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Fractura //// 30.05.2020
The PDF´s affaire

Agencia Paco Urondo investigó sobre la circulación de diversas producciones artísticas. Desfilan: Catón, Gonzalo León, Gabriela Borrelli, Juan Burzi, Ricardo Strafacce, Pablo Pazos, Palo Pandolfo, Tommy Gubitsh, Jorge Garacotche, Andreoli del mítico grupo Bubú, Leandro Bera y Rodrigo Espina, director del documental sobre Luca Prodan. 

Edición de imagen: Leonardo Della Torre

Por Andy Andersen y Jorge Hardmeier

 

Tenemos, ante nosotros, varios libros sobre arte. Los vamos a vender. Libros usados que, al menos, han sido vendidos dos veces; la primera por el editor/distribuidor y la segunda por el librero. Han descargado por lo tanto ya el copyright. Volveremos a venderlos, y esta operación podría repetirse en el futuro. El copyright no volverá a pagarse más que la vez primera. Nos miramos. Es imperioso conseguir dinero. El sustento.  Tenemos  también unos cuantos CDs, originales y copias.  Estos artículos venían con una leyenda que habla acerca de la prohibición de su alquiler o préstamo. Charlamos un rato, escuchando un disco por Youtube. Surge el tema de los libros PDF.  Reclamo de algunxs que van en el mismo sentido que se ha planteado respecto a la música: su difusión, ya que el objeto en sí mismo no existe físicamente, no es un libro. Libreros, conocemos  a varios editores piratas, personas que toman un texto por lo general agotado, lo editan por su cuenta, y lo comercializan  a muy bajo precio. Los lectores ansiosos no reparan en la procedencia de los mismos, quieren poseerlos.  Se venden estos libros, generalmente, en parques, aunque algunas librerías trabajan con algo de este material, digamos, alternativo. Otro segmento de la piratería dedica su atención a un nicho mucho más pequeño aún: el del texto universitario. La desatención del mercado. Podemos ver este material en librerías, parques, quioscos de revistas, o arriba de una manta en la vereda por la que caminamos. Nos reímos recordando cierta anécdota, la de aquella psicoanalista que obsequiaba a unos pocos libreros su nuevo libro recién publicado por una prestigiosa editorial porteña, especializada en el tema. En la bibliografía, una curiosidad: figuraban varios libros acreditados como propiedad de una editorial de cierta ciudad de España, una editorial que no existía, cuyas ediciones eran “conseguibles” en un parque, a un precio bastante conveniente en relación al de venta en librerías. Nuestros argumentos de cuidado del material ofrecido, de que las ediciones no podrían ser citadas porque eran truchos, se derrumbaba. Otro disco.  La charla deriva en la discusión que se generó en las redes sociales  acerca de la liberación de algunas obras con copyright en formato PDF para su descarga gratuita, sin autorización previa de los autores. En medio de la pandemia que nos azota, lxs autorxs de dichas obras mostraron su disconformidad y enojo, acción que provocó una estampida de reacciones en su contra y también a su favor. Tenemos que ir a vender los libros pero la conversación gira hacia el tema de la circulación de la música: hace años que buena parte de la humanidad ha reemplazado el viejo equipo de audio por los más nuevos reproductores de formatos digitales. La compra de CDs ha quedado relegada a un pequeño número de fanáticos. Los músicos se han visto ante la imperiosa necesidad de salir a tocar permanentemente en vivo. Hoy día, en medio de la pandemia, esta actividad está cancelada.  Tenemos dudas, empezamos a sopesar la idea: luego de vender los libros consultaremos  a ciertxs involucradxs en estos temas. El tiempo apremia, cargamos los libros y los CDs originales en dos bolsas de supermercado y salimos en dirección a la feria de compraventa de objetos usados. Al regresar haremos un par de llamados.

 

La biblioteca de Babel

 

Pablo Pazos es librero hace treinta años. Trabajó en Fausto y en una librería mítica, la del Fondo de Cultura Económica en Avenida Santa Fe. Hace más de una década inauguró Arcadia. Material importado, libros de arte, filosofía y sociología, pero también libros de editoriales independientes de todo el país.  Le preguntamos sobre éticas comerciales, piratería y PDFs: “Una cosa es la piratería  y otra es la circulación en PDF, creo que se mezclan los tantos. Estoy de acuerdo en ir contra la piratería material. Convengamos que el comprador de libros, salvo por razones de urgencia o económicas, prefiere la edición física al PDF, y muchas veces a partir del PDF salen a buscar el libro. No tengo tan claro que el PDF perjudique la venta del libro físico”.  Hablamos sobre el libro electrónico, que no hizo que mermara la venta del libro en formato físico. Bajamos el volumen del audio musical.  Y agrega Pablo: “Yo mismo, ante el libro agotado o a precios exorbitantes, he pasado a clientes míos PDFs”. Comentamos brevemente la amabilidad de Pablo, discutimos sobre si lxs escritorxs bajarán o no libros gratis de Internet. Otra llamada. Los libros ya han sido vendidos y estamos de regreso. Altavoz.  Paradójicamente, en estos tiempos de pandemia, Catón publicó, en 2010, un libro en editorial Mansalva: “Ya no salimos”.  Su verdadero nombre es Diego Sigalevich. Explica el origen de su apodo: cuando ingresó a Derecho en la UBA había leído las Vidas paralelas, de Plutarco y le gustaba la historia de Roma. Discutía con el profesor de derecho romano, fundamentalmente sobre la vida de Catón, el Joven. De ahí quedó lo de Catón. Diego es abogado y Fogwill fue su cliente durante los últimos años. Debe haber sido tarea harto difícil. Le preguntamos sobre la liberación de ciertos PDFs y Catón, abogado, indica: “Para poner estos interrogantes en contexto resulta imprescindible atender el desarrollo de las leyes de propiedad intelectual, por un lado, y por el otro, el estado de la producción bibliográfica argentina en su relación con el mercado. En este sentido, la ley 11723 y las distintas normas internacionales que le sirven de fuente, nacieron de una demanda legitima de los autores, desprotegidos en relación a los frutos de sus obras, constituyendo en su inicio una especie de derecho laboral del autor. El avance de la tecnología y el consumo masivo trajo como consecuencia que esta ley sufriera diversas modificaciones, tendientes a tutelar a las industrias de bienes culturales y que se dictaran otras normas, destinadas a proteger a la industria de supuestos, en donde existían ciertas lagunas: tal es el caso de la ley del libro, que reprime la reprografía (el fotocopiado de textos) como delito. A estas dos líneas jurídicas se suma una tercera corriente, que es la que concibe al acceso a la cultura como un derecho humano universal y que entra en tensión con estos dos anteriores desarrollos. En los recientes debates en las redes resulta habitual que se confundan las posiciones del autor con los de la industria, máxime cuando nuestro pequeño mercado editorial no permite la existencia de una categoría profesional de escritor. Cabe reparar en este sentido la política de los dos grupos editoriales mayoritarios, que articulan técnicas de comercialización masiva con gran recambio y sustitución de títulos de forma permanente, y cuyo resultado acelera la degradación comercial de obras que terminan rápidamente en el saldo y, en el peor de los casos, en la quema de ejemplares. La producción de obras de cierta calidad literaria queda, entonces, en manos de pequeñas editoriales independientes.  En relación estricta al intercambio de PDF, nos encontramos a mi modesto criterio, ante un supuesto de atipicidad legal, ya que tal práctica resulta equiparable al préstamo de libros efectuado en una biblioteca. Distinta es la situación de las ediciones pirata o en fotocopias que se encuentran penalizadas expresamente”. Nos miramos asombrados. Cigarrillos. Somos amante de los libros, pero deberíamos evacuar nuestras dudas también con artistas de otras ramas. Hacemos una pausa. Fumamos y escuchamos música. ¿Seguimos con lxs escritorxs? Y, dale.

 

El PDF no se mancha

 

¿Hacemos otro llamado? Sí. Y activamos las redes sociales en la computadora. Enviamos, por esa vía, preguntas. Responde Gonzalo León por el teléfono. Altavoz. Lo interrogamos sobre su posición en relación al affaire PDF: “Me pareció una discusión pedorra de ambos lados, tanto de los que exigían con justa razón que bajaran sus libros porque eran “contemporáneos” y no habían cumplido su “ciclo”, como de los que consideraron esta petición propia de “negociantes” más que de escritores. Hace mucho que no veo una discusión decente en las redes y esta no fue la excepción”. Gonzalo, escritor chileno residente en Buenos Aires, publicó, entre otros libros, Cocainómos Chilenos, el libro de cuentos Un imbécil leyendo a Nietzsche y Serrano. Hay un sonido que indica que ha llegado un mensaje a una de las redes sociales. Alguien ha respondido: es Gabriela Borrelli Azara, poeta, locutora, agitadora cultural. Entonces, leemos: “No tengo una opinión al respecto sobre la discordia. No quise participar, no me interesó. La verdad que si “PDFs sí o PDFs no”, no veo nada interesante. No me interesó la discusión, me interesan otras maneras de pensar la literatura y no en esos términos. Me parece que nos enfrentamos siempre a los mismos problemas, con pandemia o sin pandemia, que es la circulación. El problema de la literatura es su circulación. Puede estar más visible, ahora. Editar un libro no es un problema, lo que encarece muchísimo un libro y lo que también provoca lazos lectores, familiaridades lectoras, es justamente la distribución,  y eso lo puede decir cualquier editorial independiente. Ahora, creer  que hay una distribución más justa en redes que en la distribución física me parece una ilusión. Me parece que hay muchos muros y geografías virtuales, más profundos ahí que los geográficos. ¿Qué quiero decir? En mi muro de Facebook hay 5000 personas que piensan como yo. En mi Instagram hay 20000 personas que piensan como yo, pero en mi edificio, los que tengo al lado, seguramente no piensan como yo. La circulación es una fantasía, es irrisorio que la circulación sea más grande que la física. Una librería sigue siendo un espacio más rico que cualquier librería virtual, porque la circulación es más personalizada. ¿Me extendí mucho?”. No. La pandemia, la cuarentena, una voz sigue sonando desde el altavoz del teléfono celular. Es la de Gonzalo León: “Pensemos que si antes de la pandemia queríamos comprar algo, lo pagábamos. Por qué entonces ahora vamos a esperar que nos regalen esos libros que nosotros antes comprábamos, eso no sólo es algo extravagante, sino que va en perjuicio de toda la cadena del libro: editores, librerías, distribuidoras y por supuesto autores…” Otra vez el ruidito que indica mensaje de la red social. Y sí, es Borrelli: “Creo que, en cierto punto, la circulación de PDF afecta, en casos particulares. En cuanto a la circulación del libro usado, o universitarios me parece un recurso de la lectura. Válido o no valido es un recurso para leer y para aprender.  Los caminos del aprendizaje se hacen como se pueden, a tientas y a locas. Creo que el universo de la literatura es muy amplio, la venta y compra de un libro es parte de ese universo tan amplio. Hay gente, por ahí, que se dedica a otra cosa, que está cercana a la literatura y que se paga la propia edición. No tengo opinión formada. ¿Qué opinión puedo tener formada sobre alguien que tenga tal impulso? Estoy entre la admiración y el desasosiego.  Alguien que quiera pertenecer tanto a la literatura al punto de pagar su libro, es admirable”. El altavoz del celular sigue emitiendo la voz del generoso Gonzalo León y narra situaciones de su compatriota Pedro Lemebel: “Hay una anécdota de Pedro Lemebel que ilustra muy bien esto, en realidad son varias anécdotas sobre la misma cosa. A Lemebel le pirateaban los libros, no sólo en Chile sino en Perú y en otras partes, pero no le molestaba eso, le molestaba que lo hicieran desde un arranque, porque ahí lo perjudicaban a él, y si lo perjudicaban a él, después –esto es lo que decía- no iba a poder escribir otro libro, y entonces también se perjudicaba el pirata. Llamaba entonces a ser conscientes con la piratería, pero en ningún caso a dejar de hacerla. También hay librerías de Ebook en Mercado Libre que venden PDFs muy baratos. Estas piraterías, por decirlo así, parecen legales y nadie se escandaliza por ellas”. Basta de esritorxs, decidimos. Otros puchos. Si, basta. Pero otra vez un mensaje desde las redes sociales: es Juan José Burzi, narrador entre cuyas obras se cuentan Los deseantes y Un dios demasiado pequeño. Su último libro está dedicado al estudio de la obra del pintor Caravaggio.  Comienza respondiendo sobre el tema PDFs:El autor/editor de la obra tiene derecho a negarse a que sea reproducida gratuitamente. Y, si se quiere, hasta se lo deberían haber consultado, antes de ofrecer los PDFs. En lo personal, me parece que más allá de lo formal y legal, en este caso, pareciera haber sido una cuestión de formas. Y de sobreactuaciones varias. No me parecieron correctos los agravios de un lado ni del otro, pero mucho peor me pareció la sobreactuación, las acusaciones de violencia, los posts insoportables victimizándose, esa especie de bajada de línea pseudo sectaria, donde se llamó inmediatamente a cerrar filas, detrás de cuestiones que no estaban claras. Obsecuencia y sectarismo por un lado, y por el otro, la loca idea de que hay una obligación a compartir en forma gratuita lo que se escribe. Esos son los extremos negativos. Luego hay matices. Y cada cual tiene su derecho a ser angurriento y tener vocación policial, somos libres, ¿no?” Nos miramos: picante. Y sigue Burzi, ciudadano de Lanús: “Mi postura personal es la siguiente: Pedefeame todo, en tanto no lucres con eso. Y si lucrás, tratá de que no me entere y listo. Además, creo que como escritor, uno gana más siendo leído por personas que se bajan un PDF, de esas lecturas puede haber un boca a boca, puede que algunos compren el libro en papel, o compren el siguiente, o el anterior. O concurran a alguno de los cientos de millones de talleres que suelen dictar los escritores para enseñar a escribir. Son múltiples las posibilidades. En lo personal, no hubiera confrontado con quien muestra un interés en leerme (reitero: siempre y cuando no se esté lucrando)”. Estamos en pandemia además, Juanjo, tipeamos. “A pesar de estar más cerca de quienes comparten el material en forma gratuita, debo decir que entiendo a un editor independiente si se queja porque liberan un libro por el cual invirtió trabajo y dinero. Amo los libros usados. Amo ir a revolver a librerías de viejo. Creo que el libro usado es fundamental en la formación de un escritor. Las fotocopias han sido fundamentales para poder estudiar, al menos en mi caso. Hay belleza en esa circulación anárquica y pirata. Y riesgos. Y está bien. Seguramente le quita ventas al libro legal, pero no debe ser tanto, porque los sellos siguen existiendo”. Agradecemos a Burzi, pero nos vuelve a escribir para agregar algunas cuestiones: “el escritor siempre recibe migajas, recibe el diezmo. Los sellos deberían comprar el libro y luego ir a porcentaje según ventas. Spoiler: esa lucha está y estará perdida. Y me parece que la circulación cultural tiene algo de eso, de libros piratas, de cambiar libros usados, de libros afanados, de pasarle a un amigo un libro que lo fascinó a uno, y quizá hoy sea pasar un PDF. Lo mismo con las películas y la música. Es imposible regular, castrar, la avidez cultural. Esta discusión atrasa 20 años. Andá a decírselo a la empresa musical, que tuvo que repensarse y reinventarse”. ¿Algo más Juan? “Nunca olvido al maese Oscar Wilde: Todo arte es completamente inútil”. Queremos hablar con músicos y gente del cine, pero recibimos un llamado en respuesta a un mensaje anterior. Ricardo Strafacce, abogado, escritor, autor de la monumental biografía sobre Osvaldo Lamborghini. Parroquiano, como Catón, del mítico bar Varela Varelita: “Hay que distinguir entre autores y editores y hacer nuevas distinciones dentro de ambas categorías. Primero: distinguir entre empresas comerciales, hobbys de millonarios con inquietudes, y editoriales verdaderamente independientes. Si esa liberación en la red perjudica, por ejemplo, a Blatt & Ríos, no estoy de acuerdo. En muchos otros casos –la mayoría tal vez− no me parece mal, si los autores están de acuerdo. Si el autor no está de acuerdo,  alguien lo está afanando. Y entonces se hace necesaria otra distinción; hay quien afana y comparte en la web por amor al arte y hay quien lo hace por negocio. Los dos casos están mal, pero el segundo es peor, obviamente. En cualquier caso, me parece más urgente el debate respecto de las editoriales que no pagan o pagan mal los derechos de autor. Muchísimo peor que la piratería web son los editores que no pagan derechos. Eso es un afano con todas las letras. ¿Quiénes se creen que son? Es muy fácil ser editor o “gestor cultural” o pindonga con la guita y el esfuerzo ajeno. Y otra distinción: hay escritores y guanacos. ¿Andahazi es escritor? A mí no me molestaría que aparezca algún libro mío en la red (quizás ya lo hay, no sé). Imagino –quizás ingenuamente− que el lector que aprecie lo que yo hago va a desear tener mi libro. Yo solo leo en Internet los libros inconseguibles o los que sé que no voy a comprar. A veces un par de páginas de lectura en la web me llevan a comprar el libro. Y peor todavía, son los libros (de uno) en mesas de saldos. Me encanta comprar libros usados, pero no quiero que los míos lleguen a esa mendicante condición. Por eso nunca publiqué en editoriales grandes y −salvo que medie una oferta irresistible− no pienso hacerlo. Para terminar: estoy absolutamente en contra del libro prestado. Personalmente, casi nunca leo libros prestados. Siento que si no tengo el libro en mi biblioteca es una lectura que perdí porque nunca voy a poder volver”.

 

Música del alma

 

Vendimos varios CDs. Una ayuda en modo pandemia. Recordamos nuestros antiguos vinilos, vendidos a precios viles, y que ahora se comercializan a precios exorbitantes. Y sí, basta de escritorxs. Daniel Andreoli fue parte de la mítica banda Bubú  que, luego de grabar el disco Anabelas, en la década de los 70´s, se disolvió.  Hasta que en el año 2015 se produce el regreso con un EP titulado Resplandor. Luego, otro disco: El eco del sol.  Ya está: basta de escritorxs. Más cigarrillos. Andreoli opina sobre la circulación de la música: “En momentos como hoy, no queda más remedio que comercializar la música de manera digital, incluso los de nuestra época tenemos que adaptarnos, si queremos seguir vigentes. Debemos adecuarnos a esta era y entender que la música debe ser para todos. De todas maneras, estoy de acuerdo en que las plataformas digitales no pagan lo que verdaderamente deberían pagar a los artistas. Los únicos que hacen negocio de esto son los músicos que hacen música comercial, que siguen siendo los que más alcance tienen, y los dueños de estas plataformas que tienen millones de suscriptores, pero que a la hora de pagar regalías ponen reglas matemáticas de oyentes y audiencias que al final queda muy poco para músicos independientes”. Suena un aviso de whatsapp respondiendo a un mensaje previamente enviado. Palo Pandolfo. Decile a Andreoli que espere, decile. Leemos, ávidos, el mensaje  de Palo, integrante de Don Cornelio y la Zona, Los Visitantes y con amplia carrera solista: “Es complejo el tema de derechos en general y en redes en particular. Para mí la cosa se maneja desde SADAIC,  AADI,  Sadem y ahora especialmente el INAMU. Ahí están las herramientas para el que quiera actuar al respecto. Contra respuesta; ¿pero te jode que circule libremente tu música?  No me jode que la música circule, al contrario.  Es aplicar lo que siempre hizo con  radios, TV, cine a las plataformas digitales. Pero discutir las normas del juego. Las corporaciones se abusan de ser accionistas capitalistas;  sin el contenido, las canciones,  no tienen nada”. Vamos casi corriendo al teléfono, ¿Andreoli? Disculpe la interrupción, gracias, ¿que circule tu música, aunque sea gratuitamente, te incomoda? Prendete un pucho. “No me incomoda, me parece importante que todos puedan tener acceso a mi música y a toda música en general. Sin embargo, estoy de acuerdo en que existan maneras de obtener esa música como para tenerla en tu biblioteca musical personal y cobrando un pequeño arancel para descargarla, como en el caso de Bandcamp”. ¿Llamamos a Jorge Garacotche? Integrante de Canturbe, banda mítica de rock progresivo, La Caja y luego nuevamente Canturbe. Charlamos con Jorge sobre posibles futuros asados, luego la ya clásica pregunta sobre los modos de circulación de la música: “Es un momento complicado. La respuesta tal vez se acerque más a una expresión de deseo que a una respuesta posta, porque existe el bandcamp, vender música por Internet, pero ir contra la gente que se baja música, la comparte, es medio difícil. Yo, que pertenezco a la Agrupación de Músicos Independientes de Buenos Aires, AMIBA, lo que propugnamos es la formación de una plataforma propia para que los músicos suban su material y sean ellos mismos  administradores.  Porque sabemos que Spotify, Youtube, son un curro, no le pagan a nadie. Yo soy socio de SADAIC  y veo carteles que anuncian lo que paga Spotify: es irrisorio. Por otro lado, debería verse  que los sellos discográficos pisen sobre la tierra y vendan los discos a un precio que la gente lo pueda pagar. Estamos hablando de discos a dos mil y pico de pesos, tres mil pesos, los vinilos. Y los CDs a mil y pico de pesos, más ahora con todo este parate que hay con la cuarentena  y la posterior crisis económica que va a haber. Los sellos parecen no haberse enterado.  Piden por los discos una fortuna. Entonces, entiendo a la gente que se lo baja de Internet, porque no lo puede comprar. También es una cosa de concientización, que la gente pueda pagar al músico un pago mínimo, un pago distinto, porque si no, ¿el músico de qué vive? Te pueden decir: tocá en vivo, eso ya no existe, por un largo tiempo no va a pasar. Entonces, yo pienso que también hay ahí una cosa de solidaridad, una palabra que hay que levantar y moverla, pero no pueden estar afuera de esta discusión los sellos que quieren vender los discos a muchísimo dinero y al músico le pagan dos mangos. Que circule tu música, aunque sea gratuitamente, ¿te incomoda?  No me incomoda, porque trato de ser realista. Por supuesto que si me preguntás qué preferiría;  cobrar o no cobrar. Imagínate cuál sería la respuesta. Lo que pasa es que, también, entiendo a la gente. Los discos son muy caros. Más allá de que la cultura del disco está casi perdida, nosotros, con Canturbe, los hemos editado en formato físico, los saca un sello, no son independientes. Pero el sello le apuesta a ese target de gente que es coleccionista, que le interesa el arte de tapa, la información, las letras, todo eso. Los sellos independientes, los más chicos, tienen un precio más razonable. Y en las redes hemos encontrado una lucha mucho más democrática. En ese sentido han tenido una actitud revolucionaria, diría, aunque la palabra es fuerte. Pero es cierto. Estamos todos ahí: los grandes, los chicos, los medianos. Llegamos a otros países. Nunca sucedió esto. Vengo sacando discos desde la época analógica y nunca hubiéramos soñado con algo así. Cobramos por discos que se venden en Japón, en Corea, en Rusia, en Inglaterra, cosa que nunca ha sucedido. Está difícil, habría que ponerle los puntos a Spotify, a esos lugares, y ver qué se puede hacer. ¿Cómo incide económicamente en tu producción musical el cambio de formato tan rápido que ocurrió?  El cambio de formato nos obliga a actualizarnos, lo que pasa es que no todos podemos hacerlo. Nosotros, por ejemplo, tenemos una gran ventaja: el tecladista de Canturbe tiene un estudio de grabación, chiquito, pero lo tiene. Ahí tenemos un plus que la mayoría no tiene. Entonces grabamos, no tenemos problemas de tiempos ni horarios, nos ponemos de acuerdo y lo vamos haciendo. O le pasa a gente de otra clase social. No quiero dar un cierto porcentaje, pero, posiblemente, el ochenta por ciento de los músicos y de las músicas no tienen esa ventaja. Por eso hay tanta gente que hace música y tiene otro laburo. Está difícil y la pandemia arrasó con varias cosas. Lo digital nos hizo llegar a lugares a dónde jamás hubiéramos pensado llegar, nos escucha tal vez más gente que antes, cuando dependíamos de las radios, que había que pagarle para que nos pasen, excepto las radios barriales porque el resto, si no pasabas por caja, no había difusión, todos saben eso. Los músicos y las músicas estamos en la economía informal”. Otro picante. Ponete un tema y llamemos a alguien que haga cine. No, boludo, ¡escribió Tommy Gubitsch! ¿Quién? Guitarrista y compositor de excepción, integró Invisible, banda liderada por Luis Alberto Spinetta  con la cual grabó un disco que es leyenda: El jardín de los presentes.  Formó parte del Octeto de Astor Piazzolla. En 1977 debió exiliarse en Europa, debido a la dictadura argentina.  Se instaló en París, donde aún vive. “Hace ya casi diez años mi manager me dijo que hay que resignarse, la música grabada debe ser considerada como gratuita. De hecho, cada vez que sale editado un disco, YouTube exige que esté en su plataforma. Vale decir que el mismísimo día en que es comercializado, ya se lo encuentra ‘gratuitamente’.  Aquí hay que aclarar que dicha gratuidad es relativa, para YouTube y las demás plataformas digitales es, de una u otra manera, una fuente de ingresos a través de la publicidad.  En lo que concierne a nosotros, los músicos, la retribución es lisa y llanamente ridícula. El conjunto de mis composiciones —más de cuarenta años de actividad— se encuentra en prácticamente todas las plataformas y yo percibo, anualmente, alrededor de 38 euros. En París, donde vivo, esa suma equivale más o menos a un almuerzo en un restaurante normal, nada lujoso, para dos personas.  Se podrá argüir que no soy conocido a nivel masivo, a pesar de formar parte de la muy restringida minoría que vive correctamente de su actividad, pero si tomamos el caso de un grupo con un éxito mundial fenomenal como Radiohead, nos enteramos que salieron de todas las plataformas porque percibían alrededor de 10.000 euros anuales, tras millones de vistas y escuchas. O que los Beatles no aceptaron estar en YouTube hasta que obtuvieron un contrato aparte, cuyas condiciones son desconocidas, aunque imaginamos más ventajosas que las de la inmensa mayoría de los artistas. En resumen, el famoso “modelo digital” que se nos ha intentado vender no es viable, ya que no permite de ninguna manera que quien sea, ni siquiera grupos del calibre comercial de Radiohead, viva de dicha difusión. Por un lado, es indudable que gracias a las diversas plataformas, mi música llega a todas partes y que una persona puede escucharla en Taiwán o en Costa Rica, países —por sólo dar dos ejemplos— donde nunca estuve y donde mis álbumes nunca fueron editados. Lo único que podría incomodarme, en dichos casos, es que la calidad del sonido es muy inferior a la del original. Por otro lado, si tomamos en cuenta los países donde sí fui a tocar, donde mis discos sí se encuentran y en los que el poder adquisitivo es relativamente alto, las mismas plataformas hacen que no sean vendidos”. Nos miramos, hacemos silencio, retoma la voz: “De manera general, gran parte de la música producida hoy en día se ha vuelto un elemento decorativo; se la escucha en todo tipo de negocios o bares, sirve como tela de fondo para publicidades, aparece en juegos de PlayStation e, inclusive, se la escucha distraídamente en las casas de cada uno. El ritual de poner un álbum y sentarse a escucharlo ha desaparecido casi por completo en las nuevas generaciones. Es más, cuando se analizan detalladamente las estadísticas de las diversas plataformas, aparece claramente que todo tema de más de tres minutos rara vez es escuchado entero”. 

Cinema Paradiso

¿Y el cine?, nos preguntamos mientras fumamos otro cigarrillo.  Sabemos que hay sitios para descargar películas, venta de films grabados que se comercializan en parques y mantas dispuestas en las veredas de las ciudades, ¿y el cine? Lisandro Bera es director de teatro, dramaturgo, guionista y productor de cinematográfico. Nos atiende muy amablemente: “Tengo la sensación de que la sociedad o los modos de distribución, suelen evolucionar más rápido de lo que se las reglamenta, es un tema que tiene que ver con el copyright y los derechos de autor, que se tienen que tener en cuenta independientemente a las plataformas o los lugares donde las películas o los films, hoy, están circulando. Ir en contra de esos lugares de circulación de la producción audiovisual me parece que, hoy por hoy, no tiene mucho sentido. El tema es como lo regulamos para garantizar los derechos de autor. La circulación por Internet, es inevitable. Por un lado intentamos que la mayor cantidad de gente acceda y pueda ver nuestras producciones y, por otro lado, limitar eso en sitios de Internet o copias piratas va en detrimento del fin último de lo que hacemos, creo que hay que encontrar un punto medio donde se pueda regular la distribución y la proyección en distintas plataformas sin ir en detrimento de la cantidad de gente que lo vea. Cuando uno hace películas en modo independiente está sostenido, quizás, solamente por la pasión con la que uno lo hace y con las voluntades de la gente con lo que lo hace. Es un objetivo superador: hacer una película. Y una vez que la película está hecha uno se encuentra con dificultades en otro plano: cómo circular, cómo hacer que la mayor cantidad de gente vea lo que uno creó. Y ahí, al quedar afuera de grandes distribuciones o de grandes medios de comunicación, uno se ve obligado a encontrar la esencia de lo que realizó y entender que desde ahí uno puede llegar a la gente. Y el círculo se cierra, porque es también por Internet, por páginas alternativas, legitimando plataformas que si uno no está oficializado tal vez por las productoras, tal vez no tiene acceso. Me da la sensación que las grandes películas como las independientes, en algún punto terminan en el mismo lugar. Insisto que lo que hay que garantizar son los derechos de autor, la de los intérpretes y los de los realizadores. Por otra parte, uno va a tratar de seguir intentando comunicar sus expresiones”. Prendemos ambos un nuevo cigarrillo, agotados y va otro disco. Uno de Sumo. Pero entonces llamemos a Rodrigo Espina, director del excelente documental Luca. Mensaje de whatsapp y responde rápidamente a nuestras preguntas: “Cuando yo hacia las giras con Luca lo que le aconsejaba a los fans es que compraran la película y la copien, que la compre uno y que la copien los demás, o que la vean por Youtube, a mí me parece que, por un lado, eso es así. Es un terreno que perdieron los poderosos y ganaron los pobres, todo lo que uno pueda copiar gratis a mí me parece una batalla ganada, más allá de que yo vendo libros y hago cine. Y cuando se encaminen las cosas, van a encontrar un sistema, me parece bien que el autor tenga una entrada por copyright, sos el autor, ¿de dónde lo sacaste? De la cabeza, de tu corazón, de tus entrañas. Pero, por ahora, me parece una batalla ganada que no vieron venir. Yo creo en el copyright, de corazón. A mí, aunque la hayan copiado tantos la película, sin embargo la subí para que la vean. Yo la batalla la gané: hay gente que ama la película. Un productor puede llegarte a decir algo muy distinto y lo comprendería. Y por otro lado pienso que el cine cambió. Los que inventaron el cine fueron los yanquis, se dice que fueron los franceses porque lo proyectaron, tuvieron la conexión con el público, los yanquis lo habían inventado del modo Nickelodeon, que vos ponías un centavo y veías solo una peliculita. Después los franceses inventaron ese espectáculo que ojalá siga vivo siempre, porque es como con la tribu: entrar en una hipnosis general”.

Nos miramos, felices de las respuestas. Vendimos libros y CDs. Entonces, nos vamos a comprar un par de tiras de asado originales.