El cuidado y la devastación
Algunas semanas atrás estaba cenando en un restaurante cuando en la mesa que tenía en diagonal se instaló una familia con sus dos hijos. Casi como en una coreografía, mientras los acomodaban el padre le dio el celular a uno de sus hijos y la madre la tablet a la nena. Durante algunos segundos se sentaron de frente en silencio, con las miradas desencajadas; un hilo chingado los unía en su pequeña derrota cotidiana. Un juicio apresurado sobre esta escena que puebla nuestra cotidianeidad recaería en el daño que los padres le están haciendo a sus hijos, en la pérdida de la mesa familiar y los valores que ello expresa. No obstante, si uno introduce un gran angular, las respuestas cambian.
Por qué esa escena —tan fácil de moralizar— también puede leerse como síntoma. No de una supuesta “decadencia” de las familias, sino de un entramado social y económico que vuelve cada vez más difícil sostener el cuidado en condiciones dignas. El celular y la tablet, en este sentido, no son la causa del problema, sino una prótesis que viene a suturar, como puede, el desgaste acumulado de jornadas laborales extensas, traslados interminables, salarios que no alcanzan y redes comunitarias debilitadas.
Cuidar requiere tiempo, energía, disponibilidad emocional y, sobre todo, condiciones materiales. Sin embargo, en buena parte de nuestras sociedades, quienes cuidan —madres, padres, abuelos, docentes, trabajadoras de casas particulares— lo hacen en contextos de creciente precariedad. Se espera de ellos una entrega casi heroica, mientras el entorno económico los empuja al agotamiento. En ese marco, la escena del restaurante deja de ser un problema individual para volverse una pregunta colectiva: ¿qué lugar le damos al cuidado como sociedad?
Durante años, el discurso público osciló entre dos polos igualmente insuficientes. Por un lado, la romantización del cuidado como vocación natural, especialmente en el caso de las mujeres. Por otro, la privatización del problema: cada familia debe arreglarse como pueda. En ambos casos, el resultado es el mismo: una sobrecarga silenciosa que se resuelve con estrategias de supervivencia, muchas veces a costa del vínculo con los niños.
Introducir el “gran angular” implica desplazar la mirada desde la escena íntima hacia las estructuras que la condicionan. Implica reconocer que no hay crianza posible sin políticas de cuidado, y que estas no pueden reducirse a programas aislados o medidas compensatorias. Se trata de construir un sistema integral que articule trabajo, educación, salud y comunidad.
En este punto, vale la pena invertir la escena: ¿qué tendría que pasar para que, en la sala de espera de un hospital, un padre o una madre puedan sentarse a leerle un libro a su hijo, o simplemente conversar de manera distendida sin necesidad de recurrir al celular como escape? Haría falta, en primer lugar, que ese adulto no llegue devastado después de una jornada extenuante, que disponga de tiempo real —no robado— para estar ahí. Haría falta un sistema de salud que reduzca las esperas interminables y ofrezca espacios amables para la infancia. Haría falta también que existan políticas de ingreso y de organización del trabajo que alivien la angustia cotidiana. Y, más en general, que el cuidado esté socialmente reconocido y materialmente sostenido, de modo tal que ese momento no sea una excepción heroica sino una posibilidad concreta.
Esto supone, en primer lugar, repensar el mundo del trabajo. Jornadas laborales más compatibles con la vida familiar, licencias por maternidad y paternidad equitativas y extendidas, y esquemas de flexibilidad que no impliquen precarización son condiciones básicas para que el cuidado no quede relegado a los márgenes del día. También implica mejorar los ingresos: no hay tiempo de calidad cuando se vive corriendo detrás de la supervivencia.
En segundo lugar, es necesario fortalecer las instituciones de cuidado. Jardines maternales, centros de primera infancia, espacios comunitarios y escuelas deben ser pensados como parte de una red pública que acompañe las trayectorias de los niños y alivie la carga de las familias. Pero no alcanza con expandir la cobertura: es clave garantizar condiciones laborales dignas para quienes trabajan en esos espacios, evitando reproducir la lógica de explotación en nombre del cuidado.
En tercer lugar, hace falta reconstruir tramas comunitarias. El cuidado no puede recaer exclusivamente en la familia nuclear, menos aún en contextos urbanos donde el aislamiento es la norma. Políticas que fomenten redes barriales, espacios de encuentro y dispositivos de apoyo mutuo son fundamentales para que criar no sea una tarea en soledad.
Finalmente, hay una dimensión cultural y estructural que no puede soslayarse. La época actual nos invita —como señala Eleonor Faur— a superar la feminización y la privatización que históricamente han tenido las tareas de cuidado. Esto implica reconocer que no se trata únicamente de un asunto de bienestar familiar, sino de una condición de posibilidad para el funcionamiento mismo de la sociedad: habilita mejores trayectorias educativas, fortalece la participación en el mercado laboral y genera empleo en sectores estratégicos. Pensar el cuidado como política pública no es, entonces, un gesto asistencial, sino una apuesta al desarrollo.
Volvamos entonces a la escena inicial. Tal vez, en lugar de juzgar a esos padres por haber entregado una pantalla, podríamos preguntarnos qué condiciones hicieron que ese gesto fuera, para ellos, la mejor opción disponible en ese momento. Tal vez el problema no sea que los niños miren una tablet durante la cena, sino que los adultos hayan llegado a esa mesa sin resto para sostener otra cosa.
Si queremos que esas escenas sean distintas, no alcanza con apelar a la voluntad individual ni con invocar valores perdidos. Hace falta una decisión política sostenida: poner el cuidado en el centro, redistribuirlo y garantizar las condiciones para que quienes cuidan puedan hacerlo sin estar extenuados. Recién entonces, quizás, la mesa familiar deje de ser un campo de batalla silencioso y vuelva a ser un espacio de encuentro.