Relámpagos //// 12.09.2017
De eliminatorias y localías, por Diego Kenis

"Entonces es Boca, para alimentar un mito que se instaló desde el ‘95, cuando Macri le ganó a Antonio Alegre la presidencia del club, cambió radicalmente su impronta dirigencial y comenzó a diagramar este futuro, montando una falacia sobre un mito previo: que Boca es pueblo, y que el pueblo es de derecha".

Es poco menos que un clásico de los últimos años: siempre que estamos al borde de la eliminación mundialista empieza a discutirse si sacar o no a la Selección del estadio de River.

El debate prende porque tiene un fondo de razón y justicia, y toca legítimas fibras íntimas de colores diversos. Sería interesante, sin embargo, discutirlo al margen de los resultados y las urgencias.

Imaginar, acaso, un calendario que no mude a la Selección a pocas cuadras, o a Rosario (que siempre estuvo cerca), sino que la democratice por el país federal, que gusta del fútbol y sufre tanto los colores como el porteño arquetípico. Un interior que, además, aporta más jugadores a la plantilla, tanto en términos absolutos como proporcionales. El misionero Romero y sobre todo el neuquino Acuña fueron las figuras del último partido.

Ahora, la solución propuesta es llevar el partido con Perú a cancha de Boca, un estadio con evidentes connotaciones negativas para el cruce y sus circunstancias. Que, se sabe, juegan su partido. El del miedo escénico. Ojalá lo descarten los hechos.  

La chicana doméstica importa poco. Ésa puede circular en todas las direcciones, como el horóscopo. Pero hay otras cosas, significantes que como movimiento nacional y popular no hemos disputado/defendido. O reivindicaciones que no nos dimos, ni siquiera después de haber concebido algo como el Fútbol para Todos. Tan genuinamente revolucionario, el peor pecado populista para los dueños de todo.

Ese programa, sin embargo, llevaba intrínseca la cuestión federal. En que es preciso insistir. Porque la propuesta de nueva localía muestra que La Boca es el límite para la mente organizativa, porque finalmente vivimos en un país unitario. Lo confirma la historia: los periodistas aprenden de La Rioja si surge un menemismo o de Santa Cruz si surge un Kirchner. En ambos casos, nadie los vio venir. Puede ocurrir de nuevo, a favor o en contra. Los mismos cronistas salieron a comprar mapas de El Bolsón, estas semanas. Porque –vale insertarlo, siempre- Santiago no aparece.

Ni siquiera se mira al Conurbano. El partido no va a Avellaneda, porque el Cilindro se llama Perón, y porque ahí se jugaron los Panamericanos del ‘51, símbolo de la identidad deportiva del primer peronismo. Y este gobierno cada vez profundiza más su identidad revanchista, reivindicatoria del viejo gorilismo.

Entonces es Boca, para alimentar un mito que se instaló desde el ‘95, cuando Macri le ganó a Antonio Alegre la presidencia del club, cambió radicalmente su impronta dirigencial y comenzó a diagramar este futuro, montando una falacia sobre un mito previo: que Boca es pueblo, y que el pueblo es de derecha. Hay que decir que, sobre todo para un niño de papi, fue una apuesta tan osada como efectiva e imperceptible para casi todos. Salvo para un tal Diego Maradona, el primer antimacrista. De la primera hora. Aquel que, por una cuestión de olfato de clase, supo captar qué significaba que un Macri disputase la conducción de un club popular como Boca. Pocos meses antes, lo había advertido en Racing. Cuando Osvaldo Otero, a quien junaba por su intento de derrocamiento de Bilardo una década antes, derrotó al peronista Juan De Stéfano. Parece mentira, pero la alianza del macrismo y el radicalismo se anunció, con osadía, a ambas orillas del Riachuelo, hace veintidós años y en el terreno del fútbol. Dará para nuevos desarrollos.

Volvamos al hoy, al partido con Perú. A, posiblemente, La Boca. Contra todo componente folklórico de mufas y cábalas (por ejemplo, cada vez que Macri estrenó algo en la Bombonera, Boca perdió por goleada), se sigue promocionando esa falacia, el salto discursivo de fútbol a Boca, de Boca a pueblo, y de pueblo a derecha. A caballito de Clarín, que ahora impulsa la sede boquense como salvadora de un equipo que entró en crisis, evidentemente, por otros problemas. Porque esta fase histórica requiere, para los poderes fácticos, la fabricación de un pueblo de derecha.

El renacer actual del proyecto oligárquico presenta múltiples desafíos discursivos, trampas del lenguaje en que descansan sus planes. Si me preguntan, el fútbol -no pocas veces un espacio de resistencia- guarda las trampas más riesgosas de esta hora.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).