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Cultura //// 07.09.2013
Patricio Rey en Huracán: el guetto de los pibes

Los orilleros estaban en casa, volviendo a esa Quema de la que parecemos nunca salir. Restos de la cultura popular, pululando al son de rocanroles autóctonos.

 

Por Juan Ciucci

Las bandas no dejaban de crecer, y las misas comenzaron a mudar de escenario. Los microestadios iban quedando chicos, y la voluntad de escaparse a los oropeles del rock institucional obligaba a mirar las periferias.

La era de los estadios comenzaba a establecerse en Argentina, y Patricio Rey buscó uno a su medida. La elección no pudo ser mejor: el Palacio Tomás Adolfo Ducó, en el glorioso Parque de los Patricios. Barrio popular y tanguero, al Sur de la ciudad, reducto privilegiado para la procesión ricotera.

Alejado de los ruidos de la fiesta menemista, por las calles del barrio volvieron a desfilar nuevos/viejos buenos amantes, a una especie de exilio interno entre talleres cerrados, parques colosales y adoquines arrabaleros. Los orilleros estaban en casa, volviendo a esa Quema de la que parecemos nunca salir. Restos de la cultura popular, pululando al son de rocanroles autóctonos.

Pero no podía ser aquello tan sólo una fiesta, las ansiedades cargaban el aire y la violencia se expresaba cómo y dónde fuera. La serie de recitales arrancó bien, aunque siempre en esa nebulosa que volvía únicas aquellas misas. La banda estaba en una de sus cumbres sonoras, y esas noches se encuentran entre lo mejor que de ella pudimos disfrutar. Allí veríamos nacer, por ejemplo, ese canto ancestral llamado Un ángel para tu soledad. El fin de año del ´94 fue distinto, y ese 16 de diciembre el dolor y la alegría vinieron por partes iguales.

Quiso el azar y los años que esa fuera la primera vez que los veía, con jóvenes 14 encima. No pudo más que impactarme profundamente ese encuentro, la intima convicción de un ghetto al que pertenecía. El Indio quejándose al principio, enojado una vez más, por la violencia contra la seguridad privada que se vivió en los accesos. Todos lo habíamos vivido: las escaramuzas fueron permanentes y mucha gente quedó muy lastimada.

Esa efervescencia excedía toda la situación, y uno no podía decir que aquello era un recital o cosa parecida. La intensidad de la experiencia nos envolvía de tal manera que sentíamos que todo podía ser allí posible, que los ritos eran propicios para el horror y el placer. De ambos se compone la Misa Ricotera, llegando siempre al exceso de la voluptuosidad.

Todo aquello volvió un tanto trágico el encuentro y esa violencia entre nosotros no era ninguna rebeldía, sino pura carrera hacia el vacío que el neoliberalismo nos imponía. No pudimos mitigar los dolores que esa Argentina nos traía sin salir un tanto maltrechos. Éramos desclasados que se reunían a salarse las heridas. Pasarían varios años para poder volver a vernos en ésta ciudad del buen aire, y aquella vez también habría muerte y violencia.

Pero el placer siempre prima, y mentiría si no dijera que me duele enormemente no poder volver a vivir aquel encuentro del subsuelo de la Patria estremecido. Algunas épocas oscuras reservan destellos tan intensos como peligrosos. Esas noches nos reencontraban con un sueño de resistencia, de oposición, de retorno a lo real. Aquellas misas en Parque de los Patricios forman parte de un legado irreductible, de un mito que supimos construir. Y que seguimos buscando por donde quiera que vamos, aun huérfanos ante la partida de Patricio Rey. El próximo sábado en Mendoza intentaremos reencontrarlo, entre todos los santiguados que rumbeamos en procesión.