A la propuesta, que es un suicidio para Paraguay, el Mariscal responde con orgullo y valor.

El 24 de diciembre de 1868, cuando ya hacía días se combatía en Lomas Valentinas, los Jefes aliados intimaron rendición. Consultados los jefes y oficiales paraguayos decidieron luchar hasta el fin. López dictó enseguida a su secretario la respuesta, que es sin duda el mejor de sus documentos.
Cuartel general, en Pikysyry, diciembre 24 de 1868 (a las tres de la tarde).
El Mariscal, Presidente de la República del Paraguay, debiera, quizá, dispensarse de dar una contestación escrita a sus excelencias los señores generales en jefes de los ejércitos aliados en lucha con la nación que preside, por el tono y lenguaje inusitados e inconvenientes al honor militar y a la magistratura suprema que vuestras excelencias han creído llegada la oportunidad de usar en su intimación de deponer las armas en el término de doce horas, para terminar así una lucha prolongada, amenazando echar sobre mi cabeza la sangre ya derramada y la que aún tiene que derramarse si no me prestase a esa deposición de armas, responsabilizó mi persona para ante mi patria, las naciones que vuestras excelencias representan y el mundo civilizado; empero quiero imponerme el deber de hacerlo, rindiendo así homenaje a esa sangre vertida por parte de los míos y de los que los combaten, así como al sentimiento de religión, de humanidad y de civilización que vuestras excelencias invocan en su intimación.
Estos mismos sentimientos son precisamente, los que me han movido, ha más de dos años, para sobreponerme a toda la descortesía oficial con que ha sido tratado en esta guerra el elegido de mi patria; buscaba entonces en Yatayty Corá, en una conferencia con el excelentísimo señor general en jefe de los ejércitos aliados y Presidente de la República Argentina, brigadier general don Bartolomé Mitre, la reconciliación de cuatro Estados soberanos de la América del Sud, que ya habían principiado a destruirse de una manera notable, y, sin embargo, mi iniciativa, mi afanoso empeño, no encontró otra contestación que el desprecio y el silencio por parte de los Gobiernos aliados y nuevas y sangrientas batallas por parte de sus representantes armados, como vuestras excelencias se califican.
Desde entonces vi más clara la tendencia de la guerra de los aliados contra la existencia de la República del Paraguay. Y deplorando la sangre vertida en tantos años de lucha, he debido callarme, y poniendo la suerte de mi patria y la de sus generosos hijos en las manos del Dios de las naciones, combatí a sus enemigos con la lealtad y la conciencia con que lo he hecho; y estoy todavía dispuesto a continuar combatiendo hasta que ese mismo Dios y nuestras armas decidan de la suerte definitiva de la causa.
Vuestras excelencias tienen a bien notificarme el conocimiento que tienen de los recursos de que pueda actualmente disponer, creyendo que yo también pueda tenerlo de la fuerza numérica del ejército aliado y de sus recursos cada día crecientes.
Yo no tengo ese conocimiento; pero tengo la experiencia de más de cuatro años de que la fuerza numérica y esos recursos nunca se han impuesto a la abnegación y bravura del soldado paraguayo, que se bate con la resolución del ciudadano honrado y del hombre cristiano, que se abre una ancha tumba en su patria antes que verla ni siquiera humillada.
Vuestras excelencias han tenido a bien recordarme que la sangre derramada en Itororó y Avay debía determinarme a evitar aquella que fue derramada el 21 del corriente; pero vuestras excelencias olvidan, sin duda, que esas mismas acciones pudieron de antemano demostrarles cuán cierto es todo lo que pondero en la abnegación de mis compatriotas y que cada gota de sangre que cae en la tierra es una nueva obligación para los que sobreviven.
Y, ante un ejemplo semejante, ¿mi pobre cabeza puede arredrarse ante la amenaza tan poco caballeresca, permítaseme decirlo, que vuestras excelencias han creído de su deber notificarme?
Vuestras excelencias no tienen derecho de acusarme ante la República del Paraguay, mi patria, porque la he defendido la defiendo y la defenderé todavía. Ella me impuso ese deber, y yo me glorifico de cumplirlo hasta la última extremidad, que en lo demás, legando a la historia mis hechos, sólo a mi Dios debo dar cuenta. Y si sangre ha de correr todavía, Él tomará cuenta a aquel sobre quien haya pesado la responsabilidad. Yo, por mi parte, estoy hasta ahora dispuesto a tratar de la terminación de la guerra sobre bases igualmente honorables para todos los beligerantes; pero no estoy dispuesto a oír una intimación de deposición de armas.
Así, a mi vez, invitando a vuestras excelencias a tratar de la paz creo cumplir un deber imperioso con la religión, la humanidad y la civilización por una parte, lo que debo al grito unísono que acabo de oír de mis generales, jefes, oficiales y tropas, a quienes he comunicado la intimación de vuestras excelencias, y lo que debo a mi propio nombre. Pido a vuestras excelencias disculpa por no citar la fecha y hora de la notificación, no habiéndola traído, y fue recibida en mis líneas a las siete y media de esta mañana.
Dios guarde a vuestras excelencias muchos años.
Francisco S. López