Opinión //// 10.09.2018
El índice remolacha

"Cuando hablamos de producción popular, de democracia económica, de estado transformador, estamos reclamando a la política que cree ser progresista, que la solución no está en limitarse a sacarle una parte de la renta a los capitales concentrados, para luego distribuirla como subsidios directos e indirectos". 

Por Enrique Mario Martínez*

La remolacha es una especie de uso hortícola, luego industrial y también de uso forrajero en alimentación animal, con propiedades muy valiosas, cuyo cultivo se hizo generalizado en Europa, antes que en América.

Hay una abundante bibliografía sobre sus características, sobre la industria azucarera de remolacha, con altas y bajas relevantes con relación al azúcar de caña.

No es esencialmente sobre eso que se refiere esta nota. Más allá que hubo intentos de producir azúcar de remolacha en Argentina, sea en Río Negro o en Entre Ríos, donde el fracaso mostró la fácil hegemonía de la alternativa de caña.

Aquí se quiere hacer una breve referencia a las implicancias sociológicas del desarrollo de la remolacha para uso alimenticio directo. Así de ampuloso.

Resulta que además de sus propiedades nutricionales, cualquier manual de agricultura señala que la remolacha es el cultivo indicado, por excelencia, para dar buenos resultados en suelos que se han deteriorado por el riego, aumentando su tenor salino. Esta especie no solo da allí frutos de buen tamaño, sino que contribuye a mejorar la calidad del suelo para futuros cultivos. A partir de eso, debería formar parte casi obligada de rotaciones hortícolas en Santiago del Estero, Mendoza, San Juan o hasta en partes del Gran La Plata.

Eso no sucede. No solo no sucede, sino que es normal que los productores hortícolas de esas regiones ni consuman o ni siquiera conozcan este cultivo. ¿Por qué pasa eso?

Porque esas comunidades, esencialmente las del noroeste y norte del país, que ocuparon el territorio con capacidad agrícola para el autoconsumo, fueron sumergidas bruscamente en el escenario donde los alimentos son un negocio, no una necesidad. Dejaron de cultivar maíz blanco de origen colonial para pasar a los maíces híbridos o la soja, como primer eslabón del mercado internacional. O a escala doméstica, se acotaron a los melones, sandías, cebolla, zapallo, zanahoria, que tenían por objeto atender la demanda de grandes ciudades a centenares de kilómetros, siendo esos horticultores los que ponen el cuerpo y los intermediarios los que juntan el dinero.

He visitado alguna vez una colonia agrícola creada hace 70 años, donde solo se produce lo antedicho y los colonos compran los huevos o los tomates para su consumo en el almacén del pueblo más cercano. Todo lo que sale de su tierra existe solo en función del mercado. Hace tres y cuatro generaciones.

Solo un utópico absoluto podría imaginar que en tal contexto un agricultor siembre remolacha para mejorar su huerta familiar, alimentarse bien y luego vender los excedentes.

Sin embargo, nunca habrá alegría profunda en esos pueblos, si no pueden poner la atención de sus necesidades por encima de un ingreso miserable definido por quienes hacen dinero con dinero.

Cuando hablamos de producción popular, de democracia económica, de estado transformador, estamos reclamando a la política que cree ser progresista, que la solución no está en limitarse a sacarle una parte de la renta a los capitales concentrados, para luego distribuirla como subsidios directos e indirectos. No está en acostarse a la noche y a la mañana siguiente despertarse con las finanzas globales en la cabeza.

La solución real es ayudar a cada compatriota que descubra como construir su vida con mayor libertad, sin necesidad de vender sus manos, su cintura y sus años sobre la tierra, para que alguien les tire una migaja. Y en ese momento, seguramente la remolacha formará parte de la dieta y del ingreso del campesino. Y nadie se apropiará del valor que generen con su trabajo.

Todo tiene que ver con todo.

*Instituto para la Producción Popular