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Relámpagos //// 02.06.2020
El Estado presente, por Enrique Martínez

"Los que pudimos evitar el intento de lobotomización social, desde nuestra fragilidad, que nos impide pensar un futuro venturoso estable, nos refugiamos en la idea del Estado presente, que nos cuide, aunque no cambie la raíz de la injusticia".  

Por Enrique Martínez | Foto Wally Velázquez

Empiezo por confesar un estado de ánimo. Me invade una mezcla de irritación y desaliento cuando veo debates banales que se instalan en la agenda económica. Aun cuando se definieran en favor de los “progresistas” no cambiarían ningún contexto estructural. 

¿Qué se discute la mayor parte del tiempo? Podríamos decir que la administración del statu quo y en especial sus excrecencias. Si hiciéramos la analogía con un cuerpo humano, diríamos que la mayor parte del tiempo estamos en el dermatólogo.

La paridad de dólar, la tasa de interés de los bonos públicos, el déficit fiscal, el crecimiento o no del PBI. Una pequeña parte de los datos macroeconómicos y ningún parámetro social, salvo la pobreza cada tanto, considerada una consecuencia de otras cosas, no analizable en sí misma.

Ni siquiera se discute la composición de la inversión, diferenciando privados nacionales, Estado e inversores extranjeros, con lo cual podríamos evaporar el mito de la dependencia de estos últimos. Ni que decir del efecto de la hegemonía multinacional; la baja productividad media; la falta de integración de las cadenas productivas; el deterioro de la fertilidad de la pampa húmeda; el efecto concreto del cambio climático sobre nuestra calidad de vida y como mitigarlo.

En síntesis: nos ocupamos de parámetros que nos preocupan a todos y con alguna mistificación, podemos evitar asignar su variación a grupos sociales definidos, nombrables. El mercado, los inversores, los bonistas, son eufemismos que nos remiten a ámbitos de los que depende nuestra suerte y que no podríamos controlar o modificar.

No nos ocupamos, por lo contrario, de ninguna cuestión en que rápidamente aparezca la posibilidad de encontrar responsables de los problemas, que se podrían convertir en blanco de nuestras protestas, queriendo vivir mejor. En especial, no nos ocupamos de los escenarios donde personas extraen valor del trabajo de otras – las explotan, en resumen – salvo para preguntarnos como recuperar parte de la pérdida. Nunca para eliminar cualitativamente la explotación.

No estoy señalando que esta segmentación sea deliberada. Es que toda sociedad busca en primera instancia avanzar por los espacios de menor conflicto, que “dejen vivir”. El problema aparece cuando por esa vía no se resuelve nada y las dificultades son mayores día a día.

La historia del siglo 20 y lo transcurrido en el siglo 21 nos muestra que cuando crece esa percepción de estar sobre una calesita con movimiento continuo, queda todavía un recurso extremo: cargar al Estado con toda la responsabilidad de solucionar los problemas o, como alternativa, culparlo por su existencia, lo cual es la otra cara de la misma moneda.

El Estado presente. Reclamo potenciado por la pandemia, pero asumido en términos concretos por todo el mundo central desde hace un siglo, aunque se enarbolen discursos contrarios a eso. Discursos sobre todo para consumo de la gilada periférica, donde se busca que los intereses multinacionales expriman la naranja y luego simplemente, tiren las cáscaras secas.   

En Argentina, tierra aviesamente colonizada en términos culturales, transitamos por una mezcla de los peores resultados de ese trabajo infructuoso de medio siglo que buscó extirpar la doctrina peronista del cuerpo social, primero, vacunarnos contra la construcción de tejido social, después.

Por un lado, los representantes de los intereses financieros y productivos más mezquinos, cargan contra todo lo que impida su hegemonía.

Enfrente, los que pudimos evitar el intento de lobotomización social, desde nuestra fragilidad, que nos impide pensar un futuro venturoso estable, nos refugiamos en la idea del Estado presente, que nos cuide, aunque no cambie la raíz de la injusticia. 

La pregunta es, ¿qué sucede cuando pasamos a darnos cuenta que ese rol para el Estado presente es una misión imposible? Que no nos puede cuidar sin corregir con fuerza la injusticia.

Por ahora, se producen reacciones con cierta dispersión, que no alcanzan para configurar una nueva política de Estado, ni siquiera para reclamarla con suficiente fuerza.

Algunos, colocan al Estado a cargo de todo lo que hoy molesta en la estructura productiva. Si hay monopolios u oligopolios en la cadena alimenticia, se postula una fábrica estatal de alimentos.  Se reverdece la nostalgia por la nacionalización del comercio exterior, del comercio de granos y carnes, de los depósitos bancarios. Se define como meta la creación de millones de chacras sociales, a partir de imaginadas millones de hectáreas del Estado. 

Otros, desde la mirada del consumidor, piensan en dotar a millones de compatriotas de recursos económicos, que evolucionen hacia un ingreso básico, que garantice por ese hecho un sustento mínimo digno.

Otros, acompañan la lógica de la academia económica del mundo central y creen que la solución es cobrar más impuestos a los más ricos. O sea: 
El capitalismo de Estado; dar subsistencia básica a los excluidos, sin necesariamente incluirlos; intervenir en la distribución de los frutos, sin involucrarse en la forma en que se generan; tales, parecen ser las principales opciones, que podrían combinarse para lograr alguna fórmula superadora del escenario actual.

¿Quién podría decir que dentro de esa pequeña madeja no está la receta para un país vivible?

Soy uno de los que piensa que el debate de esas ideas y la práctica de algunas de ellas, nos terminarán mostrando que no son soluciones definitivas; que éstas comenzarán a aparecer cuando pongamos en el centro de la escena el derecho al trabajo sin patrones como valor universal, donde nadie pueda bloquear ese derecho ni pueda apropiarse del valor generado por el trabajo de otro. Esa es la democracia económica, nunca ejercida en nuestra tierra.

Se trata de debates profundos, necesarios, que deberían ser inevitables, con muchas mentes frescas y abiertas volcadas al tema. 

¿Sucede esto? No.

¿Lo reclaman los comunicadores populares? No. 

Tal vez el camino posible – que por eso termina siendo el recomendado – sea que sectores sociales se pongan la meta de agruparse para buscar la mejora de calidad de vida de su pago chico; que en esa tarea aprendan qué puede estar a cargo de la propia comunidad y qué necesita de una capacidad administradora superior, a depositar en el Estado; que en ese tránsito entiendan si sus ideas encuadran en alguna de las tres líneas expuestas más arriba, una mezcla de ellas o variantes transformadoras más importantes, como las que postulamos; que detrás de esas ideas unificadas, interpelen al resto de la comunidad y a las instituciones, para poder concretarlas.

Ocupémonos

*Instituto para la Producción Popular (IPP)