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Dossier //// 17.10.2020
El 17, el balcón y la fuente

Dos textos poéticos se cruzan para narrar este día fundacional, no sólo desde la fuente donde se refrescan las patas, también desde el balcón donde se asoma ese hombre por el que la multitud pide con clamor.

Por Norman Petrich | ​​​​​Ilustración: Silvia Lucero

“Sólo ellos cantaron/ ese día/ existiendo con furia”… “y me sorprendí/ con furor/ con pasión admirándolos” dice “el solicitante descolocado” en el gran poema de Leónidas Lamborghini y con eso le alcanza para marcar el contexto que deparará en la sorpresa de ciertos sectores que no esperaban que el 17 de octubre se convirtiera en un hito fundacional. Porque si bien Las patas en la fuente hace un recorrido poético, paródico, que va y viene desde ese día hasta los fusilamientos del 55, pinta a través de una risa crítica, burlesca, lo traumático de ese momento para la burguesía nacional. El contrapunto entre “el solicitante descolocado” y “el saboteador arrepentido” recorre los alrededores de esa plaza que se convierte en “pista” rodeada “de todas las especies, de todos los órdenes/ y clases/ de todo público”, pero donde queda claro que “en la primera fila/ van los relegados”. Leónidas resume a los actores principales de este día de una forma hermosa y sencilla: “No son todos los que están/no están todos los que son/ mi pobre especie/ son/ los no antologados”.

“Esa multitud/ que había nacido como real mescolanza/ como desecho o detritus de la Historia/ venían, ese día en consecuencia a reclamar no sólo por el otro,/ el líder,/ sino también por ellos” dice Roberto Retamoso, en El diecisiete, con una voz que aprovecha la atemporalidad, pero que viene a sumar grandes líneas al mito. Es que si bien Lamborghini urga con ironía en los discursos del sistema que lleva a “los adictos” que no pueden ser curados por los de “sable corvo” a meter “las patas el poder/ en las fuentes de la Gran Plaza”, el escritor rosarino eleva el discurso poético a ese lugar donde apuntan las miradas y el clamor de miles: el balcón de la Casa Rosada. “Pero él, ahora,/ les dice trabajadores,/ como les dirá después/ compañeros… para que lo sepan, para que no olviden/ para que quede claro/ para siempre/ el coronel les dice que los ama”. Que no son otros que aquellos que, como “el solicitante descolocado”, solían escuchar “preséntese/ mañana en alpargatas/ sin ningún compromiso, limpio/ de polvo y de paja”; a quienes, como confiesa “el saboteador arrepentido”, “mitad empleado mitad obrero”, “la perra patronal, colérica ladrante” amenaza con “castigo sin indemnización”.

Y cuando todo eso sale a la luz, lo que deja ver sólo puede ser leído a través de una palabra: miedo. “Cuando los elementos adictos tomaron las fábricas/ La Prensa/ se descompuso en varias editoriales/ qué es/ ese olor a mierda?/ -Es el miedo es el miedo/ y hay que leer/ entre líneas”, dice Leónidas. “Que vuelvan a sus casas/ les pide… porque sabe/ que cuando ellos se juntan/, como ahora,/ son legión/ los monstruos más temidos/ los fantasmas más odiados”, dice Retamoso que dice el General, hasta entonces Coronel.

Es que para Roberto “meter las patas en la fuente” es, en sí, un acto estético, porque “lo estético no es meramente estético ni lo político simplemente político”. Es un acto vanguardista, como si lo realizaran Duchamps, Breton o Marinetti. “La insurrección es un arte un arte”, asegura “el saboteador arrepentido”, una respuesta a aquellos que en el texto de Lamborghini defienden “la bandera del capital ajeno”. Aquellos que ven ese pasar, ese aluvión con la seguridad que les da saber que “aquí/ los únicos privilegiados/ son los privilegiados”, recordando “cuántas cosas/`antes´/ se compraban con un peso”: “Oh oh en aquella época/ yo compré una vaquita/ por un peso/ y ahora no vale nada/ no vale nada/ no vale nada”. La respuesta es una pregunta, y ambas, hasta el día de hoy, tienen plena validez: “pero cuántos viejos/ ganaban ese peso/ viejo”. Son los mismos que, como el “Cívico Instructor”, miran con sorpresa, desde lejos, diciendo “nunca creí ver tantos” mientras se resignan asegurando “hoy es el día de ellos”.

“Únanse y serán más hermanos que nunca/ mientras la plaza estalla en una ovación,/ felicidad les promete/ como un padre a un hijo cuando la noche llega/ y es el momento del sueño”. “Al paso/ al paso/ cuando algo/ desde lo más profundo/ empezó a rechinar/ en mí/ cantos quejidos/ del viejo puente/ del Riachuelo/ nunca has oído ese chirriar/ me dictó/ la cabeza… y es para despertar/ aquello / más profundo/ en cada uno”, y creo que ya no es necesario aclarar de quién es cada uno de los textos, entorpeciendo la lectura.

“¡Hagamos antorchas/ compañeros!/ gritó la mujer que iba al frente”, vocifera el poema de Leónidas y yo quiero interpretar que es la misma mujer hacia la que vuela, en el texto de Roberto, el pensamiento del Coronel. “Va hacia ella,/ hacia esa mujer joven que supo deslumbrarlo/ con el brillo de su inteligencia,/con la intensidad de su pasión,/ con la fuerza de su entrega/ inclaudicable. Mientras habla,/ mientras les dice trabajadores/ a quienes, abajo/ lo vitorean,/ en ella piensa. En su fervor,/ piensa/ en su amor,/ piensa,/ en su entrega a la causa/ de los humildes y desposeídos;/ en su devoción al pueblo/ porque es devota suya,/ en su devoción por él/ porque del pueblo es devota”.

“Ella me dijo a mí mejor discípulo/ -La tierra para quien la trabaja se inclina/- La revolución no se detiene nunca”.

“Tiembla, abajo, la plaza/ como tiembla su corazón… Pero no basta lo que el corazón/ sienta…porque es necesario anunciarlo…/ Y entonces él,/ el hombre que todos vitorean/los nombra a su vez, los llama/ los abraza con una palabra nunca dicha/ en ese balcón. Les dice/ trabajadores, diciéndoles con ello/ hombres dignos/ hombres libres,/ diciéndoles con ello/ compatriotas, diciéndoles así hermanos. Porque yo soy el primer trabajador/ les dice./ Soy como ustedes”. 

“Cada partícula/corrigiendo/ el errarum de la otra/ hasta llegar a la perfección”.