Relámpagos //// 26.06.2019
Feminidades en los espacios públicos: entre la violencia y la tensión

A partir del caso que desembocó en el besazo de San Telmo y lo ocurrido con Mariana y Rocío en Constitución, un análisis del por qué de tales violencias contra las feminidades disidentes, pensadas como una violencia por partida doble. Qué importancia tiene la visibilidad y la performatividad del género, en términos de Butler, en la escena pública.
 

Por Ailen Montañez 
Foto: Lucía Barrera Oro

"Salir, por fin, a los encuentros que nos harán más libres -es decir, más potentes-, cuestionar lo dado, vivir existencias que perviertan la heterosexualidad como régimen político, sospechar del deseo"
Manada de lobxs - Foucault para encapuchadas

La escena del encuentro entre dos “mujeres” (por ahora encomilladas) obtiene determinados tipos de miradas en el espacio público. Son miradas que objetualizan a esa “mujer” (objetivan) por parte de los varones cis-género (varón cis de ahora en más). Uno de los tantos síntomas de la cultura machista en la que todavía vivimos y pensamos transformar día a día. 

Esa mirada objetivante, tiene a aquellas “mujeres” como posibles objetos de deseo, para la mirada del varón-cis. Varixs han teorizado ya, sobre lo que implica la posesión en esa mirada de deseo del varón-cis hacia la mujer-cis. Pero, ¿qué sucede cuando aquella mujer-cis devuelve en acto y cuerpo algo no esperado para la mirada de aquel varón-cis?

Introduzco, antes de seguir, otra pregunta ¿Mujeres cis-género? Aquí continuaremos hablando, más apropiadamente, de feminidades, porque son aquellas que no se manejan en significantes rígidos, conformando determinados rasgos esperados en una mujer cis-género tradicional/hegemónica, con todo lo que ello implicaría describir esta categoría. Feminidades entonces, porque es un concepto más amplio, más complejo que ese modelo de mujer cis-género a través del cual se concibe a un cuerpo femenino dentro de la heteronorma, y lo esperable en acto de tales personas que lo encarnan. 

En la escena pública se han registrado diversos actos de violencia frente a las feminidades que se comportan en -y desde- lo imprevisible, en lo inesperado acorde a una mujer-cis: feminidades disidentes. Los actos, hechos y reacciones acontecimentales, que hoy se hacen visibles, por ejemplo, en los besos lesbianos, interpelan a la problemática de visibilidades y subjetividades en espacios públicos. 

Tomaremos dos casos conocidos, a modo de ejemplo: el que desembocó en el besazo de San Telmo en Noviembre pasado y el caso Mariana y Rocío en Constitución. ¿Qué es lo permitido? ¿Qué subjetividad puede entonces besar en público? ¿Qué persona puede realizar tal acto sin sufrir algún tipo de violencia?
Micaela fue echada del mercado de San Telmo por besarse con una chica. Mariana fue procesada (causa vigente al día de hoy) por besar a su esposa en la estación de Constitución, y luego volvieron a ser echadas del mismo espacio en una jornada de fotografía de sus besos en la misma zona. Las mujeres-cis dentro de la heteronorma (como indica Butler) están interpeladas desde su género socialmente constituído a comportarse de determinada manera, y aquellas que se salen del guión parecen generar diversas reacciones de violencia. Violencias que son masculinas (género social correspondiente a los varones cis). 
Qué sería de la masculinidad sin el componente agresivo contra la homosexualidad del cual se forja, se pregunta Butler en Mecanismos psíquicos del poder. Yo creo que esta pregunta nos permite recorrer una línea para esta discusión: las masculinidades son por la negativa, son masculinos cuando no son gays, maricas, homosexuales. Se fundan en esa negativa. 

Ahora, también, se fundan en el deseo de la mujer, que toman como objeto de tal deseo ¿Qué sucede cuando aquella feminidad, entendida en la heteronorma como mujer-cis, no responde dentro de lo esperado para tal género? ¿Qué sucede cuando las feminidades en escena no se encuentran disponibles para la mirada del varón cis, de esa masculinidad que es sujeto de deseo de ellas?

La mirada cambia frente a la mujer que no se puede poseer. Las feminidades que se encuentran en una situación distante entre sus cuerpos, cruzaban miradas y gestos con las masculinidades alrededor que -en apariencia- no son violentas ¿qué perturba esa mirada de deseo y risas cruzadas? El beso entre ellas. 

En los dos casos hubo un beso entre dos personas del mismo género, como detonante, donde la heteronorma y esas masculinidades alrededor fueron cuestionadas al instante. Tales hechos provocaron reacciones distintas, a algunas las echaron, las agredieron. Otras hasta sostienen un causa judicial hoy día (Mariana Gomez se encuentra procesada) Esos cuerpos acostumbrados a ser objeto de deseo en la escena pública, ya no lo son, y no se encuentran disponibles para la mirada del hombre sujeto de deseo. Esos besos deben ser interrumpidos, ocultados, marginados.

Las violencias en estos casos concretos, son dobles, porque no sólo son casos de cierto tipo de homofobia (homosexualidad históricamente prohibida en la construcción social de la sexualidad a ser visible es espacios públicos) sino que además son feminidades las que son violentadas cuando son echadas o repudiadas desde el entorno. Violencias que vienen principalmente de las masculinidades.

Esa subjetividad masculina que está allí mirando se siente interpelada ¿qué soy si no puedo ser aquello que posee aquel objeto? ¿una mujer puede ocupar el mismo lugar que yo? La masculinidad construída en la negativa agresividad de todo lo que no es, y donde, por lo tanto, se afirma, produce este tipo de reacciones. Esto no es más que un desglose, o un ancla en casos contemporáneos de algo que ya varixs autorxs le han dedicado a este tema (nada nuevo estoy diciendo). 
Como subjetividades contemporáneas nos enfrentamos a estos desafíos dentro de este marco y de estos debates de teorías de género, de qué espacios públicos ocupar y cómo. Porque si lo personal es político, entonces cuanta más visibilidad, más se apunta a desmitificar la rareza. El problema, la tensión, se halla en las violencias que surgen en ese intento, y la doble violencia de género (aquí puesta el foco en el deseo sexual) que estos actos siguen desembocando al día de hoy. La tensión está entre las feminidades disidentes a ser objeto de la mirada del deseo masculino, y la violencia que eso genera en las masculinidades.

La visibilidad de estas feminidades y sus cuerpos, expresando y siendo disidencias de la mujer hetero-cis tradicional, que rompen con la expectativa esperada ¿es un instrumento emancipador? Las feminidades que hablan su género, con sus palabras y su cuerpo allí en lo público se reafirman expresando la independencia de la mirada masculina que las observa, esto es parte de un mecanismo de reclamo de visibilidad, y también de igualdad. De poder besarse como cualquier persona que pertenezca a la heteronorma.

Existe también una violencia en el lenguaje: en el momento en que nombramos, pero sobre todo el momento en el que “Adán nombró a las cosas y las hizo su posesión”, negando su existencia por fuera de sí, de él (negando la existencia de las cosas por sí mismas, Espósito, 2006) nos sirve como analogía de cómo el varón-cis, en y desde su masculinidad, concibe a la mujer, y por lo tanto a las feminidades. Las feminidades se poseen desde una masculinidad que nombra, conquista, y detenta su poder sobre ellas.

Esta dimensión del lenguaje, y la violencia que puede detentar, nos permite profundizar la lectura y reflexión de estos casos ejemplificadores. Donde se mira y se llama a “una mujer”, se olvida que allí hubo construída una feminidad, con lo que también se olvida la posibilidad constante de que esa feminidad esté resignificándose, mutando, reformulándosé, y las vivencias que eso conlleva. Se pierde de vista a la subjetividad femenina, que no es más que devenir y efecto de toda una cultura que como mujeres nos han llamado -interpelado, en palabras de Althusser- a ocupar un lugar en la trama social. Se pierde de vista también la subjetividad masculina como efecto de los mecanismos que la construyeron en torno a tal mecanismo de poder, de sometimiento y privilegio frente a la feminidad en general, y frente a las feminidades concretas, en particular.
Ser lesbiana aún hoy, en espacios públicos, y ocuparlos desde esa identidad, desde esa subjetividad, conlleva sufrir esta doble violencia de género, entonces: por ser “mujer”, por ser una feminidad en esta cultura, y por ser una “mala mujer”, una mujer desviada, una feminidad homosexual, una lesbiana.