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Relámpagos //// 26.08.2019
Por un populismo de izquierda que espere a los marxianos, por Rodrigo Lugones

"Desaparece, así, del discurso público una vertiente que debería, sin embargo, estar presente. Una palabra que aún estamos duelando en la Argentina: Revolución. Entendiendo por praxis revolucionaria un discurso y una práctica seria (no una propuesta de toma de las armas anacrónica, o algún otro posicionamiento cercano al infantilismo político o un ultraizquierdismo impotente y desquiciado). Un cuestionamiento de fondo, y un discurso y una práctica que lo garantice en los marcos de la identidad material de nuestro pueblo."

Por Rodrigo Lugones

Mi primera observación aquí es que si bien esta narrativa izquierdista posmoderna convencional del pasaje del marxismo "esencialista" con el proletariado como único Sujeto Histórico, el privilegio de la lucha económica de clase, etc., a la irreducible pluralidad de luchas posmoderna describe indudablemente un proceso histórico real; sus partidarios, como regla, omiten la resignación que implica la aceptación del capitalismo como "la única opción", la renuncia a todo intento real de superar el régimen capitalista liberal existente.

Slavoj Zizek

El extremo formalismo institucional del campo nacional y popular es sintomático, esconde una gran ausencia discursiva: la del nacionalismo popular revolucionario (relegado a versiones mal re-editadas, tardías y marginales de viejas corrientes de lucha popular argentina). La ausencia de un cuestionamiento, aunque sea mínimo, de fondo al sistema actual de producción: el sistema capitalista. 

Es cierto que hay un problema con las corrientes políticas contemporáneas que intentan expresar ésta posición discursiva encarnando, como pueden y erráticamente, ésta práctica política; la realidad suele llevárselas puestas.

Dichas expresiones políticas terminan convirtiéndose en caricaturas de las ideas que pretenden representar. Asumir una posición a la izquierda del horizonte posible de una época te puede llevar, por poner sólo un ejemplo, a festejar, Don Perignón en mano, con un afamado periodista "del sistema" (en uno de los medios hegemónicos de las clases dominantes) haber pasado el piso de votos de unas elecciones primarias: el peligro es terminar transformándote en una formación política bizarra y grotesca que pierda total principio de realidad. Y, es sabido, en política perder el principio de la realidad puede llevarte a cometer gruesos errores.

Desaparece, así, del discurso público una vertiente que debería, sin embargo, estar presente. Una palabra que aún estamos duelando en la Argentina: Revolución. Entendiendo por praxis revolucionaria un discurso y una práctica seria (no una propuesta de toma de las armas anacrónica, o algún otro posicionamiento cercano al infantilismo político o un ultraizquierdismo impotente y desquiciado). Un cuestionamiento de fondo, y un discurso y una práctica que lo garantice en los marcos de la identidad material de nuestro pueblo.

En el debate que Zizek y Laclau sostienen junto a  Judith Butler en "Contingencia, Hegemonía, Universalidad",  pueden rastrearse algunos indicios para pensar éste problema que no es sólo argentino, sino mundial. La obra de Laclau se vuelve central para re-pensar la ausencia de la palabra “revolución” (¿la “forclusión” de la “Revolución”?). 

El teórico y militante Manuel Saralegui me hizo llegar una interesante idea del historiador Javier Trímboli que plantea, grosso modo, que luego de la última dictadura civico-eclesiástico-militar el concepto de Revolución quedó excluído (y suspendido) de las tramas discursivas de la política nacional. Básicamente, como decíamos más arriba, el campo nacional y popular se encuentra transitando un duelo, el de una revolución derrotada. No olvidemos que "Revolción" es una palabra que carga con 30 mil detenidxs y desaparecidxs sobre sí (y también con la disolusión de la Unión Soviética y la instalación del realismo capitalista). 

Luego de la última dictadura cívico-eclesiástico-militar se produjo un impasse y esa palabra desapareció de la práctica y el discurso político. Reconociendo éste problema, comprendo que debemos encontrar las vías de inscripción de una política revolucionaria posible, una política que está a medio camino entre un populismo de izquierda y una praxis revolucionaria. Entre militar las opciones políticas realmente existentes que más favorezcan al bienestar de nuestro pueblo y a lograr la igualdad social, y al mismo tiempo, siguiendo a Laclau, no dejar de “esperar a los marxianos".

El debate entre Zizek y Laclau es un debate de la política de lo posible (lo que podemos hacer en el marco de la institucionalidad burguesa contemporánea) y, del lado de Zizek, el horizonte ampliado de la creación de lo que aparentemente ya no se puede hacer ni decir. 

Allí adquiere sentido el chiste de los hermanos Marx que Zizek reformula: “¿Lucha de clases o posmodernidad? Sí, por supuesto”. En vez de elegir entre alguna de esas dos opciones, opta por una tercera vía posible, interponiendo un chiste que expone una tercera opción en la dicotomía. Lo que nos deja de enseñanza esto es que lo que está implícito en el discurso del populismo (el discurso que tenemos los compañeros y compañeras del campo nacional y popular, nos guste o no, ya que practicamos una política populista, al menos en los términos en que Laclau lo entiende) es lo siguiente: al aceptar que practicamos una política populista, estamos aceptando, de alguna manera (inconsciente o conscientemente) que renunciamos a la posibilidad de cambiar de fondo la estructura económica capitalista: “Como no se puede cambiar de fondo el capitalismo, peleemos por algunas reformas”. Es decir, partimos de una renuncia y de un fracaso para construir nuestra posibilidad política.

Por otro lado, otro presupuesto ideológico del populismo (que aceptamos tácitamente) es la idea de que hay solamente algunos elementos de la estructura, que modificados a través de una política progresiva populista pueden alterarse para que la estructura vuelva a funcionar correctamente (redistribución de la riqueza, movilidad social ascendente, etc.). No sería el capitalismo estructuralmente el que genera la producción y reproducción de la desigualdad, sino simplemente algunos factores que se comportan mal y que, modificándolos, se podrían reencausar para producir una sociedad más justa. 

Zizek, por su parte, señala que debemos pensar esas anomalías como estructurales. Es decir, pensarlas al modo marxista y freudiano: entenderlas como síntomas. Como expresión sintomática de un malestar estructural: arreglando una parte no vamos a resolver el problema, sino que justamente esa parte que funciona mal es la expresión que nos muestra que la estructura entera está podrida y debe modificarse. 

Desde esta idea es que creemos coherente la construcción de una apuesta por una política revolucionaria posible, dentro de los marcos de la democracia y del Estado que es máquina e idea (simbolismo y materialidad). Hay un hiato allí, algo que falta pensar, una brecha que no quiere decir que debamos constituir patrullas perdidas, ni una vanguardia iluminada e iluminista, sino que implica un grado de desarrollo superior de nuestra práctica y nuestra teoría política. Un desafío político, de praxis militante en tiempos de retornos.