Violencia Institucional //// 18.02.2019
Sobre el asesinato de Ezequiel Lamas en Miramar: un nuevo caso de linchamiento

"La muerte de Ezequiel no fue producto de una pelea entre jóvenes sino otro caso de linchamiento. Y la piedra de toque fue la denuncia de aquella familia, o mejor dicho sus prejuicios, sus temores. Salir a la calle en familia implica andar con miedo. Cualquier roce puede disparar un malentendido que puede costarle caro a ellos pero también a los otros." Por Esteban Rodríguez Alzueta 

Por Esteban Rodríguez Alzueta* 

Ayer circuló por algunos medios nacionales una noticia que seguramente no tardará, como tantas otras, en ser olvidada, más aún cuando la noticia gira en torno a una víctima que, además de ser joven, es morocha, es decir, no es la víctima perfecta.  

La víctima de la que estamos hablando es Ezequiel Lamas, un joven de 17 años de González Catán que estaba vacacionando con unos amigos en la ciudad de Miramar. Ezequiel murió después de recibir un golpe en la cabeza que le fracturó el cráneo. Según sus familiares los hechos sucedieron de la siguiente manera:

Cuando Ezequiel se dirigía con sus amigos hasta un cajero a retirar plata para hacer la cena tropieza con su skate a una pareja de aproximadamente 40 años de edad que estaban llevando a una niña en brazos. Ezequiel les pide disculpas pero el marido lo mira enfadadamente y empieza a insultar, incluso amenazando con golpearlo.

 El grupo no se prende y todos siguen de largo, mientras el hombre pide ayuda a dos miembros de la Guardia Urbana de Miramar, acusando a los jóvenes de haberle querido robar y de portar además un cuchillo. Cuando regresaban de retirar el dinero los chicos vieron un tumulto de gente, se acercan a chusmear y para sorpresa de ellos, en el centro del gentío estaba la pareja conversando con policías que, apenas los ven empiezan a gritar “¡están ahí, son ellos! tienen cuchillos y amenazaron a mi hija de 5 años”. 

La policía no duda un segundo: los detienen, cachean y requisan delante de todo el mundo. Los policías ven que lo que parecía un cuchillo era en verdad un encendedor metálico. En ese momento, desde el tumulto de gente que se seguía formado alrededor de los jóvenes humillados por el procedimiento policial aparece un joven exaltado que le pega una piña a Ezequiel y lo deja en el piso, desvanecido. Instantes después, pierde el conocimiento y empieza a tener convulsiones. Los policías, que para ese entonces ya eran siete agentes, en vez de detener al agresor le dicen “que se vaya”. Según los compañeros de Ezequiel, el otro joven en cuestión se justificó diciendo que “ya había tenido problemas con ellos los otros días”.  

La vida pública en la ciudad está hecha de indiferencia y antipatía. La indiferencia se ha transformado en la gimnasia cotidiana de una sociedad entrenada para no ver al próximo. Todos los días, apenas ponen los vecinos un pie en la calle sortean montones de “cosas” que les disgustan: vagabundos, mendigos, cartoneros, trapitos, cuidacoches, gitanas ofreciendo leer las manos, pobres desocupados marchando, vendedores ambulantes, freakys de todo estilo y color haciendo malabarismos y, por su puesto, los niños de la calle y los jóvenes con gorrita. Los vecinos se sienten el centro del mundo pero niegan al resto que los rodea, sobre todo si no comparten sus estilos de vida, tienen otras pautas de consumo, otros modales, usan otras palabras, hacen otros gestos. La indiferencia es la manera que eligieron para recorrer la ciudad.  

Por eso, uno de los temores que tienen los transeúntes consiste en ser tocado por alguien que no conocen. Y cuando ese que los toca es además una silueta que camina, es decir, un estereotipo, o sea un joven morocho que usa ropa deportiva y anda con gorrita, entonces, ponen play a la película que los mantiene cautivos.  

Ya lo había dicho Elias Canetti en su libro Masa y poder: “Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que le agarra. (…) Un contacto inesperado puede llegar a convertirse en pánico”.  Para los vecinos alertas, entrenados frente al televisor, que se mueven por la ciudad como si estuvieran en el medio de una selva, ser tocado en la calle es equivalente a ser robado. Los vecinos viven al roce con temor, angustia y preocupación. Por eso buscarán, llegado el caso, su conjuro en la masa: “Sólo inmerso en la masa –agregaba Canetti- puede el hombre redimirse de este temor al contacto. Se trata de la única situación en la que este temor se convierte en su contrario. Es esta densa masa la que se necesita para ello, cuando un cuerpo se estrecha contra otro cuerpo. (…) Una vez que uno se ha abandonado a la masa no teme su contacto”.  

En efecto, la masa redime al hombre de su impotencia. La masa transforma la indiferencia en antipatía. La masa saca el resentimiento que fermenta cotidianamente con la lectura de los diarios o escuchando el telediario. Con la masa el vecino ejemplar puede despojarse de las formas y volverse emoción violenta. A través de la masa, el vecino deriva rápidamente hacia la ira. Saben lo que hacen, porque se trata de conductas aprendidas, entrenadas los fines de semana en la cancha. Lo vieron mil veces en la tele. Basta dar la voz de alerta para evocar a las ménades, y se forme una muta de caza: “Al ladrón! Al ladrón!” 

Las masas pueden ser de distinto tipo, pero la masa de la que estamos hablando acá son las masas abiertas, más o menos espontánea, masas que sólo existen mientras crecen. Una vez en formación quieren seguir creciendo, necesitan seguir progresando para no desaparecer. Porque la desintegración comienza apenas ha dejado de crecer. Se trata de una masa frágil, porque su apertura depende del crecimiento; pero se trata de un crecimiento que no tiene límites prefijados. La masa abierta tiende a incorporarlo todo, contagia, absorbe, pero justamente porque lo incorpora todo tiende a desintegrarse rápidamente. Su fortaleza es su debilidad. Pero la debilidad de la que es dueña la masa le alcanza para matar al otro. Basta un tumulto alrededor de una persona identificada como enemigo para que el mismo sea objeto de hostigamiento policial o linchamiento vecinal.   

La muerte de Ezequiel no fue producto de una pelea entre jóvenes sino otro caso de linchamiento. Y la piedra de toque fue la denuncia de aquella familia, o mejor dicho sus prejuicios, sus temores. Salir a la calle en familia implica andar con miedo. Cualquier roce puede disparar un malentendido que puede costarle caro a ellos pero también a los otros. Hay mucha gente imbécil dando vueltas. No la reconocemos porque está bien vestida y llevan a sus hijos de la mano. Pero están dispuestos a despojarse de su individualidad y volverse masa para salir a matar al ladrón. No importa que la persona no haya robado. Si se parece a un ladrón, seguro que es ladrón. Si es joven, morocho y viste ropa deportiva qué duda cabe que se trata de un pibe chorro.   
 
 *Docente e investigador de la UNQ. Director del LESyC (Laboratorio de estudios sociales y culturales sobre violencias urbanas de la UNQ). Autor de Temor y control, La máquina de la inseguridad y Vecinocracia: olfato social y linchamientos (de próxima aparición).