Cultura
27.09.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo en el blog El Infierno de Dante) Una de las anécdotas más recordadas en torno a la figura de Borges tiene que ver con aquella indignidad a la que lo sometió el gobierno peronista al designarlo como Inspector de aves y conejos. Este castigo era la consecuencia de la posición política de Borges: esta suerte de fobia aristocrática hacia el “aluvión zoológico” y hacia la democracia entendida como “un abuso de la estadística” funcional a la “tiranía de los pobres”. ¿Pero cuáles son los fundamentos ideológicos que oponían el anarquismo conservador del autor de Ficciones al gobierno popular de Perón?
La clave central, a mi juicio, pasa por los pensadores que en la tradición anarquista y liberal sentían un profundo rechazo por el Estado. Por ello no debe sorprendernos que haya influido en Borges la lectura de El Único y su propiedad, del anarquista extemporáneo Max Stirner, tan criticado por Marx; o el liberalismo conservador de Spencer y de un profeso admirador de éste: Macedonio Fernández.

Con su amigo Macedonio, Borges repelía lo que se entendía por “maximalismo”, esto es, el crecimiento del Estado, pues implicaba una amenaza para el desarrollo de la libertad individual. En esta línea, como para muchos otros observadores de la época, el peronismo era homologado a los grandes movimientos estatalistas: nazismo, stalinismo y fascismo.
Un buen resumen de sus ideas políticas las da Borges en un pequeño ensayo de 1946, “Nuestro pobre individualismo”. Allí pregona por la formación de un partido conservador que reduzca el Estado a la mínima expresión y denuncia a los “nacionalistas” por no comprender la verdadera naturaleza de los argentinos, esto es, su virtuoso individualismo antiestatal.
Para Borges el argentino es individuo antes que ciudadano, lo cual explicaría por qué observamos al Estado como un otro que desde un exterior viene a quitarnos aquello que nuestro mérito individual se encargó de conseguir.
Borges aventura las razones de este rechazo a lo estatal con dos apreciaciones: la primera es el rezongo aristocrático de aquel que ve a la política y al Estado como una inmensa burocracia corrupta; la segunda, más filosófica, indica que el Estado no es más que una ficción.
Aquí se observa en Borges una herencia de tradición empirista: la realidad es siempre individual. Así, el “Estado”, el “Mercado”, el “Pueblo” no son más que abstracciones que no se corresponden con la realidad. Simplemente las hipostasiamos, esto es, las imaginamos como dotadas de voluntad y luego, en un descuido nos confundimos y le atribuimos pasiones y decisiones propias.
Dicho esto, ¿hace falta aclarar las razones por las que Borges veía en Perón y el peronismo un fenómeno monstruoso y amenazante? ¿O qué otro lugar podía ocupar un movimiento que ponía al Estado como propulsor de políticas de ampliación de ciudadanía con una construcción que privilegiaba lo colectivo y que tenía como interlocutor preferido al pueblo?  (Agencia Paco Urondo)

24.09.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) En 1954, superada la crisis económica y después de ganar por dos tercios de los votos  la elección de vicepresidente, el gobierno peronista parecía haber alcanzado la cúspide de su éxito. Pero, según dice Félix Luna[1]: “esta monolítica estructura se desplomaría a la vuelta de un año. Y no por ataques externos, sino por los asombrosos errores de su propio constructor.” Ese año estalló el conflicto con la Iglesia, y Luna se pregunta “¿Que motivaciones pudieron haber inspirado a Perón para insistir con una política tan insensata?... (la explicación) debe plantearse, más  bien, en términos psicológicos: quizá haya que buscarla en esos agotadores nueve años de presidencia, en el ambiente de obsecuencia que lo rodeaba, en el reiterado ejercicio de un poder absoluto.”[2] 
Para alguna bibliografía la causa del enfrentamiento fue el tema de la juventud. El desarrollo de la Unión de Estudiantes Secundarios, a la que Bonifacio del Carril llama una forma de “halagar las bajas pasiones del dictador”, era competencia con la Acción Católica Argentina en el encuadramiento de los jóvenes. Pero a pesar de lo que pudo haber influido, no parece suficiente para explicarlo.
 
Para el pensador católico Carlos Chiessa, “a partir del segundo gobierno justicialista (1952), el proceso revolucionario se profundizará,”[3] en lo que Perón había llamado la Comunidad Organizada. Era una institucionalidad diferente, que sin excluir las instituciones de la Constitución, propias de la democracia liberal, incorporaba otras que correspondían a los sectores de la sociedad. Así nacieron la CGP y la CGU que se sumaron a las ya existentes CGT y CGE. “El Movimiento Justicialista...tuvo una concepción propia acerca del papel de la Iglesia… Aquí reside una de las claves de este problema”.[4]
 
A su vez la Iglesia tenía su propio proyecto de inserción social a través de organizaciones de profesionales católicos, así como de una penetración (“infiltración”, la llamaría el peronismo) en los gremios, y no estaba dispuesta a encuadrarse en la  institucionalización propuesta.
 
El conflicto entre la Iglesia y el Estado ha sido tan antigua como mundo cristiano. En el caso de la Argentina Justicialista, la condición cristiana, pero no confesional, del Movimiento Peronista, generaba ámbitos de disidencia. A su vez, en Roma, gobernaba un Pontífice político, Pío XII. Preocupado por la reconstrucción de Europa, tras la Guerra fue “un crítico agudo del proyecto cientificista y tecnocrático capitalista, advierte el incremento y amenaza del poder soviético y pone su atención en las reservas de la Iglesia: España, América Latina y las dinámicas misiones africanas.”[5]
 
Estallado el conflicto, el peronismo sufrió al mismo tiempo una sangría de católicos que se alejaban y el debilitamiento de las convicciones de muchos que quedaron adentro. Este debilitamiento fue importante en la oficialidad de las fuerzas armadas.
 
Tras el cruento bombardeo de Plaza de mayo, el Líder llamó a la pacificación, y declaró concluida la Revolución Justicialista, por lo que terminaba la situación de excepción y se entraba en una etapa de normalidad, por lo que se permitió el acceso a las radios de los políticos opositores. Al asumir Oscar Albrieu el ministerio del Interior le dijo al presidente que si se trataba de reprimir, que llamara a otro. Perón lo tranquilizó: “dígale a su amigo Frondizi que no voy a presentarme a otra reelección en 1958.”
 
Pero la respuesta no fue la esperada. Los políticos exigieron por radio la renuncia del primer mandatario, y los comandos civiles se entretuvieron asesinando vigilantes en las esquinas. La conspiración siguió adelante.
 
El 31 de agosto, considerando que la pacificación había fracasado, Perón ofreció su renuncia, lo que fue rechazado por una manifestación popular en la Plaza de Mayo. De la larga alocución de esa tarde, los enemigos del gobierno sólo rescatarían las palabras más violentas, especialmente la frase que anunciaba: “¡Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos!” Sin embargo, esta terrible amenaza no se cumpliría, aunque serviría para convencer a los conspiradores que todavía estuvieran dudando.
 
El 16 de septiembre se inició el levantamiento. La reacción militar permitió que los principales focos fueran acorralados. Pero la marina anunció que si Perón no renunciaba, los cañones navales destruirían la destilería de YPF en Eva Perón (La Plata), amenazando con ataques sobre otros puntos del Gran Buenos Aires. Después de lo ocurrido en junio, no había motivos para pensar que se trataba de una bravata.[6]
 
No faltó quien propuso que se llevara a los lugares elegidos como blancos a los familiares de los bravos marinos, pero el presidente desechó la idea. Por el contrario, el día 19 presentó una nota en que ofrecía su renuncia si era la condición para evitar la guerra civil. A las 2 de la mañana del 20, “Perón llamó a Atilio Renzi (mayordomo de la Residencia Presidencial) y le dijo: ‘Mire, Renzi, me voy’. Ordenó algunos papeles, tomó el dinero que éste le había reunido, se entregó unas horas al descanso y, alrededor de las 8, partió rumbo a la Embajada del Paraguay.”[7] Desde ahí sería llevado, por seguridad, a una cañonera de esa bandera que estaba en reparaciones en el puerto, para partir luego en avión a Asunción.
 
¿Por qué se fue?
 
Desde ese día de 1955 han sido tema de debate los motivos de que el General no aprovechara su superioridad militar y su inmensa popularidad, para aplastar a los rebeldes. Naturalmente, sus enemigos se llenaron la boca con su presunta cobardía. A esto contestó a Félix Luna: “-¿Cobarde?-nos dijo en Madrid, en 1968-. ¡Si los generales nunca mueren en las batallas, nunca mueren con las botas puestas! Ellos no pelean; mandan que peleen los soldados!”
 
Desde una interpretación marxista, Milcíades Peña va más allá que la mera cobardía, aunque no la excluye: “En verdad, no fue la matanza lo que Perón trató de evitar, sino el derrumbe burgués que podría haber acarreado el armamento del proletariado. La cobardía personal del líder estuvo perfectamente acorde con las necesidades del orden social del cual era servidor (…) La  caída ingloriosa del régimen peronista dio lugar, pues, a gérmenes de una insurrección obrera. Diez años de educación política peronista y el ejemplo de la dirección peronista se encargaron de que esos gérmenes no prosperaran.”[8] 
 
 
Más personalizada es la interpretación de José Pablo Feimann, un ex joven peronista que muchas veces hace pensar en enojos de adolescente con su padre: “Que quede claro: Perón se va con un Ejército que le sigue siendo leal y es superior al enemigo. Con una CGT decidida a la lucha. Y con los obreros que se habían olvidado de los amparos del Estado de Bienestar y se la jugaban por él. Lo que falla es la conducción.  … La conducción huye. … ¿Perón quiso evitar una guerra civil? ¿Fue víctima de sus condicionamientos de clase? … Si fue un líder combativo, ¿no tenía esa combatividad los límites de la coalición militar, empresarial, burguesa y proletaria que le dio textura? Todo eso es posible. Una cosa fue real: en septiembre de 1955, a todos los que salieron a pelear, el conductor los dejó solos… Todos querían pelear, pero el jefe los abandonó.”[9]
 
Nos preguntamos: ¿todos querían pelear? Perón estaba desgastado, seguramente, por diez años de gobierno personal. Con más razón, luego de la muerte de Evita, que no era una revolucionaria contradictoria del general facho, sino su única interlocutora válida desde una posición de la más estricta lealtad. Pero eran muchos los que estaban desgastados por diez años de combate permanente. Por que si la Revolución Justicialista no era revolución para ciertas categorías académicas, sí lo era para sus enemigos que la combatieron con saña.
 
Dijimos que el conflicto con la Iglesia había debilitado lealtades militares. El general Alberto Morello era el jefe militar de Córdoba, y como el marqués de Sobremonte en 1806, estaba viendo una función de teatro. Y como el virrey de la mala fama, no creyó en la importancia de los informes y se fue a dormir. Durante su sueño, los revolucionarios se apoderaron del comando de la Escuela de Artillería, con lo que provocaron  un desagradable despertar al jefe de ésta, coronel Juan B. Turroni, quien también dormía y que fue herido al intentar resistirse. Años después Morello diría : “Sinceramente,… pensé que Lucero estaría muy nervioso y que por eso llamaba; jamás supuse que los militares se alzarían contra el Gobierno, pues sólo se esperaba un levantamiento civil.”
 
Las tropas que debían reprimir la rebelión estaban al mando del general José María Epifanio Sosa Molina. Su disposición para la lucha parece expresarse con comentarios como este: “Nadie hablaba de revolución, porque con la frustrada intentona de Videla Balaguer en Río Cuarto pensamos que habría paz por largo tiempo.”
 
Quedaba la CGT y las posibles milicias obreras. Pero la central, al menos sus líderes de entonces, aconsejaron a los trabajadores mantenerse en calma. Al día siguiente de la derrota insistieron sosteniendo “la necesidad de mantener la más absoluta calma y continuar las tareas”. Recién ante el golpe interno que desplazó a Lonardi se manifestarían como no lo habían hecho al caer Perón.
 
Norberto Galasso, a quien Feinmann acusa de juzgar desde un punto de vista demasiado peronista critica “La miopía de los analistas políticos liberales (que) los llevará a juzgar que la renuncia se origina en la supuesta cobardía del General. No observan los movimientos profundos de las aguas que son los que explican las olas y la espuma: ese frente policlasista que sostenía a Perón –Iglesia, empresarios, Ejército, trabajadores- se ha desintegrado, y su conductor, ya sin sustento, no tiene otra alternativa que abandonar el escenario de la política argentina.”[10] Y Joseph Page, en su lúcida interpretación del personaje y de la época, se acerca a las verdaderas causas cuando dice: “¿Por qué abandonó Perón su puesto sin luchar? La victoria militar parecía estar al alcance de la mano, especialmente considerando la inminente derrota de Lonardi en Córdoba. Sin embargo, el levantamiento de la marina en su totalidad, el control de un sector del territorio por parte de los rebeldes en Cuyo y el compromiso asumido por muchos civiles de combatir el gobierno hasta su derrumbe hacen pensar que la caída de Córdoba no hubiera significado la terminación de la guerra civil. Por todo ello, Perón debe haber llegado a la conclusión de que si el conflicto se prolongaba indefinidamente le hubiera sido imposible triunfar.
 
…Aun en el caso en que él hubiera efectivamente pensado que podía aplastar la rebelión, Perón pudo haber optado por alejarse. A menudo se refería a la terrible tragedia de España –cuyas consecuencias él había tenido oportunidad de ver con sus propios ojos- como una razón suficiente para evitar un holocausto similar en la argentina. El sabía muy bien lo que hacía falta para derrotar a los rebeldes en una guerra prolongada pero, asimismo, percibía lo que se necesitaría para gobernar el país una vez concluido el conflicto. Sólo iba a ser posible una dictadura férrea; él no iba a poder hacer el papel de moderador, de arquitecto de la unidad nacional, de conductor de una ‘comunidad organizada’. No valía la pena luchar para obtener ese tipo de victoria: por eso abdicó.”[11]
 
La lectura equivocada del General
 
Más de una vez hemos dicho que quienes nos dedicamos a la historia tenemos una ventaja inapreciable sobre los politólogos, sociólogos y, sobre todo, protagonistas de los hechos pasados. Jugamos al Prode con el diario del lunes. Desde ahí nos atrevemos a decir que, aunque no sabemos que hubiera ocurrido de haber procedido Perón de otra manera, creemos que equivocó el diagnóstico.
 
“Estallada la revolución, el día 18 de septiembre la escuadra sublevada amenazaba con el bombardeo de la ciudad de Buenos Aires y de la destilería de Eva Perón (La Plata, EM), después del bombardeo de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Lo primero, de una monstruosidad semejante a la masacre de la Alianza[12]; lo segundo, la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cientos de millones de dólares. Con este motivo llamé al Ministro de Ejército, General Lucero, y le dije: `Estos bárbaros no sentirán escrúpulos en hacerlo, yo no deseo ser causa para un salvajismo semejante.´ Inmediatamente me senté al escritorio y redacté una nota que es de conocimiento público y en la que sugería la necesidad de evitar la masacre de gente indefensa e inocente, y el desastre de la destrucción, ofreciendo, si era necesario, mi retiro del gobierno.”[13]
 
“Yo no me arrepiento de haber desistido de una lucha que habría ensangrentado y destruido al país. Amo demasiado al Pueblo y hemos construido mucho en la Patria para no pensar en ambas cosas.”[14]
 
En declaraciones periodísticas realizadas años después, Perón sostuvo que había preferido evitar una guerra civil[15] y por eso había abandonado la lucha cuando tenía las mayores posibilidades de ganarla. La exaltación de los odios se centraba, creía, en su persona. Dejando la presidencia, y más allá de los abusos inevitables y las pequeñas venganzas que seguirían al establecimiento del poder revolucionario, lo fundamental de la obra de su gobierno habría de mantenerse. Tal vez más adelante, cuando las pasiones se acallaran y cuando los errores de los gobiernos sucesivos pusieran en evidencia las virtudes del derrocado, seguramente regresaría para ser reconocido y gobernar sin la oposición exaltada del ´55.
 
Perón se equivocó en el diagnóstico. Seguramente el agotamiento psíquico y físico por su largo gobierno en soledad, en una soledad que se había incrementado hasta el vacío con la muerte de Eva, había disminuido su espíritu de lucha. Pero no parece injusto concederle el beneficio de la duda cuando explicaba que fue el temor a que la Argentina sufriera las consecuencias de una guerra civil como la que él había visto en España, lo que lo llevó a ofrecer su retiro del poder
 
No era la primera vez que buscaba una salida de ese tipo. El 31 de agosto, al comprobar que su llamado a la pacificación no había tenido éxito, se había hecho eco del reclamo de la mayor parte de los dirigentes opositores y había ofrecido su renuncia a la presidencia. Por la tarde, ante la multitud reunida en Plaza de Mayo para exigirle que la retirara, lo hizo. Todo habría sido una maniobra, y así lo creyeron los opositores, que se decidieron, si todavía no lo habían hecho, a actuar ante el peligro. Y también lo creyeron muchos peronistas que se sintieron dolidos por el manejo de sus sentimientos que parecía hacer el presidente. Sin embargo, la inútil maniobra se parecía mucho a la conducta que Perón había tenido en 1945 cuando, estando en superioridad militar sobre los rebeldes de Campo de Mayo que pedían su renuncia no hizo lo que le aconsejaban sus colaboradores uniformados y dejó el poder para no mantenerlo por la fuerza.
 
En 1945 y en agosto y septiembre de 1955 actuó con coherencia. No quiso seguir el poder, o mantenerse en él, por la fuerza militar. Siempre sostuvo que ésta es frágil y termina por quebrarse, y en todos los casos –el 17 de octubre, sus tres presidencias- su sustento político fue la voluntad popular. Además, debiéndoles el poder a los militares, se convertía en un prisionero de las fuerzas armadas. Algo de eso había ocurrido después del 16 de junio, cuando se rompió el equilibrio interno que siempre había existido entre militares, sindicalistas y otros sectores que integraban el movimiento peronista.[16]
 
No sólo Perón creyó que la Revolución Libertadora no significaría una vuelta a 1943. El mismo Lonardi, con su proyecto de peronismo sin Perón intentó que su cruzada embanderada con la consigna Cristo Vence se limitara a terminar con lo que consideraba los excesos del régimen depuesto. Había que meter presos a los ladrones y a expulsar al tirano, que en su megalomanía se dedicaba a pasear en motoneta con adolescentes y se había lanzado contra la Iglesia, pero había que mantener en pie todo lo demás. El 13 de noviembre, los ultra gorilas que lo destituyeron pusieron en evidencia que se trataba de terminar hasta con el recuerdo del peronismo.
 
Pero esa es otra historia.

[1]Luna, Félix, director, La Historia de Nuestro Siglo, Perón contra la Iglesia, pag. 10

[2]Idem, pag. 27.

[3]Chiessa, Carlos, Iglesia y justicialismo., pag. 14.

[4]Idem, pag. 17.

[5]Chiessa, Carlos, ob. cit., pag. 15

[6]La amenaza, militarmente, no era decisiva. El gobierno podía abandonar la capital y seguir la lucha desde el interior. Los aviones leales, que no podían atacar a la Flota por que Buenos Aires estaba cubierta de nubes, en algún momento tendrían el cielo despejado. Lonardi no tardaría en caer y lo mismo podía ocurrir con Puerto Belgrano. Lagos, solucionado el problema de Córdoba , podía ser atacado desde varios frentes.

[7]Chávez, Fermín, Cantoni, Juan Carlos, Manson, Enrique y Sulé, Jorge, Historia Argentina Contemporanea, tomo XIV, pag. 44..

[8]Peña, Milcíades, Masas, caudillos y elites, p. 128-129
 

[9] Feinmann, José Pablo. Peronismo  p.95

[10]Galasso, Norberto, Perón Tomo 1, p.722

[11] Page, Joseph, Perón Todo 2 p. 79

[12] Luego de la caída de Perón el Ejército destruyó a cañonazos el edificio de la Alianza Libertadora Nacionalista en el centro de Buenos Aires.

[13] Declaraciones a la United Press del 5 de octubre de 1955 (En La fuerza es el derecho de las bestias, pag. 6)                                                                              

[14] Ibídem

[15] Había pasado por España después de la Guerra Civil. Durante su exilio diría que los españoles habían dedicado cuarenta años a reconstruir lo que destruyeron en tres años de guerra.

[16] Durante la misma Resistencia, Perón se preocupó siempre en que las propuestas golpistas, de peronistas o afines, no fueran la metodología primordial de la lucha.(Agencia Paco Urondo)

15.09.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Con más de 500 firmas, los docentes de Ciencias Sociales de la UBA emitieron un documento para dejar en claro que la facultad -tal como ocurre con otras tres de la misma universidad- no tiene nada que ver con el conflicto que se desató en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires con los alumnos de las escuelas secundarias. Los últimos detalles del conflicto.
En la Ciudad, hay una subejecución del presupuesto educativo -se utiliza un ínfimo porcentaje de los fondos aprobados por la legislatura-, para lograr que en el debate del próximo presupuesto pueda reducirse lo destinado a Educación y usar los recursos para otros fines. Eso genera un vaciamiento de las escuelas del distrito, bajos sueldos docentes -un record histórico- y condiciones pésimas de cursado, con edificios que si no se caen, es por milagro.  En Sociales hay retrasos en la construcción de un edificio nuevo, que albergará a todos los estudiantes que hoy cursan en otros dos lugares, en muy malas condiciones. El edificio nuevo, que si bien viene atrasado, hoy está en plena construcción, contempla entre otras cosas un comedor estudiantil provisorio -cuya ubicación los dirigentes del Centro de Estudiantes fueron a visitar personalmente-, que cuando se termine de construir el edificio, será reemplazado por un nuevo comedor, cuyas instalaciones serán las mejores de toda la universidad.
Debido a que el Centro de Estudiantes está por definir la fecha de elecciones y hay sectores que necesitan con urgencia un conflicto, aprovecharon la ocasión de la lucha de los secundarios de la Ciudad para tomar los edificios, incluido el que está en construcción, desalojaron a las autoridades y comenzaron a gobernar la facultad, pretendiendo que los docentes dicten clases en la calle o en un estacionamiento, imponiendo decisiones en materia de postgrados, cambios en el dictado de clases y hasta modificaciones en algunos programas de estudios.
También provocaron daños en el edificio nuevo para hacer un comedor estudiantil, lo que no sólo atrasará la construcción sino que además, según los inspectores de obra, pone en riesgo todo el sistema sanitario del edificio y obligará a los constructores a retirar la garantía, ya que se violaron los planos originales. A horas de perderse el cuatrimestre, ya que los tiempos pronto no alcanzarán para una reprogramación, con alumnos que se recibieron pero por la toma no pudieron recibir su título, con el postgrado paralizado y con la construcción del edificio nuevo en serio riesgo por la acción de los propios tomadores, los docentes fijaron posición, para que la falsedad de la suma "cómoda" de Macri + UBA quede al descubierto.
A la comunidad académica de la Facultad de Ciencias Sociales y a quienes sostienen cotidianamente la Universidad Pública

El martes 31/8 se interrumpió el funcionamiento del Consejo Directivo y se inició la toma progresiva de las tres sedes de nuestra Facultad de Ciencias Sociales.
Desde ese momento una gran mayoría de docentes venimos atravesando una situación de difícil resolución. Nos vemos impedidos de cumplir con libertad nuestro trabajo en las aulas. Estamos siendo afectados por no poder ingresar a las sedes para cumplir con nuestras responsabilidades académicas, de investigación y de extensión de las que somos actores cotidianos al igual que la mayoría de los estudiantes, graduados y trabajadores de la Facultad que no pueden dar trámite a la innumerable cantidad de expedientes por los que se resuelven designaciones, convenios, pagos, pasantías, concursos de profesores y auxiliares y otros...   
Para muchos de nosotros esta no es la primera vez que atravesamos un conflicto derivado de la utilización y/o condiciones del espacio físico de una o más sedes de nuestra facultad. Pero, esta vez, las comunicaciones públicas dan cuenta de otros requerimientos, tales como subsidios al Centro de Estudiantes, desacreditación de postgrados de la CONEAU, además de la solidaridad con el movimiento de los estudiantes secundarios. 
Como docentes de la Facultad de Ciencias Sociales creemos importante hacer oír nuestra opinión. Es cierto que es menester mejorar las condiciones de trabajo, pero al ver el estado de desarrollo de las obras en el Edificio de la calle Santiago del Estero, el crecimiento del salario docente y el gasto en infraestructura académica, vemos que son hechos muy distintos a lo que ocurre en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde se denuncia la ejecución ínfima del presupuesto educativo. 
Más aún, así como nunca naturalizamos el trabajo en condiciones poco aceptables y nos hemos movilizado y protestado por la obtención de un nuevo edificio, no podemos aceptar la naturalización de la toma como medida inicial y única de protesta. Los perjuicios son innumerables y la afectación de la regularidad y calidad de la actividad académica un riesgo presente. 
Es razonable dar clase en la vía pública o en lugares no previstos para ello cuando circunstancias graves aconsejan esta medida como excepcional herramienta de posicionamiento colectivo. La vida democrática de la Facultad permite que lo que ahora se discute sea planteado en otras condiciones distintas.  
Nos preocupa que se pierda o precarice la actividad del cuatrimestre y no se puedan cumplir los compromisos de posgrado, investigación y extensión que asumimos como institución pública frente a la sociedad.       
La opción por la Universidad pública, gratuita, cogobernada es para nosotros un compromiso irrenunciable. No estamos de acuerdo ni con la precarización de la educación, ni con la institucionalización de prácticas de subsidio a la política ni con la banalizaciónla Universidad.
 El pueblo argentino sostiene el funcionamiento de esta y otras facultades y universidades Instamos a que sea el diálogo franco sin medidas de fuerza, explicitando las demandas y las diferencias, pero con vocación de preservar y engrandecer a la Universidad y a la Educación Pública, el modo de tratar las reivindicaciones y satisfacerlas. (Agencia Paco Urondo)

15.09.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, en Tiempo Argentino) Los Kirchner comprendieron que este proceso es como una bicicleta y mantiene su equilibrio en la medida en que avanza. Por eso la palabra que significa este avance es: ‘profundización’.
La discursean los funcionarios. La nombran los militantes. La mencionan los medios. La palabra “profundización” se ha convertido en un fetiche en el marco del proceso político abierto en 2003. Un título puesto en letras de molde del discurso de todos aquellos que bancan desde distintas perspectivas al gobierno de Cristina Fernández.
Esa palabra se ha impuesto, incluso, al contradiscurso generado desde los gorilopolios mediáticos, que era el del “consenso”. Esta palabra, entendida casi como una defensa irrestricta del status quo, la habían empezado a instalar los sectores reaccionarios después de las dos victorias tácticas importantes y consecutivas (campo y elecciones de junio), a través de la conducción material que ejercen las corporaciones económicas (nunca más explícita que hoy, después de ver los políticos aplaudiendo el discurso antipolítico de Biolcati en la Sociedad Rural o los “peronistas” disidentes yendo a pedir línea al CEO de Clarín, el aprendiz de brujo de Magnetto).
“Consenso” se había convertido en la advertencia de que era imposible tocar los privilegios existentes, pues sin diálogo con los sectores oligárquicos se hacía imposible gobernar. En este sentido era el antónimo de “crispación”. Así definían el enojo de la “pareja presidencial” frente a los obstáculos que permanentemente ponían ante el desarrollo de su proyecto político. Kirchner hizo una correcta lectura de ambas derrotas, planteando que no se había perdido por lo hecho sino por lo que faltaba hacer. Comprendió el error de una campaña que basaba su fuerza en la defensa irrestricta de lo hecho, y que no llegaba a enamorar políticamente a las masas porque no tenía una utopía de carácter épico, un horizonte de construcción de una sociedad más justa para ofrecer. Pero además, comprendió que ningún proceso de transformación se asienta sobre el equilibrio con aquellos que quieren que nada cambie, esto es, con la oligarquía que es beneficiaria de las desigualdades económicas. Los Kirchner comprendieron que este proceso es como una bicicleta y mantiene su equilibrio en la medida en que avanza. Por eso la palabra que significa este avance es: “profundización”.
¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de “profundización”?En lo económico la definición es clara: una distribución más equitativa de la riqueza. En los últimos tiempos ha vuelto el discurso de la necesidad de restablecer el famoso 50 y 50 de los días felices del peronismo. Aunque hay aquí un cuello de botella respecto de determinados aspectos del modelo económico vigente, y es que ese nivel de distribución del PBI no puede alcanzarse a través del crecimiento sostenido a “tasas asiáticas” sino a través –como lo fue históricamente– de afectar la estructura de la propiedad. Es preciso ir no sólo contra los enemigos declarados actuales, sino también meterse con el manejo de recursos estratégicos que hoy muchas veces están en manos de grupos económicos transnacionales o corporaciones locales. Esto último no entusiasma mucho a los sectores más conservadores que apoyan este proceso, y que aconsejan prudencia.En lo cultural “profundización” significa avanzar sobre los núcleos de poder oscurantista, como el sector reaccionario que conduce la Iglesia –en este sentido el matrimonio igualitario se convirtió en la gran victoria del período– pero, y sobre todo, dar la gran batalla comunicacional con los monopolios mediáticos que continúan otorgando sentido, explicando la realidad desde su prisma de intereses. La Ley de Servicios audiovisuales es una herramienta fundamental para esta pelea, pero hay que entender que es un punto de partida y no un punto de llegada. Programas como 6,7,8, Duro de Domar o TVR, de la productora de Gvirtz, medios gráficos como Tiempo Argentino, Miradas al Sur o El Argentino, del grupo Spolsky, son instrumentos útiles para dar debates. Estos recogieron su fuerza de impacto en la ausencia casi total de una voz distinta del pensamiento único de los gorilopolios. Es preciso aclarar que para que exista una verdadera comunicación popular, esta debe multiplicarse no en la construcción de grandes grupos que compitan con los grandes pulpos del enemigo, sino en una multiplicidad de voces pegadas a la realidad concreta y cotidiana de nuestro Pueblo. Como muestra, baste un ejemplo: nada cambia si un argentino de la Puna escucha un embotellamiento en la General Paz relatado por un medio “compañero” o uno “gorila”. Cambia si es ese argentino el que cuenta a través de sus propios medios la realidad que vive. Respecto de lo político, la profundización es quizás lo más controversial. Para nosotros es una verdad incontrastable que no se puede enfrentar a los enemigos de la Patria sin organizar a una porción cada vez más grande del Pueblo. Este es, en gran medida, uno de los saldos deficitarios de este proceso. No es propio todo aquel que juega de este lado de la cancha. Es preciso organizar un equipo y que todos tengan claro qué rol juegan. Y esto no es sólo una crítica hacia quienes conducen, es decir, Kirchner y Cristina, sino y sobre todo una reflexión crítica sobre el rol que tiene que asumir la militancia nacional y popular. Es imperioso que la militancia deje de pensar desde los zapatos de Kirchner para construir sus propios zapatos. La construcción política debe ir de la mano de la ocupación de resortes de decisión en el Estado para ponerlos al servicio de la construcción de poder popular. Existe toda una generación que se formó en el combate contra el neoliberalismo pero que hoy prácticamente no tiene lugares de decisión. Es preciso meter en el Estado a esos cuadros formados en esa ética militante vinculada directamente a las luchas populares, de entonces y de ahora. Pisar el barro forja una forma distinta de pensamiento que sólo saber pisar alfombras. Construir la propia fuerza dando poder a los sectores populares, haciéndolos sujetos de la decisión política, eso es en definitiva la profundización en el plano político. (Agencia Paco Urondo)

13.09.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Del 7 de setiembre al 12 de octubre, todos los martes a las 19:30 hs. Se entregarán Certificados de Asistencia. N/D Ateneo PARAGUAY 918 Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Informes: N/D ATENEO 4-328-9191 (int. 113) / 4-328-2888 (boletería). Centro Cultural Enrique Santos Discépolo 4865 6929 Bono Contribución $10.
PROGRAMA
I.- El peronismo del 45. Crisis y agotamiento del modelo agroexportador. Construcción del Frente Nacional. El proyecto nacional: aspectos económicos, sociales y jurídicos. La renta agraria diferencial. Política latinoamericanista. La oposición de los viejos partidos. La oposición de los medios de comunicación. Relaciones externas: FMI y Deuda Externa. El rol de Eva Perón. Constitución del 49 y "Comunidad organizada". La segunda presidencia de Perón. Causas de su derrocamiento.
II.- El Peronismo de la resistencia. Proscripción y represión. El pacto para reagrupar el frente nacional. Cooke y sus planteos. La reorganización del movimiento obrero y sus congresos más importantes. Las divergencias internas: peronismo, vandorismo, CGTA y participacionismo. La crisis de "la democracia restringida". El Cordobazo. Una poderosa marea social y las organizaciones armadas. Una partida de ajedrez entre Perón y Lanusse
III.- El triunfo del 11 de marzo de 1973. Presidencia de Cámpora. El regreso de Perón. Su tercera presidencia. Los antagonismos internos. Perón, Jotapé y Montoneros. La puja entre los diversos sectores del movimiento. Muerte de Perón y declinación del gobierno. El Rodrigazo. Golpe del 24 de marzo de 1976
IV.- El Peronismo y la dictadura genocida. Pérdida de cuadros políticos y militantes. El sector resistente de los sindicatos. Elecciones de 1983 y primera derrota electoral del peronismo. El gobierno de Alfonsín y la oposición de los gremios. La renovación peronista. Elecciones del 89 y triunfo de Menem. El período menemista y los responsables de una política antinacional. Rebeldía del grupo de "los 8", CTA y MTA. Vaciamiento ideológico. ¿Ha llegado el fin del peronismo? Nueva derrota electoral de 1999. La Alianza en el poder
V.- Crisis económica y política del 2001. Las asambleas populares. Una dirigencia política irrepresentativa. Las elecciones del 2003. El kirchnerismo al poder. La transversalidad. Reivindación de los derechos humanos. Reconversión de una economía de especulación a una economía productiva. Política latinoamericana: ALCA, UNASUR. Relación externa: Deuda y FMI. Repolitización de la sociedad. Altas tasas de crecimiento económico. Recupero del rol del Estado. Crecimiento electoral. El triunfo electoral de Cristina Fernández de Kirchner
VI.- El gobierno de Cristina. Etapa social. El conflicto con el campo por la Resolución 125. La Socidad Rural y los grandes medios de comunicación. Política de la oposición y de los partidos de izquierda. La crisis económica mundial y las medidas anticíclicas. Las elecciones del 28 de junio de 2009. La oposición tradicional y de sectores de izquierda. Los avances de la política social. La oposición mediática, ¿Una nueva Unión Democrática?. Perspectivas del 2011. (Agencia Paco Urondo)

06.09.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo)
Primero vino Uriburo
Diciendo: yo lo acomodo
Pero lo arregló de un modo
Q’uera mejor el barullo.
Dejó arreglado lo suyo
Y empeoró lo de todos
 
Arturo Jauretche
El paso de los libres
 
 
El 6 de septiembre de 1930, cuando el general José Félix Uriburu entraba en la Casa Rosada encabezando la marcha de los cadetes del Colegio militar, muchas cosas terminaban y muchas otras comenzaban en la Argentina. Algunos historiadores hablan del 6 de septiembre como del primer golpe militar, pintando el período que corre entre la batalla de Pavón, en 1861, y 1930 como un largo tiempo de estabilidad institucional, en que la democracia no fue conmovida por intervención militar alguna. Sin embargo se trataba, en todo caso, del primer golpe militar  triunfante, y más precisamente, del primero del siglo XX.
 
La Causa y el Régimen
 
El Granero del Mundo, pese a sus instituciones pretendidamente republicanas, era gobernado por la misma oligarquía terrateniente que manejaba el poder económico. El rémington y los ferrocarriles habían permitido que el Ejército de línea terminara con las montoneras, y los hijos de los gauchos federales debieron guardar la lanza y los recuerdos de sus viejas luchas o soportar el castigo de la frontera donde se matarían mutuamente con los indios, como tributo a la civilización. Es lo que relata José Hernández en su Martín Fierro.
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Los inmigrantes, llegados por la atracción de la prosperidad económica y el espejismo del fácil acceso a la tierra, no tenían expectativas políticas, de modo que no fueron obstáculo para el régimen oligárquico. Pero, con el tiempo, sus hijos, que no soñaban con el regreso al país de sus padres y sentían la Argentina como propia, reclamaron una participación política que no era legítimo negar. La Unión Cívica Radical y su caudillo, Hipólito Yrigoyen, enmarcaron la exigencia, sumándolos a los hijos de los viejos federales, que ahora reemplazaban la lanza por la libreta de enrolamiento.
 
Yrigoyen era  un caudillo que conservaba mucho de los que habían conducido a los montoneros federales, con un patriotismo que se oponía a la condición  semicolonial del régimen, al que enfrentaba desde el principio de la voluntad popular.
 
Tras la ley Sáenz Peña, los gobiernos radicales de Yrigoyen (1916-1922), Marcelo T. de Alvear (1922-1928), y nuevamente Yrigoyen desde este último año, serían tolerados de mala gana por la oligarquía., cuyo poder económico no había sido afectado. Diversos factores acabarían con su paciencia y con la de otros actores que llegarían a la escena política en 1930. Y que llegarían para quedarse.
 
El militarismo
 
Los militares no habían estado ausentes de la vida política. Desde las Invasiones Inglesas, los  patricios en la Revolución de Mayo, y las revolucionarios de 1890, 1893 y 1905, los uniformados no habían mirado la política desde afuera.
 
Sin embargo, algo de nuevo había desde el comienzo del siglo XX. Hasta entonces lo habían hecho encuadrados en partidos políticos, y siguiendo a caudillos más o menos carismáticos. Eran alsinistas o mitristas; roquistas o yrigoyenistas. Los militares del 6 de septiembre, en cambio, fueron producto de la reforma del ministro de Guerra de Roca, coronel Pablo Ricchieri. Su presencia suponía la aparición de un fenómeno nuevo: el militarismo.
 
Sarmiento fue el primer presidente que quiso profesionalizar las fuerzas armadas. Creó el Colegio Militar y la Escuela Naval, para una eficiente formación de los oficiales. Ricchieri formó el ejército moderno. Su marco legal fue la Ley Orgánica del Ejército Nº 4031, su modelo el ejército alemán, su oportunidad, el peligro de guerra con Chile por el diferendo limítrofe.
 
El nuevo ejército sería “profesional”. Los militares abandonarían la política.. A ésto se agregó una actitud de menosprecio. El político se valía de tretas y artimañas  non sanctas para alcanzar sus objetivos. Todo lo contrario del honor militar, propio de hombres consagrados al servicio exclusivo de la Patria, hasta el punto de perder la vida. Alguna vez Carlos Pellegrini había dicho que el militar “viste de otra manera (que la del civil), hasta habla y camina en otra forma” . Pero también se formaba en un internado, desarrollaba sus tareas en un cuartel, se entretenía en un “casino”, y muchas veces se casaba con la hija de un superior o la hermana de un camarada, por lo que se movía en un microclima que, a lo largo de las décadas se fue haciendo más impermeable a toda influencia civil.
 
Pellegrini agregaba que “a él le confiamos nuestra bandera, a él le damos la llave de nuestras fortalezas, de nuestros arsenales; a él le entregamos nuestros conscriptos... Con una señal de su espada se mueven nuestros batallones, se abren nuestras fortalezas,  baja o sube la bandera nacional. Y toda esta autoridad, todo este privilegio se lo damos bajo una sola y única garantía: bajo la garantía de su honor y su palabra. Sarmiento decía que ‘El Ejército es un león que hay que tener enjaulado para soltarlo el día de la batalla’ Y esta jaula, … es la disciplina,... y sus fieles guardianes son el honor y el deber. Ay de la nación que debilite esa jaula,...que haga retirar esos guardianes: pues ese día se habrá convertido esa institución, que es la garantía de las libertades del país y de la tranquilidad pública, en un verdadero peligro, en una amenaza nacional.”
 
Pero si Pellegrini intentaba enjaular en la disciplina a los militares, no faltó el poeta que exaltara su condición de nueva aristocracia por haber “sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”. Leopoldo Lugones afirmaba que ésta “implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, por que es su consecuencia natural, hacia la demagogia y el socialismo.”
 
Las palabras del poeta cordobés encontraron algunos oídos bien dispuestos entre los uniformados. La convicción de la superioridad de los militares y su destino de nueva aristocracia se fue formando con las décadas. Esta convicción, más que un presunto fascismo, impulsó la conducta de los uniformados, bien que con distintas tonalidades ideológicas, en los gobiernos de 1943, 1955, 1962 y 1966. Hasta culminar, con una trágica concreción que, queremos creer que el poeta no hubiera suscripto, en 1976.
 
 
La crisis de Wall Street
 
No podemos entender los hechos de 1930 sin conocer sus causas externas. La economía argentina había entrado en la crisis terminal para el sistema vigente. Era universal y repercutía la dependencia que teníamos con el exterior.
 
Al terminar la Primera Guerra Mundial, en 1918, el esquema centro-periferia de la división del poder económico había incorporado un nuevo componente. Los Estados Unidos salieron convertidos en los mayores inversores y los mayores acreedores. En 1918 los ingleses, franceses, italianos y sus socios estaban muy endeudados con el joven gigante. A su vez, los países vencidos, condenados como "culpables" a pagar las costas de la guerra, lo estaban mucho más. De ahí que si las potencias europeas seguían siendo "centro" de las colonias y semicolonias de la periferia, ahora aparecía un "centro” del "centro" en la potencia americana.
 
Los años de posguerra fueron de prosperidad en los Estados Unidos. Esta se tradujo en crecimiento industrial, altos depósitos en los bancos y grandes inversiones de pequeños y medianos ahorristas que dispararon hacia el cielo el valor de los títulos y acciones. Pero la producción marchaba más rápido que la capacidad de consumo del mercado. No era la exportación una solución en el mundo hambreado de la posguerra. Los stocks crecieron vertiginosamente. Esto obligó a bajar la producción, lo que trajo desocupación y caída de salarios, con lo cual la capacidad de compra del mercado disminuía aún más. El círculo vicioso llevaba al paro industrial.
 
Una chispa de desconfianza movilizó a los tenedores de acciones hacia la venta. Los precios empezaron a bajar hasta convertirse en caída libre cuando la desconfianza derivó en pánico . Lo mismo pasaría con los bancos. Los ahorristas comenzaron a retirar sus depósitos, y el proceso llegó al paroxismo cuando las cajas se quedaron sin billetes. Con la quiebra de los principales bancos, la crisis llegó al clímax.
 
La economía norteamericana comenzó entonces a reclamar el pago de las deudas y a retirar las inversiones en el exterior. De ese modo, la crisis cruzó el Atlántico y llegó a las devaluadas potencias europeas. De ellas se trasladaría a la periferia. La crisis llegó de Inglaterra a la Argentina. Entre 1929 y 1932 nuestras exportaciones cayeron violentamente. “Los servicios del capital extranjero" que habían representado entre "1925 y 1929 el 21,9% de la capacidad de pagos exteriores, pasaron al 37,4% para el quinquenio 1930-1934
 
No estaban las cosas para seguir soportando al radicalismo. Figuras del patriciado que no creían en la democracia -gobierno de la chusma y de los demagogos- y que se sentían admirados por el orden establecido por las dictaduras europeas, y jóvenes nacionalistas que suponían que solo la conducción de un caudillo como Primo de Rivera, Mussolini o el mismo Hitler, podían salvar al país de la decadencia y de la crisis buscaron un salvador. Algunos creyeron encontrarlo en un general salteño y simplote que portaba bigotes de largas guías.
 
El fascismo uriburista
 
Uriburu tenía un poder relativo sobre su revolución. Este se hallaba acotado por los factores de poder que habían apoyado al derrocamiento del Peludo, pero que desconfiaban de las inclinaciones "fascistas" del general.
 
No deja de ser cuestionable tal calificación. El general no creía en la democracia, un sistema caótico manejado por demagogos venales. El pueblo, en su opinión, no estaba capacitado para gobernar  y debía obedecer a quienes habían nacido para mandar. No en vano era miembro de una familia tradicional de Salta, y  formado en una institución verticalista como el Ejército. Para colmo, el poeta Leopoldo Lugones había bendecido con su Hora de la espada el rol de los uniformados en una futura Argentina post democrática.
 
Sin embargo, poco entendería Uriburu del fascismo. Sólo admiraba su autoritarismo y su desprecio por la democracia. Más intelectual había sido la formación de los jóvenes "nacionalistas" que lo acompañaron en las horas de conspiración, ya que no en las de gobierno.
 
Se iniciaba una etapa en que a la dictadura seguiría y el fraude, y se renovaría nuestra condición colonial con Gran Bretaña del que sería modelo el Tratado Roca-Runciman. José Luis Torres la bautizó La Década Infame. (Agencia Paco Urondo)
 

24.08.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) “Señor don Tomás, no venga a V. con su sonrisa cachumbera a hacerse conmigo el Catón y privarme del sólo placer que me resta, es decir, el de recrearme la vista pues en cuanto a lo demás, Dios guarde a V. muchos años.”  
Estaba terminando mi carrera y el profesor de Seminario de Historia Argentina, Gabriel Puentes, me mandó a trabajar al Archivo General de la Nación con la misión de Tomás Guido ante la corte de Brasil, entre 1841 y 1845. Me apasionaba el tratamiento que en su correspondencia, y en particular en la que mantenía con San Martín, daba a los temas políticos. Pero cuando me encontré con una carta en la que ¡el Padre de la Patria!, ¡El Santo de la Espada! hablaba del “carácter y sus maneras dulces como caramelos” y de los “bellísimos ojos” que lo apasionaban “¡a las 64 navidades!” , no pude menos que copiar textualmente la carta en que hablaba de una señora de Lisboa, que viajaba con su marido por Europa y lo había visitado por recomendación de don Tomás.
 
Copié la carta, y la guardé por décadas en mi escritorio. Nunca tuve la menor iniciativa para publicarla. Yo era un estudiante, y luego un profesor joven y solemnemente desconocido, pero ¿Por qué no se la llevé a Puentes para que la publicara y, aunque sea, me mencionara como colaborador? Lo cierto es que, por fin, la carta se me perdió en alguna mudanza. Cuando la vi publicada por Pasquali, sufrí un nostálgico ataque de envidia. No se, no creo, haber sido el primero en leer ese legajo, pero estoy seguro que en 1965 nadie lo había publicado. Sólo me quedó el consuelo de aconsejar a mis alumnos que no cometieran la misma estupidez que yo. Y el agradecimiento a Pasquali por haberme reencontrado, 35 años después, con un texto que mal recordaba de memoria.
 
Pero no se trata de excederme en lo autoreferencial y copiar al Stalin del cuento del monumento a Gorki, que sólo aprobó aquel que mostraba un Iósif Visariónovich Dzhugashvili  gigantesco leyendo un pequeño librito del escritor. El estudiante de entonces se enteró de que San Martín, a quien siempre había venerado, era de carne y hueso. Y que le gustaban las mujeres –los ojos y el carácter, al menos- sin preocuparse por el estado civil de ellas, porque él era viudo.
 
Tal vez Galasso, en su gigantesca obra tan bien titulada –Seamos libres y lo demás no importa nada- sea quien mejor se ha adentrado en la descripción del San Martín niño, joven, adulto, militar y político. Más allá de su excesivamente firme convicción de su origen mestizo, que no parece estar comprobado y que se me ocurre que en Norberto prima una expresión de deseos.
 
Ese gallego, que había nacido por casualidad en estas tierras, pero que no tenía tonada correntina, y que se había formado en el Ejército del Rey, combatiendo moros y franceses, llegó a estas tierras cuando España había caído para siempre. Porque hoy sabemos –con el diario del lunes- ventaja que tenemos los que escribimos sobre el ayer, que los españoles terminaron por correr a los franceses, y que Napoleón fue derrotado en Waterloo. Pero ¿quien podía en 1812, en España, en América, en el Mundo, pensar que el Corso no se había adueñado de la península para todos los tiempos?
 
El espíritu de la tierra, del que hablaba Scalabrini Ortiz, otro correntino, se adueñó del joven oficial, y más allá de las razones ideológicas que lo movieran, se enamoró de esta tierra, de esta parte de su Patria Americana, y entregó su vida, su larga vida para los parámetros de entonces, para defenderla.
 
Se alejó del Perú, dejando en manos de Bolívar la conclusión de la tarea que él no podía terminar por la traición de los mercantilistas porteños. Ofreció con absoluta convicción sus servicios a Juan Manuel de Rosas ante la guerra colonialista de 1838. Es un clásico su emoción ante la gloria de Obligado. Y legó su sable al Restaurador, en su testamento “como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que trataban de humillarla. “Satisfacción que se afirmó después de haber estado preocupado, no por que temiera que Rosas fuera a aflojar un tranco de pollo, como solía decir él y como dice, afortunadamente, alguna figura que huy honra nuestra Patria. Al contrario. Le decía a Guido en una carta en que no hablaba de bellas brasileñas, “mis temores en el día son el que esta firmeza se lleve más allá de lo razonable”, y en carta al mismo gobernador de Buenos Aires agregaba de su preocupación de que “no tirase usted demasiado de la cuerda de las negociaciones seguidas cuando se trataba del honor nacional.”
 
Hoy recordamos una vez más al Libertador, y lo hacemos con orgullo. Hace pocos días, en Santa Marta, Colombia, tuvimos una prueba más -¡Y que prueba!- de que su espíritu y el de Bolívar está presente en nuestra América. (Agencia Paco Urondo)

18.08.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, en Redacción Popular) No es ocioso recordar dos modos muy opuestos de responder frente a idéntico planteo formulado por el periodista atávicamente golpista Mariano Grondona. El sedicioso escriba, siempre al servicio de la reacción, interpeló con casi dos décadas de diferencia a Horacio Verbitsky y al impresentable Pino diciéndoles casi las mismas palabras: “cada día me siento mas cerca suyo”. Cultor de la ironía más fina, el redactor de Página 12 corrió hacia atrás su silla horrorizado con la posibilidad de mezclarse (aunque sea espacialmente) con el cavernario comunicador. Solanas permaneció en silencio dando crédito una vez más al viejo refrán “el que calla otorga”. Y el día 16 de agosto de 2010 se vivió un nuevo episodio de otorgamiento por parte del veleidoso cineasta, cuando abrió la jaula para comenzar el camino para un acuerdo…con Elisa Carrió..
Pero antes de fundamentar nuestras aseveraciones digamos que la mansedumbre y quietud de Solanas obedece menos a una lentitud de reflejos- que no puede resultar extraña en un septuagenario- si no más bien al reconocimiento realizado por la contribución (mediática) que el poder económico le brindó al director de “La hora de los hornos” en su ascenso político verificado en las elecciones del pasado año 2009. Un hilo conductor une su actitud vergonzante frente a la (cuasi) pornográfica actitud de Grondona, su silencio frente a la depredación sojera (¿o la tierra no es un recurso natural?), más la ausencia de denuncia alguna contra las apropiaciones clarinudas. Nos referimos, claro está, a los dos hijos sustraídos a sus padres y a la justicia por el poderoso grupo mediático de marras y a la empresa “comprada” en un precio más que simbólico en la propia mazmorra donde torturaban a su propietaria. En semejante contexto. ¿Quién puede declararse sorprendido por una alianza con Carrió y el carnaval de impresentables que funge como su séquito político? De todos modos, un día después de haber declarado que “Coincidimos en muchos aspectos” y que la “Coalición Cívica tiene legisladores estupendos” reculó diciendo “Estamos lejísimos de una alianza".Tal vez haya recibido más de una “caricia” por su incontinencia verbal develada antes de tiempo. O tal vez se tratase de una búsqueda de materiales para nuevos documentales. En tal caso podemos sugerirle títulos de incuestionable creatividad y fuste: “Patricia Bullrich. Una Evita posmoderna”; sería un éxito de público “Fernando Iglesias o como ser nacional, popular y lacayo imperialista simultáneamente”; abriría nuevos rumbos para la narrativa cinematográfica y “Alfonso Prat, un neoliberal nacional y popular” podemos asegurar que completaría una trilogía para la cual sugerimos un título tan nac. and. pop como “We love Usamerica”. De tal modo, Solanas rendiría el homenaje a los “legisladores estupendos” de la coalición cínica y golpista, socios suyos del Grupo A en el intento de desestabilizar al gobierno nacional. Lejos está el tiempo en que el director cinematográfico era un adalid de la Unidad latinoamericana. Ahora considera “legisladores estupendos” a quienes quieren hacer creer que la alianza estratégica de nuestro país con Venezuela es una asociación mafiosa. Y se negaron a hacer públicos los dichos realizados en la declaración del denunciante diplomático lopezregiano Eduardo Sadous; con lo cual hubiera quedado al descubierto la patraña pro-imperialista urdida por Carrió y demás secuaces. Por otra parte, ¿la recién citada es parte de los “estupendos legisladores? En caso de ser afirmativa la respuesta Solanas debería dar alguna explicación al pueblo venezolano; ya que la estupenda diputada ha motejado de fascista al comandante Hugo Rafael Chávez Frías en cuanto micrófono se la ha cruzado y no son pocos precisamente. No es posible ser amigo de los pueblos que combaten contra el imperialismo y llevarse de maravillas con los corifeos políticos y mediáticos de la reacción.
 
Otra de las máximas que hipotéticamente estuvieren contenidas en el manual de acción política popular, al que hiciéramos referencia al comienzo de esta nota, alude a la necesidad de golpear siempre al enemigo: esto es la oligarquía, los monopolios y el imperialismo. Puesto en el plano electoral semejante axioma puede leerse como en que lugar perjudico con más eficacia a los enemigos del pueblo. Como candidato a presidente Solanas no puede figurar. Pero puede quitarle algún margen de sufragios a la candidatura (pingüina o pingüino) del F.P.V. y contribuir para impedir el triunfo de la citada coalición progresista. Por el contrario, en caso de competir por la jefatura de gobierno porteño cuenta con serias posibilidades de arrebatarle el sitial a la derecha PRO. Como es habitual, Solanas parece encaminarse a escoger la primer opción; como casi siempre funcional a la derecha. Lo dicho, Pino que se entierra solo no sirve ni para hacer asado. (Agencia Paco Urondo)

17.08.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, en Página 12) Borges, un ser irónico por naturaleza, nunca dejó de explorar los límites del lenguaje político. El ironista consumado es el que se lanza a hablar sin medir sus palabras y sus consecuencias. Quien no mide sus palabras, pero las enfunda en un uso reversible de los conceptos, hiere con efecto retardado y enigmático. Así actuó Borges toda su vida, con lo que él mismo denominó “los juegos irresponsables de un tímido”, para poner toda su literatura como un entretenimiento que partía ni más ni menos que del profundo estado de situación del lenguaje en una sociedad histórica determinada.

Todos los que lo leyeron literalmente están en su derecho de sentirse ofendidos o de tentarse a emplear con él su misma medicina, que difícilmente llegue a la cumbre de esa arte inventada que de ese mismo modo pocos manejarán: la injuria de combate dicha en estilo distraído, aristocrático y diferido. Es lógico que en especial el peronismo se haya sentido agraviado con las numerosas declaraciones que hizo Borges respecto del “hombre capaz de todos los males”, así como el demócrata común y corriente, en su sentido común básico, quizá no supo sentirse tan molesto con el descabellado juicio de Borges sobre “la democracia como un abuso de la estadística”. Predominaba en él el deseo de frasear lo incontenible. La incontinencia de Borges es un regodeo sutil con el idioma; nunca una persona notable pudo ser más perjudicada por su incontinencia, una maña que ya había condenado Aristóteles en la Etica a Nicomaco. Como buen anarquista conservador, nunca se privó de tocar ningún objeto venerable de las culturas populares. Sobre todo las del peronismo, frente a las cuales hizo el papel de gran profanador.
Es indudable que aún es necesario preguntarse qué hacer con él en la significación más genérica de su literatura y su vida. En el enorme volumen recientemente publicado post-mortem, el Borges de Bioy Casares, hay un formidable desnudamiento de su figura, que lo muestra poseedor de una teoría estética magnífica, pero dicha en forma entrecortada, dañina y deliberadamente desdeñosa. Casi siempre herética y extrañamente devocional de cultos minoritarios, pero vistos con severa imaginación, que acaso no fuera soportada ni por su propio autor. El de Bioy es un libro formidable y quizás equivocado. Pero está allí la historia argentina en sus heridas fundamentales: fusilamientos, golpes de Estado, miedos, conspiraciones, estados mayores literarios participando de toda clase de conjuras y de políticas de premios literarios, entregados siempre con mordacidad y pequeños cálculos de cenáculo.
Una actividad civil y resignada –como el mismo Borges diría– para resolver sobre su trayectoria pública en el máximo nivel de la potencialidad interpretativa que su figura hoy permite –hay que destacar el gran ensayo de Viñas de los años ’80, “Borges y Perón”–, exige considerar que su literatura reintroduce, de un modo extraordinario, todos los temas sobre los cuales opinara políticamente, en muchos casos de un modo desastrado. Y esta reabsorción en su literatura “de traidores y héroes” de todos aquellos temas políticos sobre los cuales se pronunciara, lo hace quizás el único caso de la literatura argentina en que un autor puede ser leído como un caso eximio de refutación de sí mismo.
El acto de lectura de Borges equivale a entrar en su corazón secreto que lo anula a sí mismo, pero también le exige al lector ser otro. Muchos lo saben, y forman parte de una gran legión de lectores mundiales (seamos amplios y polares con las denominaciones) de derecha y de izquierda, libertarios y autoritarios, peronistas y gorilas, aristocráticos y plebeyos. A todos estos modos de lectura afecta y redime, haciéndoles diversos y alternativos a ellos mismos.
Ahora bien, las fuerzas del trabajo y de la producción. Las de la emancipación y las de la invención de nuevas tecnologías productivas. Las fuerzas políticas ligadas al peronismo en sus numerosas variantes –y los movimientos obreros en general–, todas, todas ellas, fueron afectadas de diversa manera por la presencia de Borges, el “tímido irresponsable”. Era y es un indicio del poder de su literatura. No puede ni debe resolverse la paradoja de su existencia, que arrastra, confirma y niega las figuras de Jauretche, Manzi, Ernesto Palacio, las Madres de Plaza de Mayo y todos sus contrarios, sino como una gran obra alocada de un Shakespeare argentino, como si fuera una broma de Mario Sapag –su imitador– contada por Faulkner en Las palmeras salvajes y recitada por Discepolín. Un canto de los ’70, “Borges y Perón, un solo corazón”, Borges lo comentó con simpatía en las cenas con Bioy. Era la simpatía del que vivía a contramano de la historia, como golpista y libertario, como emancipador y cautivo, pero todo eso ocurriendo en canales profundos del ser social. En 1973 se negó a tomar un café con Jauretche, omitiendo con esa reconciliación de los dos grandes yrigoyenistas y criollistas un capítulo que hubiera reescrito buena parte de la historia literaria argentina. No evitó mezquindades de arrogante imberbe, mientras meditaba sobre el alucinado secreto de sangre de la historia nacional.
El truco, el tango de la época de “El Choclo”, el fileteado, la gauchesca como una posibilidad de vanguardia, la quiebra de la temporalidad racional de la historia, son flechas borgeanas que señalan quizás alienadamente todos los problemas argentinos, al revés de tantos y tantos no alienados y pretendidos ciudadanos juiciosos, correctos en su expresión política, pero que no atinan a señalar problema alguno. Borges no puede ser convertido en un icono, ni puede serles indiferente a los obreros argentinos y a las herederas de Emma Zunz, la obrera, o de Fergus Kilpatrick, el jefe ambivalente del movimiento nacional irlandés.
Que se lo vitupere no trae problema para el gran vituperador Borges, que elevó ese modo de expresión a la altura de una épica del lenguaje de los argentinos. A las fuerzas vivas y militantes de la sociedad argentina, estudiantes, trabajadores, sindicalistas, intelectuales, les está reservada una tarea que siempre comienza y siempre cesa en el mismo punto. Historiar a Borges, que lógicamente puede ser condenado. Y también borgeanizar el linaje político social argentino, que puede así adquirir notas nuevas, con nuevas posibilidades de movilización. Para ello no es necesario citarlo, apenas sospechar las ironías del destino que todos tenemos reservadas.
Leerlo sigue siendo terrible, es un oficio para aventureros de la lengua y soñadores del cambio social. Los oficiantes de una condena previa inadecuadamente desplegada no deben privarse de adentrarse allí, porque es ahí que subyacen también sus existencias. Que origine humoradas, no es problema: su figura pública televisiva lo permitió, pues fue el gran clown de los oscuros simbolismos argentinos, y cuando tuvo que decirles cobardes a quienes lo merecían, acertó póstumamente dándole un giro más a su figura pública doliente. Por lo demás, siempre es tarde, para él o para nosotros, para desdecirse. Falta una gran tarea historiográfica adicional sobre su trayecto social y lingüístico; y faltan nuevos libros sobre el tema. La reciente publicación de Borges, libros y lectores, de la Biblioteca Nacional, es un paso gigantesco en dirección al crecimiento de la crítica borgeana.
Que su nombre surja siempre como si fuera el de un ser ajeno sometido a mordacidad o repulsión, son signos de estos tiempos donde todo vuelve a estar en discusión. En buena hora que al antiguo yrigoyenista Borges le broten alrededor, como espigas urticantes, nuevas humoradas, que podrán demostrar –y no creemos estar equivocados al decirlo– que esta época está en condiciones de releerlo todo, que la historia argentina puede ser también un magnífico tribunal literario renovado, y que las relaciones entre historia viva y ficción escrita no han agotado sus vaivenes. Contra o a favor de Borges crece el pensamiento crítico. Ahí las tradiciones que más lo han enfrentado, las nacional-populares, pueden renovar en nuevos duelos la práctica más importante que le reconocemos al oficio político, la atracción para sí de lo más asombroso que ni siquiera el otro, los otros o lo otro sabían que poseían. Poco falta para que sean sus adversarios quienes mejor lo lean y renueven un legado. No podemos sino marchar con estas tareas a la transformación de los aires simbólicos y populares de la historia argentina que estamos viviendo aquí y ahora. (Agencia Paco Urondo)

17.08.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Cuando la política es apenas la búsqueda del poder circunstancial no hay alianzas que perduren. Tampoco son duraderos los acuerdos cuando los mismos se celebran entre dirigentes que hacen política sólo al son de sus propias oscilaciones y cambios de humor. Y no existen proyectos políticos valederos que se puedan construir a la sombra de los intereses económicos de los grupos de poder, sencillamente porque el poder económico no sabe de lealtades, sino que se mueve pura y exclusivamente con la finalidad de maximizar ganancias. Muy probablemente en este párrafo estén al menos algunas de las razones de lo que está ocurriendo en el escenario político actual. Los que ayer –y sobre todo después de las elecciones de junio del año anterior y de la asunción del nuevo Congreso– aparecían como firmes aliados, hoy tratan de mantenerse a flote en el mar de las contradicciones. El Acuerdo Cívico y Social está jaqueado en sus bases, entre otras razones porque la diputada Elisa Carrió pregona coincidencias, pero es incapaz de traducirlas en acciones políticas. No debería extrañar a la luz de su trayectoria. Washington Uranga. Periodista.
Es necesario asegurar la alternancia para que no haya un tercer período del kirchnerismo.
Fernando De La Rua, Recordado ex Presidente de la Nación.
 
En la siguiente nota serán analizadas brevemente las causas del nuevo episodio de opereta berretona protagonizado por la inefable Elisa Carrió, que ha agudizado la crisis por la que atraviesa la denominada “oposición” (al proyecto nacional y popular) en general; y el (des)Acuerdo Cínico y Social, en particular. Si se tratase de reseñar los desvaríos que nacen del coprodispersor oral de la mediática republiquienta sería menester recopilar varios volúmenes; por lo cual nos limitaremos a un somero comentario del último y sonoro acto enmarcándolo además en sus coordenadas fundamentales.
 
El contexto general resulta irrefutable: las distintas tribus del aquelarre opositor pueden unirse en su afán desestabilizador del gobierno Kirchnerista; pero luego se escinden irremediablemente porqué sólo aceptan la unidad en la medida que los demás dirigentes queden subordinados a que cada cacique ocasional resulte “primus inter pares”. Y nadie se baja de su figuración personal, por lo tanto predomina la disputa. Además, luego de lograr la relativa derrota del gobierno en las parlamentarias del 2009 (con el irreemplazable apoyo incondicional de los grandes medios) pecaron por pretender vender la piel antes de dar caza al animal de marras. Dieron por muerto al proyecto nacional y el deceso sólo existía en sus discursos. Durante la transición al nuevo parlamento, El Frente para la Victoria se anotó resonantes triunfos que se anotan entre las grandes victorias populares. También luego de la instalación del congreso surgido de los comicios. Y sus derrotas fueron celebradas bullangueramente por los peores enemigos del pueblo. He aquí la línea central estratégica de la política argentina actual: los grandes enemigos de los Kirchner son irreconciliables con toda perspectiva popular. No se trata que cada militante deba ser necesariamente seguidor del elenco gubernamental. Pero el que no comprenda adecuadamente la magnitud de la contradicción enunciada y favoreciere el triunfo del poder económico será un idiota (in)útil al servicio de la reacción; eso si, desde la izquierda nacional y popular o extraplanetaria.
 
Enunciado el contexto más general pasaremos a analizar la conducta de Elisa Carrió. La dirigente chaqueña- porteña por adopción- más que a menudo confunde la acción política con el arte dramático desarrollado en un set televisivo. En tal sentido su coincidencia con Mauricio Macri resulta más que evidente. Para ello ambos cuentan con la complicidad de una vasta legión de periodistas complacientes, con la glándula de la repregunta amputada. Y, tal vez muy a su pesar, Carrió resulte una émula desde la derecha del conocido teórico neo-anarcoide John Holloway, quién formuló la célebre (y ridícula) tesis consistente en que para realizar una revolución es preciso no tomar el poder. En efecto, la doctora Carrió (aparentemente) intenta el siempre muy complejo arte de la construcción política. Pero basta con que haya sembrado un muy pequeño terreno, para que ella misma se arroje con toda la potente fuerza de su robusta humanidad para destruir el esfuerzo que no le pertenece en exclusividad; ya que también es de muchos militantes que han aportado tiempo, esfuerzo y sacrificios personales. Su acción de romper con el Acuerdo Cívico y Social, sin esperar ni siquiera la veintena de jornadas que había prometido para tomar una decisión, la emparenta por un lado con Holloway; ya que- por poco que se lleve del referido espacio- se aleja ella misma de cualquier cercanía con un cargo ejecutivo y debilita al Pan-Radicalismo en su carrera hacia la Rosada. Como decía un taxista, “esa mujer si gana la presidencia, renuncia al día siguiente”. Y por el otro, la convierte en ridícula protagonista de una opereta bufa cuyo libreto ha sido realizado por personajes de la prosapia de Mariano Grondona, Joaquín Morales Solá o Eduardo Van Der Kooy, incansables guionistas de la derecha.
 
Pero en rigor, la conducta política de la robusta dirigente se halla plenamente inmersa en ancestrales tradiciones de la Unión Cívica Radical. En principio nadie puede negar que se halla plenamente inscripto en el A.D.N. radical diagnosticar los problemas nacionales como puramente políticos y a lo sumo morales. La “causa contra el régimen falaz y descreído”, en tiempos de Yrigoyen; “con la democracia se come, se cura y se educa”, en tiempos del alfonsinato son ejemplos de un modo de ser caracterizadamente radicheta que llegó al paroxismo durante el gobierno de De La Rua con la reivindicación total y absoluta del neoliberalismo; eso si, gestionado con honestidad. Sólo les faltó colocar al ministro Domingo Felipe Cavallo en el parnaso de los próceres partidarios. Lo merecía. Para el occiso Secretario de Hacienda durante el gobierno Menem, Carlos Tacchi, el calvo y recordado ministro le hacía recordar a Sarmiento; algo posmoderno agreguemos. Así como en el radicalismo primigenio la presencia de la fracciones oligárquícas resultaba irrefutable, en las listas del Acuerdo para los comicios del 2009 estaban gauchócratas desestabilizadores pululando por doquier. Y si no estuvieron mejor representados fue por decisión de los propios golpistas. En tal sentido, la adoración de Carrió por el “campo” (ocultando la propia existencia de la clase terrateniente) se enmarca en una historia consecuente del radicalismo de transigencia o complicidad con el poder real.
 
Por otra parte, la condición personalista y caudillesca en la construcción política es constantemente denunciada por el radicalismo… cuando la utiliza el peronismo. Pero si es implementada por los boiniblancos y sus subproductos la crítica se esfuma. La interna del acuerdo es inseparable de los liderazgos personales: el judas vendimiatero, el pequeño Alfonsín sin ilustrar, la propia Carrió disputan por el centimil y el debate político-ideológico se halla ausente in eternum con o sin aviso. La ausencia de programas y proyecto es más notoria cuanto más declaman la necesidad de gestarlos y anteponen semejante construcción a toda candidatura. Pero se dividen, se pelean, fraccionan y se escinden por el sitio en la lista más expectante y su máxima utopía es… la república (categoría dotada de connotaciones mágicas). Como se ve, la única diferencia entre Cobos, Carrió y Alfonsincito es la primacía de su propia figura. Y ello se inscribe plenamente en la tradición radical, un corpus que le ha deparado al pueblo sangre (desde el gobierno de Yrigoyen al de De La Rua) y lágrimas. Resulta altamente sugerente que el Senador Gerardo Morales (un indigente intelectual que demostró su “aptitud” para el debate programático cuando rehusó cobardemente la polémica con la presidente del Banco Central) finge autocriticarse por la rebaja a los jubilados. Pero ni siquiera hipócritamente se arrepiente de las masacres perpetradas por el radicalismo delaruista, del cual fue conspicuo funcionario. En tal sentido el vómito lingüístico carrioquico compuesto de embustes hipócritas, hipérboles y delirios surrealistas no es pasible ni comprensible en caso de ser leído desde la psiquiatría. Sólo puede ser interpretado como una letanía ocultando el ancestral servilismo radical con la reacción, con el cual concuerda al cobos en todo. (Agencia Paco Urondo)

14.08.2010

Santa Catarina, Brasil (Agencia Paco Urondo) En el siglo XVI, en pleno auge de poder de los Papas renacentistas en Roma, envueltos en escándalos de todo tipo, surgió un clamor en toda la Iglesia por su «reforma en la cabeza y en los miembros». Este clamor venía del laicado, del bajo clero y de teólogos como Lutero, Zwinglio y otros. La respuesta fue la Contrarreforma, que transformó a la Iglesia católica en un baluarte contra el movimiento de los Reformadores, endureciendo todavía más sus estructuras de poder. Ahora, el escándalo de los sacerdotes pedófilos en varios países católicos ha hecho surgir un vigoroso clamor por reformas estructurales en la Iglesia.
Este clamor no viene solamente de abajo, como en el tiempo de la Reforma, sino principalmente de arriba, de cardenales y obispos. En primer lugar, este pecado y este crimen fue abordado con una desastrosa gestión por el Vaticano. Inicialmente se intentó descalificar los hechos como «chismes mediáticos», luego se procuró ocultarlos, usando hasta el «sigilo pontificio» con el pretexto de salvaguardar la presumida santidad intrínseca de la Iglesia, después se minimizaron los hechos, o se recurrió al montaje de un complot de oscuras fuerzas laicistas contra la Iglesia y, finalmente, ante la imposibilidad de cualquier vía de disculpa y de fuga, salió a la superficie la desasosegante verdad. El Papa tomó severas medidas contra los pedófilos, consideradas insuficientes por mucha gente en la misma Iglesia, porque no basta la «tolerancia cero» y las puniciones canónicas y civiles. Todo eso viene a posteriori, después de cometido el delito. Nada se dice de cómo evitar que tales escándalos se repitan y qué reformas introducir en la vivencia del celibato y en la educación de los candidatos al sacerdocio. No se pone como prioritaria la protección de las víctimas inocentes, muchas las cuales revelan un tenebroso vacío espiritual, fruto de la traición que sintieron por parte de la Iglesia, en una mezcla de culpa y de vergüenza. Después, las altas autoridades se hicieron mutuamente graves acusaciones.
El Card. Cristoph Schönborn de Viena acusó al Cardenal Angelo Sodano de haber ocultado, cuando era Secretario de Estado (el primer puesto después del Papa), la pedofilia de su antecesor en la sede, el Card. Hans-Herrman Groër. Obispos alemanes criticaron a su conferencia episcopal no haber sido suficientemente vigilante frente a los notorios abusos sexuales del obispo de Ausgburg Walter Mixa, obligado a renunciar. Igualmente con referencia al obispo de Brujas en Bélgica, que abusó durante 8 años de un sobrino suyo. Es impresionante la autocrítica hecha por el arzobispo de Camberra, Mark Coleridge, reconociendo que la moral de la Iglesia concerniente al cuerpo y a la sexualidad es rígida y de estilo jansenista, creando en los seminaristas una «inmadurez institucionalizada», con tendencia a la discreción y al secreto ante los delitos, para mantener el buen nombre de la Iglesia, fruto de un triunfalismo hipócrita.
El primado de Irlanda, Diarmuid Martin, se preguntó sinceramente por el futuro de la Iglesia en su país, tal ha sido el número de pedófilos en las instituciones durante muchos y largos años. Reconoce que las reformas son urgentes, pues la Iglesia «no puede quedar aprisionada en su pasado» y debe introducir cambios fundamentales en su estructura que impidan tales desvíos. Tal vez el documento más lúcido y valiente vino del obispo auxiliar de Camberra, Pat Power, que reclama «una necesaria reforma sistémica y total de las estructuras de la Iglesia». Afirma que «en la conducción de la Iglesia, toda masculina, no reside toda la sabiduría, y que ella debe escuchar la voz de los fieles». Reconoce valientemente que «si las mujeres hubieran tenido más poder de decisión, no habríamos llegado a la crisis actual».
Podríamos presentar otras voces de altas autoridades eclesiásticas, pero lo importante es constatar que este escándalo que ha afectado al capital de ética y de confianza de la Iglesia-institución, paradójicamente ha dejado un legado positivo: suscitar la cuestión de las reformas de base, aprobadas por el Concilio Vaticano II. Estas, sin embargo, fueron boicoteadas por la Curia vaticana y por los dos últimos Papas que se alinearon con una visión conservadora y contraria a toda modernidad. Quienes amamos a la Iglesia con sus luces y sus sombras, queremos entender la actual crisis como una oportunidad suscitada por el Espíritu para que la Iglesia-institución encuentre realmente la mejor forma de transmitir la buena-nueva de Jesús y ayude a la humanidad a afrontar una crisis todavía mayor, la del sistema-vida y del sistema-Tierra, terriblemente amenazados. (Agencia Paco Urondo)
 

12.08.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en Clarín, por Camilo Sánchez, gentileza Eduardo Montes) Es verdad que estoy escribiendo cada vez más. Era hora de sentar cabeza. Me gusta, por degenerado, inaugurar géneros. Ahora, a mi edad, me le he animado a una novela: le puse el punto final en estos días. La idea es a ver si juego al arco, a ver si como arquero llego a Primera. Es un desafío creativo medio anarquista, si se quiere. Se titula Nagasaki de memoria. El personaje va a Nagasaki para recordar la bomba y ahí se da cuenta de que la memoria se convirtió en un evento. Hay un formato político protocolar que le ha quitado todo brillo a esa fecha. Y el protagonista se va, ayudado por una agrupación de taxistas, en medio de la conmemoración. 

 

Hay tres obras mías en El Calibán: Las primas, Rebatibles y Cuentos para el Coco. Esta última la interpreta mi compañera, Eliana Wassermann. Fue publicado, con formato de libro, por una imprenta que es una fábrica recuperada, la Imprenta Patricios. El arte es curativo, Juan Gris te calma de color.
Es al revés: son duros conmigo los estudiantes. A veces traen una enorme violencia: la falta de querer pensar, de querer despojarse, la falta de entusiasmo. La falta de compromiso con el resto de sus compañeros. Alguien te hace esperar dos horas para un ensayo, vos tenés que cagarlo a trompadas, les digo. Pero no soy para nada agresivo. Actor es mi manera de ver el mundo. Actor es el que está sintiendo e interpretando lo que está pasando. Como director, soy actor. Como dramaturgo, soy actor.
Me enojo con los intelectuales como yo, que no soy, pero a la vez lo soy. Tengo más cabeza todos los días porque el cuerpo tiene menos tónica, menos ansias de subir a los árboles. Igual, tengo 72 años y no entiendo de dónde saco las pilas. A veces veo gente de teatro, de menos edad, más hechos bolsa, y digo qué pasó. Después, entiendo. Entiendo que trabajaron más para el capitalismo que yo. Y ésa puede ser una buena razón para envejecer antes. El tema de “La Fiaca” era existencial. Hoy, en cambio, está la necesidad de trabajar.
Con Tato Pavlovsky nos conocimos como nadadores, a los 12 años. Antes que nada fue médico, después se hace psicoanalista, después se hace dramaturgo y después se hace actor. Estar al lado de él siempre es instructivo. Estar en el exilio y que acá se me viera en el cine, en películas españolas, fue un gran regalo de la vida. Te da fuerzas. No aparecía en los carteles de promoción, pero estaba. Encima, tenía mis arrebatos. Le discutí a Carlos Saura, porque no era director de actores. Le dije que era más ingeniero que artista. El tipo me tomaba como si estuviera un poco loco por el destierro, pero yo se lo decía en serio. Haber trabajado en el cine español se lo agradezco a Pepe Aguilar. Un jefe de fotografía que había sido el fotógrafo del Che. Un corajudo que vino de España a rescatar a su sobrina en la Embajada de Francia. La Argentina es muy ingrata a veces a la hora de hacer memoria. Con Pepe Aguilar seguro que es ingrata.
Volví porque acá no tengo que decir todo el tiempo lo que he sido. Es muy agrio eso. Acá se te entiende y eso me permite experimentar más, seguir aprendiendo. Se “desalmó” todo. Que no sé si no será una ventaja: entender por fin que el alma no existe. Eso es bueno siempre y cuando dé pie a un materialismo humano, interesante, poético, para decir algo. Por ahora es sólo miedo. Es cierto que he sido militante y soy militante en el sentido del término: si estoy en una lucha política, estoy en todas las formas que se puede dar esa lucha política. Pero ahora estoy hecho un barón rampante. Cuando bajo del árbol no veo a nadie. Intenté con Luis Zamora, que era salir del peronismo, que a mí me parecía como dejar de ser judío.
Si pinta la austeridad, el despojo, y vamos todos para allá, ningún problema. Ahora, si yo me desnudo y el otro no; entonces, no. Boludo, no. Mi teatro no es rentable. De las clases vivo, pero con las obras, y han sido unas cuantas, no gano nada. Ojo que tampoco pierdo. Es justo. A mí me parece que la riqueza es no creerse: ni el teatro lleno, ni el teatro vacío. Mi mujer es más joven, y esa situación no la cambio por nada. Para neurótico, aquí está el campeón nacional. La gente más joven tiene su entusiasmo genuino. La estética de las intensidades es lo que buscamos. (Agencia Paco Urondo)

11.08.2010

La Plata, Pcia. de Buenos Aires (Agencia Paco Urondo, gentileza de Florencia Guiot)
Los días 2, 3 y 4 de Septiembre de 2010 se llevará a cabo en La Plata el I Congreso Universitario Nacional Popular y Latinoamericano, el VII Congreso de la Reforma Universitaria Latinoamericana “Latinoamérica Educa” y el I Foro Latinoamericano ¿Extensión o articulación? La construcción social del conocimiento estratégico; organizados por el Frente Universitario Nacional, Popular y Latinoamericano (FUNaPLa), la Organización Continental Latinoamericana y Caribeña de Estudiantes (OCLAE), la Secretaria de Relaciones Internacionales y Asuntos Latinoamericanos de la Federación Universitaria Argentina (FUA).
Estos Congresos tiene como objetivo principal impulsar una Reforma Universitaria Latinoamericana y constituir una plataforma de unidad de los Pueblos y de la Educación en América Latina.
En el año del Bicentenario de nuestra primer independencia, que nos recuerda las tareas pendientes de liberación latinoamericana, el Movimiento Estudiantil Argentino y Latinoamericano constituye un punto cardinal de encuentro para construir el proyecto de Unidad y de integración que nos permita como Pueblos rearticular una visión estratégica común y retomar la historia de luchas de los Libertadores de nuestra América.
Avanzar en una plataforma común para la Educación Superior y para la cultura significa pensarnos como totalidad latinoamericana, con capacidad de resolver colectivamente los límites y obstáculos que plantea el modelo del capital financiero trasnacional con su proyecto neoliberal. Como formulaba el Manifiesto Liminar de la Reforma del XVIII, “podemos afirmar que vivimos una nueva hora americana”. Y en este nuevo momento histórico entendemos que es fundamental debatir en profundidad y elaborar un nuevo proyecto de Reforma Universitaria. Este es el espíritu del Congreso.
La Federación Universitaria Argentina considera que el movimiento estudiantil latinoamericano y la comunidad educativa deben ser protagonistas del proceso de transformación de Nuestra América, teniendo como tarea específica construir la Universidad y la Educación de los Pueblos.
Contacto: congresodelbicentenario@gmail.com
http://congresounapla.blogspot.com/

(Agencia Paco Urondo)
 

11.08.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, en Perfil.com)  Grandes afiches callejeros con la imagen del general Perón propagandizan el nuevo libro de Juan Bautista Yofre, titulado El escarmiento, con un llamativo subtítulo, también destacado en los afiches: La ofensiva de Perón contra Cámpora y los Montoneros, 1973 – 1974.

Dice Yofre en el prólogo que “…lo primero que buscó Perón fue volver a vestir el uniforme que le habían quitado”.
Primer error, en este libro armado como una novela policial, que se lee con indudable interés. Toda la vida y la obra de Perón llevan a saber que lo primero que quería era reencontrarse con su pueblo, que lo había bancado durante 18 años de lucha y esperanza…
Aunque Yofre critica duramente a los Montoneros, toma una de las afirmaciones más importantes que estos formularon: que las tres AAA fueron creadas por Perón, como “somatén” o grupo armado independiente, paralelo a las fuerzas militares, en defensa de su Movimiento. (Lo dice en su anterior Nadie fue.) Y todos sabemos que las tres AAA eran las tres Fuerzas Armadas utilizando la estructura parapolicial encabezada por López Rega. Recientemente, el responsable de la Auditoría General de la Nación, Dr. Despouy, denunció el accionar antisubversivo secreto coordinado de las Fuerzas Armadas de Uruguay y Argentina, en 1974, con la pantalla de las tres AAA, interfiriendo en el gobierno de Isabel. Para tal coordinación y accionar no bastan los parapoliciales.
Yofre pretende presentar un Perón represivo, filo fascista, que no existió.
Después del ataque del ERP al cuartel de Azul –habiendo ya ocurrido el intento de copar el comando de Sanidad Militar–, Perón escribe a los militares de aquella guarnición: “La estrategia integral que conducimos desde el gobierno, nos lleva a actuar profundamente sobre las causas de la violencia y la subversión, quedando la lucha contra los efectos a cargo de toda la población, las fuerzas policiales y de seguridad, y si es necesario de las Fuerzas Armadas”. Léase bien, y compárese con la forma genocida en que se hizo. Sugerir que Perón aprobaría el genocidio es desconocer la trayectoria pacifista del General (“tiempo o sangre”) particularmente acentuada en su regreso al país.
Yofre nos cuenta cosas que todos sabemos: que los Montoneros traicionaron a Perón (y el asesinato de Rucci es el jalón que marca esa traición). El General explicó reiteradamente a su sector juvenil batallador que con él en el país todo cambiaba, que era momento de orden y de reconstrucción. Y sólo fue parcialmente escuchado: surgió el sector Lealtad, pero el grueso de Montoneros continuó con su intento de lucha armada.
Perón definió a las organizaciones armadas peronistas como “formaciones especiales”.
La calificación lo dice todo: formaciones para actuar en determinadas circunstancias, en el momento en que había que derrotar al gorilismo gobernante para poder regresar al país, utilizando todos los elementos posibles. Era una etapa de lucha, a la que, luego del regreso, debía suceder otra de reorganización y orden. Yofre insiste en la influencia cubana en Montoneros, que por supuesto existió, pero que todo indica no fue determinante. De todas maneras, resultan absolutamente ridículas las dispersas formulaciones de la documentación montonera sobre la patria socialista, ante el coherente y progresivo proyecto político de Perón, que culmina con su Modelo argentino para el Proyecto Nacional.
Un asunto delicado en los libros de Yofre es la utilización de información de origen militar basada en la tortura. En este volumen, Yofre finaliza su libro con un supuesto escrito de Habbeger –uno de los jefes, de origen “descamisado”, desaparecido en Río de Janeiro– en que analiza a sus compañeros, los dirigentes montoneros. Dice que el documento es del tiempo de su desaparición “o acaso algo más tarde”. Documentación dudosa –uno bajo tortura dice y firma cualquier cosa– y de origen espurio que descalifica al intelectual que se presta a utilizarlo. (Agencia Paco Urondo)

11.08.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, gentileza Mónica Oporto) Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió a construir otras tantas?
¿En qué casas de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china, ¿adónde fueron los albañiles?
Roma la Grande está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió? ¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?
Bizancio, tan cantada, ¿tenía sólo palacios para sus habitantes?
Hasta en la fabulosa Atlántida, la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India. ¿El sólo?
César venció a los galos. ¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse su flota. ¿No lloró nadie más?
Federico II ganó la Guerra de los Siete Años. ¿Quién la ganó, además?
Una victoria en cada página. ¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años. ¿Quién paga sus gastos?  
 (Agencia Paco Urondo)