Con el tiempo, eso se fue perdiendo y cada científico terminó construyendo sus propios criterios para decidir qué hacer con los avances de la ciencia. Me parece que la inteligencia artificial vuelve a colocar sobre la mesa algunos de esos dilemas. Y resulta interesante que la Iglesia diga que este no es un asunto exclusivamente técnico, sino un tema que involucra a toda la humanidad.
JP: Creo que tanto Francisco como León XIV vienen trabajando precisamente sobre ese punto. Lo que buscan no es separar la fe de la búsqueda de la verdad. Y eso es algo muy interesante. Hay materiales vinculados al pensamiento de Francisco que expresan muy bien esta idea de superar falsas antinomias y buscar puntos de encuentro entre aquello que suele presentarse como opuesto.
La cuestión pasa por encontrar correspondencias entre ciencia y espiritualidad, entre tradición e innovación, entre desarrollo y cuidado ecosistémico, entre igualdad y libertad.
Si lo conectamos con la Reforma protestante, vemos que aquella experiencia histórica produjo una síntesis cultural e ideológica que permitió la continuidad de la modernidad. Integró determinadas formas de religiosidad con el desarrollo económico, la productividad y el individualismo.
En cierto sentido, las nuevas derechas contemporáneas pueden pensarse como una segunda Reforma protestante. Vuelven a integrar determinadas concepciones religiosas con formas extremas de individualismo y con determinadas expresiones del capitalismo contemporáneo.
Lo vemos, por ejemplo, en ciertas teologías de la dominación que hoy tienen una presencia creciente.
APU: Es interesante porque durante mucho tiempo pareciera que la Iglesia perdió protagonismo mientras la política se sacralizaba a través de los Estados nacionales. Pero a medida que los Estados fueron perdiendo capacidad de intervención, aparecieron nuevos actores —oligopolios, corporaciones transnacionales, gigantes tecnológicos— que parecen ocupar ese lugar simbólico. Y allí aparece también una exaltación del individuo, de la técnica y de ciertas perspectivas transhumanistas.
JP: Exactamente. Y lo llamativo es que hoy sea justamente una institución como el Vaticano la que exprese una posición particularmente equilibrada frente a estos fenómenos.
Sé que para algunas personas esto puede sonar paradójico. Pero creo que hoy la Iglesia parte de una comprensión muy concreta de la realidad. Coloca en el centro la relación y el devenir. Por eso en el artículo hablo del “tuétano ontológico-político”.
En el centro está la relación. Y eso coincide con muchos desarrollos contemporáneos de la física y de otras disciplinas científicas. Cuando observamos la realidad en profundidad, encontramos relaciones en movimiento, no entidades aisladas.
Sin embargo, seguimos pensando muchas veces desde supuestos heredados de una tradición excesivamente individualista. Y eso nos lleva a callejones sin salida.
Por eso reaparece la pregunta acerca de aquello que también se manifiesta empíricamente en la experiencia humana: la condición relacional que nos constituye. Una condición que no es solamente biológica. También es espiritual, afectiva, psíquica y material.
Cuando uno lee la encíclica encuentra una postura profundamente equilibrada, que nos recuerda algo fundamental: seguimos siendo seres humanos.
Y precisamente allí, en aquello que nos constituye como humanos, encontramos la posibilidad de enfrentar una modernidad occidental que atraviesa una crisis profunda.
"La encíclica vuelve entonces una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente aquello que las tecnologías del poder logran capturar de nuestras interioridades?"