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Relámpagos //// 18.05.2016
Todo está permitido, excepto cuestionar lo incuestionable

Por Rodrigo Lugones l “No se trata, pienso, de abandonar la idea de la revolución, planteando sólo reformas que no se fijen objetivos que busquen suprimir las desigualdades sociales, sino de entender en qué marco se libra la lucha de clases en América Latina”.

 

En la sección Relámpagos se han publicado recientemente dos textos (Estado o no te metás, esa es la cuestión, de Santiago Gómez, y Estado, Peronismo y Kirchnerismo: una respuesta a Mariano Pacheco, de Horacio Bustingorry) que me invitaron a volcar algunas reflexiones sobre dos temas que, según parece, sólo se tratan en cierta bibliografía rusa de principios del Siglo XX o en la temática que elige abordar, casi en soledad, el político revolucionario boliviano Álvaro García Linera: El Estado y la Revolución.

Por un lado, la síntesis que lleva adelante Santiago Gómez al exponer con toda claridad el desarrollo de los procesos populares (tensiones de todo tipo incluidas) en el apartado “El Estado frente a los problemas económicos”, es notable. Allí reside parte de la gran potencia de su análisis. Condensar todo un proceso social, político y económico en apenas algunos párrafos es un ejercicio sin dudas necesario, condición de posibilidad para prácticas políticas con horizontes cada vez más claros (al parecer, la tecnología ayuda a acelerar los tiempos de la Historia). Por eso celebro el artículo, que, sin embargo, me llamó a plantear algunas precisiones en torno al Estado.

Por otra parte, el análisis crítico de Bustingorry, que revisa la nota de Mariano Pacheco, nos sirve para pensar la tensión, nunca resuelta, entre gobiernos populares (como el tercer gobierno de Perón) y, por decirlo de algún modo, la “estrategia socialista” (aquí, el autor toma una postura con la cual me interesa polemizar, o, al menos, matizar).
No se trata de reeditar debates anacrónicos que carecen de todo peso en la Argentina macrista, sino de buscar algunas respuestas y evitar la sorpresa cuando verificamos que esa herramienta necesaria a la que tanto apelamos durante los doce años del kirchnerismo(el Estado), hoy se transformó en una abominable máquina de persecución y exclusión social. Al mismo tiempo, intentaré que entendamos su origen, en el marco de la lucha de clases, así como la posibilidad de que exista más de un tipo de Estado, y que comprendamos que una versión Popular del Estado puede garantizar instancias superiores de organización común, nuevas formaciones económicas y un nuevo tipo de relaciones sociales, condición necesaria para sustentar una base que permita ir construyendo el camino hacia una sociedad más justa.

El Estado como herramienta

Por supuesto que quienes reivindicamos la identidad peronista (y la kirchnerista) no rechazamos al Estado a priori, y defendemos la versión popular del mismo (no es lo mismo un Estado Liberal que un Estado Popular). Lo que no debemos olvidar, en la discusión coyuntural que damos (intervención estatal o libre mercado), que no tiene lugar sólo en Argentina sino que recorre el mundo y aún no está saldada; es que el Estado es una formación política surgida históricamente en el capitalismo para, en última instancia, garantizar relaciones sociales desiguales. Algo que verificamos cuando vemos al reciente gobierno de Cambiemos utilizar la intervención del Estado para favorecer los intereses de los grupos económicos concentrados. El Estado, despojado de toda mediación, es coerción.

Muchas veces, desde el Kirchnerismo, proponemos la oposición “Estado Vs. Mercado”, que es muy coherente con las luchas que hoy se libran en todo el mundo, como decíamos, para detener la voracidad de un liberalismo ciego que entiende la economía en términos exclusivamente financieros y no propone otra salida más que un mundo excluyente e injusto (esto está presente en el artículo de Gómez).

Sin embargo, no debemos olvidar que el Estado surge históricamentecomo un producto de clase y que el injusto y voraz sistema financiero internacional no se opone al capitalismo productivo en los hechos, sino que uno depende del otro, ya que están íntimamente ligados (Lenin ya lo planteaba en su libro Imperialismo, etapa superior del capitalismo).

Lo necesario, según entiendo, es pensar los alcances de los ciclos populares, los síntomas que evidencian un salto cualitativo en las discusiones sociales, el tipo de consignas que alcanza la sociedad en ese momento determinado, las nuevas formas de relaciones sociales, el nuevo tipo de relaciones del trabajo, y las nuevas condiciones de vida que posibilitan los avances que se conquistan en este tipo de procesos. Los que van conformado nuevas subjetividades que hacen, a su vez, que la solidez de las ideas dominantes se desvanezca en el aire, para darle paso a otras nuevas (siempre en tensión, y nunca de una vez y para siempre).

No se trata, pienso, de abandonar la idea de la revolución, planteando sólo reformas que no se fijen objetivos que busquen suprimir las desigualdades sociales, sino de entender en qué marco se libra la lucha de clases en América Latina. Comprender que el peronismo, el chavismo, el kirchnerismo (u otro tipo de gobierno popular que tenga características similares) no son enemigos, representantes del nacionalismo burgués; sino que configuran (con contradicciones internas, como todo lo nuevo que nace antes de que lo viejo muera) movimientos populares, que buscan realizar la etapa democrática de un proceso histórico aún mayor. Y que en su desarrollo (desigual y combinando) van generando condiciones para la superación de la mera institucionalidad burguesa (organización popular y conciencia social mediante), sin importar que esto esté o no esté en los plantes de sus líderes (una reflexión que, de alguna manera, está presente en el artículo de Horacio Bustingorry).

Queda pensar, desde luego, cómo articular, en un proceso de tales características, una posición política que se permita la idea reguladora de la igualidad social, con la utilización del Estado como herramienta para alcanzar, al menos, ciertos de objetivos en una de las etapas de un proceso de tal magnitud.

De lo que se trata, desde ésta perspectiva, es de operar con la herramienta del Estado reconociendo sus límites internos y los límites de sus imposibilidades. Creando un nuevo tipo de rol del Estado, tal como lo plantea Linera, como garante de un nuevo tipo de relaciones sociales, entendiendo que el único objetivo de una política de liberación no es ocupar el Estado: el Estado es un medio, no un fin en sí mismo.

Dimitir ante lo imposible es perpetuar la impotencia…

El discurso triunfalista pro mercado, posterior a la caída del Muro de Berlín,ha instalado que la búsqueda de relaciones sociales más justas sólo nos puede llevar a una economía en la que escasea el papel higiénico, o las libertades individuales son cercenadas (cuando no son asesinados los disidentes políticos).

Un sistema de vigilancia masiva, en el que se persigue toda diferencia, no se alcanza el desarrollo industrial propio de las sociedades modernas, se “fracasa” llevando adelante una economía inconducente (donde el desabastecimiento, y la pérdida de libertades individuales son la característica dominante). Es la imagen que se creó bajo la etiqueta de “socialismo realmente existente”, a partir de la cual se bloqueó todo intento de cuestionamiento al sistema económico mundial que busque transformarlo desde su raíz.Hoy asistimos a una actualización de ese discurso, que ha mutado para combatir a un nuevo enemigo: los gobiernos populares. Se intenta instalar, entonces, de manera análoga, la idea de que el reformismo popular es sólo otro camino al resultado antes descripto. Esos procesos donde se redistribuye en forma progresiva el ingreso y se afectan intereses, son el nuevo enemigo principal porque, en cualquier momento, en el desarrollo de sus políticas públicas, podrían reavivar la juvenil y loca idea del “comunismo”.

En síntesis, lo que se prohíbe es toda posibilidad de plantear cualquier transformación o alteración al sistema económico mundial, incluso bajo la forma del “gradualismo democrático”.Pura ideología dominante, en su versión descarnada, es aceptada dócilmente, hasta asumir el rango de “normalidad razonable”.

Quienes militamos en el campo popular debemos saber que apostamos a un juego político institucional complejo y contradictorio, a una democracia que puede ser nacional y popular, pero que también, por historia, está configurada con las características que le imprimieron durante 200 años las clases dominantes. Por todo esto pienso y siento que en nuestra apuesta política por un mañana y un presente mejor, debe operar, a modo de gran síntesis, una frase conmovedora del psicoanalista argentino Jorge Alemán, escrita como crítica al filósofo posmoderno Coreano-Alemán, ByungChul-Han, que intenta pelear contra el cinismo anti-político y desesperanzado propio del llamado “pensamiento post ideológico”: “Quién dimite frente a lo imposible perpetúa su impotencia. Lo imposible es cierto, no se cancela nunca pero su vacío puede ser localizado en otro lugar.”

Por todo esto, ¿cuál es el lugar de lo revolucionario en los marcos de una política real? ¿Cómo podemos producir, en la medida que avanzamos, condiciones de posibilidad para una superación de un sistema social que nos permite, en procesos populares, pequeñas y grandes victorias, pero garantiza, en última instancia, relaciones sociales desiguales? ¿Cómo cuestionar la explotación del hombre por el hombre (y de la mujer por la mujer), sin cometer el error garrafal de oponerse a los procesos populares o a los líderes que encarnan esos procesos? Creo que existe una posibilidad, es esa mi apuesta. Creo y pienso (porque están allí mi corazón y mi razón) que una política de la liberación debe ser la idea que regule nuestra práctica diaria. Entiendo, también, que en el mundo capitalista se busca eliminar la idea misma de pensar la posibilidad de una sociedad más justa, negando a estos mismos gobiernos populares que permiten crear (no sin dificultades) un mundo distinto.

En la construcción de nuevos caminos para la liberación propongo ir a buscar diversas miradas. Elijo una de Freud que decía que un sistema que se basa en la explotación no merece seguir existiendo, o que planteaba, en otro lugar, que la supresión de la propiedad privada podía ser una herramienta en el combate que libraban Eros y Tánatos. También podremos hurgar en la Teología de la Liberación de una Iglesia cercana al Pueblo, o en la Dialéctica de la Liberación que proponía pensar el problema de la locura en términos más humanistas (tomando la crítica de Artaud al sistema de salud mental burgués), o abrevando en la fuente de las luchas contra la opresión masculina (para que toda la diversidad sea comprendida, en una unificación política) o en el mismo Paco Urondo, que nos entregó su nombre, para lo que llevemos como bandera a la victoria.

Sin duda deberemos construir nuevos paradigmas, donde todas las “diferencias”, la diversidad y el deseo sean contemplados. Donde más allá del sacrificio de la lucha inclaudicable(me canse de sólo escribirlo) nos sea posible ser felices, o tener un “lindo” hogar, donde exista respeto por la diversidad sexual, o donde el goce no sea reprimido por ser considerado un lujo artificial producto del sistema de creencias capitalista. No existe un “modelo” único y acabado de “como debería ser”, la práctica lo resolverá, sin dudas, y deberemos aprender de las experiencias históricas. Tal vez en principio sea necesario entenderlo como “idea reguladora”, mantener esta pretendida causa perdida a salvo de calificaciones como “éxito o fracaso”, ya que se habla del fracaso total del comunismo, y uno, automáticamente se pregunta ¿es que existe, entonces, un “éxito” arrollador del capitalismo? En defensa de las causas perdidas podemos citar, también, al pasar, al excéntrico SlavojZizek, que dice (si aquél fue un error): “Equivoquémonos de nuevo, equivoquémonos mejor”.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos para un instante de peligro. Selección y producción de textos Negra Mala Testa y La bola sin Manija. Para la APU. Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs)