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Más información //// 17.10.2014
El 17 de Octubre según Blanca Luz Brum

Mujer de América, la escritora y poeta uruguaya fue parte fundamental del 17. Publicamos su relato de aquella jornada histórica. "Sobre las turbias aguas del Riachuelo ardía octubre bajo un cielo atroz y amenazante".

Estaba radicada en Buenos Aires, y tanto mis documentos como mi experiencia pública me declaraban ciudadana latinoamericana de avanzada. Asistí al nacimeinto del peronismo y escuché los primeros vagidos de la criatura y sus respuestas profundas y esperanzadoras a los seres de la América cobriza. Bueno, no lo pensé más: me había situado junto a Perón. Una cálida mañana, desayunando junto a unos amigos, nos enteramos que Perón había caído y que un grupo de oficiales subalternos se había apersonado en la casa de la calle Posadas para exigirle su rendición. Supimos también que el general se había negado y que esos oficiales tuvieron que retirarse. Todo eso lo conocíamos por fragmentos, a medias; hay que imaginar el momento de confusión revolucionaria que se vivía. Como yo trabajaba en Informaciones y Prensa de Casa de Gobierno, mis compañeros iban y venían con noticias y yo las recibía al instante. Me ocupaba de la parte latinoamericana, que a Perón siempre le interesó mucho porque la revolución peronista –justicialista para ser más exacta- había construido una proyección continental que no tuvieron otros movimientos.
A medida que caía la tarde las cosas se fueron aclarando y nos organizamos, aprestándonos como un ejército frente a otro ejército. Supimos que a Perón lo llevaban a Martín García; y corría la voz de que iba a ser fusilado. Informaciones de todo tipo llegaban, mientras tanto, a través del brigadier Nicolás Luis Ríos o del coronel Perrotta, y también de dirigentes gremiales como El Negro Montes de Oca (metalúrgico), Bianchi (del gremio de la carne), Andreotti, Cipriano Reyes (también del gremio de la carne) y de periodistas como Eduardo Pacheco y César Lomito. Comenzamos a planear la liberación de Perón como consigna de unidad y de movilización general. Yo había estado casada con David Alfaro Sequeiros, un pintor admirable y un revolucionario también admirable, y junto a él no sólo aprendí pintura sino también algunos manejos en cuanto a cuestiones revolucionarias, y sabía que existía para la clase obrera un arma poderosa: la huelga general. No fue difícil prepararla; empezaron a llegar emisarios del interior, hicimos contacto con ellos, tomamos algunos departamentos (el mío en Rodríguez Peña al 1500, era muy femenino, muy agradable, pero no obstante rebosaba de armas; el portero Marcelo, peronista como todos los porteros de Buenos Aires, vigilaba los movimientos del edificio). Los militares no veían muy bien estas cosas; inclusive nos mandaron decir casi en vísperas del 17 que al salir el pueblo a la calle sacara los pañuelos blancos en señal de rendición, porque no estaban seguros de la forma en que reaccionaría el Ejército. Y tuve el honor de ser yo la que transmitiera la contestación de los obreros a los militares: Fue: ‘que mañana abran los arsenales, porque nosotros tomaremos las armas’. Esa respuesta la entregué a los edecanes –Uriondo, Perrota, Palazuelo- que tenían contactos en las Fuerzas Armadas.
Así las cosas, llegó el 17 de octubre. Manteníamos una clave para comunicarnos entre los departamentos; por ejemplo, llamábamos 4 veces y decíamos luego ‘Aquí el Museo de Bellas Artes’. A mí me asignaron la misión de integrar un comando que vigilaba el movimiento de barcos desde y hacia la isla Martín García. Teníamos también algunos compañeros marinos, al fin hijos del pueblo, que estaban en naves surtas en las proximidades de la costa y nos transmitían las novedades. Fue una sorpresa escalofriante cuando llegué a las inmediaciones del río y me topé con un escuadrón de la policía montada, integrado por tipos sumamente negros, con pelos negros, con uniformes negros y con los caballos relucientes; un espectáculo digno de ser captado por Violeta Parra.
Del otro lado del río, en el límite de Avellaneda, la muchedumbre peronista clamaba que bajaran los puentes, para alcanzar a pie el corazón de Buenos Aires. La turbamulta de los "descamisados", como los motejaba La Nación, componía un cuadro formidable de gruesos trazos a lo Solana. Sobre las turbias aguas del Riachuelo ardía octubre bajo un cielo atroz y amenazante.
Hacia el mediodía se produjo un hecho inesperado y extraordinario que, tal vez, ni el mismo Perón conozca: esa muchedumbre, cansada de esperar, destacó unos muchachones de torzo al descubierto, que empezaron a cruzar el riacho nauseabundo asidos a unos tirantes de madera. El oficial a cargo de la tropa, sin alterar el semblante, se preparó a cumplir órdenes superiores, mandando "¡Desenfunden las armas! El primer disparo es de advertencia. ¡Listos!". Y entonces, al Trompa de Órdenes, que tenía desenfundada la carabina, apretándola cobre el hombro izquierdo y en la mano derecha pulsaba el clarín, se lo vio masticar saliva, mientras lanzaba al aire, como un clamor vibrante, la diana metálica de su grito de guerra: "¡Vivaaa... Perón!", que los guardias rubricaron como un eco sagrado. Yo buscaba desesperadamente el rostro del oficial que comandaba el escuadrón y lo identifiqué justo en el momento de disponer la contraorden: "¡Bajen los puentes! ¡Que cruce el Pueblo!".
Así entraron coligados las pobres gentes y los policías de Velazco. Entraron cantando a la ciudad prohibida. Una vanguardia de animosos jóvenes de ambos sexos y de la más diversa extracción social, coreando e improvisando estribillos populares, se adelantó al grueso de la muchedumbre que se desprendía de los arrabales de Avellaneda, Berisso, Ensenada, La Plata, Quilmes, Wilde, parta avanzar alegres y decididos. Por el Sur, la marea de operarios y obreros de Lanús, Remedios de Escalada, Lomas de Zamora, Temperley, volvían compactas las mareas humanas que se deslizaban como un alud incontenible hacia la Plaza de Mayo. En una librería a medio cerrar compré y repartí cajitas de tizas y empezamos a dar consignas que se ecribían sobre el betún del pavimento o sobre el sudor de las aceras. Algún espontáneo dibujaba la silueta de Perón y era tál la mística que ya no se pisaba ese pedazo de calle. "Por aquí pasó el Pueblo", se escribía. A ninguno se le hubiera ocurrido romper un vidrio, lanzar una bravata, ni un escupitajo, ni una maldición. Pedían permiso a las automovilistas para escribir el nombre del Coronel en los cristales de los coches; los conductores accedían complacientes y se quedaban aplaudiendo. Ni un sólo acto de violencia empañó la jornada.
Se nos informó que a él lo habían llevado al Hospital Militar y hacia allí nos dirigimos, pero a las tres de la tarde nos trasladamos a Plaza de Mayo, en medio de una tensa expectativa. A las seis, la concentración abarcaba las plazas y paseos de la República, su imponencia daba pie para presumir que nadie faltaría a la cita. Al caer la noche empezaron a confeccionarse antorchas. Sin precisar la hora, a eso de las nueve o, quizás, las diez, apareció Perón en el balcón de la Casa Rosada; se lo notaba un poco más delgado, con barba de tres días. Pidió permiso a los circunstantes para encender un cigarrillo. Y él se puso, allí mismo, a escuchar el inmenso silencio de un Pueblo agradecido.
Así volvió el Coronel al poder. Para acunar a los que lo rescataron dentro de su corazón innumerable. Y yo volví a mi casa, para abrazar entre sollozos, a mi hijita perdida.