Opinión //// 08.03.2018
¿Podrá el feminismo salvar al sindicalismo de su crisis de representación?

"Tampoco resulta extraño en virtud de un movimiento sindical que más allá de la adopción testimonial de algunas de las reivindicaciones del feminismo, sigue emulando un sujeto sindical macho, proveedor, que parece postular la melancólica añoranza de un modelo de producción fordista caído en desgracia hace por lo menos medio siglo". Por María Soledad Allende. 

Por María Soledad Allende

En el año 2015 se produce un auge explosivo del movimiento de mujeres, que por su posición socioeconómica son trabajadoras, pero que se organizan y movilizan por canales distintos al sindicalismo. Esto no es llamativo si se tiene en cuenta que tanto el feminismo institucional como el feminismo militante habían producido múltiples espacios de contención, formación, acompañamiento y organización de mujeres. Espacios desarrollados a través de movimientos sociales y políticas públicas dirigidas desde el Estado, que no terminaban de ser visualizados como agentes de transformación de los parámetros tradicionales de hacer y decir la política.

Tampoco resulta extraño en virtud de un movimiento sindical que más allá de la adopción testimonial de algunas de las reivindicaciones del feminismo, sigue emulando un sujeto sindical macho, proveedor, que parece postular la melancólica añoranza de un modelo de producción fordista caído en desgracia hace por lo menos medio siglo, y que vive las transformaciones económicas actuales y el ingreso masivo de las mujeres al mercado laboral como una suerte de amenaza de emasculación.

Este auge en el movimiento de mujeres parece empezar a hacer mella en las estructuras sindicales hace un tiempo, proponiendo medidas reivindicativas que ponen en valor el trabajo de las mujeres dentro y fuera de sus casas, y transformaciones en la legislación laboral que favorecen la socialización de las responsabilidades domésticas y la incorporación de la diversidad sexual al trabajo formal. Se abre de éste modo la posibilidad de articular las esferas de la producción y la reproducción, tradicionalmente concebidas como un par dicotómico que organiza a la sociedad.

Asimismo, se avanza en una concepción de las reivindicaciones de género como reivindicaciones generales, es decir, reivindicaciones que afectan al conjunto y no a una parcialidad dentro de la clase trabajadora. Tal es el caso de la paridad en las licencias de maternidad y paternidad, que implican una ruptura radical con el paradigma maternalista de reforma laboral. Las leyes laborales en vigencia, que tienen como sujetas a las mujeres, redundaron en la institucionalización de una doble jornada laboral para ellas, que caracteriza a la sociedad capitalista tardía. Garantizar la presencia intermitente de las mujeres en el mercado laboral permitió que sobre ellas siguieran recayendo tanto la producción de bienes y servicios reconocidos por las metodologías de medición económica tradicional, como aquellos no remunerados e invisibilizados que permiten la reproducción de la vida, y cuyos costos han aumentado aceleradamente con el desmantelamiento del estado de bienestar.

El movimiento de mujeres parece ser el sitio desde el cual, a través del fortalecimiento de lideresas provenientes del mundo del trabajo que reclaman su merecido lugar dentro de los sindicatos, se impulsa la articulación de la agenda del trabajo y de la agenda de los cuidados como las dos patas de un programa tendiente a democratizar las organizaciones sindicales en un sentido de género. Pero también parece ser uno de los lugares desde los cuales se radicalizan los planes de lucha sindicales y se opone una resistencia indispensable al modelo neoliberal en términos programáticos. Requisito de lo antedicho parecen ser la aplicación de los cupos sindicales y la sistemática denuncia de los varones violentos que ejercen poder dentro de las organizaciones del campo popular.

Comprender el punto de inflexión alcanzado por el feminismo, no se reduce a reconocer la masividad y legitimidad que en la actualidad tiene el movimiento de mujeres, porque esto no constituye una novedad histórica. Lo que constituye una novedad es la capacidad de los feminismos latinoamericanos para constituirse en ideologías integrales y comunitarias, saltando la valla impuesta por el feminismo liberal que reduce las reivindicaciones de género a la formulación de derechos individuales.

El desarrollo de las ideologías y prácticas feministas colectivas, comunitarias, clasistas y nuestroamericanas, se ve apuntalado por una serie de transformaciones macroeconómicas irreversibles y de cambios operados en la composición y organización de las familias. Estos cambios han colocado a las mujeres en un rol socioeconómico diferente, y hoy reclaman formas de representación que se adapten a ésta nueva realidad. Es probable que una política de género consecuente en los sindicatos los revitalice y devuelva legitimidad en la representación de los intereses de los trabajadores y las trabajadoras.