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Política //// 08.07.2010
Aníbal Fernández: un soldado peronista, por la Rolling Stone

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en Rolling Stone Argentina) A los 15 se fue de gira con Vox Dei y a los 44, en pleno estallido de 2001, se recibió de abogado. Del barro duhaldista a batallador mediático del kirchnerismo, Aníbal Fernández habla de los días prófugo, el tatuaje de Callejeros de su hijo y el oficio salvaje de la lealtad política.

Aníbal Fernández. Foto de Ignacio Arnedo.

Es solo un rato. Algunas noches. Mientras espera a que la presidenta se suba al helicóptero que la lleva a la Quinta de Olivos. Cuando sus secretarias ya se fueron y se queda solo en su despacho, en una tregua en su guerra contra el Grupo Clarín y la televisión en general, el tercer funcionario más importante del gobierno nacional, el hombre que pelea en todos los frentes, el perro de presa que en una misma tarde puede embestir con la misma furia contra Héctor Magnetto, Lilita Carrió y Amalia Granata, se reclina un poco más contra el respaldo de su silla, cambia de canal uno de los seis plasmas que tiene frente a su escritorio con los noticieros y se deja atrapar por las series costumbristas de Canal 13.
Es sólo un rato. En cualquier momento puede sonar alguno de sus dos celulares con algún asunto de Estado. En el resto de los plasmas, los canales de noticias quedan en mute, como una realidad latente, casi inofensiva. Es el descanso del guerrero, un momento de pasividad frente a la televisión.
Algunas de sus series preferidas son Prison Break The Closer, un policial que muestra el trabajo de la subjefa de la policía de Los Angeles, dura e incansable como él, dispuesta a casi todo como él y que, además, está muy buena. El año pasado, en plena guerra por la Ley de Medios, a las nueve siempre cambiaba de canal para ver Valientes. "Sí", dice el jefe de Gabinete en su despacho. "Era un desenchufe bárbaro a la noche."
Aníbal Fernández llego a la política nacional tras el estallido del 20 diciembre de 2001, cuando después de ese zapping presidencial de fin de año, en su calidad de piloto de tormentas, Eduardo Duhalde se hizo cargo del gobierno el 1º de enero de 2002 y lo convocó para la Secretaría General de la Presidencia. Por esos días, la gente todavía hacía sonar sus cacerolas como acto reflejo ante el menor signo de inestabilidad; las asambleas vecinales se reproducían en todos los barrios como una forma de terapia grupal y militancia espontánea; el club del trueque se convertía en un paraíso artificial de consumo para la clase media y el "que se vayan todos" era el hit del verano. Que se fueran todos los que estaban y que vinieran otros, no importaba quiénes, unos nuevos.
Desde entonces, ya casi una década, Fernández se convirtió en una figura estable del gabinete nacional, y ya rotó por varios ministerios a lo largo de las presidencias de Duhalde, Néstor Kirchner y ahora Cristina. Y, sin pertenecer al software ideológico del kirchnerismo sino al hardware justicialista, asumió el rol discursivo del día a día. Mientras que el relato kirchnerista, casi siempre épico y abstracto, se sitúa en la historia y explica su presencia en el Estado como la segunda oportunidad de una generación (la generación de los 70), Aníbal es el encargado de crear un relato que sitúe al Gobierno en el barro de la coyuntura, ya sea opinando sobre los últimos avances del caso de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, peleándose con alguna vedette o impulsando temas de agenda como la despenalización del consumo de marihuana, el fútbol para todos o la Ley de Medios, lo que sea.
Una tarea que lo llevó a convertirse en el funcionario con más rating de la década, no por su popularidad precisamente sino por su presencia mediática, defendiendo a estos últimos tres gobiernos con prepotencia, parando las balas y, también, devolviéndolas. Un funcionario con la tarea demencial de combatir en todos los frentes mediáticos de este gobierno. Un auténtico pararrayos político, y un bombardero ensamblado en los cuarteles del pejota bonaerense.
Pero ahora su despacho es un ambiente luminoso y de techos altos en el primer piso de la Casa Rosada, con vista a las cimas inmobiliarias de Puerto Madero: una belleza políticamente incorrecta. Al entrar, lo primero que se ve es una gran mesa de reuniones a la izquierda y, a la derecha, otra más chica que es su escritorio, donde tiene su laptop y recibe a la gente. Detrás de su escritorio hay un gran espejo con un marco de un color dorado antiguo, una bandera argentina que da su matiz patriótico y trascendente a todo lo que suceda allí dentro, una de esas cajoneras de plástico típicas del mundo corporativo y, coronando esta mezcla suave de clasicismo y tecnocracia, los seis plasmas LG último modelo: el lugar donde Aníbal Fernández libra sus batallas todos los días, donde vigila el minuto a minuto de la guerra por conquistar la realidad.
-El mundo es del que tiene la información.
Fernández lo dice como una justificación automática ante las cejas arqueadas que todos los que entran por primera vez a su despacho ponen al ver esos seis plasmas colgados de la pared. Sólo que en boca del escudero mediático de un gobierno que ha hecho de la lucha por la información una guerra sin cuartel y que lo tuvo como uno de los principales cruzados de la Ley de Servicios Audiovisuales, esas palabras adquieren una nueva dimensión.
Es un viernes al mediodía y un nuevo conflicto gremial en los subtes amenaza paralizar las profundidades de la ciudad. Por los seis plasmas los canales de noticias transmiten en vivo desde las estaciones. Fernández pide un segundito, gira en su silla para atender el teléfono que está sonando y alguien, del otro lado de la línea, le pasa con la Presidenta.
Fue todo lo que hubo que ser o fue siempre lo mismo, depende de cómo se lo mire. En los 90, perteneció a la cuadrilla de intendentes justicialistas que respondían a Duhalde pero que le hacían el juego a Menem privatizando lo que hubiera para privatizar. El estallido de diciembre de 2001 lo encontró en el gabinete provincial de Carlos Ruckauf como principal interlocutor de los primeros movimientos piqueteros que surgían en el Conurbano. El año 2002 significó su salto a la política nacional como Secretario General de la Presidencia. Y 2003 fue el año en el que abrazó la causa kirchnerista. Haber sido todo eso y haber sido siempre el mismo. Un cuadro político del pejota bonaerense y de las distintas encarnaciones del peronismo mutante.
Ahora Fernández vuelve a acomodarse en su silla y traza ese mismo recorrido político, pero en términos más sentimentales.
-Yo vengo de trabajar en el peronismo pegado a Duhalde desde siempre, y Ruckauf fue su continuidad en la gobernación de la provincia. Pero cuando en el 2003 Duhalde ya estaba dejando la presidencia, él mismo dijo que no iba a ser candidato y que nosotros buscáramos un destino. Y yo lo encontré con Néstor y estoy feliz.
Y acercando su cuerpo hacia la mesa, acortando la distancia, como si estuviera por confesar algo, dice:
-Ahora, yo no sé si soy de centroizquierda o no. Yo he sido un tipo más del centro del peronismo que otra cosa. No tengo nada que ver con la derecha. Hoy sí me hallo mucho más cerca de la centroizquierda que cualquier otra cosa. Pero en mis inicios nunca me lo planteé.
De muy cerca, a menos de un metro, ese bigote enorme y descontrolado es todavía más impresionante. Cuando Fernández tiene la boca cerrada, esos pelos largos y salvajes que deben medir unos cuatro centímetros le llegan casi hasta la mitad de la barbilla, tapándole completamente los labios.
-Lo importante es que no sea prolijo, porque no creo en eso, me parece una cosa espantosa.
-¿Por qué? -Mi viejo tenía esos bigotitos recortaditos y me parecía un espanto. Nunca me gustó.
Vuelve a sonar el teléfono y Fernández pide un segundito para atender. Esta escena se va a repetir varias veces a lo largo de la entrevista: el teléfono va a sonar, Fernández va a pedir un segundito y va a atender con el "seee" hastiado de quien recibe veinte mil llamados por día, todos con algún quilombo. Ahora, mientras habla con Cristina, dándonos un poco la espalda con su silla, Aníbal saca de un cajón de su escritorio un alicate y, abstraído en la charla, con la cabeza volcada a un costado para sostener el tubo entre el hombro y la oreja, se pone a cortarse la uña de uno de los dedos de la mano izquierda.
Jorge Asís dice que si los Kirchner tuvieran los modales de Mercedes Marcó del Pont, les habría ido mejor en esta guerra, se habrían ganado menos odios. Es probable que sea cierto, que hayan subestimado demasiado el poder de ciertos detalles a la hora de ganarse la simpatía de la gente o simplemente tal vez no les haya importado. Pero para un gobierno al que le gusta medirse con la historia y que encontró su mayor fortaleza en la confrontación con el pasado, con los medios o con el propio vicepresidente, ¿qué son los modales en la mesa o el saco con mocasines de Néstor al lado de la Asignación Universal por Hijo?
Nacido en una familia de origen obrero de los suburbios de Quilmes, donde el peronismo era una memoria emotiva y material que todavía se palpaba en cierto bienestar, charlas familiares y, sobre todo, en la posibilidad de que sus hijos progresaran, Aníbal Fernández fue protagonista del influjo de la movilidad social ascendente del justicialismo: pudo acceder a una carrera universitaria y llegar a lo más alto de la función pública. Y hace falta volver a esa casa, y a sus padres, que sólo terminaron primer grado, para entender la vida de Aníbal como el territorio de una conquista y entender de paso por qué existen cuadros políticos como él, que pueden defender incluso lo indefendible de gobiernos tan distintos como el de Menem, el de Duhalde o los de los Kirchner, y que en un futuro podrían defender al de Reutemann o al de quien ganare la interna, siempre y cuando sea un gobierno peronista. Porque cuando Fernández se pelea por televisión con políticos, periodistas o vedettes, no está defendiendo solamente un modelo o a un grupo de gente: también está defendiendo el gobierno de un partido, el PJ, que materializó en él los sueños proletarios de un país.
Para Gabriel Puricelli, sociólogo e investigador del Laboratorio de Políticas Públicas, la visión romántica del peronismo es, precisamente, una limitación que Fernández comparte con gran parte de su generación. "Con toda su inteligencia y toda su habilidad dialéctica, Aníbal, al igual que el kirchnerismo, no porque sean lo mismo, están atrapados en un imaginario que resulta limitadísimo para los problemas y el potencial que tiene la Argentina: la aceptación de que aquello que se logró en la década del 50 es lo máximo a lo que puede aspirar imaginariamente esta sociedad. A mí me parece que por eso personajes como él cumplen también un rol tan conservador en estas sociedades: el rol de decir: «El non plus ultra es éste, ya se alcanzó, no aspiremos a más, lo que logramos en su momento fue tan perfecto que todo lo que se requiere de nuestra imaginación son los ajustes necesarios para que eso vuelva a ser». Y él, en un nivel, es súper honesto y básico, forma parte de eso."
En su oficina con vista al campus de la Universidad de San Andrés, Marcelo Leiras, sociólogo y director de las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, dice que el valor de Fernández consiste en que sabe ser un militante fiel a su jefe político, aun a costa de su credibilidad, algo necesario para dirigir un país. "Aníbal es un tipo dispuesto a pagar costos, y eso me parece indispensable para la política. Sabe que no es posible satisfacer a todo el mundo, que la política tiene un componente antagónico. No sé si piensa qué es bueno para el país; piensa qué es bueno para su gobierno."
-¿Es bueno o malo que haya funcionarios como él? -Es indispensable.
Después de casi diez años defendiendo al gobierno en los medios, Aníbal se convirtió casi en un performer, un artista de la defensa que puede pasar de la agresión al chiste y del chiste a la frase célebre en una misma línea. En vivo, cuando tiene que enfrentar a un periodista o a algún político de la oposición, parece un animal hambriento relamiéndose frente a su presa, excitándose. Cuando habla, puede ser culto, ocurrente y compadrito al mismo tiempo, a veces un poco desbocado y otras veces brutal. De Mirtha Legrand, una señora de 83 años, llegó a decir que es "inculta, maleducada, ignorante, tiene mala fe y además es obsecuente con los dueños de su canal".
Sus fans, entre los que está el encuestador Artemio López, bautizaron esos exabruptos "anibaladas". Es que como cualquier fenómeno mediático, el jefe de Gabinete ya tiene grupos de fans en Facebook, páginas y blogs que recopilan sus frases célebres, una cuenta de Twitter que actualiza casi compulsivamente con alguno de sus hits instantáneos y en mayo estrenó una página web para defender todavía más al gobierno a través de videochats.
Y su campo simbólico no se limita sólo a la política. Aníbal se define como "peronista, ricotero y cervecero". Si la política es su gran pasión, el rock y el fútbol vienen justo después. A los 15 años, se fue de gira como plomo con Vox Dei, que eran amigos de su familia (ensayaban al lado de una escuela en la que la madre de Aníbal era portera), y siendo intendente tocó con ellos en la costa de Quilmes. También es ultrafanático de los Redondos y los fue a ver varias veces con su hijo, a Córdoba, a Montevideo, donde tocaran.
Cinco días después de la entrevista con Rolling Stone en su despacho, el hombre que defiende al gobierno desde la mañana hasta la noche, en medio de su guerra diaria, va a llamar porque se olvidó de contar que en el último recital que dio en Salta, el Indio Solari tocó "Todo un palo", un clásico picotero que hacía años que no tocaba en vivo.
-Yo no pude ir, pero mi hijo, que estaba allá, me llamó cuando la empezaron a tocar y la escuché por celular.
También fue varias veces a ver a La Renga (a Ferro, a Huracán), le gusta Ska-P y presume de haber sido de los primeros que escucharon Callejeros. "Soy un privilegiado, porque mi hijo es el que meaggiorna, digamos. Mi hijo tiene un escrache en el brazo de los Redondos y en el hombro la firma del Indio, que una vez nos firmó un autógrafo; y tiene en la espalda el escudo de Callejeros. Mi hijo escuchaba Callejeros cuando nadie sabía quiénes eran. Pero ojo, escucho de todo. También me gusta Ricardo Montaner o Arjona."
Y desde hace algunos años, tal vez como una actividad para diversificar la neurosis de controlar absolutamente todo, tiene un hobby bastante particular: los bonsáis. Hizo el curso en el 98 en un vivero de San Cristóbal y desde entonces tiene sus propios bonsáis en su casa: tiene un olivo que le da aceitunas, una higuera, un manzano y un ficus. "Lo más valioso es que no compra los bonsáis, los hace él", cuenta Marita Gurruchaga, su profesora. "Acá, cuando aparece, la gente se sorprende porque viene sin custodia y no tiene problemas de meter las manos en la tierra para ayudarnos a trasplantar. Es una buena terapia para desestresarse de su trabajo."
Imagínense al perro de presa que le ladra a los opositores regando cuidadosamente sus bonsáis. Todavía no hay imágenes de esto, pero en YouTube hay archivo suficiente como para obsesionarse con sus intervenciones mediáticas. Las más memorables son sus peleas con Magdalena Ruiz Guiñazú. Son discusiones que pueden durar veinte minutos, media hora, en las que, como en una tragedia griega, atraviesan diferentes clímax: suelen empezar con la breve introducción de un tema coyuntural, una casi inmediata precipitación hacia una pelea cargada de violencia en la que Magdalena y Aníbal cruzan descalificaciones y, una vez superada la explosión del conflicto, todo se restablece y siguen hablando de forma civilizada y hasta terminan riéndose casi a carcajadas cuando Aníbal pide calma y dice que les invita una ronda de té de tilo a ella y todo su equipo. Si Magdalena no tuviera 75 años y no fuera demasiado retorcido pensarlo, se podría decir que ahí hay algo parecido a la tensión sexual.
En el principio de la era K, como si entre los dos hubieran encarnado a Harvey Dos Caras, ese villano de Batman que era mitad político encantador de serpientes y mitad monstruo malvado, Alberto y Aníbal Fernández se dividieron el rol discursivo en el gobierno. A Alberto, con su bigote prolijito y sus modales progresistas, le tocó el costado amable de recibir a los periodistas en su oficina para tomar un café, charlar y regalarles off the records para la tapa del diario del día siguiente. Y a Aníbal, con ese bigote salvaje y su verba inflamada, le tocó pelearse y defender con los dientes al gobierno nacional y llevó eso hasta las últimas consecuencias.
Y ya en el gobierno de Cristina, cuando el conflicto con el campo se lo llevó puesto a Alberto, Aníbal se quedó básicamente solo y no se abstuvo de dedicarle una de sus frases memorables a su ex mosquetero: "Los cementerios están llenos de imprescindibles". Desde entonces, encarnó él solo un papel que, con un estilo distinto, en los 90 le había tocado jugar a Carlos Corach. En vez de torear a los periodistas
como Aníbal, el ministro del Interior de Menem los recibía cada mañana en la puerta de su edificio de la calle Sinclair, donde oficiaba breves conferencias de prensa al paso, esquivando las preguntas con sonrisas, chistes y alguna pirueta verbal antes de subirse al auto oficial que lo esperaba para llevarlo hasta la Casa Rosada.
Y en los 80, el que ocupó ese lugar fue César "Chacho" Jaroslavsky, jefe del bloque radical de diputados y defensor acérrimo de las políticas alfonsinistas, con un estilo peleador como el de Aníbal pero con una diferencia central: Jaroslavsky contaba con la confianza absoluta de Raúl Alfonsín, y Aníbal, aun cumpliendo un rol central dentro del gobierno de Cristina, no deja de ser satelital al kirchnerismo, un soldado sin lugar en la mesa chica patagónica.
En 2001, mientras dejaba su banca en el Senado y planeaba un exilio temporal en Francia, Corach habló con esa cuota de verdad con la que sólo hablan los políticos en retirada y dio una explicación que ayuda a entender la naturaleza de estos profesionales de la política con una pulsión casi patológica por ir al frente a defender al gobierno para el que trabajan sin importarles su reputación. Hombres dedicados al trabajo sucio que, aunque suelen ganarse una imagen negativa irreversible, tienen algo profundamente atractivo: mientras que la mayoría de los políticos miden cada una de sus palabras y de sus actos considerando las consecuencias que puedan tener en el futuro, por lo que cada declaración es una construcción que los acomoda de alguna forma en las encuestas, hay hombres como Aníbal y Corach que se entregan completamente a un proyecto y le ponen la cara y el cuerpo a la gestión, se hacen cargo de lo que sea que haga el gobierno, sea bueno o malo para ellos, no importa, de acuerdo o no, tampoco importa, y lo hacen sin medir consecuencias porque, de alguna forma, reconocen que en todo esto hay algo que los trasciende, sea bueno o malo, justo o injusto; reconocen que hay algo que importa más que ellos y su carrera.
Dijo Corach: "Siempre hay costos personales en ese rol; siempre los hay. Y yo, obviamente, también los pagué: me gané enemigos, me difamaron. Creo que, para ser un buen ministro del Interior, hay que despreocuparse de la imagen y hacer lo que hay que hacer. Y yo opté por eso, sin pensar en costos personales ni políticos. Pero ¿quiere que le diga la verdad? A mí me divertía poner la cara".
En su oficina, Aníbal lo dice así: -Yo gozo con lo que hago. Siento que lo que hago es lo que siempre quise hacer, lo que yo pedí hacer como tarea, como forma de trabajar con los otros.
-¿Cuándo supo que podía hacer ese trabajo? -Cuando era secretario general de la Presidencia con Duhalde, Remes Lenicov había renunciado al Ministerio de Economía, Lavagna todavía no había llegado y yo no sentí que había dado un paso adelante: sentí que muchos habían dado un paso atrás y que me había quedado solo como en los chistes.
Para Puricelli, Fernández es de los hombres que se ponen el sistema democrático, con toda su mediocridad y falta de brillo, al hombro, y que son importantes para el funcionamiento del sistema. "Y es uno de los tipos que hacen con más lealtad el trabajo que los ciudadanos les encargamos a determinados ciudadanos: hacer funcionar esta maquinaria de gobierno de la democracia representativa."
En su libro Memorias del incendio, una crónica en clave épica de su gobierno en la que cada decisión es relatada como una gesta que salvó a la patria, Duhalde recuerda esos días como "la crisis de abril". El 24 de abril de 2002, después de que el Congreso rechazara su plan económico, Jorge Remes Lenicov renunciaba al Ministerio de Economía, Roberto Lavagna se demoraba en asumir el cargo y, en la misma tarde, otros dos ministros renunciaban en estampida. Era el momento de mayor fragilidad del gobierno y en medio de ese panorama desolador, Fernández encontró su lugar en la historia.
-Yo creía que había que poner el cuerpo y pelear. Empezaron a llamar de los medios y empecé a salir. Y como no había muchos que pusieran la cara, seguí poniéndola yo.
Fernández venía del gabinete de Carlos Ruckauf en la provincia y su rol durante el estallido de 2001 desde la Secretaría de Trabajo -como principal interlocutor del gobierno con el MTD y el Movimiento Teresa Rodríguez, los primeros piqueteros que surgían en el Gran Buenos Aires- había sido clave para que el Conurbano no se prendiera fuego. Por entonces, los piqueteros eran todos de zona sur y muchos, incluso, venían de la militancia en el peronismo de base, así que hasta los asesinatos de Kosteki y Santillán en el Puente Pueyrredón, Aníbal tuvo una relación privilegiada con ellos.
Mientras que desde el gobierno de la Alianza buscaban calmar las aguas con bolsones de comida y planes sociales, en la provincia Aníbal encaró el tema de forma más pragmática y, aunque suene extraño, menos asistencialista: desarrolló microemprendimientos productivos, como panaderías y talleres textiles. La Bloquera del MTD de Lanús, que todavía sigue fabricando bloques de cemento para la construcción, fue una ocurrencia de Fernández, por ejemplo.
Pablo Solana, militante del MTD Lanús e integrante del Frente Popular Darío Santillán, conoció el costado más pragmático del día a día y cuenta que cuando necesitaban plata para comprar unos hornos y los subsidios se atrasaban, Fernández llegaba a pasarles plata por abajo de la mesa.
Así que cuando en 2002 Duhalde lo llamó para integrar el gobierno nacional, Aníbal ya había demostrado sus cualidades como soldado del pejota bonaerense, donde había crecido a la sombra del cacique quilmeño Angel Abasto. Su primer trabajo en la política había sido acompañándolo en el Senado provincial como asesor en la Comisión de Presupuesto del Senado de la Provincia, ad honorem.
"Era un muchacho comprador, simpático, con la habilidad de ir a un barrio y dar vuelta a la gente", recuerda Pedro Navarro, periodista, director de Quilmes a Diario y biógrafo involuntario de la carrera de Fernández en su patria chica. "Es muy inteligente y muy capaz, el problema es que es capaz de cualquier cosa."
Guillermo Fernández, que actualmente trabaja en la Federación Argentina de Consejos Profesionales de Ciencias Económicas y que también integraba esa comisión pero desde el radicalismo, lo evoca como un joven haciendo sus primeras armas. "Era un profesional joven, con ganas de trabajar. Tenía muy buen diálogo con todo el mundo."
Así ganó la Intendencia de Quilmes. Por esos días, él y su bigote salvaje llegaron por primera vez a la tapa de los medios nacionales. El 27 de octubre de 1994, su foto salió en la primera plana de La Prensa, acompañada del título: "Orden de captura para el intendente de Quilmes". El día anterior, el juez Ariel González Elicabe había ordenado su arresto por una causa en la que investigaba la contratación fraudulenta de un estudio jurídico para negociar una deuda del municipio con Aguas Argentinas. Y así es como hay cuarenta y ocho horas en la vida del Aníbal Fernández en las que estuvo prófugo.
-¿Cómo fueron esos dos días? Dieciséis años después, en su despacho de la Jefatura de Gabinete, con Cristina llamándolo cada cinco minutos a su teléfono, ventanitas de Chat abriéndose en su laptop y el conflicto gremial del subte ganando rating y minutos en todos los televisores de su despacho, Fernández se acomoda en su silla y recuerda, a su manera:
-Yo no estuve prófugo nunca. Es más, tengo un certificado que me dio la Justicia de que nunca estuve prófugo. Porque cuando el juez manda a detenerme, un martes a la tarde, yo estaba en una escuela dando una charla y me fui a mi casa, manejando. Pero cuando llegué, me dije: "Yo no voy a someter a mi familia a ver esto". Entonces me fui a la quinta que tenía en Florencio Varela, que era pública y conocida, y me quedé en ese lugar. Y los policías nunca llegaron. A la mañana siguiente, sus abogados presentaron un hábeas corpus en los Tribunales y la orden de captura fue revocada. Pedro Navarro tiene otra versión de los hechos: "Aníbal no estuvo en la casa quinta de Florencio Varela, lo escondieron dos amigos cerca de La Plata".
-Sí, también inventaron esa pelotudez de que yo salí en el baúl de un coche. Pero ¿quién se creen que soy yo? ¿Sabés cuánto era el dinero que se discutía? ¡15 mil pesos! ¡Esconderme en un baúl por 15 mil pesos! Son todos tarados estos tipos.
De la Intendencia pasó al Senado provincial, donde tuvo los fueros necesarios para que ninguna causa de la Intendencia pudiera perseguirlo como una deuda de su pasado y donde se aburrió como nunca antes en su vida. "Había una parte de tiempo ocioso que a mí no me sirve, que no sé utilizar. A mí me gusta la tarea ejecutiva en la que estás todo el día trabajando intensamente", dice. Así que para matar el tiempo, y porque en lo más profundo de él anidaba la idea de que si sus padres no habían hecho más que primer grado él iba a estudiar dos carreras -no una sino dos-, a sus 38 años el ex intendente se puso a estudiar Derecho.
El 19 de diciembre de 2001, mientras Fernando de la Rúa firmaba el estado de sitio, Aníbal estaba en la Universidad de Lomas rindiendo la última materia de la carrera, Derecho Internacional Privado. Cuando le dieron la nota y supo que acababa de recibirse, se fue al bar de la Facultad, festejó tomando un café y después se fue a trabajar.
La Plaza de Mayo ardía y había una reunión de legisladores y funcionarios en el Banco Provincia con Ruckauf y con Duhalde. Al día siguiente, un helicóptero iba a abducir a De la Rúa de la Casa Rosada y cuatro meses después Fernández se iba a encontrar en el gobierno nacional de Duhalde poniéndoles el pecho a las balas.
Aníbal dice que recuerda exactamente el momento en que supo que se había ganado la confianza absoluta de Duhalde. El gobierno era un comité de crisis permanente y los fines de semana el ritmo era el mismo, salvo que las reuniones se trasladaban a Olivos. Y fue uno de esos largos domingos en la Quinta, ya de noche, mientras se preparaba para ir por primera vez al programa de Jorge Lanata, Día D, en los estudios de América en Palermo. Ya se estaba yendo hacia su auto cuando Duhalde lo mandó a llamar para pasarle letra sobre lo que tenía que decir. Fernández tocó la puerta del despacho; Duhalde, que estaba mirando unos papeles, le hizo el gesto de que pasara, apoyó lo que estaba leyendo sobre el escritorio y estaba por decirle algo, pero al final se detuvo: "No, vos sabés bien lo que tenés que decir. Chau, olvidate".
-Estaba avalado para lo que estaba haciendo. Y me dediqué a hacerlo durante toda la gestión de Duhalde. Y cuando asumí con Kirchner como ministro del Interior, me dieron la responsabilidad política de hacerlo.
Sobre el escritorio de su despacho no hay papeles, carpetas, libros ni biromes, nada: sólo el brillo opaco de la madera, la computadora, el celular a un costado. Ningún rastro cotidiano de la presencia del ministro en esta oficina casi quince horas por día. Fernández se despierta todos los días a las 5 de la mañana, desayuna, hace media hora de bicicleta y se sube al auto oficial que lo espera en la puerta para hacer el mismo camino todos los días, desde Quilmes hasta la Rosada. Hace veinte años que vive en el mismo departamento, en la esquina de Mitre y Solís, en un edificio bajo, de dos pisos, del que fue comprando todos los departamentos a medida que fue subiendo escalones en el poder.
Muchos días, cuando sus secretarias llegan a la oficina del primer piso a las 6.30 de la mañana, la luz de su despacho ya está prendida. "Llego a eso de las seis y me voy a las diez y media, once, después de que se va la presidenta", dice. Después de comer se toma una hora para descansar, así que los programas de la tarde que deseen tener al jefe de Gabinete al aire deben llamar a la mañana para combinar.
-Soy un workaholic hecho y derecho. Siempre he tenido el convencimiento de que no te pueden vencer, es lo que dice Roberto Arlt en Los lanzallamas: la prepotencia de trabajo. Siempre creí en eso, formate como sea, estudiá, leé. Reymundo González, que fue médico de toda su familia y vivía a siete cuadras de la casa de los Fernández, dice que Aníbal siempre fue así. "Podrán decir cualquier cosa de Aníbal, pero que le dedica su vida al trabajo nadie lo puede negar. Tiene una gran capacidad y una memoria extraordinaria", cuenta.
Mientras Fernández fue intendente, González estuvo en la Secretaría de Salud, y comenta que cuando le tocaba ir a alguna inauguración siempre hacía lo mismo. Estacionaba su Renault 19 media cuadra antes del lugar y en esos cincuenta metros que caminaban hasta la entrada, donde los esperaban la gente y los periodistas, González le iba contando de qué se trataba la inauguración hasta que en algún momento, Fernández le decía: "Ya está", y con lo que acaba de escuchar, unos metros después daba un discurso. "A Aníbal le decís cuatro cosas y te escribe un tratado."
Y no se toma vacaciones. No tiene la menor idea de qué haría si tuviera tiempo libre. En enero, a lo sumo, achica la semana yéndose los jueves a su departamento de Villa Gesell y se vuelve los lunes a la mañana. Y pasa el fin de semana en una carpa en la playa, jugando al truco con amigos políticos como José María Díaz Bancalari y hablando de política, por supuesto. "Con eso me doy por hecho", dice. Para un hombre como él, con su trabajo y sus batallas diarias, debe haber algo aterrador en la posibilidad de detenerse a pensar, de ponerse, digamos, un poquito más existencialista. En palabras de Aníbal Fernández, esa condición se resume en una línea: "Si me tomara quince días, sencillamente no sabría qué hacer". (Agencia Paco Urondo)