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Géneros //// 14.08.2020
En primera persona: cuando conté que era bisexual

Julieta Mayor es psicoanalista con perspectiva de género y relata lo que vivió con su familia.

Por Julieta Mayor.

El artículo contiene lenguaje inclusivo por decisión de la autora.

No puedo decir que mi papá o mi mamá sean personas homófobas. La verdad mentiría si lo afirmara. Siempre ha circulado en todas mis casas: soy hija de una pareja separada en los 90. Mi papá construyó una familia que me recibió amorosamente, aún cuando los tan preciados lazos de sangre no estuvieran dados. Salvo con mi hermana “de verdad”, en ese momento, también recibía el mote de “medio hermana”. Sus hermanxs directamente ni calificaban como “familia” para algunxs, lo cual para mí era un absurdo porque así los siento. 

Como decía, en todas mis casas siempre circularon discursos de amor, de inclusión y defensa de las personas homosexuales. Reconozco también que las versiones de “homosexualiad” que conocí desde pequeña estaban muy ligadas a los estereotipos de género y la consecuente representación que esto implica en quienes tienen orientaciones sexuales diversas. Pero jamás escuché a nadie de mi familia decir que mereciéramos morir, o que éramos anormales, desviadxs, etc. Supongo también que eso mismo posibilitó que mi asunción respecto de mi orientación sexual no fuera traumática. 

Recuerdo una expectativa no verbalizada por parte de mi mamá y en menor medida de mi papá de que tenga novio. De pequeña me endilgaban diferentes amores infantiles de los cuales ninguno era una mujer. Tiempo después, al hablarlo con amigxs, con mi compañera y con mi analista, pude darme cuenta que ese ideal heterosexual me hizo mucho daño, por diversos motivos. Pero fundamentalmente porque sentía que lo que me pasaba era diferente a lo que se esperaba de mí. A mí me atraían varones y mujeres. 

Tremenda confusión y derrumbe del castillo de ilusiones que mi madre y mi padre construyeron en su imaginación para mí, si yo me corría de ese lugar de niña/adolescente heterosexual. Insisto, no creo que ellxs hayan querido traumarme, ni reprimirme de forma consciente. Tampoco pienso (lo comprobé luego cuando salí de closet con mi mamá a los 31 años) que haber puesto en acto mi orientación sexual desde temprana edad hubiese ocasionado la destrucción del vínculo con mis viejxs. 

Creo que hubiese sido un momento incómodo para ellxs. Para mí no había pregunta por lo impropio sobre quiénes me gustaban, hasta que no recibí esa famosa transmisión inconsciente, que me encendió la alarma de que ese no era el camino esperado para mí. ¿Entonces qué hice? Me “convencí” de que no me gustaban las  mujeres. Que las quería mucho porque eran amigas, todas amigas, muchas amigas. ¡Cuántas amigas tiene Julieta! También hubo momentos donde me permití sentir lo  que sentía sin transformarlo en otra cosa: fueron los menos y hasta ahora los más hermosos de mi vida. 

Todo se complicó aún más, porque hace algunos años (y aún hoy) la bisexualidad estaba invisibilizada al punto de la violencia de nombrarse como “indecisión”. Traición a la causa, inmadurez, incapacidad de asumir un compromiso afectivo estable, deseos de no “perderse de nada”, etc. Y ahí estaba yo, con mi dilema, mi cruz y mi represión. En ese momento, la significación social de la bisexualidad estaba comprendida en términos de mujer/hombre cisgénero a quién le atraen las personas de su “sexo opuesto”. Lo viví de esa manera, sobre todo en la infancia y primera adolescencia. 

Sin embargo, según fui creciendo cronológica y subjetivamente empecé a sentir que mi deseo no quedaba enmarcado solamente en esta definición acotada y ciertamente restrictiva de la bisexualidad. Mi deseo incluía pero también ampliaba ese corto espectro de experiencias y sujetos. Creo que aún hoy no sé ciertamente cuánto podría potenciarse. El deseo es ilimitado e indefinible de forma acabada por el lenguaje aunque éste me permite esbozarlo para apropiarme de él. Hoy entiendo esto como una potencia no sólo individual sino también colectiva de resignificar la bisexualidad. 

Hace algunos años decidí que no podía dejar de ser quien era, que nada podía ser tan preciado como mi propia libertad en ese sentido. Pero entiendo que esto es una posibilidad dentro de tantas otras muchos menos felices. Siento que es sumamente injusto que sea así, que haya personas que no puedan ser. 

Con esto no quiero demonizar a mis madre y mi padre. Quiero convocar a otrxs, a otras personas a preguntarse ¿qué es lo que transmiten aún cuando no dicen nada? ¿Qué expectativas ponemos en nuestrxs hijxs, sobrinxs, nietxs acerca de su sexualidad? Si no logran preguntarse a tiempo o darse cuenta, entiendan que esas expectativas son dañinas, represoras de nuestras existencias y sueños, y que en definitiva, no nos pertenecen.