Relámpagos //// 23.05.2018
¿Por qué grita esa mujer?, por Sol Titiunik

"La rebelión de las mujeres del hoy es un alud que se desprende de antiguas laderas, quebrando una montaña histórica de presión y mentiras. El poder, invisible como siempre que triunfa, chorrea tinta, negra y roja, y hoy vemos su estela mientras escribe las leyes, y gritamos sin culpas, a vivas voces, con la certeza de que más tarde o más temprano, ese Poder va a caer”.

Avenida Rivadavia plena, de mujeres, empañueladas, unidas. Encendidas. Otra vez las mujeres y sus pañuelos, en lucha, alertas y despiertas, junto al coraje. Sobre un escenario construido sobre el asfalto, un grupo de actrices* con vestuarios de época claman aquel poema de Susana Thénon que reitera aquí y allá las mismas preguntas, esas de las que todas conocemos las respuestas. Y no alcanza. Entonces gritamos, clamamos, hacemos ecos, con dicha, con furia, con Susana, la muerta, con todas las muertas, y las vivas: “¿Por qué grita? ¿por qué grita? ¿por qué grita esa mujer? andá a saber. esa mujer ¿por qué grita? andá a saber. mirá que flores bonitas ¿por qué grita? jacintos margaritas ¿por qué?¿por qué qué?¿por qué grita esa mujer?¿y esa mujer?¿y esa mujer? vaya a saber. estará loca esa mujer (…)”.

Cuando el poema termina todas gritamos junto a ellas. Hacemos cóncavas las manos, un hueco, y aullamos un grito de indiada, de mujer salvaje, poderosa, dando un salto en el sonido y en la distancia de aquella que calla, que sumisa se acomoda en el traje, se aquieta en su jaula. Aullamos como animales reclamando derechos como humanas. Sin mirarnos, porque no hace falta buscarnos con los ojos, nos sentimos cuerpo a cuerpo, unidas por la historia y la sangre, que nos hilvana. La mía, la de mis primas, mis hermanas, amigas, abuelas, mis tantas madres. Millonadas de abortos hechos en sombra, aquí, allá, en los conventillos, en los barcos, en las clínicas, en Palermo, en el Sur, en los barrios, en la sombra. Abrimos ventanas. Y lo que nace es luz. Es lo primero. Iluminando la verdad que ES sencillamente, fuera de todo juicio. Lo primero que clamamos es abrir las compuertas que oculta la oscuridad de la mentira, y que brote la sangre de los hechos. Que esa sangre nos devuelva la mirada y nos despierte, para no seguir lavando inmóviles, de pie, la manchada manta de la historia. Damos un paso, para que no mueran siempre las mismas y se suelten de la vida las de siempre, las que no tienen otra cosa que perder, excepto la vida.

De pie otra vez, sobre el asfalto, bajo una lluvia suave y constante, nos volvemos una para hacer voz un silencio que de tan antiguo solo puede dar paso al grito. No es un ruego, es un hecho. No es un pedido a futuro, es pasado, hecho carne. Es presente. Lo que las mujeres del hoy estamos viviendo es histórico, y si brota de pronto, como un manantial milagroso, es porque este suceso es hijo de infinitas fuerzas que sostienen nuestras espaldas: las mujeres del pasado. La rebelión de las mujeres del hoy es un alud que se desprende de antiguas laderas, quebrando una montaña histórica de presión y mentiras. El poder, invisible como siempre que triunfa, chorrea tinta, negra y roja, y hoy vemos su estela mientras escribe las leyes, y gritamos sin culpas, a vivas voces, con la certeza de que más tarde o más temprano, ese Poder va a caer.

Soy protagonista y testigo de esta poderosa liberación de mujeres, y mientras despierto del sueño bajo el cual el Poder me adormecía, siento ante mi y me veo en las otras, como si fuera un milagro. Y hablo de milagros porque es mentira que éstos le pertenecen sólo a la Iglesia, esa institución que ensuciada de sangre en un país supuestamente laico rige aún hoy leyes y normas de Estado solapada y groseramente. Los verdaderos milagros son siempre del pueblo, de los pueblos. Ocurren en grutas, entre campesinos y pobladores, siempre pobres. -Jamás una Virgen apareció en un palacio.- Estos son los milagros que surgen de la energía de los pueblos, de sus esfuerzos, después de años de sufrimientos escondidos, de realidades calladas. Se abre de pronto un portal por el que muchas mujeres queremos desnudarnos y pasar, festivas, con nuestros cuerpos brillantes, acusados de pecado desde el origen de los tiempos, orgullosas. Nuestros cuerpos vejados, ultrajados, manipulados, vueltos objetos, cargados de exigencias, aberrados desde el origen de los tiempos, infinitamente. Hoy, en nuestro país, después de tantos años de ocultarnos para abortar, de avergonzarnos, de abortar solas, de acompañarnos entre nosotras, de callar en lo oscuro, de hacernos sombra, después de tantos años, hoy se abre el portal como una boca enardecida que lo que grita es LIBERTAD. Libertad para decidir sobre nuestros cuerpos, libertad para elegir ser madres o no serlo, libertad para gozar, libertad para orgasmear, libertad para mostrar gozosamente nuestros cuerpos o no mostrarlos, libertad para caminar por las calles de nuestras tierras sin ser asediadas, vomitadas, agredidas, rasgadas, envueltas en bolsas, decapitadas, quemadas como brujas. Sí. Como brujas. La historia lo contiene todo, y una y otra vez, olvidamos, adormecidas, no vemos. Ése es el Poder. Transparente, como un vidrio. Y cuando se corta…

Historia de las Brujas

Si hurgamos en la historia, encontramos que durante la Edad Media sucedió la caza de brujas más grande de la historia. Miles de mujeres muertas -quizás millones- prendidas fuego, perseguidas y asesinadas masivamente en manos del Poder Oficial de la época. En nombre de Dios, y de la Iglesia. A favor de la vida, clamaban, y triunfaba la muerte.

La historia de las brujas se cristalizó en el tiempo, como consecuencia, por supuesto, del lado en el que cayó la balanza de la Historia con su peso: qué batalla dignifica, qué generales condena, cuáles mujeres asesina, qué hombres, bajo qué bandera.

Se ha dicho entonces así, de las brujas, que eran seres malditos que pactaban con el Diablo, participando en orgías, que se entregaban lujuriosamente al deseo sexual y hasta al sueño de volar. Se dijo que volaban realmente, sobre escobas. Que eran feas y monstruosas, mujeres solas, viejas y malignas. Y esa versión es la que pobló los mitos, los cuentos infantiles, construyendo formas de pensar y de ver el mundo en aquellos ojos nuevos, los ojos de los niños, marcarlos a fuego: mujer vieja y fea, es mala; mujer bonita y buena, princesa.

Las brujas, palabra de la cual no se conoce la etimología exacta pero se la asocia curiosamente con un tipo de arbusto, eran, según otra versión de la historia, mujeres sabias que conocían y estudiaban el poder de las plantas buscando calmar con ellas sus dolores y ayudar a otras mujeres. Esto, vaya coincidencia, estaba prohibido, era penado por la ley y, sobre todo, por la Iglesia. De ahí a que estas mujeres practicaran sus creencias en secreto y se reunieran a escondidas, en grupos. Mujeres emancipadas, generalmente solteras, que experimentaban y descubrían los poderes de las plantas sagradas, buscando significados de la vida y la naturaleza más allá de lo que decían las religiones y los mandatos de la época, en la que sólo los hombres podían buscar el camino de la ciencia y la medicina. Se dice de ellas que fueron las primeras "científicas". Y que volaban realmente, pero en sus conciencias, a través de los psicotrópicos de algunas plantas alucinógenas. El origen del mito del vuelo de las brujas sobre sus escobas se encuentra allí: los ungüentos mágicos de las famosas plantas de la mandrágora, la belladona, y otras hierbas mágicas que quedaron en miles de historias y mitos, poseían sustancias alucinógenas que muchas veces originaban la sensación del vuelo. Además, para evitar los efectos secundarios, tales como vómitos, mareos, y otros, las brujas descubrieron que si colocaban los ungüentos en palos y frotaban sus partes íntimas, esos efectos no sucedían. Un escándalo para la época. Mujeres amigas y dueñas de sus genitales, de sus placeres, de sus conciencias. Una libertad asombrosa, ilimitada. Por esa libertad las quemaron. Vivas. Por miles. En hogueras. Toda esta información fue revelada en torturas. La historia, sellada en sangre, fue sepultada, y hasta hoy las brujas son para la mayoría seres horrendos y malignos, dignos de muerte. Pero no hay forma de tapar el sol con la mano. El movimiento es inevitable; la transformación, implacable. Eppur si muove.

Las brujas del hoy

Parece imposible romper esas redes de hilos que nos tejen y construyen desde hace tanto tiempo, que nos hilvanan y sofocan desde niños y niñas. Parece imposible quebrar esos moldes que cocinan, a fuego lento y paso a paso, las mentes y visiones de las mujeres y los hombres según los intereses de un mundo occidental y capitalista. Parece imposible. Parecía. Hasta hoy, que, como un milagro, de pronto, ese molde por fin se quiebra. Y no hay vuelta atrás.

No hay suceso sin proceso. Y este suceso que llamo amorosamente milagro, es el proceso de esas brujas en el tiempo. Es parte del camino que han trazado esas mujeres poderosas y sabias, magas blancas conectadas con la femenina tierra, que cocían sus caldos sobre el masculino fuego, escondidas, con temor a ser sorprendidas en pleno acto, ayudando a otras mujeres a sanarse y liberarse a través del poder de las plantas, del poder de la tierra, del deseo, de sus sexos. El poder del placer, tan largamente condenado. El placer de los hombres, festejado hace siglos. El placer de la mujer, largamente condenado.

Las brujas del hoy estamos reconquistando nuestra libertad, emancipadas. Queremos desplegar todo nuestro placer-poder sofocado, unidas, conscientes, libres. Es este suceso el que está aconteciendo: las mujeres nos estamos liberando. Son ataduras tan antiguas como el origen de la historia. Tienen esa fuerza acumulada, son siglos los que empujan este cambio, como un alud. Y no hay vuelta atrás. Las mujeres ya no queremos sentirnos culpables sino gozosas, ya no queremos ser juzgadas, ni incendiadas por otro fuego que no sea este fuego ardiente sobre el cual se coció la historia, quemadas por nuestra propia hoguera, con el poder de nuestro propio fuego, el fuego de infinitas generaciones de mujeres machacadas y masacradas. Estos cuerpos-vasija del pecado de la historia están quebrando sus bordes y desatando sus ataduras. Ese milagro ya sucedió, y es imparable.

La palabra corcel

Corramos los velos. Aceptemos nuestra sombra. Somos las mujeres las que hace siglos abortamos. En cada historia familiar hay al menos una mujer que interrumpió un embarazo, por infinitas causas y diferentes motivos. Las mujeres hace años abortamos, lo permita o no la Ley del Estado. Las mujeres y los hombres que engendran. Es hora de sincerarnos, con la fuerza de la historia, con la fuerza de las muertas. Porque hay muertas, y ésa es la urgencia, la premura que nos quema las manos. Miles de mujeres que siguen muriendo abortando en condiciones insalubres, miles de mujeres que mueren en la sombra, sin recursos, alimentadas por el mercado negro que se enriquece a nuestra costa. Ése es el costo de nuestras mentiras.

Somos mujeres libres, le guste a quien le guste, cueste lo que cueste, y ya ha costado mucho. Esto ya sucedió, y es presente. Ya se escucha nuestro grito, y es un grito que ya no se apaga, nunca más. La palabra corcel.

“¿y dónde oíste

la palabra corcel?

es un secreto esa mujer

¿por qué grita?

mirá las margaritas

la mujer

espejitos

pajaritas

que no cantan

¿por qué grita?

que no vuelan

¿por qué grita?

que no estorban

la mujer

y esa mujer

¿y estaba loca mujer?

Ya no grita

(¿te acordás de esa mujer?)” (1)

 

* Actriz, Dramaturga y Poeta

*Grupo de Actrices Argentinas @actrices.argentinas

(1) Susana Thénon (Buenos Aires, 1937-1990)

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa. Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).