Discapacidad: sentidos, definiciones y atravesamientos políticos de una noción en disputa
* Artículo publicado en la revista El Cisne en marzo de 2026
Pensar la discapacidad es ingresar a un campo en disputa, donde se entrecruzan discursos médicos, jurídicos, sociales, políticos y subjetivos. No se trata simplemente de describir una condición corporal o funcional, sino de interrogar cómo ciertas vidas son nombradas, clasificadas y tratadas bajo determinadas lógicas de poder. Definir la discapacidad es ya un acto político, pues conlleva decisiones sobre lo que se considera normal, válido, productivo y visible.
A lo largo de la historia, el concepto ha oscilado entre el estigma, la caridad, la exclusión, el encierro y, más recientemente, el reclamo por derechos y reconocimiento. Hoy, en un mundo marcado por el neoliberalismo, el rendimiento y la estetización del cuerpo, la discapacidad se vuelve un lugar privilegiado desde donde pensar la alteridad, la fragilidad humana y las formas de resistencia frente al mandato de lo homogéneo.
Pienso la discapacidad como una construcción social que debe ser leída desde múltiples saberes, con una apuesta clara: desarmar las matrices de exclusión que sostienen el capacitismo y habilitar nuevas formas de reconocimiento y justicia.
Pensar la discapacidad es ingresar a un campo denso de sentidos, donde se entrelazan discursos médicos, jurídicos, sociales, políticos y subjetivos. No es simplemente una categoría clínica ni un diagnóstico funcional, sino una construcción social históricamente situada que refleja jerarquías, relaciones de poder y estructuras simbólicas que determinan qué cuerpos y modos de vida son considerados legítimos. En otras palabras, definir la discapacidad no es una cuestión neutra, sino profundamente política.
En el devenir histórico, la discapacidad ha sido leída desde diversas matrices: como castigo divino, como desvío biológico, como objeto de caridad o como amenaza social. Más recientemente, se ha convertido en un terreno de lucha por derechos, reconocimiento y autonomía, a partir de los aportes del modelo social de la discapacidad y los movimientos de personas con discapacidad que interpelan el capacitismo dominante.
Lejos de reducirla a una condición individual, buscamos comprenderla como una construcción social que opera en el cruce entre lo biológico, lo simbólico y lo político, y que exige ser pensada desde una ética del reconocimiento, la justicia y la diferencia.
La discapacidad, tal como la entendemos hoy, no ha sido una categoría fija ni universal a lo largo del tiempo. Por el contrario, es el resultado de procesos históricos, culturales, científicos y políticos que han modelado las formas en que las sociedades definen la diferencia corporal, funcional o cognitiva. En este sentido, el origen de la noción de discapacidad no puede desligarse de la forma en que las culturas han gestionado la otredad corporal, ni de las matrices de normalización que emergen con la modernidad.
La antigüedad y la relación con lo sagrado y lo monstruoso
En las civilizaciones antiguas, la diferencia corporal era comprendida desde una perspectiva espiritual o cosmológica. En algunas culturas, las personas con malformaciones o diferencias físicas eran consideradas portadoras de una marca divina, ya sea como castigo o como don. En otras, eran asociadas con lo monstruoso, lo demoníaco o lo profético. La diferencia era significativa, pero no siempre implicaba exclusión sistemática, sino formas particulares de inscripción simbólica.
En la Antigua Grecia, por ejemplo, si bien existía una fuerte idealización del cuerpo simétrico, fuerte y armonioso (como se evidencia en el arte y la filosofía clásica), también coexistían prácticas eugenésicas, como el abandono de niños con malformaciones en Esparta. Estas acciones anticipan el surgimiento de una lógica de selección basada en la utilidad del cuerpo para la polis.
La Edad Media: pecado, caridad y encierro
Durante la Edad Media, el cristianismo resignificó la diferencia corporal bajo el prisma de la teología. La discapacidad era interpretada como castigo divino, prueba de fe o señal de pecado original. A su vez, el cuerpo “fallido” se transformó en objeto de caridad y misericordia, reforzando una figura pasiva y dependiente del sujeto discapacitado. Esta etapa dio lugar a las primeras formas institucionales de confinamiento, como hospicios y asilos, donde los “incapacitados” eran agrupados con otros considerados “improductivos”, como pobres, locos y huérfanos.
Modernidad, medicina y el nacimiento de la normalidad
Es con la modernidad y el surgimiento de la medicina como saber hegemónico que la noción de discapacidad comienza a cristalizarse como una categoría técnica y científica. A partir del siglo XVIII, con el desarrollo de la biopolítica (Foucault, 1976), el cuerpo se convierte en objeto de intervención, clasificación y corrección. La medicina construye un ideal de cuerpo sano, funcional y productivo, contra el cual se define lo patológico, lo anómalo y lo disfuncional.
Surgen entonces los primeros dispositivos institucionales modernos: hospitales especializados, escuelas diferenciales, manuales diagnósticos y prácticas de rehabilitación. La discapacidad se concibe como un desvío del estándar, un “déficit” que debe ser corregido, o al menos contenido. Este paradigma inaugura lo que se conoce como el modelo médico de la discapacidad, que reduce el problema a una falla individual, ignorando las barreras sociales y simbólicas que la agravan.
Higienismo, eugenesia y exclusión social
A fines del siglo XIX y principios del XX, el pensamiento positivista, el darwinismo social y las políticas higienistas refuerzan una mirada profundamente excluyente hacia la diferencia corporal. La discapacidad se asocia con la degeneración de la raza, la amenaza al orden social y el peligro biológico. Se legitiman así prácticas eugenésicas —como la esterilización forzada, el internamiento y, más adelante, en el nazismo, el exterminio— que buscan purificar el cuerpo social.
Este período refuerza la idea de que ciertos cuerpos no merecen habitar el espacio público ni participar de la ciudadanía. La discapacidad no solo es medicalizada, sino también criminalizada y deshumanizada.
La emergencia del sujeto político discapacitado
No es hasta mediados del siglo XX que comienza a emerger una nueva subjetividad: la del sujeto con discapacidad como actor político, con voz y agencia. Las guerras mundiales, que dejaron miles de veteranos heridos y amputados, visibilizaron la necesidad de repensar las políticas públicas de inclusión. Más tarde, en las décadas de 1960 y 1970, con la expansión de los movimientos por los derechos civiles, comienzan a consolidarse movimientos de personas con discapacidad que rechazan el modelo médico y exigen un enfoque basado en derechos, accesibilidad y justicia social.
Esta evolución histórica muestra que la discapacidad no puede entenderse como una realidad natural, sino como una construcción social e histórica que ha sido utilizada para marcar, excluir y controlar a determinados cuerpos. Como sostienen autores como Lennard Davis (2013), el concepto de “normalidad” es relativamente reciente y funciona como un instrumento político para sostener estructuras de poder.
Definir la discapacidad no es una tarea meramente técnica, sino una operación cargada de sentido ideológico. Las definiciones que las sociedades adoptan impactan directamente en las políticas públicas, las prácticas institucionales, las subjetividades que se habilitan o anulan, y las formas de ciudadanía posibles. A lo largo del tiempo, distintas corrientes han disputado el significado de esta categoría, revelando que la discapacidad no es un hecho en sí mismo, sino una construcción relacional.
Modelo médico: la discapacidad como déficit individual
El modelo médico o rehabilitador ha sido históricamente dominante. Define la discapacidad como un problema individual causado por una deficiencia física, sensorial, intelectual o mental. El foco está puesto en la patología, el diagnóstico, el tratamiento y la rehabilitación. El sujeto aparece como portador de una “falla” o “anormalidad” que debe ser corregida, compensada o contenida.
Este enfoque, si bien permitió avances en atención médica, ha sido criticado por reforzar una imagen pasiva y dependiente de las personas con discapacidad, centrada en la “cura” y no en la participación. La discapacidad se convierte así en una marca de exclusión, muchas veces utilizada para justificar la segregación educativa, laboral o institucional.
Modelo social: el entorno como generador de discapacidad
Frente a esta mirada individualizante, el modelo social de la discapacidad, gestado en las décadas de 1970 y 1980 por activistas y académicos del Reino Unido (como Mike Oliver y Vic Finkelstein), propone una ruptura epistemológica. Sostiene que las personas no son discapacitadas por sus cuerpos, sino por las barreras físicas, sociales, culturales y actitudinales del entorno.
Este modelo desplaza el problema del individuo al sistema social. Por ejemplo, no es una persona en silla de ruedas la que “tiene” un problema, sino una sociedad que construye escaleras en vez de rampas. La solución, entonces, no es la rehabilitación del sujeto, sino la transformación de las condiciones estructurales que impiden su participación.
Este modelo fue clave en el diseño de legislaciones antidiscriminatorias y convenciones internacionales como la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (ONU, 2006), que consagra la discapacidad como una cuestión de derechos humanos y no solo de salud.
Modelo biopsicosocial: intento de síntesis
En un intento de integrar ambos enfoques, la Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), promovida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2001, propuso un modelo biopsicosocial. Este reconoce que la discapacidad es producto de la interacción entre condiciones de salud (enfermedades, lesiones, alteraciones) y factores contextuales (sociales, ambientales, personales).
Si bien este modelo ha sido valorado por su enfoque más integral, ha recibido críticas por mantener una ambigüedad conceptual que puede, en la práctica, seguir reproduciendo lógicas biomédicas cuando no se problematizan las estructuras sociales de exclusión.
Enfoque de diversidad funcional: crítica al capacitismo
Desde España y otros países de habla hispana ha surgido el concepto de diversidad funcional, acuñado por el Foro de Vida Independiente, como una alternativa al término “discapacidad”. Esta noción busca despatologizar la diferencia corporal y promover una mirada no jerárquica sobre las distintas formas de funcionamiento.
El término parte de una crítica al capacitismo, sistema de valores que jerarquiza las capacidades corporales e intelectuales, construyendo la norma como medida de lo humano. Desde este punto de vista, todos los cuerpos tienen “funcionalidades diversas” y ninguna debería ser inferiorizada o medicalizada por sistema.
En resumen, la definición de discapacidad se ha movido desde una mirada médica centrada en el déficit individual hacia enfoques más críticos que consideran la discapacidad como una construcción social, política y relacional. Estas definiciones no son neutrales: configuran formas de vida posibles, habilitan o clausuran derechos, y reflejan los valores de la sociedad que las produce.
Hasta aquí hemos analizado la discapacidad desde una perspectiva histórica, social y política. Sin embargo, para una comprensión profunda, es necesario incorporar una dimensión menos evidente pero igualmente determinante: la subjetividad y los regímenes de sentido que organizan nuestra relación con el cuerpo, la norma y la diferencia. Es decir, ¿cómo se inscribe la discapacidad en la vida psíquica y simbólica de los sujetos? ¿Qué lugares ocupa en el imaginario social? ¿Qué representa para el Otro?
El cuerpo como lugar de inscripción simbólica
Desde el psicoanálisis lacaniano, el cuerpo no es simplemente un organismo biológico, sino una construcción simbólica. El sujeto se constituye en relación con el lenguaje, y el cuerpo se articula como imagen, goce y resto. En este marco, la discapacidad puede leerse como una interrupción o torsión de la imagen especular del yo, aquella que Lacan describe en el estadio del espejo (1949). El cuerpo discapacitado desafía la unidad imaginaria del yo, desestabiliza la ficción de completud y devuelve una imagen de castración real que la cultura intenta reprimir.
En otras palabras, la discapacidad irrumpe como lo que no encaja en el ideal narcisista del cuerpo entero, funcional, bello y autónomo. De ahí que muchas veces sea objeto de miradas invasivas, de ocultamiento, o de exotización, formas de defensa frente a lo que no puede ser simbolizado fácilmente.
Lo abyecto y el rechazo de lo informe
Julia Kristeva (1982), en su teoría de lo abyecto, ayuda a pensar cómo ciertos cuerpos son expulsados del campo simbólico porque amenazan los límites entre el yo y el otro, entre lo humano y lo no-humano, entre lo vivo y lo muerto. La discapacidad, en tanto diferencia corporal o cognitiva visible, puede operar como lo abyecto: lo que se rechaza pero no se puede eliminar del todo, lo que genera asco, compasión, miedo o fascinación.
Este lugar simbólico refuerza la tendencia social a "tolerar" a las personas con discapacidad desde la piedad o el asistencialismo, pero sin otorgarles plena condición de sujeto.
La mirada del Otro y la posición del sujeto
Para Lacan, el sujeto está estructurado por la mirada del Otro. En el caso de la discapacidad, la mirada social muchas veces no se dirige a un sujeto del deseo, sino a un objeto de cuidado, de corrección o de marginación. El sujeto discapacitado queda entonces atrapado en una posición donde su diferencia define su ser: es reducido a su condición.
Esto genera efectos subjetivos de alienación, culpa, resentimiento o incluso negación. Pero también puede habilitar resistencias, resignificaciones y nuevas formas de subjetividad cuando la persona con discapacidad logra hablar desde sí y no solo desde la mirada médica, institucional o familiar.
El capacitismo como fantasma cultural
El capacitismo no es solo una estructura política, sino también un fantasma cultural, un deseo de borramiento de la diferencia que se expresa en múltiples niveles: en los medios, en la educación, en la arquitectura, en el lenguaje. Es el deseo colectivo de habitar un mundo sin fragilidad, sin dependencia, sin cuerpos que “molesten” o “ralenticen” el funcionamiento del sistema.
Desde una lectura foucaultiana, el capacitismo es un dispositivo de normalización que produce sujetos “aptos”, deseables, productivos, y condena a la invisibilidad o a la intervención constante a quienes escapan de ese molde.
Narrativas posibles y subjetividades resistentes
A pesar de estos mecanismos de exclusión, las personas con discapacidad han construido narrativas contrahegemónicas, donde la diferencia se vive no como falta, sino como forma legítima de estar en el mundo. Desde el arte, la literatura, el activismo y las redes de apoyo, emergen subjetividades resistentes que no piden permiso para existir, sino que interpelan activamente los discursos dominantes sobre lo normal, lo deseable y lo humano.
Como afirma Judith Butler (2009), todo sujeto emerge en la vulnerabilidad, y es desde allí donde se construye una ética del cuidado mutuo. La discapacidad, entonces, no es un límite de la humanidad, sino una de sus expresiones más radicales.
Esta sección nos permite pensar que la discapacidad no es solo una categoría jurídica o médica, sino también una posición subjetiva, una forma de ser mirado y de mirarse, un lugar simbólico cargado de sentidos que deben ser interrogados. La producción de sentido en torno a la discapacidad nos habla, en última instancia, de cómo pensamos la diferencia, la fragilidad y el deseo en nuestras sociedades.
La discapacidad no es solo una condición corporal, ni siquiera únicamente una construcción simbólica o cultural: es también una categoría política, atravesada por relaciones de poder, por disputas sociales y por luchas históricas por el reconocimiento. En este sentido, la discapacidad se inscribe en un campo más amplio: el de la ciudadanía, los derechos humanos y la justicia social.
De objeto de asistencia a sujeto de derecho
Uno de los cambios más profundos de las últimas décadas ha sido el pasaje del paradigma asistencial al paradigma de derechos. Mientras que el primero concibe a la persona con discapacidad como dependiente, pasiva y necesitada de cuidados, el segundo la reconoce como sujeto autónomo, portador de derechos y protagonista de su propia vida.
Este cambio fue impulsado por movimientos sociales de personas con discapacidad que comenzaron a organizarse a nivel internacional desde mediados del siglo XX, especialmente luego de la Segunda Guerra Mundial. El Movimiento de Vida Independiente (originado en EE.UU. en los años 60), por ejemplo, promovió la idea de que las personas con discapacidad deben tener control sobre su entorno, decisiones y cuerpos, incluyendo la posibilidad de elegir apoyos sin ser institucionalizadas.
Este proceso culminó, en el plano jurídico internacional, con la adopción de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas (CDPD, 2006). Este tratado marca un antes y un después al establecer que:
La discapacidad resulta de la interacción entre personas con deficiencias y barreras que impiden su plena inclusión.
Los Estados deben garantizar derechos como educación inclusiva, acceso al trabajo, salud, vida independiente y participación política.
Se rechaza explícitamente la discriminación y se promueve la accesibilidad como principio transversal.
Este instrumento no solo reconoce la discapacidad como una cuestión de derechos humanos, sino que obliga a los Estados firmantes a transformar sus instituciones y normativas para garantizar la equidad.
El capacitismo como sistema político y económico
El capacitismo —sistema de valores que privilegia ciertos cuerpos, funciones y rendimientos— no es solo una ideología, sino una forma estructural de violencia. Desde una mirada crítica, el capacitismo está íntimamente vinculado al capitalismo y al neoliberalismo: produce cuerpos útiles, controla la improductividad, castiga la dependencia y oculta la fragilidad estructural de la vida humana.
Los cuerpos que no cumplen con los estándares de productividad, estética o autonomía son excluidos del mercado laboral, invisibilizados en el espacio público o medicalizados para ser “normalizados”. Así, la discapacidad se convierte en un marcador de “ineficiencia” que justifica prácticas de marginación, institucionalización o precarización.
Como plantea Angela Davis (2006), la discapacidad se entrecruza con la lógica carcelaria: hospitales psiquiátricos, asilos y centros de reclusión han funcionado como dispositivos para apartar lo que no encaja con el ideal moderno de ciudadano productivo y racional.
Políticas públicas y accesibilidad
El rol del Estado es fundamental para garantizar —o negar— los derechos de las personas con discapacidad. En muchos países, las políticas públicas aún responden a una lógica asistencial, centrada en subsidios o pensiones sin que esto implique transformaciones estructurales en accesibilidad, empleo o participación.
La accesibilidad —física, comunicacional, digital, educativa— no puede ser entendida como un “extra”, sino como una condición de ciudadanía. Desde la perspectiva de los derechos humanos, la falta de accesibilidad constituye una forma de discriminación estructural.
Además, el concepto de ajustes razonables, reconocido en la Convención de la ONU, obliga a los Estados y a las instituciones privadas a modificar entornos, prácticas y normativas para garantizar la igualdad real de oportunidades.
En este marco, la discapacidad se revela como un problema político central: nos interpela sobre qué cuerpos son legítimos, qué vidas merecen ser vividas y qué condiciones estructurales hacen posible o imposible la inclusión. No se trata solo de integrar a las personas con discapacidad a un sistema injusto, sino de transformar el sistema mismo, repensando nuestras nociones de ciudadanía, autonomía y humanidad.
A lo largo de este ensayo hemos recorrido diversas dimensiones de la discapacidad: su origen histórico, las definiciones que la han configurado, los sentidos que circulan en torno a ella, y los múltiples atravesamientos políticos que condicionan su existencia. Lejos de ser una categoría fija, la discapacidad se revela como un campo de disputa, donde se juegan tensiones entre la inclusión y la exclusión, entre la diferencia y la norma, entre el reconocimiento y la marginalidad.
En ese sentido, definir la discapacidad es ya un acto político: implica decidir quién pertenece, quién tiene voz, quién accede a los bienes sociales y bajo qué condiciones. Implica también reconocer que la discapacidad no es una excepción dentro del orden social, sino una expresión radical de la vulnerabilidad humana, esa que el neoliberalismo y el capacitismo intentan suprimir bajo la lógica del rendimiento y la autosuficiencia.
Frente a esto, el desafío no es solo integrar a las personas con discapacidad al orden existente, sino transformar ese orden, reconociendo la interdependencia como condición de la vida y la diferencia como valor político y ético. Esto exige repensar las políticas públicas, la arquitectura institucional, las prácticas educativas, los marcos legales y, sobre todo, los modos de relación con los cuerpos no normativos.
Así, la discapacidad nos obliga a reformular una pregunta fundacional:
¿qué tipo de humanidad queremos habitar y construir?
UNA DEFINICIÓN CRÍTICA DE DISCAPACIDAD
Discapacidad puede definirse como:
Una condición relacional y socialmente construida que emerge de la interacción entre diversidades corporales, sensoriales o cognitivas y un entorno que impone barreras físicas, simbólicas, culturales y políticas que limitan la participación plena, equitativa y digna en la vida social.
Esta definición incorpora varios elementos clave:
Condición relacional, no meramente individual o médica.
Diversidad corporal, sensorial o cognitiva, sin reducirla al “déficit”.
Barreras impuestas por el entorno, reconociendo la construcción social.
Limitación de la participación, como núcleo del problema.
Dimensión política, porque las barreras responden a estructuras de poder.
Además, podríamos agregar que:
La discapacidad no reside en el cuerpo, sino en la relación entre ese cuerpo y una sociedad que produce normas de normalidad, utilidad y autonomía excluyentes.
¿Por qué es difícil definir la discapacidad?
Porque cualquier definición es siempre ideológica, es decir, refleja una postura ética y política:
El modelo médico la define como una enfermedad, una deficiencia.
El modelo social la ubica en el entorno.
El modelo biopsicosocial intenta una síntesis.
Las perspectivas críticas (feministas, decoloniales, psicoanalíticas) la ven como una categoría de control social, culturalmente moldeada.
Los activismos (como el de la diversidad funcional) la resignifican como diferencia y no como falta.
Entonces, definir la discapacidad no es describir una realidad objetiva, sino tomar posición en una disputa simbólica, política y social sobre qué cuerpos importan y cómo los pensamos.
Bibliografía:
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Eroles y Fiamberti. (2008) Los derechos de las personas con discapacidad. UBA
Butler, J. (2009). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Paidós.
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Kristeva, J. (1982). Powers of Horror: An Essay on Abjection. Columbia University Press.
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Organización de las Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. https://www.un.org/disabilities/
Rincón, O. (2019). Discapacidad, colonialidad y cuerpos en disputa. En Pensar la discapacidad desde el sur. CLACSO.