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Opinión //// 30.05.2020
Los costos de aferrarse a una civilización moribunda

La antropóloga miembro del CONICET, Karina Ciolli, realiza una análisis sobre los "costos" de la pandemia,cuestionando la "normalidad" previa.

Por Karina Ciolli

Hace más de tres largos meses que la mayor parte de la humanidad se encuentra sumergida en una pandemia que, sin encontrar aún salida, acarrea graves e inauditas secuelas, tanto en términos sanitarios como en la reproducción de las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales.

Mucho se ha escrito sobre las características de dicha pandemia, sobre su origen y su vínculo ineludible con una crisis civilizatoria que se venía gestando previamente, y sobre las perspectivas de futuro. También son variados los artículos en los que sobrevuelan preguntas en torno de la normalidad, y es ahí donde nos interesa colocar la mirada en esta oportunidad: ¿Es posible retornar a la normalidad previa?, ¿qué cosas se nos habían vuelto normales y hoy se miran con otros ojos?, ¿no nos estaremos acostumbrando a esta nueva situación, al intentar resolver nuestras vidas –muchas veces forzando al extremo esas resoluciones– en el marco de condiciones de una excepcionalidad no registrada hasta entonces?

Nuestra supuesta normalidad estaba basada –y sigue estándolo– en índices insostenibles. Niveles de desigualdad abismales, donde el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que la suma del 99% restante (Página 12. 10 de mayo de 2020). Daños medioambientales irreparables para nuestros suelos y recursos naturales. Poblaciones enteras privadas de un recurso tan básico como el agua. Inmigrantes muriendo antes de encontrar espacios donde vivir y trabajar. Femicidios a la orden del día... Evidentemente, la normalidad sólo podía ser así concebida para un puñado de personas.

Pero para no quedarnos con datos ya conocidos –no por eso menos lastimosos y necesarios de tener presentes todo el tiempo–, resulta interesante recuperar algunos antecedentes de períodos en los cuales lo normal se volvió insostenible. Para, a partir de esas experiencias históricas, pensar nuestro presente y futuro.

La novela histórica “Un espejo lejano” de Barbara Tuchman (1978) –que aborda los desórdenes, las calamidades y los cuestionamientos al orden social establecido que acompañaron el hundimiento del feudalismo– resulta inspiradora para pensar cómo, en determinados períodos históricos, aquello que parece normal comienza a naufragar en un mar de incertidumbres hasta volverse tan extraño y ajeno que ya no se puede sostener. Nos sumergimos, brevemente, en ese espejo lejano para luego retomar la situación presente.

Denominado por la autora como un “Siglo nacido para el dolor”, los años comprendidos entre 1300 y 1400 significaron, para la mayor parte de las poblaciones europeas, tiempos de calamidades, pestes, hambrunas y desórdenes de todo tipo. Dentro de dichos desórdenes, la novela revela cómo la iglesia católica, una de las principales instituciones que sostenía el poder dominante de manera irrefutable y que “daba respuestas (…) significado y propósito a la existencia” (Tuchman, 1978, p.51), comienza a transitar por un período de decadencia hasta ir perdiendo poco a poco su poder e influencia dentro de los sectores dominantes (influencia que recupera años más tardes pero ya no como figura central).

La irrupción de la burguesía dentro de este mundo de cleros, nobles y vasallos significó una convivencia incómoda e incongruente que trastocó todo el orden vigente y que recién terminó de resolverse quinientos años después con las revoluciones burguesas iniciadas en Francia en 1789. Pero más allá de esta resolución –que abrió nuevas contradicciones para la humanidad– todo el período de transición es lo que resulta más atractivo para pensar nuestro presente. Porque es en dichos períodos transicionales donde se registran hechos inéditos, anormales y extraordinarios, así como experiencias populares que, aunque silenciadas, acumulan huellas en torno de la necesidad de transformaciones estructurales.

En los primeros años del 1300, “el viento del descontento” con lo instituido, llegó de la mano de gran cantidad de movimientos religiosos, campesinos, sociales, que cuestionaron, entre otras cosas, el contraste entre el lujo clerical y la hambruna y la opresión que ejercían los terratenientes hacia los campesinos. Resulta interesante recuperar una de estas experiencias: “En 1320 la miseria de los pobres rurales, a consecuencia del hambre, detonó en un extraño movimiento de multitudes histéricas llamadas pastoureaux, en alusión a los pastores que lo iniciaron” (Tuchman, 1978, p.51). Dicho movimiento –que culminó con todos sus integrantes ahorcados– es uno de los tantos que pusieron de manifiesto la incongruencia y los límites de un mundo donde lo instituido intenta sobrevivir aferrándose a su tradición y métodos conocidos hasta entonces.

Recuperando esta figura histórica, la actualidad podría pensarse como un período de transición, donde todo lo que venía funcionando, aceptándose como normal, se vuelve cada vez más insostenible para las mayorías. Sin embargo, la tendencia a intentar recomponer esos fragmentos del mundo conocido que se caen, muchas veces prima por sobre lo insostenible. La humanidad se encuentra atrapada en ese falso dilema. Cuando la realidad está mostrando, por la acumulación de hechos inéditos y de experiencias populares, límites de un sistema que parecía fuerte y que permiten pensar en otros horizontes.

“La razón se ha tornado en sin razón” (Engels)

Así como en la baja edad media se registraron hechos inéditos (pestes, insurrección y cisma en la iglesia católica, caos económico, desorden administrativo, etc.) que trastocaron lo instituido, diluyendo la percepción de un futuro cierto, hoy estamos transitando un período donde la incertidumbre es la norma, y no sólo por la pandemia, sino por la acumulación de una cantidad de hechos atípicos que nos desafían a pensar nuestro futuro.

Aunque lo naturalicemos diariamente, es insoslayable preguntarse por los resultados de una crisis de deuda global que asciende a 225 billones de dólares y que representa un desfasaje con la economía “real”, al triplicar el tamaño del PBI global. Está claro que se trata de una deuda contraída no por los pueblos sino por las corporaciones y los sectores dominantes de cada país, aunque el peso recaiga siempre en los trabajadores y las trabajadoras. Pero, la deuda y el desfasaje con la economía real no sólo nos hablan de un fenómeno que acelera la desigualdad profundamente, sino también de un modelo de acumulación que ya no puede reproducirse tal y como lo venía haciendo.

Frente a este panorama de crisis global de deuda, muchos gobiernos están adoptando políticas que llaman la atención. Desde un artículo en el diario Clarín, Marcelo Cantelmi, que por supuesto no podemos caracterizarlo como un periodista “antisistema”, sostiene: “Lo inédito de este período es que los estados se ven obligados a lanzar un paquete de rescate inédito (…) Que un sector del establishment y algunas superestructuras del norte mundial adviertan eso apenas 12 años después de haber hecho lo contrario, es todo un dato de hasta qué punto muchas de las reglas que se creían intocables están hoy en cuestión”. Además, sostiene que el período registra un conjunto de “nacionalismos” (Trump, Brexit, Bolsonaro, etc.) que expresan que se “fulminó la brújula mundial (…) en un retiro sin precedentes de un liderazgo que fije parámetros”.

Otra de las voces que también advierte respecto de un presente y futuro incierto para el capitalismo actual es el magnate Georges Soros, quien en una entrevista reciente manifestó: “Esta es la mayor crisis de mi vida. Incluso antes de la pandemia me había dado cuenta de que estábamos en un momento revolucionario, donde lo que en tiempos normales sería imposible o incluso inconcebible no sólo se había vuelto posible sino, casi con certeza, absolutamente necesario” (Redacción.com. 12 de mayo de 2020).

¿No será el momento de pensar como pueblo ese momento revolucionario a partir de todos los indicadores que manifiestan un límite de la normalidad capitalista?

Los pueblos vienen marchando

Así como el espejo histórico nos mostró un conjunto de movimientos políticos, sociales, de campesinos, heréticos, que se fueron acumulando hasta llegar a incidir en el quiebre de un orden social, político y económico, también registramos en nuestra contemporaneidad, una enorme cantidad de estallidos que se vienen manifestando desde los años 90, pero que aumentaron significativamente en los últimos años.

El contenido de muchos de estos estallidos está vinculado al quiebre del dilema planteado anteriormente: no poder tolerar un mundo insostenible ni querer reparar esos pedazos del mundo que ya no dan respuesta. Sin embargo, queda una enorme tarea que consiste en recuperar esos brotes populares para construir una fuerza social capaz de llevar adelante dichas transformaciones. Y esta no es una tarea voluntaria, sino urgente. Los costos de aferrarse a una civilización moribunda son mayores que pensar una nueva forma de humanidad.