Relámpagos //// 07.08.2018
Memorias anarquistas: una disputa por el sentido

El desafío de recuperar una identidad (Santiago), una lucha (la de la comunidad mapuche) y un ideario político (el ácrata) desligándonos del común ataque que sufre tanto por parte del poder, como por quienes desde el campo popular desconocen su accionar o temen ante mitos que recorren esta grupalidad.

Por Juan Manuel Ciucci y Paula Carrizo

A un año de la brutal represión acontecida en el Pu Lof de Cushamen, que culminó en la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado, un sabor amargo invade nuevamente nuestras bocas. Piedrazos rompiendo la puerta del ND Ateneo en el estreno del documental El Camino de Santiago, represión y detenciones en Plaza de Mayo, amenaza de bomba en C5N: fotogramas de un confuso escenario signado por la creciente violencia social y política. Ante este panorama, que incluye también el reciente anuncio gubernamental respecto a las nuevas tareas de “seguridad interior” de las Fuerzas Armadas, impera la necesidad de complejizar la mirada, asumir interrogantes incómodos, y no perder de vista cuáles son realmente los frentes de lucha en esta etapa.

Memorias de un Santiago anarquista

Un crimen político es también un modo de conectarnos con una vida, aquella que ha sido cercenada, interrumpida, en un momento puntual, específico. Santiago Maldonado desaparece ante la represión de Gendarmería a un corte en la Ruta 40, de la Comunidad Pu Lof, que reclamaba por el derecho a sus tierras. Ese joven allí estaba poniendo el cuerpo por una causa con la que se sentía conmovido, interpelado. Su ideario político lo impulsaba a ese diálogo con los pueblos originarios del sur del continente, común a todo ácrata que se precie de tal en estos días.

De allí que recuperar el nombre de Santiago, sea también recuperar algo de su identidad y de todo aquel ideario, desligándonos del común ataque que sufre tanto por parte del poder, como por quienes desde el campo popular desconocen su accionar o temen ante mitos que recorren esta grupalidad. Así como el “troskos” sirve tantas veces para equivocar y deslegitimar no sólo el accionar de quienes militan en esa escuela de pensamiento, sino el de otros espacios o personas, por cierto “principismo que lleva al extremismo”; en estos días el “anarco” sirve para algo similar o aún más dañino.

Deconstruyendo enemigos

Hoy sirve como excusa del poder para pensar las violencias populares y para justificar la respuesta represiva que venga a ponerle freno a este nuevo malón antisistémico. Y como sencilla acusación de “servicio” dentro de las propias filas, cuando sean los primeros que tiren las piedras que todas y todos acompañaremos, como fue en diciembre último. Así, la exclusión parece ser el único camino que les ofrecemos, al tiempo que recuperamos la historia de un militante ácrata, borrando algunos de los modos y planteos posibles de estas/os compañeras/os. Les pedimos accionen como nosotras/os lo haríamos, sin pensar en lo que su tradición haría.

La relación con las luchas de los pueblos originarios, complejiza aún más esa deuda. Es la unión de los excluidos, los desposeídos, quienes quieren existir en este mundo sin claudicar ante el sistema imperante. Quizás sean un último refugio de anticapitalismo férreo, dispuesto a todo menos a traicionarse. Son esas también banderas que nos interpelan, ante tantos siglos de explotación y negación.

Entonces, ¿quién es más funcional a la derecha? ¿El eventual anarquista tira piedras, o nosotras/os abonando a consolidar la idea de un enemigo interno, amenazante, que justifica la avanzada represiva del gobierno? ¿Dónde deberíamos estar poniendo el foco? ¿En el adoquín que rompe un vidrio o en la bala represiva pagada por el Estado que se sigue cobrando vidas de todo aquel que se plante a esta topadora neoliberal que vino por todo?

A modo de ejemplo, que sirva la historia de Esteban Rossano (19 años), detenido en el marco de las jornadas de protesta por la Reforma Previsional, quien se ganó una estadía de unos 40 días en el penal de Marcos Paz. Finalmente sobreseído, el joven relató cómo, para acusarlo, habían plantado en su mochila volantes anarquistas y kirchneristas, junto a dos cascotes. Debemos evitar facilitar a este gobierno continuar engrosando las filas de enemigos internos, chivo expiatorio para la avanzada represiva: trabajadores de la economía popular, inmigrantes, feministas, juventud, militantes del campo popular, gente en situación de calle. El pueblo.

Benetton no debería ser –solamente- una causa mapuche

Una certeza incómoda: el caso de Santiago Maldonado logró la visibilización y repercusión que tuvo, entre otros factores, por no ser mapuche. Esto de ninguna manera desmerece ni su lucha ni nuestra reacción, aunque sí nos recuerda que indefectiblemente hay ciertos filtros perceptivos puestos en juego a la hora de evaluar cualquier hecho histórico, político, social, así como la necesidad de desnaturalizarlos en pos de ampliar la lectura. Su desaparición forzada, signada por 78 días de operetas mediáticas, hostigamiento a la familia, encubrimiento oficial, detenciones y represión, nos remitió además a lo que varias/os reconocemos como uno de los capítulos más oscuros de la historia argentina: la última dictadura cívico militar. A su vez, habilitó la emergencia en la agenda pública de dos conflictos intrínsecamente relacionados: los -débiles, sistemáticamente avasallados- derechos reconocidos a los pueblos originarios habitantes del territorio argentino, y la creciente extranjerización de nuestras tierras, encarnada en esta oportunidad en la figura de Benetton.

La represión tuvo lugar en el único departamento de la provincia de Chubut que supera el límite de extranjerización de las tierras, llegando al 22% en septiembre de 2017, de acuerdo a los datos publicados por la Dirección Nacional del Registro Nacional de Tierras Rurales (el límite establecido por la Ley de Tierras Rurales es del 15%). Y pocos meses antes, además, del vencimiento de la finalmente prorrogada Ley 26.160, respecto a la emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas originarias de nuestro país.

Santiago Maldonado, Daniel Solano, Cristian Ferreyra, Rafael Nahuel. Nombres que expresan y sintetizan diversas aristas de esta disputa de poder, en la que confluyen cuestiones de derechos humanos, matriz productiva, soberanía alimentaria y soberanía nacional.

Reivindicar a Santiago implica, además de no contribuir a estigmatizar su identidad política, entender que Benetton, Lewis, Monsanto, no son causas locales sino que nos competen a todos. Que la misma avioneta que fumiga la manzana envenenada que servimos en alguna mesa porteña, es la que rocía a su paso escuelas y pueblos enteros del litoral. Que emerge la necesidad de hermanar banderas, reivindicaciones, y el trazo también de nuestra memoria histórica. Que estas disputas se saldan tanto en las calles como en las rutas y parajes más inhóspitos de nuestro país.

Se fue de lo linda que era

En diciembre estaban allí, sus caras tapadas, sus ropas negras. Cuando atacaban un móvil televisivo, parecían agentes del Estado generando confusión. Cuando eran la vanguardia de un Pueblo atacado por las fuerzas de represión, compañeras/os de lucha. Extrañas paradojas guían estas lecturas, nos obligan a una total honestidad al pensar la actualidad, y alejarnos de aquellas recetas que comparten distintos cocineros del poder. Si vuela una primera piedra contra los cines que proyecten la historia de la Sole, joven anarquista apresada y suicidada en la Italia de fines de los ´90, y ahora filmada por la hija del Presidente Mauricio Macri, ¿qué vamos a decir?