fbpx Acerca de Roberto Santoro (o cómo dejarse de joder con la poesía)
Fractura //// 28.11.2021
El oficio de ser Roberto Santoro

Nació en Buenos Aires el 17 de abril de 1939. Fue pintor, tipógrafo, vendedor ambulante, preceptor, y desde luego poeta y periodista, pero sobre todo un trabajador cultural y un gran ser humano.

 

Por Miguel Martínez Naón

"Sangre grupo A, factor RH negativo, 34 años (en 1973), 12 horas diarias a la búsqueda castradora, inhumana, del sueldo que no alcanza. Dos empleos, escritor surrealista, es decir, realista del sur. Vivo en una pieza. Hijo de obreros, tengo conciencia de clase. Rechazo ser travesti del sistema, esa podrida máquina social que hace que un hombre deje de ser un hombre, obligándolo a tener un despertador en el culo, una boleta de Prode en la cabeza y un candado en la boca".

Así solía presentarse Roberto Santoro. Poeta y periodista entre muchos otros oficios.

Allá por el año 1963 funda y dirige Barrilete, una novedosa revista literaria que para muchos significó también un espacio de encuentro y militancia. El grupo estaba integrado por Horacio Salas, Luis Luchi, Martín Campos, Felipe Reisin, Alicia Dellepiane Rawson, entre otros.

La mayoría de sus compañeros de ruta consideran a Roberto un poeta de oficio, un tipo que se tomaba muy en serio cada una de sus palabras escritas en el cuaderno, que laburaba mucho cada verso, pero subrayan que a su vez esos textos se dejaban leer sin el más mínimo esfuerzo. Todos coinciden en eso, haciendo un elogio común a su sencillez.

“Fútbol de Barrilete” era la consigna del grupo y estaba escrita en la cola del barrilete que hacía de logotipo.

En el 1965 Santoro trabajaba en el Sindicato de Músicos, pero anhelaba fervorosamente ganar terreno en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), ganar el espacio, disputarlo de forma colectiva a dos o tres escritores relamidos que, como bien los describía Oliverio Girondo, nacieron “con la levita de bronce”.

La institución fundada en 1928 por Leopoldo Lugones seguía en manos de aquellos señores que, como los describía Santoro, eran “abstraccionistas, artepuristas y macaneadoristas”; en un contexto donde una gran mayoría de poetas barriales no tenían siquiera una imprenta donde publicar sus obras. Sin duda él lo expresaba mejor que nadie: “La SADE viene sufriendo desde hace ya muchos años la inoperancia de sus ejecutivos y la desaprobación de sus denostadores. Pero a la SADE no se la ignora, se la gana apoyando toda actitud positiva". Fue entonces cuando convocó a sus compañeros para una decisiva militancia y para ganar las elecciones desde la Asociación Gremial de Escritores (AGE). Allí se acercaron infinidad de colegas, entre ellos Haroldo Conti, Oscar Barros, Enrique Coureau, Juan Carlos Higa, Humberto Costantini, entre otros, y eligieron a David Viñas como candidato a Secretario de la gremial.

El escritor Alberto Costa lo describe así: “Estábamos en plena campaña de afiliación y no era fácil. Los escritores jóvenes se mostraban reacios y los no tan jóvenes desconfiaban de nosotros. Éramos raros. Distintos”

Esta lucha coincidió con la invasión yanqui al pueblo de Santo Domingo, también en el año 65, y por ello este grupo dio a conocer una declaración titulada “Informe sobre Santo Domingo”, en la que repudiaban tal intervención. Esto en el ámbito de la SADE generó picantes controversias, y muchos de sus viejos integrantes (entre ellos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Adela Grondona y Alicia Jurado) firmaron una nota repudiando la declaración: “Juzgamos que la intervención de las armas norteamericanas y de la OEA se realiza en defensa de la democracia y de la libertad contra el comunismo”.

Finalmente, el grupo integrado por Santoro no ganó las elecciones. Continuaron realizando acciones de militancia, salían de gira por ciudades del interior, leían a viva voz y relataban sus experiencias en la revista Barrilete. También crearon el sello editorial “Gente de Buenos Aires” donde podían editar sus libros.

Este colectivo no perduró mucho, sólo un par de años más. A partir de la dictadura de Onganía algunos optaron por irse del país y otros se sumaron a las organizaciones revolucionarias (uno de ellos fue Santoro).

El genocidio

"Sostengo con dos manos la esperanza/ porque sé que es el único aliento que vive a la intemperie/ y no escondo mi palabra/ salgo a vivir con el alma descubierta/ el corazón que no canta no ejerce su oficio con altura". 

Durante los primeros meses de la dictadura cívico-militar iniciada en el país el 24 de marzo de 1976, Santoro envía una carta a la Confederación de Escritores Latinoamericanos con sede en México exponiendo una amplia lista de escritores y periodistas que han sido secuestrados, entre ellos Pedro Lucero (secretario de redacción del diario El Andino), Antonio Di Benedetto (escritor y subdirector del diario Los Andes), Amílcar González (secretario de prensa y corresponsal de Telam), Daniel Moyano (escritor y periodista de la Rioja) y Haroldo Conti. Denuncia también la detención del antes mencionado Alberto Costa y el asesinato del periodista y ex senador uruguayo Zelmar Michelini.

La carta, que tiene fecha 3 de junio de 1976, termina diciendo: "Hasta aquí los datos que poseo. El presidente, no obstante habla de la libertad y la democracia. Se liberan los precios. Hay cesantías en masa. Distribuyen una cartilla para prevenir actividades subversivas en las escuelas. El presidente dice que rechaza la prensa complaciente, la Planta Ford, de General Pacheco, que ocupa 4.800 trabajadores, cierra por cinco semanas. EEUU acepta el plan del ministro de economía, hombre ligado a los monopolios; los obispos hablan de la paz y rezan. Borges declara que la literatura y el arte son formas de placer (...) Lo cierto es que los compañeros siguen presos, y es necesario que ustedes, a través de la Confederación de Escritores Latinoamericanos nos den una mano, la de la solidaridad (...) Y a favor de la causa popular testimonien el atropello de las burguesías sobre el proletariado (...) Hermanos, discúlpenme la letra; no tengo máquina donde estoy. Compréndame, compréndanos. De todas maneras somos optimistas. Esto recién ha comenzado. El presente es de lucha, el futuro es nuestro"

El escritor Carlos Patiño, quien padeció el exilio en México, le pidió en su momento a Santoro que se fuera: "Esta guerra está perdida. No vamos a poder enfrentarlos, nos van a matar a todos. Cuando vengan ¿con qué les vas a tirar? ¿Con libros? Te van a ir a buscar y te van a matar, le dije. Pero para Roberto su lugar estaba en el país y que pasara lo que pasara, se iba a quedar en su puesto de lucha. Consideraba que la situación era peligrosa pero que con cuidado se podía trabajar. Ya en el exterior recibí dos o tres cartas muy breves y sin remitente. Hasta que un día no hubo más cartas ni Santoro".

El día que se lo llevaron, faltaba exactamente un año para que comenzara el mundial 78.

Fue un 1 de Junio de 1977, y un grupo de obsecuentes dedicados al periodismo celebraban con anticipación la llegada del Campeonato.

A Santoro le apasionaba el fútbol. "Me acuerdo de mi papá en casa de su madre. Está parado al lado de una mesa llena de papeles, ella le ceba mate, está encendida la radio. Mi papá, hincha sufriente de Racing, escucha el partido". Así lo recuerda su hija Paula; porque además uno de sus libros más celebrados se llama Literatura de la pelota.

Pero en aquel entonces Roberto era para los milicos sólo un apátrida, un enemigo interno, un terrorista, un sucio trapo rojo.

Para los amigos era el mejor, era cariñosamente “el negro”, un tipo decidido, tremendamente solidario.

Pero ese día, ese maldito día, al negro se lo llevaron.

El maestro estaba donde siempre: trabajando, dando clases en la escuela: Escuela Nacional de Educación Técnica 25, en el barrio de Once. Entraron tres tipos, se identificaron como hermanos de un alumno, y con sus armas inmovilizaron a todos los presentes, y lo detuvieron. Lo secuestraron. Lo desaparecieron.

Sus compañeros de AGE (Haroldo Conti, Oscar Barros, Lucina Alvarez, Enrique Coureau y Juan Carlos Higa) también fueron secuestrados y desaparecidos.

Hay mucho para contar sobre este querido poeta, y  son muchas las discusiones que quedaron candentes desde aquellos tiempos. Recordarlo es pelear no solo contra el olvido, sino también contra el ombliguismo, contra la frivolidad, contra la pedantería. Es quitarse el polvillo del liberalismo de encima, y arremangarse otra vez. O abrir los brazos, los oídos y recibir la voz de Santoro como un barrilete planeando sobre nosotros.