Más información //// 20.08.2011
21 de agosto de 1995: fallecimiento del padre Jorge Vernazza

Jorge Vernazza nació el 1 de septiembre de 1925. Ordenado sacerdote en Buenos Aires. Vicerrector del Seminario de la Arquidiócesis porteña. Miembro impulsor del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, formó parte del "Equipo de sacerdotes para Villas de emergencia de la Capital Federal".

Vivió y trabajó durante años en la Villa del Bajo Flores. Denunció -junto a sus compañeros curas- los atropellos de la dictadura militar ante el llamado "Plan de erradicación de Villas". Con los vecinos armó cooperativas de viviendas para los villeros amenazados por la erradicación, con la idea de que era necesaria: "una casa en la tierra y otra en el cielo". “El padre Jorge Vernazza llegó a la villa en 1968, vivía en una casilla, tenía una carpintería y daba misas y cursos –recuerda otro sacerdote tercermundista, Ricciardelli– y en 1971 empezó a funcionar la guardería”.

Cuando estos curas llegaban a la villa y la gente los reconocía como sacerdotes, empezaban los pedidos: “Hola, padre, tengo dos chicos para bautizar”; “¿Cuándo empieza el catecismo?”; “¿Hay misa el domingo próximo?”. “La sorpresa -escribió el padre Vernazza- era sólo comparable a nuestra ignorancia con respecto al sentir real de la gente. A veces hablábamos entre nosotros sobre la búsqueda de una fe auténtica, apoyada más en grupos de reflexión evangélica que en los métodos tradicionales de difusión de la fe, pero la realidad de la gente de las villas con la que nos comprometíamos generosamente y sin prejuicios terminó por abrirnos los ojos a la riqueza propia de la devoción popular”.
Algunos sacerdotes no escondían su preferencia política por la izquierda peronista: en 1972, en el avión que trajo a Perón a la Argentina, viajaban también Jorge Vernazza y Carlos Mugica. En el Barrio Comunicaciones el padre Mugica levantó la parroquia Cristo Obrero, en la que ejerció su compromiso hasta el día de su asesinato. Al mismo tiempo, colaboraba con su gran amigo, el padre Jorge Vernazza, como vicario de la parroquia San Francisco Solano.

Movimiento de Sacerdotes tercermundistas con Perón.
Una mujer, cristiana, le escribe a Vernazza: “Es usted el destinatario de estas líneas por el sólo hecho de que su nombre y el de su parroquia han aparecido en los diarios a raíz de la muerte del P. Mugica. No lo conozco a usted, ni me conoce. Tal vez esto contribuya a que yo pueda, con entera libertad y profunda sinceridad, hablar de lo que me ha obligado a cuestionarme seriamente mi vivencia cristiana. El domingo me enteré por los diarios de la mañana, de la muerte trágica del P. Mugica. En mi parroquia San Agustín, escuché al sacerdote referirse, consternado, al hecho. En mí, hubo una reacción traducida, más o menos, en estos pensamientos: ‘Era partidario de la violencia, cayó en su ley... Él se lo buscó... Bastante mal ha hecho a la Iglesia con su politiquería’. […] El lunes al mediodía regresaba a casa, cuando a la altura de Libertador y Bustamante pasaba el cortejo fúnebre. Es a partir de ese momento, que quiero que alguno de los que iban allí, entre los que estoy segura usted estaba, sepan lo que recibí como gracia y ¿por qué no? revelación. Al ver a los ‘villeros’ surgió automáticamente el consabido juicio sobre ellos: ‘Estos haraganes, borrachos, peronistas, desagradecidos, etc. van a aprovechar la ocasión para hacer un regio carnaval, matizado con política’. Sólo un momento duró este pensamiento, porque tuve la respuesta que jamás esperé. Como a Pablo en el camino a Damasco, también a mí una luz me derribó interiormente y pregunté casi a ciegas: ‘Señor, ¿quién eres?’. Sí. Sentí la presencia del Señor entre ese grupo apretado y silencioso, que reflejaba en las caras de sus componentes, una profunda tristeza; caras con rastros de lágrimas recientes; de noche pasada sin dormir; caras de frío. Pero no advertí ni una mirada de rencor, ni de envidia, ni de resentimiento hacia los que los mirábamos, casi con indiferencia, desde las veredas y balcones de la orgullosa y magnífica Avda. del Libertador. Ellos cantaban y rezaban, mientras habían hecho un cordón a los lados de la columna, con sus manos entrelazadas: vi manos de niños, de hombres viejos y jóvenes, de mujeres de edad indefinida, algunas con una maternidad inminente... Padre Vernazza: fue entonces cuando me sentí fuera de ese cerco; y, a pesar de haber comulgado esa mañana, supe con certeza que Cristo también estaba ‘del otro lado’; al menos, en ese momento, el Cristo del Evangelio no era el que yo creía tener. Cayó, dentro de mí, hecho añicos, un ídolo que durante años, mi ambiente social, mi educación religiosa y familiar, mis prejuicios, habían fabricado. Si el alma puede doler, creo que experimenté agudamente el dolor. […] Quería hacer llegar a usted y a los que han sentido la muerte del P. Mugica como algo propio, este testimonio. Necesitaba darles las gracias de alguna manera. Tal vez yo pueda encontrar al Señor en una dimensión distinta, gracias a esta pena que hoy viven ustedes. De lo que estoy segura es que a partir de lo experimentado el lunes, mi juicio sobre los ‘cabecitas negras’, ‘villeros’, etc. será otro, porque desde entonces tienen rostro, expresión de dolor, miradas que no podré olvidar. Sus ropas ajadas, sus zapatos embarrados y hasta algunos pies descalzos, son motivo más que suficiente para preguntar también como Pablo, ‘Señor, ¿qué quieres que haga?’. Quién sabe si algún día no aceptarán ellos mis manos para entrelazarlas con las suyas, y pueda yo llamarlos en lo más profundo del corazón, sin recitados ni sentimentalismos inútiles, ‘¡hermanos!’. Para ello, tendré que volver a replantearme mi cristianismo muy profundamente, […] Rueguen ustedes para que la gracia que he recibido no sea estéril en mí. Gracias por todo”. Nota del P. Vernazza: "Años después, al terminar la Misa el 11/5/84, a los 10 años, en el atrio de la Parroquia Santa Cruz, esta Sra. se presentó ante mí para darse a conocer. Ya actuaba en la feligresía de dicha Parroquia".
A fines del ‘78, Vernazza y Ricciardelli convocaron a laicos católicos para conformar la comunidad de apoyo Madre del Pueblo, Merlo. Necesitaban ingenieros, arquitectos, trabajadores sociales y contadores […]. Unas monjas amigas de Ricciardelli les vendieron un terreno en San Justo a la tercera parte de su valor comercial. Pidieron plata, hicieron colectas y festivales hasta que pudieron comprarlo y empezaron a buscar el segundo. No era fácil, los problemas surgían cuando decían que se proponían hacer barrios para la gente de las villas. Esos dos barrios se levantaron con autoconstrucción, todos hacían las casas de todos.

Con este sistema se construyeron los barrios Nuestra Señora de Luján, en San Justo; Madre del Pueblo, en Merlo; San José Obrero, en Laferrere; San Cayetano 1 y San Cayetano 2, en Rafael Castillo, y últimamente se comenzó con la organización y puesta en marcha del barrio Padre Jorge Vernazza, en Virrey del Pino. Vernazza publicó una recopilación de escritos del Padre Mugica bajo el título: “P. Mugica: una vida para el pueblo”. Posteriormente editó también una reseña del accionar de los curas villeros: “Una vida con los pobres: Los curas Villeros”. Los pensamientos de Vernazza fueron publicados años después de su muerte anhelando cumplir con su vocación: la liberación integral del pueblo argentino.
"Para mí lo más importante es el contacto con los pobres. El trabajo en la villa me dio esta gran oportunidad. Me ayuda a mantenerme en un espíritu de pobreza, de simplicidad de vida; me pone frente a la situación más clara de tener que estar al servicio de otro y no de mí mismo. El contacto con quienes además de ser pobres se reconocen como tales, favoreció y enriqueció mi sacerdocio. Son ellos los más preparados para recibir la Buena Noticia”. (Agencia Paco Urondo, por Daniel Chiarenza)
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