Balcanización y federalismo: de la unidad nacional al provincialismo sin patria
Asistimos a un progresivo vaciamiento del sentido histórico del federalismo, tal como lo concibe nuestra formación nacional. Aquel federalismo que, bajo la conducción de José Gervasio Artigas, aspiraba a construir una gran unidad política de pueblos libres, con provincias autónomas pero unidas, sufrió un golpe decisivo en 1820. La derrota frente a los portugueses en Tacuarembó y el posterior enfrentamiento con Francisco Ramírez, su antiguo aliado entrerriano, precipitaron el derrumbe del proyecto político encabezado por Artigas y su exilio en Paraguay.
Sin embargo, la aspiración de organizar una Nación sobre bases federales no desapareció con la derrota del caudillo oriental. Persistió, con distintas expresiones y no pocas contradicciones, en figuras como Juan Bautista Bustos, quien desde Córdoba impulsó la organización constitucional de su provincia y promovió la reunión de un Congreso General para organizar el país; Pedro Ferré, quien desde Corrientes defendió la protección de las economías regionales y cuestionó el monopolio porteño de las rentas aduaneras; y el Brigadier Estanislao López, quien desde Santa Fe desempeñó un papel decisivo en los pactos interprovinciales que sentaron las bases políticas e institucionales de la futura organización federal argentina.
Para aquellos caudillos, más allá de sus diferencias y enfrentamientos, la defensa de la autonomía provincial no significaba renunciar a la construcción de una Nación común. Por el contrario, aspiraban a una organización nacional que reconociera los derechos y la participación de las provincias, en lugar de imponerles un poder central que decidiera por ellas.
Y allí reside una diferencia histórica fundamental. Aquel federalismo buscaba construir la unidad nacional sobre la autonomía de las provincias, frente a un centralismo porteño que pretendía subordinarlas. No aspiraba a perpetuar la fragmentación del país, sino a superarla mediante una organización política común. Hoy, en cambio, asistimos a la degradación de aquel proyecto histórico en un federalismo meramente defensivo, donde cada gobernador se limita a resguardar los intereses inmediatos de su provincia, negociar recursos en la Casa Rosada, intercambiar apoyos políticos por concesiones presupuestarias y levantar sus propias barreras frente al poder central, sin la más mínima idea de Nación que dé sentido al conjunto. En el último tramo de nuestra historia política, en ausencia de un proyecto nacional capaz de integrar el territorio, la economía y los intereses del conjunto, la autonomía provincial perdió progresivamente su sentido histórico hasta quedar reducida a una estrategia de extorsión y supervivencia política. Aquello que históricamente contribuyó a construir la unidad de la patria se convirtió, por falta de un horizonte nacional compartido, en un factor de su propia fragmentación.
Juan Bautista Bustos, un legado a contramano
Si la dirigencia partidaria cordobesa tuviera incorporada la verdadera dimensión geográfica y geopolítica de la Argentina bicontinental, acaso tendría la audacia de proclamar que Córdoba es el cerebro del país, pero difícilmente insistiría en llamarla su corazón.
El llamado cordobesismo, más allá de sus reconocibles méritos en materia de gestión y obra pública, y de haber constituido un dique político frente a los intentos del liberalismo nacional, en alianza con sectores del radicalismo provincial, de trasladar a Córdoba sus experimentos de ajuste y desmantelamiento del Estado, constituye una expresión particularmente reveladora de esta degradación histórica del federalismo.
Allí donde los viejos caudillos provinciales encontraban en la autonomía el punto de partida para disputar la organización de la Nación, el provincialismo contemporáneo, en cambio, parece haber convertido a Córdoba en el punto de llegada de sus ambiciones políticas. La provincia deja de pensarse como protagonista de una tarea nacional todavía inconclusa y pasa a concebirse como un fin en sí misma. Así, la defensa de sus recursos, la negociación de sus intereses y la conservación del poder provincial terminan desplazando aquella vocación histórica de proyectarse más allá de sus fronteras para contribuir a la organización y transformación de la Argentina.
De este modo, el cordobesismo no supera al centralismo porteño, sino que constituye su reverso provinciano. La contradicción de este federalismo sin destino nacional es que termina confundiendo la defensa de Córdoba con la renuncia a transformar la Argentina y, con ello, limita la posibilidad de proyectar toda la potencia política, económica y social de la provincia hacia la construcción de un proyecto nacional. Más aún, esa posición meramente defensiva termina imponiéndole a Córdoba un desgaste permanente, obligándola a disputar por separado recursos y condiciones de desarrollo que encontrarían una solución más sólida y duradera en el marco de una política nacional de integración. Así, en su afán de preservar los intereses provinciales, termina perdiendo de vista que la mejor manera de fortalecer a Córdoba es contribuir a construir una Argentina capaz de potenciarla.
Hay aquí una enseñanza de Perón que conserva toda su vigencia. En 1974 advertía que a niveles nacionales, nadie puede realizarse en un país que no se realiza. De la misma manera, a nivel continental, ningún país podrá realizarse en un continente que no se realice. Esa misma lógica vale para una comunidad y también para nuestras provincias.
Esa comprensión de que el destino de una provincia está ligado al destino de la Nación no era, por cierto, ajena a nuestra propia tradición histórica. Mucho antes de Perón, ya estaba presente en la concepción federal de Juan Bautista Bustos. Ya en 1820, el brigadier impulsó desde Córdoba la reunión de representantes de las provincias para avanzar hacia una organización política común. Su preocupación no se agotaba en el gobierno ni en los intereses de Córdoba; comprendía que el destino de la provincia estaba ligado a la organización del conjunto del país.
Esta paradoja tiene una fuerza histórica muy singular. La autovía que une Córdoba con Río Cuarto lleva el nombre de “Gobernador Juan Bautista Bustos”, precisamente uno de los hombres que comprendió que la autonomía de Córdoba no tenía sentido histórico si no contribuía a la organización de la Nación. El cordobesismo reivindica su nombre en una obra que integra el territorio provincial, mientras que a su horizonte político hay que interpretarlo como el repliegue de aquella ambición nacional sobre los límites de la propia provincia. Bustos aspiraba a organizar la patria desde Córdoba; el provincialismo contemporáneo se conforma con administrar Córdoba dentro de una patria completamente desarticulada.
Esa lógica insular, además, choca de frente con el persistente centralismo porteño, que también piensa la Argentina desde una parcialidad y pretende convertirla en el todo. Así, provincialismo y centralismo terminan alimentándose mutuamente para su parcelación; uno se repliega sobre Córdoba mientras el otro confunde Buenos Aires con la Nación.
La balcanización silenciosa
En medio de la artillería de medidas antipopulares de los últimos gobiernos liberales, mientras buena parte de la dirigencia nacional y popular permanece enredada en sus capillas, internas y disputas de poder, estamos perdiendo de vista un peligro profundo, cuyas consecuencias pueden ser irreversibles; el avance silencioso de las condiciones económicas, políticas y culturales para la balcanización de nuestra patria. En la Argentina, la balcanización no supone necesariamente la aparición inmediata de nuevas fronteras internas, sino un proceso de desintegración económica, territorial y cultural, que comienza cuando las provincias dejan de reconocerse como partes de un destino nacional común, cuando sus recursos se subordinan a intereses externos y cuando la competencia regional reemplaza a la solidaridad federal. El peligro es que, mucho antes de dividirse en los mapas, la patria termine desmembrándose en la conciencia de los argentinos nacidos en cada provincia.
No hablamos de una división territorial inmediata, ni de un proyecto separatista formalmente establecido. Hablamos de algo peligroso y sutil; de un proceso histórico por el cual una nación va perdiendo los vínculos económicos, geográficos y espirituales que la mantienen unida, hasta que su propia fragmentación comienza a parecer natural, inevitable y, finalmente, conveniente.
Pero esta degradación del federalismo no se agota en las disputas por recursos o en el repliegue de cada provincia sobre sus propios intereses. Llevada al extremo, puede poner en cuestión la propia unidad nacional. Un antecedente revelador fue el de Alfredo Cornejo, quien en junio de 2020, siendo diputado nacional y exgobernador de Mendoza, planteó la posibilidad de que su provincia se convirtiera en un país independiente, aunque reconoció su inviabilidad constitucional. Aquella declaración, que alimentó el llamado Mendoexit, puede parecer una extravagancia, pero revela algo más inquietante; que la idea de fraccionar la Argentina en pequeñas repúblicas independientes haya comenzado a encontrar lugar en el discurso de dirigentes nacionales.
Provincia, Nación y liberalismo
El gobierno de Javier Milei, como antes el de Mauricio Macri, profundiza un proceso de fragmentación y enajenación del patrimonio nacional cuyos antecedentes se remontan a las rupturas históricas de 1955 y 1976, y que adquirió una nueva dimensión con el liberalismo menemista de los años noventa. Lo verdaderamente contradictorio es el papel del cordobesismo frente a ese proceso. Juan Schiaretti celebró la llegada de Macri al poder, cultivó una estrecha relación política con su gobierno y acompañó desde el Congreso muchas de sus iniciativas en el período 2015/2019. Con Martín Llaryora, frente al actual gobierno de Milei, persiste una contradicción semejante; se invoca la defensa de Córdoba para disputar recursos, mientras se apela a la gobernabilidad para justificar acuerdos con el poder central.
A las privatizaciones y al desmantelamiento de instrumentos estratégicos del Estado se sumó la reforma constitucional de 1994 durante el menemismo, que reconoció a las provincias el dominio originario de sus recursos naturales. Sin una política nacional que integrara esas riquezas en un proyecto común de desarrollo, se fortaleció una lógica de intereses y negocios provinciales, mientras se destruía la capacidad de la Nación para poner esos recursos al servicio del conjunto de los argentinos.
La concepción liberal del bloque antinacional mitrista no reconoce en la Argentina una comunidad histórica con un destino propio, sino un territorio disponible para los intereses del mercado mundial. Su horizonte no es la integración de la patria, el desarrollo de sus fuerzas productivas ni la conquista de su independencia económica, sino la subordinación de sus recursos, sus regiones y su trabajo a las necesidades del capital financiero internacional.
El caso de Córdoba, lastimosamente en nombre del Peronismo, resulta especialmente ilustrativo. Córdoba debe defender sus intereses, naturalmente, pero sin perder de vista que buena parte de ellos sólo pueden realizarse plenamente en una Argentina industrializada, productiva, integrada y soberana. Ese debería ser también el horizonte de su dirigencia política; poner la enorme capacidad económica, productiva y política de Córdoba al servicio de un proyecto nacional, en lugar de comprometerla en acuerdos circunstanciales que, bajo el argumento de la gobernabilidad, terminan respaldando políticas que debilitan el trabajo, la industria y la soberanía del país del que depende, en definitiva, el propio desarrollo de la provincia.
La colonización mental de nuestra dirigencia
Buena parte de nuestra dirigencia nacional y popular abandonó la formación de una conciencia nacional arraigada en la historia, la geografía, la geopolítica y las condiciones materiales de la Argentina. La política de construcción nacional y de inteligencia estratégica fue desplazada por el internismo, el tacticismo electoral, el reparto de posiciones y un pragmatismo que convirtió la conservación del poder en su propia finalidad. Desde la Nación hasta los municipios, la política de círculo fue sustituyendo a la estrategia de largo plazo. Ya nadie piensa en el país a 20, 40 o 50 años, ni incorpora la geopolítica como disciplina fundamental para comprender nuestros propios procesos políticos y el lugar de la Argentina en el mundo. Y en ese ejercicio de pequeñas ambiciones, nuestra dirigencia fue perdiendo no solamente la capacidad de interpretar el país, sino también la de reconocer su propia ignorancia. Aunque el pueblo conserva, muchas veces con mayor profundidad que sus representantes, una conciencia nacional elemental y poderosa que no necesita tratados de geopolítica para afirmar en clave soberana que las Malvinas son argentinas.
Pero la soberanía no se ejerce con declaraciones patrióticas. Requiere Fuerzas Armadas nacionales, profesionales, democráticas y equipadas; una política de defensa sostenida; industria militar, naval y aeronáutica; ferrocarriles, cielos, espacio, puertos, comunicaciones e infraestructura para integrar nuestra inmensa geografía. Exige conocer, vigilar y defender el Atlántico Sur, desarrollar nuestra presencia antártica y comprender culturalmente la dimensión marítima y bicontinental de la Argentina. Sucede que la cultura mitrista nos enseñó a reconocernos en las penas y las vaquitas de la pampa exportadora, mientras relegaba de nuestra conciencia nacional la inmensidad del mar y la cordillera. Lo cierto es que no hay soberanía efectiva sobre aquello que una nación no conoce, no comunica, no produce ni tiene capacidad de defender. Sin embargo, estas cuestiones apenas aparecen en la agenda pública cuando tragedias como la del ARA San Juan nos recuerdan la magnitud de lo que hemos descuidado.
A este abandono contribuyó también un prejuicio antimilitarista, particularmente arraigado en ciertos sectores del progresismo académico, militante y gubernamental, que puede reconocerse como una herencia del dispositivo cultural de desmalvinización desplegado desde 1982. Bajo la legítima condena a la dictadura, terminó instalándose una mirada que confunde integralmente y sin distinción a las Fuerzas Armadas con el terrorismo de Estado y que, al reducir Malvinas a la aventura de Galtieri y a nuestros combatientes a la condición de “los chicos de la guerra”, desdibuja su carácter de causa histórica de la Nación. Una mirada que, además de empobrecer nuestra comprensión del pasado, erosiona la autoestima nacional y nos priva de reconocer en nuestra propia historia los ejemplos de heroísmo, liderazgo y coraje que también la constituyen.
La Argentina no termina en la cordillera ni en las costas de Buenos Aires. Es una Nación marítima, bicontinental, cuya integración territorial y demográfica sigue siendo una tarea histórica inconclusa. Malvinas compromete nuestra presencia en el Atlántico Sur, nuestra plataforma continental, nuestros recursos y nuestra proyección antártica. No puede quedar reducida a una conmemoración culposa del 2 de abril. Y cabe preguntarse cuánto de todo esto forma parte de la preparación de nuestros cuadros políticos, de los dirigentes cuyos nombres conocemos y, fundamentalmente, de las nuevas generaciones de cuadros que necesitamos formar e incorporar a la vida nacional.
Una política pequeña para una gran Nación
No alcanza con denunciar las medidas antipopulares ni con hacer el inventario cotidiano de nuestras desgracias. La Argentina necesita recuperar el entusiasmo de una conciencia nacional a la altura de su geografía, de su pueblo y de su historia. Una cultura malvinera, antártica, marítima, fluvial, andina, federal y bicontinental, que se exprese en industria, ciencia, defensa, infraestructura, producción, educación e integración territorial. En definitiva, volver a concebir la política como instrumento de construcción de la Nación y no como un oficio para conquistar y conservar el poder, ni mucho menos como un negocio personal cada vez más rentable. Porque la balcanización no comienza cuando se trazan nuevas fronteras internas, sino cuando se pierde la conciencia de las existentes y del destino histórico que las reúne. Una provincia que se piensa al margen de las demás, una dirigencia que desconoce la dimensión de su propio país y una política que sustituye el proyecto nacional por la administración de intereses particulares van preparando, acaso sin advertirlo, las condiciones de una patria débil y fragmentada. Y si en los próximos diez o veinte años continuamos por ese camino, el peligro no será solamente una Argentina más pobre, desigual y dependiente, sino una nación cuya eventual desintegración haya dejado de parecer inconcebible.
La Nación que debemos volver a pensar
Cuánta falta hace, en estos tiempos de estrechez política y extravío nacional, recuperar aquella concepción de conjunto que, desde la empresa emancipadora de San Martín y las luchas de los caudillos federales por la organización nacional, atravesó buena parte de nuestra historia y encontró una expresión decisiva en Julio Argentino Roca y los hombres más representativos de la Generación del 80. No se trataba de proyectos idénticos ni de una continuidad sin conflictos, pero en todos ellos, desde perspectivas y circunstancias diferentes, estaba presente una preocupación que hoy parece haberse debilitado; la construcción de la Nación.
Con todas sus contradicciones y los límites históricos de su obra, la dirigencia de 1880 comprendía que la Argentina era una Nación por organizar, no una simple reunión de provincias ni una prolongación territorial de Buenos Aires. Había que resolver la cuestión de la Capital, federalizar Buenos Aires, dar forma definitiva al Estado nacional, consolidar un Ejército nacional, comunicar las regiones, organizar los territorios nacionales, establecer instituciones comunes y convertir una vasta geografía en un espacio político efectivamente integrado. En Roca existía, además, una extraordinaria concepción política del espacio. Comprendía que la frontera interior no era simplemente una línea que debía defenderse, sino un problema territorial cuya resolución modificaría la posición geopolítica de la Argentina. Su mirada trascendía los límites de las provincias y vinculaba la ocupación y organización del territorio con las comunicaciones, la producción, la defensa y las relaciones con los países vecinos. Había que afirmar la soberanía en la Patagonia, proyectar la presencia argentina hacia el Atlántico Sur y la Antártida, desarrollar una diplomacia capaz de resolver las controversias limítrofes y defender los intereses nacionales. En aquella concepción, la geografía no era un escenario pasivo de la política, sino una de las grandes condiciones materiales sobre las que debía construirse el destino de la Nación.
Aquellos hombres, con todos sus desaciertos, pensaban en la Nación que debían construir. Buena parte de nuestros dirigentes, en cambio, parece haber reducido sus ambiciones a conservar la porción de poder y el minuto político que le ha tocado administrar. Casi un siglo y medio después, seguimos discutiendo el centralismo porteño, las deformaciones del federalismo y la integración efectiva de nuestro territorio, cuando la propia geografía nacional nos exige elevar la mirada hacia una Argentina mucho más extensa y compleja; marítima, austral, antártica, sudamericana y bicontinental. La generación que debía completar aquella obra histórica corre el riesgo de no comprender siquiera la dimensión del país que ha recibido en herencia.
La historia argentina nos enseña que la unidad nacional no fue un regalo de la geografía, sino una conquista política, atravesada por luchas, sacrificios y profundas controversias. Sería una amarga ironía que, después de dos siglos de esfuerzos por construirla, termináramos resignándola no por la fuerza irresistible de un enemigo exterior, sino por la pequeñez de una dirigencia que, de tanto disputar el espacio y el poder, perdió de vista la Patria y su horizonte histórico.
El gobierno de Javier Milei, como antes el de Mauricio Macri, profundiza un proceso de fragmentación y enajenación del patrimonio nacional cuyos antecedentes se remontan a las rupturas históricas de 1955 y 1976, y que adquirió una nueva dimensión con el liberalismo menemista de los años noventa.