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Sociedad //// 11.08.2016
Paz, pan y trabajo: la marcha de San Cayetano, desde adentro

Una militante cuenta detalles e impresiones de la movilización de San Cayetano que el domingo recorrió trece kilómetros denunciando el ajuste macrista. 

Por Julieta Gugliottella*
Nada de destino ni casualidades: te preparás, lo planificás, te organizás. La noche anterior dormiste un par de horas, manija, y entonces suena el despertador a las cinco de la mañana. Llegó el día.
Es domingo, todavía es de noche y hace frío, pero no se te cruza por la cabeza posponer la alarma, tampoco hacer un poco de fiaca, esa de todos los días. No. Te levantás y te calzás las llantas con más aguante, con las que rengueaste o fuiste a ver al Indio, las que nunca fallan ni abandonan.
Liniers te queda al toque, a la vuelta, pero cruzás la ciudad en bondi durante 45 minutos para ir acompañada, para vivirlo con quienes sienten como vos, con vos. Llegás a esa básica a la que caíste un día diciendo "hola, qué tal" y hoy sentís tu casa.
Un par ya están en la vereda, se fuman un pucho, alguno que se duerme sentado y otros no puede disimular las ganas, acalorados se sacan los buzos por la manija y gritan eufóricos, como en un bar de viejos hablando de burros o fútbol.
Siempre se arranca con temas al voleo. Hoy no, sólo se habla de esto. Calculamos gente, climas, columnas, organizaciones, cánticos y cuadras. Nadie se queja, nadie quiere menos. El murguero oficial ordena los bombos afuera, a la espera del bondi. Van llegando otros pares, con sonrisas chinas dormidas, pero sonrisas sinceras de ganas de agite.
Amanece y está despejado, anuncian 18° y sentís que las casualidades no existen, que siempre pasó lo mismo y que el sol es nuestro, es compañero y es laburante. Llega el bondi con compañeros de La 31, los que después marcharon medio tramo y se subieron a la chata para esperarnos en la plaza a nosotros, al pueblo, con los patys de la cooperativa, la misma que le da de comer a ocho hijas, la que recién nace y no para de crecer.
Subimos con mochilas y bombos recién pintados, uniformados con la estrella federal, con la frase de revolución y el trapo de Perón y Chávez. Subimos un domingo a las siete y media de la mañana como si fuera un sábado a las once de la noche. Subimos todos, no falta nadie, ni los que siempre faltan y de repente llenamos el bondi. El agite no se hace esperar ni media cuadra: se escucha un platillo seguido de un grito de JP y nadie se resiste.
De Constitución a Liniers. Pasás por tu barrio que queda al toque de San Cayetano y ahí entendés que lo vale. Sí, levantarse dos horas antes y cruzar la ciudad dos veces. Siempre lo vale, pero este domingo mucho más. Pocas veces se viven momentos que vas a leer en libros de historia, esas líneas que nunca nos nombran pero que siempre nos incluyen.
Llegamos. Vemos los primero bondis estacionados y después la terrible columna. “La unidad se construye la calle”, pensás. También con quienes tenemos diferencias pero pelean por lo mismo. Y ahí estamos. Y está tu gremio, está tu organización, pero también están quienes construyen al lado y un poco diferente, o no tan al lado pero de la misma manera. Estamos ahí, un domingo a las ocho de la mañana, teniendo un enemigo en común: el que le arrebata los derechos a los laburantes. Bien corta.
Mientras vemos cómo y dónde encolumnar, las manos ya están revoleando un cántico. Euforia que le dicen. No podés esperar. Nos hacemos parte de las 100 lucas de personas y empieza. Arrancan a caminar nuestros pies y a emocionarse nuestros pechos. Trapo de Fidel, Evita y Mariano Ferreyra. Otros con todos los santos que se te ocurran y uno con el Che, el nuestro, el argento que peleó por todos. El Papa y Gilda. La CTEP y Barrios de Pie. La CCC y ATE. Los curas y la CGT. Así de amplio pero así de convencidos, porque las contradicciones las resolvemos, pero el hambre es urgencia, el techo un derecho y el trabajo nuestra dignidad. Las cosas claras.
130 cuadras, tal vez más, tal vez menos. No las contamos, las hacemos bailando. Y cuando vamos por la mitad parece que los saltos y bengalas se duermen una siesta. Pero no, y pocas veces en tu vida (sólo por no decir nunca) ves a las mismas personas cantando y saltando durante 13 kilómetros. Literalmente, sin altibajos, sin descansos. Sentís los abrazos felices pero emocionados, una sensación rara, como llorar de felicidad. Apretones de manos tan fuertes como comprometidos. Sonrisas semidesconocidas pero de bienvenida. Guiños cómplices y palmadas de espalda que nos hacen seguir.
Los viejos nunca se rinden. Los hijos bailan murga mientras pasás por un puesto de mate cocido, te lo sirve la diputada rosarina. Carritos de supermercados llenos de mandarinas y bananas para los compañeros. Ambulancias propias de la organización popular, custodiando presiones. Botellas de agua, nunca calientes, en pasamanos desconocidos pero comprendidos. Cordones humanos con más compañerismo que músculos.
La película la protagonizan los trabajadores, mujeres emprendedoras y cooperativistas agarran con una mano su bandera y con la otra el carrito del bebé. Liniers, Villa Luro, Floresta, Flores, Once, Congreso y las interminables cuadras hasta la plaza, a paso tortuga, que de tortuga no tiene nada: mística y alegría. Alegría porque estamos en nuestro suelo, en el lugar donde se le arrebatan todas las conquistas a la oligarquía: en la calle.
Y sentís algo que nunca pudiste transmitir, sólo cuatro veces esa sensación te invadió el pecho: cantando el himno entre lágrimas afuera del Congreso, cuando nos enterábamos que el matrimonio era igualitario; en la fila eterna del 27 de octubre, cuando despedimos al flaco que nos hizo soñar; en el patio de una facultad platense cuando el comandante bolivariano nos recordaba a Néstor y a Perón; en la plaza donde escuchamos a nuestra compañera despedirse, la morocha que nos devolvió la dignidad. Balcones con dedos en V, con carteles improvisados que hacen el aguante, con familias festejando a la multitud, con viejos queriendo ser parte, con trapos bancando la parada. Un señor nos muestra su hoja A4 entre lágrimas, donde escribió "gracias pueblo". Lluvia de volantes de San Cayetano y las tres T para los desprevenidos almorzadores de domingos. Caminantes dispersos con aplausos de aprobación. Porque los laburantes no están en discusión, el pan no es para algunos pocos y la dignidad la reclamamos todos.
Bengalas celestes y blancas. Chivos de unos cuantos. Nos amontonamos entre las callecitas de microcentro, cada vez más angostas y cada vez con más mística. Las bocas que saborean el Big Mac hacen pausas para no perderse nada. "Trabajo y educación para los pibes de la Argentina", se corea mientras bordeamos los ministerios. "Porque a Maxi y a Darío los tenemos que vengar", se escucha mientras la gorra hace una fila mediocre y sinsentido y la morocha del Evita les canta en la jeta que somos la juventud del puente, los que hicimos el 20 de diciembre. Miran para otro lado.
Entramos a la plaza y la llenamos de pueblo trabajador, de sus hijos y jóvenes, de mujeres que luchan y vecinos que reclaman. No hay forma de explicar lo que significa entrar a nuestra plaza y decidís no hacer el intento. Sería un esfuerzo insignificante al lado de tanto. Tantísimo.
Sin embargo sí, es necesario que cada uno de ustedes lo sienta. Ahí es donde te convencés que la calle es nuestra y no porque la apropiemos sino porque un movimiento nos enseñó hace varios años que es ahí donde la historia tiene sus arrebatos. Y hay muchos laburantes que necesitan eso, un arrebato para volver a tener futuro digno. Todo lo demás está en YouTube y diarios medianamente piolas. Sólo quise contar que no hay nada más hermoso que vivir con ganas de luchar, y encontrar dónde hacerlo todos los días.
Salgamos. Organicémonos. Discutamos lo que haga falta pero nunca dejemos en banda a los últimos de la fila. Nunca nos olvidemos por qué hacemos lo que hacemos. Nunca. Sólo así vamos a volver, por y con ellos, para construir la victoria definitiva de nuestro pueblo trabajador.
* Militante del Movimiento Evita Comuna 1