Opinión //// 11.12.2018
Rubén Costiglia, evocación y presencia

Este martes 11 se cumple un mes del fallecimiento de Rubén Costiglia, periodista, docente universitario y colaborador de esta AGENCIA. Carlos Iaquinandi, compañero de militancia y exilio, lo recordó y despidió con una evocación circulada por el Servicio de Prensa Alternativo.

Por Carlos Iaquinandi Castro (*)

“Hay hombres que luchan un día y son buenos.

 Hay otros que luchan un año y son mejores.

 Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. 

 Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

                                                               Bertolt Brecht

Siempre es duro y difícil despedir a un compañero. Pero, en este caso, se trata de alguien muy próximo, de esos con los que uno puede trenzar sus vidas a pesar de que las circunstancias impongan una distancia física durante muchos años.

Eso ocurrió con Rubén Costiglia, que se nos fue en la madrugada del domingo 11 de noviembre en México, lejos de su tierra natal, y lejos de nosotros, que residimos en España. Pero el vínculo de años y la calidad humana de Rubén lo mantienen presente, y así será. Tenía 71 años.

Recibido como ingeniero electrónico en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, participó de la Agrupación Estudiantil “17 de Octubre”, y militó en el Peronismo de Base. En los años ‘70, comenzada la dictadura militar, se fue a España. Allí le recibimos los bahienses que habíamos llegado meses antes al exilio.

Años más tarde, Rubén se fue a México con su compañera Olga. Allí reiniciaron sus vidas y pronto él pudo acceder como profesor en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Sus conocimientos y su habilidad para trasladarlos a sus alumnos, le fueron abriendo cátedras y pasó por casi todas las carreras del Instituto de Ciencias Básicas e Ingeniería. En algunos talleres de capacitación para docentes que impartía anualmente se inscribieron doctores en Matemáticas, que decían que querían aprender más. Calculaban que entre universitarios y chicos de bachillerato llegó a dar clase a más de veinte mil alumnos en estos años. Rubén conservó su nacionalidad argentina y española. Y su documento de residencia permanente en Méjico, curiosamente lo inscribió como “inmigrante científico”.

Durante años escribió con regularidad su columna semanal “Nuestra vida y la Ciencia”, que se publicó en el diario Síntesis, en Pachuca, Estado de Hidalgo. Notas breves pero precisas y documentadas. El deterioro del planeta, los abusos y las tramas del poder, las injusticias, los análisis y reflexiones sobre el comportamiento humano, fueron algunas de las cuestiones que trató en sus casi 400 artículos. Fue colaborador de SERPAL, ya que publicamos varios de sus artículos e intercambiamos siempre información sobre nuestra América y la situación internacional. También fue un hábil dibujante autodidacta. 

Rubén tuvo siempre una curiosidad enorme, una necesidad profunda de saber y conocer. Pero tenía también una especial habilidad para conectar y vincular esa

sabiduría y aplicarla en sus clases o en sus conversaciones. Modesto y sencillo, ganaba fácilmente el respeto y el afecto de quienes le trataban. Los que fuimos sus amigos y compañeros, sabemos de su compromiso con la Vida, su lucha por un mundo mejor, más justo y libre. No quiero abusar de adjetivos, porque para quienes sepan comprender lo que trato de expresar, es más que suficiente. Y si hace falta alguna otra precisión que exceda un juicio personal, diría que Rubén era un “imprescindible”, como los que señalaba Bertolt Brecht.                                     

Será difícil su ausencia. Pero nos deja su siembra, que nos ayudará a continuar.

Nuestro abrazo para Olga, y para sus hijos Ernesto y Julio.               

Como complemento de esta evocación de Rubén Costiglia Garino, compartimos dos de sus últimas columnas publicadas. “El tiempo en urgencias”, publicada en Síntesis el 30 de agosto pasado, tras su primera internación hospitalaria a raíz de su enfermedad, y el enlace a “Eugenesia Criolla”, publicada el 6 de setiembre de este año y compartida por AGENCIA PACO URONDO pocos días más tarde.

(*) El periodista bahiense Carlos Iaquinandi reside en Reus, Catalunya, desde su exilio en 1976. Allí impulsó el Centro Latinoamericano y el Servicio de Prensa Alternativo (SERPAL). Es colaborador habitual de AGENCIA PACO URONDO.

 

NUESTRA VIDA Y LA CIENCIA                

El tiempo en Urgencias

Por Rubén Costiglia

Después de más de siete años de publicación ininterrumpida el jueves 23 de agosto esta columna no se publicó, porque el autor tuvo que ser ingresado en el Servicio de Urgencias.

Nuestra concepción del tiempo y de la vida se asemeja a la de una flecha que ha sido disparada cuando nacemos, y avanza hacia el destino final que es la muerte, allí la flecha termina su vuelo. Pero en un Servicio de Urgencias las cosas cambian. No hay ventanas que nos permitan saber si es de día o de noche, la luz del Sol está ausente. Sólo los cambios de guardia o las breves visitas dan pautas para medir el paso del tiempo. La flecha no parece recorrer un espacio con un antes y un después, sino estar inmersa en una materia algodonosa donde sólo se percibe el instante. Lo demás ha desaparecido, el tiempo parece haberse detenido.

Un viaje de ida, cargado de expectativas transcurre más lentamente que el de regreso, cuando ya tenemos memoria del trayecto. El tiempo feliz parece volar y el de la tristeza y el dolor alargarse. Pero, me atrevo a decir, el tiempo en el Servicio de Urgencias no es ni corto ni largo, es un no-tiempo.

La iglesia Católica, allá por la Edad Media, dividió al día en siete horas “canónicas” indicando las oraciones que correspondían a cada una. De la hora sexta, que tenía lugar a mediodía, deriva la palabra “siesta”. Actualmente se conoce a las horas canónicas como la Liturgia de las Horas, obligatorio para sacerdotes y religiosos o religiosas, y recomendado para los fieles. Del tiempo que marcaba el momento de ciertas oraciones, la vida moderna nos marca el momento de cumplir otras obligaciones más mundanas: ir a la escuela, al trabajo o cualquier otra actividad.

Pero en ambos casos hay un reloj, un dispositivo mecánico o electrónico que divide al día en partes iguales, algo que desmiente nuestra percepción. Parecería que, con pocos o casi ningún referente externo como en el caso del Servicio de Urgencias, el tiempo dejara de “fluir” y adoptara una forma distinta a la que aceptamos socialmente.

No sabemos qué es el tiempo, sólo sabemos que lo medimos de una forma lineal, y lo percibimos de muy distinta manera. Si la percepción en el Servicio de Urgencias se transformó en algo que parecía eliminar el transcurrir en forma lineal ¿ocurría algo similar con nuestras vidas? ¿Dejamos en esos momentos de ser la flecha que busca el blanco?  No lo sé, sólo dejo planteada la cuestión, pero la percepción del tiempo que experimenté esos días me abre un abanico de preguntas que quizás otros puedan contestar.