Relámpagos //// 19.12.2016
Volver a Laclau: peronismo para exportar

Por Santiago Asorey y Paloma Baldi l “Las identidades populares inscriben un registro de lo heterogéneo, de lo complejo, que apunta menos a una estructura teórica de análisis objetivo del capitalismo que al registro en que los pueblos componen sus procesos de emancipación y su propio universalismo”

 

 

En una reciente entrevista realizada por la Revista Crisis, el dirigente del Movimiento Evita, Fernando “El Chino” Navarro afirmó: “El ideólogo del kirchnerismo era Laclau, no era Perón. Por lo menos en la última etapa. ¿Qué decía Laclau, o cómo lo traducían acá? Que el proceso se dirimía entre el líder y el pueblo, sin mediación de las organizaciones. Y eso es muy difícil.”

La crítica de Navarro a Lauclau pareciera no ser la explicitada en esa respuesta sino otra que permanece soslayada en un imaginario de críticas encubiertas al intelectual hijo de la izquierda nacional. No es cierto en lo absoluto que Laclau no reconozca las intermediaciones entre el pueblo y el líder o en términos de Laclau: las distintas formas de relación entre el significante vacío que aglutine la lógicas de equivalencias en la cadena populista.

En el fragmento destinado al análisis de la experiencia peronista en La Razón Populista, Laclau hace mención a estas instancias de intermediación entre Perón y el pueblo. El teórico habla del movimiento sindical, de los distintos grupos políticos y las posiciones diferentes que pugnaban en torno a Perón. Analiza el rol de Vandor y del sindicalismo peronista en los años de proscripción. Pero también hace mención a las “formaciones especiales”. En su análisis, se atiende a las distintas formas de articulación entre Perón y el pueblo desde un posicionamiento en el que, como afirma en El populismo como espejo de la democracia: “(…) El ‘pueblo’ sólo puede ser constituido en el terreno de las relaciones de representación. (…) El ‘pueblo’, al operar en discursos populistas, nunca es un dato primario sino una construcción – el discurso populista no expresa simplemente un tipo de identidad popular originaria, él la constituye.”

En este sentido, la crítica de Navarro, pareciera fundarse en el afán de minar la legitimidad de una teoría que pone en cuestión el argumento sobre el que se basa su postura política-coyuntural “leales al pueblo”. Y, al mismo tiempo, de construir un discurso que le resta -o niega- el rol de su organización política durante los 12 años de gobierno Kirchnerista: si no había mediación entre el líder y el pueblo ¿Cuál fue el rol de las organizaciones sociales durante una década? ¿No formaron parte, en absoluto, del proceso?

Habiendo quedado expuesto que esta crítica no tiene hilo argumental del cual sostenerse, sólo queda entender cuál es el imaginario de críticas que subyacen sobre Laclau. La primera, pareciera estar vinculada a la “sofisticación” clasista del lenguaje del teórico. Como si hubiese una especie de desviacionismo en el lenguaje que va de lo particular peronista al universal populista. Es cierto que la disputa teórica de Laclau se afirma sobre tensiones con otras tradiciones teóricas académicas radicadas en Europa, el marxismo, el post estructuralismo, el psicoanálisis, etc. Pero este elemento no implica en sí una desviación, sino una adaptación para replantear las corrientes teóricas de la izquierda nacional y del peronismo en nuevas arenas ideológicas. En ese sentido la experiencia de Laclau es ambiciosa en su afán de universalización de prácticas y teorías desarrolladas a partir de las experiencias emancipadoras de la Argentina y la región.

El otro imaginario que permite su reprobación es aquel que instala a Laclau como un autor que relativiza los ejes fundamentales de la teoría marxista en relación a la lucha de clases. Aquel que lo señala como un autor posmoderno adaptado a las condiciones propias del capitalismo. Es decir se acusa a la experiencia de Laclau, de no tener la suficiente “radicalidad anticapitalista”. Ante esta crítica la idea de la “democracia radicalizada” pareciera ser muy modesta. Una crítica absurda. Vamos por partes:

Pensar que Laclau es un autor posmoderno porque se pone por encima de algunas de las categorías marxistas, es no comprender justamente que Laclau revitaliza un horizonte de disputa concreta y no construye teoría desligada de las consecuencias políticas y practicas de su discurso. Por el contario, Laclau incorpora la particularidad de los procesos históricos, no a partir de un lenguaje secreto vedado para el análisis socioeconómico sino a partir de procesos heterogéneos, con componentes sociales mixtos e inestables. Las identidades populares no pueden reducirse a la identidad de clase, las exceden, y construyen sus propios significantes. O, como afirma en “Hegemonía y Estrategia Socialista”: “Es renunciando a toda prerrogativa epistemológica fundada en una presunta posición ontológicamente privilegiada de una “clase universal”, que el grado de validez actual de las categorías marxistas puede ser seriamente discutido”. Es así, como en la Argentina fue la palabra “descamisado” la que contuvo el germen revolucionario y no la palabra “proletario”. No se trataba de una categoría de análisis abstracta, sino afectiva, por ende múltiple y heterogénea. En otras palabras, Laclau comprende la multiplicidad de diferencias y equivalencias que componen las identidades populares que produjeron procesos emancipatorios en Latinoamérica o en otras regiones.

Es clave entonces la relación entre Laclau y la corriente teórica de Abelardo Ramos. Para el historiador peronista, las dos tradiciones eran fundamentales: la marxista y la de los procesos populares latinoamericanos. Solo seria posible para Laclau pensar en el rol de distintos actores históricos para la emancipación, como el ejercito, gracias a la preexistencia de la obra de Ramos. Sin embargo, Laclau obtiene un posicionamiento teórico superador entendiendo que los procesos emancipatorios no pueden estar limitados por las categorías del marxismo. Por el contrario, es necesario profundizar en las lógicas de articulación popular que responden a otros paradigmas. Para llegar a este punto es necesario traducir las experiencias complejas de distintos sectores sociales que formaron parte del peronismo. Así como incorporar y luego superar la compresión homogénea de la estructura de la mercancía y la lucha de clases. Las identidades populares inscriben un registro de lo heterogéneo, de lo complejo, que apunta menos a una estructura teórica de análisis objetivo del capitalismo que al registro en que los pueblos componen sus procesos de emancipación y su propio universalismo.

En su respuesta a Slajov Zizek, Esperando a los Marcianos, se ve algo de esto problema: “¿Qué es una lucha anticapitalista? Zizek rápidamente descarta las luchas multiculturales, antisexistas, antirracistas, etecera, por no ser directamente anticapitalistas. Pero no está en una posición mejor si nos orientamos a los objetivos tradicionales de la izquierda, más ligados a la economía, ni las demandas por mejores salarios, por una democracia industrial, por el control del proceso de trabajo, por una redistribución progresiva del ingreso, son anticapitalistas tampoco… No hay una sola línea en el trabajo de Zizek donde ofrezca un ejemplo de lo que él considera una lucha anticapitalista”, afirma Laclau.

Por lo pronto lo que abandona Zizek, en la perspectiva de Laclau, es la posibilidad de sostener un posicionamiento teórico político estratégico, al modo en que lo pensaría Gramsci. El filósofo esloveno marxista se abandona a la inacción militante para pensar los mecanismos de la totalización del capitalismo posmoderno multicultural. En su perspectiva es posible imaginar la catástrofe del planeta tierra con un mega-cataclismo pero no la superación de las formas de producción capitalistas. Ya que para Zizek, el capitalismo es lo “real” lacaniano, aquella instancia que resiste su simbolización y por ende la posibilidad de siquiera ser pensado en su totalidad. Esa misma lógica de la totalización que delimita Zizek “esencializa” las formas de producción como una barrera que establece los límites de la propia lucha y la posibilidad de vulnerar las relaciones de poder.

No es muy extraño que Laclau vea ante este posicionamiento un callejón teórico y práctico sin salida. En la medida en que él no concibe la dominación capitalista como auto determinada, “derivable de su propia forma, sino que es el resultado de una construcción hegemónica, de manera que su centralidad se deriva, como todo lo demás en la sociedad, de una sobredeterminación de elementos heterogéneos.” La reivindicación de ese campo de guerra de posiciones gramsiciano, reclama la especificidad de lo histórico y la particularidad de los procesos emancipatorios. En otras palabras, depende de un posicionamiento estratégico en la lucha por la hegemonía de forma particularizada. Existe lógicamente una desigualdad fundamental en la disputa hegemónica establecida por las formas de producción capitalistas, Laclau lo reconoce. Pero es un argumento histórico, no trascendental como en el caso de Zizek.

La riqueza del pensamiento de Laclau está entonces, precisamente, en su lucha contra los horizontes totalizadores y esencialistas que obturan, tanto en lo teórico como en lo práctico, la posibilidad de elaborar estrategias para subvertir los órdenes desiguales: si todo orden es precario, si se reconoce el carácter artificial de toda recomposición, es posible un horizonte de emancipación. En el que los sujetos, entendidos como posiciones en el interior de una formación discursiva, emergen como populares cuando son capaces de producir discursos que construyen tendencialmente la división de un único espacio político en dos campos opuestos; abriendo paso al cuestionamiento de aquello que se presenta como “lo único posible” y a la posibilidad de construir hegemonía.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs)