Opinión //// 13.04.2018
Lula y el discurso populista

“Encarcelar a Lula puede evitar que se presente a elecciones, pero no evitará que su nombre circule por calles y barrios brasileños, no evitará que las personas se identifiquen en su figura”. Por Mauro Cipoletti.

Por Mauro Cipoletti

Los acontecimientos políticos brasileños sacuden las conciencias de miles de personas a lo largo y a lo ancho del continente. Cualquiera que se dispusiera a escuchar el discurso de Lula, antes de entregarse a la policía, tenía la impresión de estar viendo un suceso histórico. Impresionaba ver aquel escenario, en el que un ex presidente se dirigía a sus seguidores antes de que se consumara lo que, desde hace unos días, se asomaba como inevitable.

El poder judicial brasileño dictaminó la detención del principal candidato a ganar las próximas elecciones.

Siguiendo de cerca los sucesos del país vecino, la sentencia parece un arma de doble filo: por un lado, las probabilidades de que Lula sea candidato a presidente parecen reducirse considerablemente; pero por el otro, se genera un clima político caldeado en las calles brasileñas, y las luchas políticas se intensifican en todo el país. De eso fue consiente el ex mandatario brasileño, que no dejó pasar la posibilidad de utilizar su discurso final como una herramienta para seguir forjando la unidad del pueblo brasileño.

En ese discurso, que ya forma parte de la historia grande de la izquierda latinoamericana, quisiera enfocarme en este artículo. Mi hipótesis es clara: el discurso de Lula presenta marcados rasgos populistas. Ahora bien, este término merece una inmediata aclaración: el término “populista” ha sido utilizado, por propios y extraños, con una marcada connotación negativa; a menudo, se asocia esta palabra con otros términos como “manipulación”, “derroche”, “ignorancia”, y hasta “corrupción”. Sin embargo, aquí lo utilizo en un sentido totalmente diferente: populismo designa un modo de constitución de identidades colectivas. Fue Ernesto Laclau, el eminente teórico político argentino, quien posibilitó esta subversión del término “populista”, habilitándolo para pensar, de una manera más rigurosa, muchos procesos políticos frecuentemente desdeñados, entre ellos, varias experiencias latinoamericanas como el peronismo, el kirchnerismo, el chavismo y, en Brasil, el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT).

En lo que sigue, utilizaremos algunos conceptos de la obra de Laclau para proponer una lectura particular de las palabras dirigidas por Lula al pueblo brasileño. Será mejor, entonces, que quienes no crean en el íntimo vínculo entre filosofía y política abandonen estas páginas. Hecha la advertencia, estoy en condiciones de abordar de lleno el objetivo de este artículo.

Laclau comienza a desplegar su concepción de “populismo” a partir del concepto de demanda. Este es su punto de partida, y se refiere, simplemente, a necesidades insatisfechas de distintos grupos que se dirigen al Estado en busca de satisfacción. Ahora bien, para el pos-marxista, las identidades de estas demandas se resuelven en su relación con las demás. Es decir, las demandas establecen relaciones de diferencia, las unas con las otras, para afirmar su particularismo, que estaría dado por su contenido específico. En este punto, no hay lugar a solidaridad entre las demandas, o sea, no hay posibilidad de pensar en identidades colectivas: las demandas se generan y se resuelven en instancias particulares. Sin embargo, según Laclau, las mismas están constitutivamente divididas: por un lado, se afirma la diferencia entre ellas, en tanto instancias particulares; por el otro, siempre y cuando no sean reconocidas por el Estado (o autoridad), comienza a generarse una relación de equivalencia entre ellas.

Equivalencia y diferencia son los dos polos de una demanda escindida por la negación del Estado. Ahora bien, si estas demandas se mantienen insatisfechas, comenzará a producirse

una brecha cada vez mayor entre Estado y sociedad, lo que, al mismo tiempo que radicaliza las luchas, privilegia el momento equivalencial en las demandas, que comienza a ganar terreno frente a la diferencia. Están las condiciones dadas para la emergencia de un sujeto colectivo que, en última instancia, dependerá de que una de las demandas se vacíe de su significado particular (esto es, el momento diferencial) y priorice su instancia equivalencial, hasta ser capaz de nombrar a todo el conjunto. Este es el punto clave del libro de Ernesto Laclau “La razón populista” (2005): la condición de posibilidad de cualquier identidad colectiva es que una particularidad pierda, parcialmente, su significado, y que así sea capaz de nombrar a todo el resto.

Después de estas breves consideraciones teóricas, estamos en condiciones de abordar el discurso de Lula y dar cuenta de su especificidad como discurso populista. En el párrafo anterior, el punto de partida de toda la exposición fue la categoría de “demanda”; en el discurso de Lula encontramos algunas claramente identificadas: “movimiento de trabajadores sin techo”, “partido de los trabajadores”, “movimiento de trabajadores rurales sin tierra”, “partido comunista”; estos grupos representan demandas específicas claramente definidas. También podemos identificar algunas más difusas, como la referencia a los “pobres de este país”, y al mismo Lula, que se define como “un ciudadano” en busca de justicia.

Como ya dijimos, para que las demandas comiencen a establecer entre ellas relaciones de equivalencia, es necesario que se enfrenten a un polo que las niega. En el discurso de Lula, esta relación antagónica aparece dada por un poder ejecutivo sin legitimidad democrática, por un poder judicial que condena sin pruebas a un dirigente popular y por los medios de comunicación monopólicos en manos de los sectores más acomodados. La continua referencia a “ellos” da cuenta de esta relación antagónica: “ninguno de ellos duerme con la conciencia tranquila”. Mientras mayor sea este enfrentamiento, más se privilegiará el momento equivalencial con respecto al diferencial, en palabras del propio Lula: “Cuanto más me atacan, más crece mi relación con el pueblo”.

Llegamos al punto cumbre de esta argumentación: el significante “Lula” se vacía de su significado, esto es, una demanda particular se desprende de su significado diferencial. “Lula” ya no es un hombre, ni un ex presidente, ni un futuro candidato: es el nombre de una nueva identidad colectiva que persigue el sueño de un “Brasil más justo”. Este momento aparece muy fuertemente en el discurso que analizamos: “Hay millones en este país que caminarán por mí”, “mi corazón latirá en los corazones de ustedes, y son millones” y “todos ustedes no se llamarán ‘anchito’, ‘Pepito’ o ‘Juanito’… todos ustedes, de ahora en adelante, todos se convertirán en Lula”.

La formación de una identidad colectiva popular es la condición de posibilidad de que la afirmación “todos somos Lula” tenga sentido. Encarcelar a Lula Da Silva puede evitar que se presente a elecciones, pero no evitará que su nombre circule por calles y barrios brasileños, no evitará que las personas se identifiquen en su figura, y, por sobre todas las cosas, no evitará que su nombre se convierta en un símbolo de una justicia por venir.