Cultura //// 07.05.2016
Soy bahiense, pero

“Muchos hemos mirado desafiantes al panadero que no supo entender qué queríamos decir cuando pedíamos “carasucias” en lugar de “tortitas negras”, alentándonos a señalar esas facturas con azúcar negra arriba”.

Por Rocío Cereijo
Una de las grandes dificultades para los y las bahienses que migramos a otras ciudades o pueblos argentinos es la de no hacer el ridículo cada vez que pronunciamos alguna palabra que sólo se utiliza en Bahía Blanca. Uno de los casos más reconocidos es el de colocar la conjunción adversativa “pero” al final de la oración, algo que no desorienta a los oriundos de nuestra localidad y, sin embargo, ha dejado confundido a más de un receptor que desconoce esta suerte de muletilla. “Tuve un examen súper difícil. Lo terminé, pero”, podría ser uno de los tantos ejemplos de su uso.
Pobres de aquellos niños y niñas que nos atrevimos a jugar a las escondidas o a la mancha en algunas vacaciones o viajes fuera de la ciudad con otros compatriotas: “partido para todos mis compas” en lugar de “piedra libre”, “tuba” por “tocado” y “cafúa” al refugio para resguardarse y no ser “tocado” en la mancha. Dichosos los y las que proponían jugar a la “matanza” (“matasapos” o “quemado”) y lograban conseguir la aprobación del grupo antes que salieran espantados.  
Otro de los juegos polémicos era el de “la guerra civil y política”. Consistía en que un jugador arrojaba una pelota hacia arriba y, tras pronunciar la frase “declaro la guerra civil y política”, gritaba el nombre de otro; mientras todos corrían, la persona nombrada debía agarrarla. Una vez que ya la tenía en sus manos gritaba “stop” o “paren” y todos debían quedarse quietos mientras éste daba un máximo de tres pasos y debía pegarle debajo de la cintura al oponente con el balón.
Una anécdota recurrente que compartimos con gente de otras provincias es la de prometer  “masitas” para alguna reunión, llegar con unas miserables galletitas y lograr que los asistentes nos miren con odio o desilusión. También, muchos hemos mirado desafiantes al panadero que no supo entender qué queríamos decir cuando pedíamos “carasucias” en lugar de “tortitas negras”, alentándonos a señalar esas facturas con azúcar negra arriba.
“Lejía” por lavandina, “colihué” a sentarse con las piernas cruzadas en el suelo, “chuflín” a las colitas para atarse el pelo, “gauchito” a los simpáticos, “celoplín” a la cinta scoth, “vaqueros” a los jeans, “pieza” a la habitación o cuarto, “cufa” a las personas estudiosas o “nerds”, nombrar las líneas de colectivo con “la” antes del número en lugar de “el”, son otros de los tantos ejemplos que forman parte del dialecto bahiense. Ríanse; soy bahiense, pero.