Relámpagos //// 07.11.2017
Siglo XXI y revolución permanente, por Christian Castillo

Texto que forma parte del libro Revolución. Escuela de un sueño eterno. "Contra todo pronóstico, los bolcheviques en solo ocho meses, aliándose al ala izquierda de los socialistas revolucionarios, conquistaron la mayoría de unos soviets en los que empezaron siendo una minoría. Los soldados no querían seguir muriendo en las trincheras y los obreros no querían seguir pasando hambre en una guerra a la que no veían el mínimo sentido".

Había que tener mucha audacia teórica y política para sostener en 1905 en Rusia que la lucha contra el zarismo iba a llevar a un gobierno de los trabajadores, a una victoria de la dictadura del proletariado liderando a las masas campesinas. Ante todo había que dejar todo esquematismo y concepción libresca de la revolución. Y estar liberado de una visión evolutiva y lineal del movimiento de la historia. Un joven León Trotsky, de apenas 26 años, tuvo todo eso.

Poco antes del llamado “domingo sangriento” del 9 de enero de 1905 ya había esbozado las líneas centrales de una concepción que desarrollaría con mayor claridad en Resultados y perspectivas, el trabajo escrito en la cárcel en 1906 luego de derrotado el “ensayo general revolucionario”, durante el cual Lev Davidovich Bronstein fue nada menos que presidente del Soviet de Petrogrado. Esta experiencia reforzó su convicción de que la burguesía liberal rusa no jugaría ningún papel revolucionario respecto del derrocamiento del zarismo, cuestión que compartía con Lenin. La especificidad del desarrollo capitalista en Rusia había creado la particularidad de un proletariado relativamente más fuerte que la burguesía local, restringida por el dominio del absolutismo en su posibilidad de desarrollo. El proletariado, aunque minoritario respecto del campesinado, se había desarrollado junto con la industria producto del capital extranjero y estaba altamente concentrado en las ciudades que movían los hilos económicos y políticos del país. La revolución de 1905 había corroborado que el proletariado ruso podía jugar ese rol dirigente en la lucha contra el zarismo. El estallido de una nueva revolución rusa, vaticinaba Trotsky, vería repetirse esta mecánica. Pero, y en esto difería de Lenin y los bolcheviques que planteaban la lucha por una “dictadura democrática de obreros y campesinos”, la clase obrera, armada y dirigiendo la revolución, no se detendría en la puerta de la propiedad privada sino que para imponer sus reivindicaciones avanzaría despóticamente sobre la misma.

La revolución democrática transcrecería en revolución socialista y Rusia podría transformarse en el primer país donde obreros y campesinos se hicieran del poder, dando impulso al desarrollo revolucionario en toda Europa, particularmente en Alemania. Aunque, alertaba, había que ver el rol que jugaría la socialdemocracia alemana, considerada entonces la mayor conquista de la clase obrera mundial: un partido formado en la propaganda podía transformarse en un obstáculo conservador para llevar al proletariado alemán a la victoria por vía revolucionaria.

Pocas veces un pronóstico político se va a ver materializado con tal exactitud en sus dos planos, cierto que mediado por el estallido y desarrollo de la Primera Guerra Mundial, que agudizó las contradicciones. El proletariado ruso supo acaudillar al conjunto de las masas explotadas, especialmente al campesinado, en la lucha contra el zarismo, pero no se quedó solo allí. Superó la política conciliadora de mencheviques y socialistas revolucionarios y con la dirección del partido bolchevique, al que se sumó Trotsky a la vuelta del exilio luego de la victoria de la Revolución de Febrero, logró hacer realidad la consigna que guío su intervención desde que Lenin convenciera a su organización con las llamadas “Tesis de Abril”: “Todo el poder a los Soviets”.

Contra todo pronóstico, los bolcheviques en solo ocho meses, aliándose al ala izquierda de los socialistas revolucionarios, conquistaron la mayoría de unos soviets en los que empezaron siendo una minoría. Los soldados no querían seguir muriendo en las trincheras y los obreros no querían seguir pasando hambre en una guerra a la que no veían el mínimo sentido. Los campesinos querían ya la tierra, para algo habían terminado con la autocracia. La burguesía liberal, por el contrario, quería continuar la guerra imperialista siguiendo los dictados de la cancillería británica y francesa mientras los mencheviques y la mayoría de los socialistas revolucionarios se adaptaban a este objetivo.

“Pan, paz y tierra”, bramaban los oradores bolcheviques en fábricas, cuarteles y en el frente. Explicando pacientemente y desplegando como pocos el arte de la política revolucionaria se fueron haciendo de una mayoría. Trotsky preparó minuciosamente la insurrección, haciéndola coincidir con la reunión del Segundo Congreso Pan Ruso de los Soviets, con delegados llegados de toda Rusia. El mandato que traía la gran mayoría de estos delegados era claro. El gobierno provisional debía ser derrocado. Su interés contradecía las aspiraciones de las masas. Los soviets tenían que tomar el poder. Una decisión que involucró la deliberación previa de millones, como pocas veces ocurrió en la historia de la humanidad.

Quienes acusaron y acusan a los bolcheviques de haber dado un mero golpe de estado no captan nada del proceso histórico en curso que les permitió llegar y mantenerse en el poder. Tal como Trotsky había predicho, los obreros no se detuvieron ante la propiedad burguesa sino que la revolución democrática devino en inicio de la revolución socialista. Las dificultades fueron inmensas. Cada vez que uno las recrea valora más la capacidad de acción que tuvieron los bolcheviques en aquellos momentos. Pero, como señalábamos, el pronóstico de Trotsky tenía un segundo aspecto, el desarrollo de la revolución europea en general y alemana en particular, junto con las dudas del rol que jugaría la socialdemocracia alemana.

Lamentablemente Trotsky también tuvo razón en esto último. En noviembre de 1918, un año después de la victoria de los soviets rusos, estallaba la revolución en Alemania. A pesar del heroísmo y la acción decidida de los espartaquistas comandados por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los conciliadores y la burguesía se impusieron sobre la sangre de estos gigantes revolucionarios e internacionalistas. Aunque el poder soviético logró en Rusia sobrevivir a una cruenta guerra civil, cuyos enfrentamientos más intensos tuvieron lugar entre 1918 y 1920, y derrotar la invasión de catorce ejércitos contrarevolucionarios, de los llamados “blancos” y de varias potencias imperialistas, no hubo victoria revolucionaria en Alemania –el último intento fue en 1923- ni en otros países europeos. El aislamiento internacional de la revolución, el atraso económico y cultural de Rusia y la muerte de muchos de los mejores cuadros revolucionarios en el curso de la guerra civil fueron factores entrelazados que favorecieron el inicio del proceso de burocratización del estado soviético y del partido bolchevique, rebautizado como Partido Comunista poco después de octubre de 1917.

Con el triunfo de la burocracia liderada por Stalin, el concepto de “revolución permanente” sintetizó la estrategia que oponía la Oposición de Izquierda liderada por Trotsky a la política sostenida por la burocracia gobernante en la Unión Soviética, que había también logrado el control de la Internacional Comunista.

Reformulada por Trotsky en 1929, ya en el exilio e incorporando sus reflexiones sobre la derrota de la segunda revolución china, la teoría de la revolución permanente abarcaba ahora tres aspectos. En primer lugar enfrentaba el planteo de la “revolución por etapas”, según el cual había países maduros y no maduros para la conquista del poder proletario. En los segundos, que eran los países coloniales, semi coloniales y de desarrollo burgués retrasado, la receta stalinista pontificaba, a contramano de toda la enseñanza de la victoria de Octubre, que había que aliarse con sectores burgueses opositores para hacer una revolución “democrática”, “nacional”, “antiimperialista”, “anti oligárquica”, según la ocasión. La lucha por el gobierno obrero u obrero y campesino quedaría para una etapa posterior. A esto Trotsky oponía el planteo de que en ciertas ocasiones los obreros y campesinos de los países atrasados podían llegar al poder antes que el proletariado de los países adelantados, siempre que la clase obrera, conducida por un partido revolucionario, mantuviera su independencia de la burguesía liberal (o nacional) y supiera así ganar el liderazgo de las masas campesinas. Trotsky enfrenta así una visión fatalista y pasiva respecto de la capacidad revolucionaria del proletariado en los países periféricos.

El segundo aspecto remite al carácter internacional de la revolución. Stalin desde 1924 sostiene que en Rusia por sus características específicas es posible construir el “socialismo en un solo país”. Así pasa a identificar el poder obrero (dictadura del proletariado) con el socialismo, dos términos que los bolcheviques (y los marxistas en general) habían diferenciado con claridad hasta entonces. Mientras que la conquista del poder por parte de la clase obrera puede darse en cualquier país donde el proletariado tenga cierto desarrollo, la construcción del socialismo depende del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, que en el capitalismo operan a escala internacional. Por ello es inconcebible que la construcción de una sociedad socialista (donde sean suprimidas las diferencias de clase y se extinga el Estado como aparato coercitivo) pueda concluirse dentro de las fronteras de un solo país. El planteo de Stalin cuestionaba, nada más y nada menos, que las bases mismas del internacionalismo proletario planteado por Marx. Este se apoya en el hecho de que el capitalismo es el primer sistema histórico que opera a escala global. Un sistema que se proponga superarlo parte de esta realidad de las fuerzas productivas heredadas del capitalismo, sino significaría una regresión histórica. Por ello, independientemente de los pasos que puedan darse en construir un nuevo tipo de sociedad en cada Estado donde el capitalismo sea abolido, la victoria del socialismo solo podrá consumarse con la liquidación del imperialismo y el capitalismo en todo el planeta.

El tercer aspecto de la teoría plantea el proceso de transformaciones en todos los aspectos de la vida social (cultural, educativo, científico, familiar, etc.) que se abren luego de la conquista del poder por el proletariado, y que apuntan a una emancipación contra el conjunto de las opresiones imperantes en el sistema burgués y a revolucionar instituciones que acompañan la dominación económica y política de la burguesía. A este aspecto Trotsky lo denomina “la revolución permanente como tal”.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces. De la mano del neoliberalismo el capitalismo ha sido restaurado, por vías diferentes, en el territorio de lo que fue la Unión Soviética, en los países de Europa del Este y en China, aunque aquí el partido de poder se siga llamando “comunista”. Sin embargo, el triunfalismo capitalista que caracterizó la última década del siglo XX es cosa del pasado. Desde el estallido de la crisis que dio lugar a la “gran recesión” en 2008, la inestabilidad y la polarización social y política caracterizan la economía y la política mundiales. Los partidos del “extremo centro” entran en crisis. En los centros imperialistas y en la periferia surgen fenómenos políticos retrógrados y aberrantes pero también vemos los intentos balbuceantes de amplios sectores de masas, especialmente en la juventud, que buscan una sociedad igualitaria. Es cierto, la revolución social aún no ha dicho presente en este nuevo siglo. Amenazó en el cambio de siglo latinoamericano y en mayor medida en los inicios de la primavera árabe. Pero en el primer caso la irrupción de las masas fue contenida y canalizada por gobiernos de centro izquierda (o “progresistas” o “populistas” según se prefiera) que en ningún caso transgredieron los límites del capitalismo aunque así lo enunciara su variante más radical (el chavismo venezolano y su proclamado y no realizado “socialismo del siglo XXI”). En el segundo, fue la contrarrevolución la que se impuso, con golpes de estado y guerras civiles sin campos progresivos.

Sin embargo, en un mundo donde los ocho más ricos del planeta tienen una riqueza equivalente a la de los tres mil quinientos millones más pobres, es decir, a la de la mitad de la humanidad, tarde o temprano nuevos levantamientos revolucionarios van a sacudir el planeta como lo hicieron en el siglo anterior. La irracionalidad capitalista, un sistema que se mueve y se organiza en función de la ganancia de unos cuantos cientos de grandes monopolios dejando cientos de millones en la miseria más absoluta, no es “sustentable”. Lo mismo en lo que hace a la habitabilidad misma del planeta, en cuestión por el uso delirante que hace el capitalismo de nuestra casa común. La revolución va a dar que hablar en el siglo XXI. Y será permanente o no será nada.   

Si la humanidad tiene algún futuro que no sea este presente miserable o la perspectiva de una crisis civilizatoria y ecológica a gran escala, tendremos que pasar por una serie de procesos revolucionarios victoriosos. El siglo que pasó mostró que los trabajadores pueden hacerse del poder a pesar de todos los mecanismos de dominación con los que cuentan los capitalistas. También dejó claro que estos no cederán sus privilegios sin resistencia, como siempre ha ocurrido en la historia, y que si el capital no es derrotado en sus centros de gravedad puede recomponerse y volver a la contraofensiva. Inspirados por la revolución permanente, esperemos poder evitar la barbarie y superar la “prehistoria de la humanidad”, como llamaba Marx al tipo de organización social en el que nos ha tocado vivir.  

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Dibujo: Alan Dufau