fbpx La hora de la muerte, por Daniel Kaminszczik
DDHH //// 24.03.2011
La hora de la muerte, por Daniel Kaminszczik

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) El verano del 76 había sido intenso en Mar del Plata, donde me encontraba por cuestiones laborales y, por sobre todas las cosas, cargado de rumores que, con el pasar de los días, fueron construyendo una certeza que los medios gráficos ponían en tapa y los audiovisuales gritaban a viva voz y sin eufemismos.

 

“Va a haber golpe” era la frase que la calle repetía sin cesar y sin distinción de clase, credo o ideología. Una verdad revelada.

 

En el almacén, la verdulería, el quiosco, la parada de diarios o la estación de servicio, era el tema obligado de conversación.

Todo parecía reducirse a una mera cuestión de tiempo y no eran pocos los que veían en la inminencia de la caída del gobierno la inminencia de un alivio a la crisis institucional que, desde la muerte de Perón, se había ido agudizando hasta alcanzar un nivel que gran parte de la sociedad ya no estaba dispuesta a soportar.

El decreto firmado por Ítalo Luder, en ejercicio de la presidencia durante las vacaciones de Isabel Perón, ordenando “aniquilar el accionar subversivo” había puesto en la calle a las fuerzas armadas y la historia reciente dejaba claro que una vez que eso ocurría no volvían a entrar a los cuarteles.

Ya desde Septiembre gran parte de la militancia de superficie le planteaba a la conducción de Montoneros la necesidad de replegarse ante la locura asesina desatada por la AAA, que a plena luz del día y con total impunidad, mataban en la calle a cualquier sospechoso de “zurdo” y que día a día realizaba atentados contra locales de la JP de punta a punta del país.

La respuesta fue una mayor militarización y muchos dijimos basta.

Antes de las fiestas navideñas, en Tucumán, Videla declaraba: “Es inminente el final. Todo está dicho”.

A mediados de Febrero, Ricardo Balbín golpeaba la puerta de los cuarteles mientras, interpelado por la prensa respondía “…hay soluciones pero yo no las tengo.”

El 22 de Marzo, Francisco Manrique planteaba dos posibilidades: “el triunfo de la guerrilla” o “la solución heroica” de un golpe militar.

El 23, parecía estar circulando el diario de mañana.

Ya entrada la noche, algunos pocos políticos, entre ellos Oscar Alende, agotaban los últimos intentos de buscar una salida institucional en la que ya casi nadie creía.

La izquierda gorila descorchaba.

La oligarquía y el imperio afilaban los dientes.

Yo terminaba de preparar mi equipaje para volver a Buenos Aires en el micro de la “Costera Criolla” que partía de la terminal a la 1.30 hs. del jueves 24.

Bajé a despachar los bolsos y a despedirme de León, el Gato y el Conejo, los artesanos de la esquina de Av. Colón y Sarmiento y me senté en Montecatini a despedirme de los tortelletti con tuco y los profiteroles.

Durante la última vuelta por la rambla y la feria de la Plaza Colón, el bullicio habitual se había transformado en un murmullo tenso que presagiaba lo que fatalmente se venía.

Volví a la terminal, compré alfajores, abordé el micro y me dormí antes de la partida.

Me desperté cerca de las 4.00 hs. cuando, llegando a Dolores, el micro se detuvo en la banquina y un oficial del ejército ascendió y ordenó bajar del mismo a todo el pasaje con los documentos en la mano.

Mientras obedecía, vi el despliegue de uniformados a ambos lados de la ruta y a uno de ellos cotejando documentos con una lista montada sobre una tablilla de madera y, recordando la pintada en la pared de marmol blanco de Soler y Humboldt: “recuperar el gobierno para el pueblo y Perón. Juventud peronis…” interrumpida por la patrulla de la comisaría 31 y la discusión con el comisario hasta la salida del sol del 1º de Mayo del 74, me temblaron las rodillas y sentí una puñalada en el vientre.

Cuando le llegó el turno a mi DNI se cruzaron por mi mente las caras de Marcelo, Salvador, el Preso, Pachi, Mani, María, Hugo, Lili…los Cumpas de la Ramón Cesaris con quienes durante los últimos años habíamos transitado la utopía y le pedí al cielo que me hiciera olvidarlos.

Miraba el asfalto de la banquina con los dientes apretados cuando me devolvieron el documento y me ordenaron subir al micro donde, de vuelta en mi asiento, descubrí las camionetas del Automovil Club Argentino acopañando el operativo militar.

Concluido el control y con todos los pasajeros nuevamente a bordo, el transporte continuó la marcha y recién entonces respiré profundo y me atreví a meter la mano en mi morral para sacar la Spica.

Las emisoras transmitían sólo música clásica y algunas de ellas eran pura estática.

No quedaban dudas.

Había comenzado la tragedia.

No pasaría mucho tiempo hasta comprender que aquella madrugada, el reloj de la historia había marcado la hora de la muerte.  (Agencia Paco Urondo)