fbpx Indios y barcos, materialidades de las lenguas, por Mariana Santangelo | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Relámpagos //// 13.03.2018
Indios y barcos, materialidades de las lenguas, por Mariana Santangelo

"Una lengua puede dejarse atravesar por el ruido, deshacerse como lengua común porque en esa comunidad se ocupa el lugar de los vencidos". Texto leído en la presentación de "Desierto y Nación, I. Lenguas", de María Pia López y Juan Bautista Duizeide (Editoral Caterva).

1.
Con esa materia que es la lengua pensar lo indio. Lo indio como amenaza, lo indio como objeto colonial, lo indio como promesa redentora. Todas torsiones que Pía López decide cifrar no meramente en los temas de los muchos libros que convoca en este libro, sino en la consistencia de lenguas e idiomas pensados como la carnadura de una tarea, sea ésta la de la conquista, sea ésta la de la emancipación. Por eso la lengua puede ser pensada con Freyre en la dicción africana de las mujeres esclavas, en su entonación del portugués brasileño que se ablanda para ser regalado como papilla a los oídos de los niños blancos que crían, o el tupí guaraní que resulta del roce jesuita con los niños indios. Infancia, mujeres, cocinas: una lengua macerándose lentamente fuera del cuadro central de la historia, apostando a tácticas para escapar de su destino imperial. Pia recuerda entonces que no cualquiera sistematiza una lengua pero que, a la vez, ninguna lengua es infalible. Las lenguas están hechas de huecos y fracasos y su mejor coartada son sus hablantes. Y añade, con Freyre, que “los idiomas surgen de contactos cuerpo a cuerpo”. La esclava de la casa grande mastica las durezas del portugués e inventa blanduras para sus pequeños amos. La lengua del colonizador se resquebraja y ya no es la misma a fuerza de volverse cantarina para nombrarles el mundo a las niñas y niños brasileros.
 
Pia prefiere perseguir las “estrategias del débil”, como ella misma las llama, de la lengua americana. Las trampas que el idioma puede inventar cuando decide pensarse como cuerpo y no sólo como abstracto instrumento de la comunicación. Como el Esquilo que le hace mula a Eurípides en el concurso de poetas que organiza Aristófanes en Las ranas. Puestos los dos a pesarse Esquilo pronuncia un verso lleno de muerte, de ríos y océanos y empapa sus palabras para torcer el fiel de la balanza, como lo hace el comerciante que trampea con lana húmeda. Las palabras mojadas pesan más. Esquilo lo delira así al juez Dioniso, con su poética pensada en gramos y no en mensajes. Lo indio de la lengua, lo indio en la lengua –parece sugerir este texto– puede delirar las voces dominantes con esa coartada corporal. Sucede en el Guimarães Rosa de “Mi tío el jaguareté”, una lengua que se vuelve sonido, rugido, onomatopeya y “el pasaje de lo humano a lo animal revierte el tránsito que llamaba humanidad a la obediencia”. Rugir para poner de manifiesto un lazo con el mundo natural. Pero ese salvajismo ya no como evidencia de una condición que entonces invita a la dominación civilizada sino como estrategia del salvaje para escapar de la orden proferida en idiomas demasiado humanos. Una lengua puede dejarse atravesar por el ruido, deshacerse como lengua común porque en esa comunidad se ocupa el lugar de los vencidos. La voz animal, el aullido como potencia crítica entonces, pero potencia que es asimismo peligro, de perder cualquier comunión de sentido y la posibilidad de vivir juntos.
 
Para Pía también en Mansilla la empresa civilizada se corroe (a pesar de él) en la boca. El visitante de los ranqueles no carece de “hedonismo culinario” y entonces al otro se lo paladea. Con el otro se comparten manjares y esos otros también son ellos mismos los manjares para ser degustados. Tensión irresoluble del propio Mansilla pero que al menos lo coloca en el revés del simple exterminio. Sabemos que, por el contrario, el loco Sarmiento se paladea a sí mismo, no se le anima a la mesa, y Cané, de viaje por el Amazonas, cierra el círculo y vela sobre su propia boca a la que nada desconocido entra. Pero es preciso atreverse a comerlo todo. “Paladearse a sí mismo o darse el gusto”, dice con bella justeza este texto.
 
2.
También es una interpelación alrededor de la lengua el ensayo de Duizeide. Pero también profunda indagación sobre la imaginación material de una nación. ¿Cuál ha sido el elemento privilegiado de nuestras ensoñaciones? ¿Ha sido Argentina un ser acuático o un ser terrestre? El alemán Schmitt le cuenta a Ánima, su hija, que los pueblos que realizan esponsales con el mar no son verdaderos hijos suyos [del mar], porque así evidencian que se casan con algo que creen extraño. Los vikingos, en cambio, sí eran criaturas del mar, pues han elegido de modo sustancial el elemento marítimo (que no es lo mismo que tener algún tipo de relación con el océano).
 
Duizeide parte de una constatación literaria. Efectivamente, afirma, son muchos los escritores y escritoras locales que participan de estas esponsales que mencionamos, que en sus cuentos, novelas y escritos hablan sobre el mar, e incluso desde el mar (muchas de estas obras aparecen en el ensayo, con el amor del coleccionista que va encontrando nuevas gemas para su serie). Ese corpus, sin embargo, no se habría configurado como subgénero, como sí ha sucedido, por ejemplo, en países como Inglaterra, potencia imperial y naval a una misma vez. Pero la potencia del texto excede esta cuestión porque parte de una comprobación más general: la cultura oficial parece no tener memoria sobre los espacios acuáticos. Así, se suceden, por un lado, otras “formas del agua” que no son el mar, y, por el otro, ingresan otros modos de decir y representar que exceden al literario, e incluso una atención a una materialidad que no es nada metafórica (hay rastros de esto incluso en cómo se menciona una lengua marinera que es cada vez más huella fantasmal y uso figurado y que en su lejanía del sentido lato se va metiendo tierra adentro).
 
En algunos comentarios que ya circularon sobre el texto se habló de mapas. Y efectivamente Duizeide se da esta enorme tarea, recuperar un territorio que es físico e imaginario. Pero creo que la potencia del ensayo hace recordar a un momento de quiebre en la cartografía. Momento en que la atención aún es doble: la preocupación por una cualidad estética, entendida por una pregunta en torno a la variedad de imágenes sensibles que pueden contar un territorio (la idea de que un estilo cartográfico traduce, por ejemplo, la sensibilidad de un pueblo); y una voluntad normalizadora, la idea de que es preciso relevar con los rudimentos de una técnica cada vez más avanzada algo que no es mero paisaje. Si hay mapa Duizeide afortunadamente está en ese borde, en ese instante en que la cartografía aún no es mera técnica reproductiva (sabemos igual que nunca lo puede ser del todo, que el mapa siempre es asolado por lo real que lo excede). Se mueve entre la necesidad de elocuencia (cómo hablar del mar, cómo convocarlo, cómo imaginarlo, cómo componerlo con todos sus colores) y la tipificación (cómo no perder de vista la dimensión concreta de lo marítimo, de lo náutico, su pesadez material, infraestructural). Así el texto aloja la tensión de una lengua marítima que sabe de cuantificaciones con la escala de vientos de Beaufort pero también sigue hablando de vientos personificados en Austros, Boreas, Notos, Céfiros y Monzones, “príncipes y reyes” dentro de las dinastías que en el mar “deciden la guerra y la paz”. Creo que también por esta atención estrábica, por lo estético y por lo técnico –diríamos mal pero pronto–, la pregunta por el mar no sólo abre la pregunta por lo nacional, sino por el Estado. Por eso se vuelve necesario para Duizeide hablar de la muy tentadora novela de Débora Mundani o de Tres veces luz de Juan Mattio, entre las muchísimas mencionadas, pero también de las patrullas de Prefectura, del desguace de la flota mercante nacional en los noventa, de las formas de la nueva estiba, de dragados y balizamientos deficientes… La imaginación acuática puede ser literaria, pero, sin duda, sus modos de ser literario señalan estas otras existencias.
 
El territorio a menudo se ha pensado como mera escenografía, y el territorio acuático se ha querido escenografía más insustancial todavía. La gauchesca como género nacional lo ha querido terrestre, mediterráneo, llano, pampeano (Sarmiento llama a una banda de tuninas que observa desde un barco a vapor: “los potros de esta pampa”). Un género nacional seco. Como si no existiera un extenso litoral marítimo, como si no existieran “arroyos que en otros lugares serían considerados caudalosos ríos, esteros y pantanos que se reducen o amplían al ritmo de las estaciones”. Duizeide no se ahorra en señalar que en esto hay un legado español, casi como si la materialidad de nuestra nación hubiese nacido “obsesionada por la orografía de Castilla” (Silvestri).
 
Agua sí, pero el mar no es el río. La diferencia entre lo marítimo y lo fluvial atraviesa el libro. Y aquí de nuevo una evidencia: la literatura prefiere estas “aguas más terrestres”. Aunque el modo en que se habla de ellas sigue reservando algo de negatividad y cierto registro ominoso. Vuelve el paladar. No lo dice así el texto pero el agua dulce parece sobreponerse a la salada. Ya Bachelard las distinguía en el imaginario mítico-poético, no sólo el argentino. El imaginario marítimo frente al fluvial sería menos originario, pues sería un imaginario ante todo narrado en las historias de los navegantes y no una experiencia de primera mano. “Lo que ha salado los mares ha sido una perversión. La sal traba, dificulta, una ensoñación, la ensoñación de la dulzura, una de las ensoñaciones más materiales y más naturales que existen. La ensoñación natural guarda siempre un privilegio para el agua dulce, para el agua que refresca y quita la sed”.
 
Duizeide nos recuerda la preferencia del propio Sarmiento por los ríos, comunicadores de civilización, por ese Delta al que creía sede de una Arcadia productivista y republicana a prudente distancia del latifundio pampeano, y su oposición a que Argentina se volcara a los mares. Recordemos también que en 1866 Sarmiento le dedica un poema al agua dulce, con cierto motivo bachelardiano. “Recuerdo –dice el sanjuanino– el efecto que produjo en Montevideo, sitiado de años, la descripción de las tibias ondulaciones de un río. Era para esos lectores, como salvar las trincheras, pasearse por campañas verdes, a la sombra de selvas espesas, de árboles primitivos.” El agua dulce es, para Sarmiento, fresquita y ante todo útil, a diferencia del océano, que no se deja someter a los propósitos humanos. En una página de sus Viajes se da el gusto de reprender al mismísimo Víctor Hugo, al que considera obsesionado con las descripciones de un mar embravecido. “Si Víctor Hugo describiera el agua dulce, si viera los travailleurs del agua corriente, qué bellezas tan consoladoras para la humanidad encontraría, bellezas refrigerantes, como son adustas y amargas aquellas del océano. No sé qué cansancio experimento de toda emoción que tienda a espanto, miedo, terror. Yo quiero admirar con la sonrisa del contento. Admirar, porque es bueno, útil y aplicable a la mejora del hombre, a su felicidad y engrandecimiento”, se hace el buenito Sarmiento y sueña con aguas civilizadas.
 
(Sumemos una última cosa. Sarmiento ve el mar por primera vez en Chile. Y se lo hace conocer a Dominguito también allí. Pero cubre con un pañuelo los ojos del muchacho para que no se hinchen con el aire salado del mar. Con su vista vendada Dominguito va al encuentro del Pacífico.)
 
3.
Quisiera terminar con una escena que, creo, expresa en sordina la triple interrogación que este libro hace sobre lo indio, el imaginario marítimo y la nación. Es sobre un hueco en el medio de Jujuy que se llena de agua de mar. Sobre un mapa que se llena de agujeros y nos propone unirlos en nuevos dibujos.
 
Hace once  años estuve de viaje por el norte. Una tarde después de una larga caminata llegamos al cementerio de Huichaira. Cementerio andino en el medio de la montaña. En el medio del camposanto: un barquito de material blanqueado a la cal. Un navío a lo Popeye. Más la barquita de Langostino que un buque de guerra. Ni Herzog, ni Kinsky, ni Fitzcarraldo. Una tumba para Antenor Sajama: conscripto de 19 años, kolla hundido por los ingleses con el Belgrano. La tumba náutica no tiene cuerpo. Todos los años en su memoria otros cuerpos se vuelven sonoros para recordarlo en ese paisaje seco y desértico. Es una banda de sikuris local que lleva el nombre del joven y que serpentea por los cerros. Todos los músicos, cual tripulación ensoñada que convoca las voces del agua en el medio de la quebrada, llevan gorros de marineros.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa. Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).