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Opinión //// 26.09.2019
Hacia un manifiesto ambiental militante

Las autoras convocan a la militancia en particular y a la sociedad en general a definir los lineamientos para la protección ambiental. 

Por Lic. Florencia Lampreabe* y Ing. Lucía Giménez **

Estado de situación: la “sospecha ambiental” y la necesidad de elaborar una perspectiva militante

Durante los últimos tiempos, el tema ambiental ha vuelto a cobrar relevancia en la agenda pública de nuestro país. En general, lo ha hecho asociado a catástrofes, como el reciente incendio de la Amazonia, inundaciones o fenómenos climáticos, evidencia reiterada de contaminación y crisis sanitaria por fumigaciones y uso indiscriminado de agrotóxicos.

Sin embargo, estos episodios suelen captar atención momentánea como un título más de la vorágine sensacionalista y pocas veces informativa en la que estamos inmersos. El tiempo corre y la reflexión no llega. Raramente llegamos a indagar sobre las causas de la crisis y en general nos sentimos más cómodos negando la relevancia e inminencia de su riesgo para la vida y la supervivencia humana. Eventualmente depositamos nuestra tranquilidad en los avances tecnológicos o delegamos nuestra responsabilidad en ámbitos supranacionales o cósmicos porque al final: ¿qué puedo modificar yo separando la basura si después el camión la lleva toda junta al mismo lugar?

Además, quienes militamos en el campo nacional y popular solemos sospechar –en muchas ocasiones, con razón– de los discursos ambientalistas. Y esto debido a su proveniencia: la agenda del ambiente está cooptada por el oenegeísmo liberal, por corporaciones que lavan su cara con una etiqueta de responsabilidad social empresaria, por los nuevos negocios de la “economía verde”, por recetas de conductas individuales y pautas de consumo de elite inaccesibles para la mayor parte de la ciudadanía que no se puede dar el lujo de pensar en comer “orgánico” porque primero tiene que poder comer, conseguir un trabajo, llegar a fin de mes, comprar el medicamento, vivir.

Sin embargo, esta “sospecha ambiental” no puede llevarnos a entregar una bandera que, sin lugar a dudas, es nuestra. La falta de una perspectiva ambiental para la militancia configura un déficit que nuestra generación ya no puede esquivar. Pese a que Perón fue un pionero en la instalación de la cuestión ambiental en aquel memorable Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del mundo, hace ya mucho tiempo que, con honrosas excepciones, el movimiento nacional y popular ha abandonado como tema prioritario la disputa de sentido sobre la construcción de un ambientalismo con justicia social.

Vale aquí el paralelismo con el feminismo: no hay un solo feminismo como no hay un solo ambientalismo. Así como éramos feministas aún sin saberlo, también somos ambientalistas sin saberlo; así como no hay justicia social sin feminismo, no hay justicia social sin justicia ambiental. Sin embargo, la cuestión ambiental tiene mucho menos desarrollo teórico y político que la cuestión feminista, y este es el vacío que debemos comenzar a llenar.

¿Qué significa adoptar una perspectiva ambiental para la militancia? Atentos a nuestra actividad política, notamos de inmediato que la cuestión ambiental atraviesa muchos de los conflictos y situaciones en que intervenimos diariamente. Para empezar, los sectores sociales más vulnerables son quienes padecen las externalidades y los costos ambientales: cartoneros devenidos en recuperadores urbanos para quienes el “problema” de la basura se ha transformado en su fuente de trabajo; vecinos y vecinas que viven en zonas inundables, sin servicio de agua potable y cloacas, o a la vera de arroyos contaminados por desechos industriales; trabajadores de la agricultura familiar que cobran una miseria por la producción que luego es vendida a precios inaccesibles en los supermercados; familias y escuelas fumigadas por empresarios y terratenientes inescrupulosos, etc. Cualquier idea que tengamos de una “militancia territorial” habrá de encontrarse muy rápido con cuestiones de naturaleza ambiental: de hecho, los conceptos de territorio y de ambiente son indisociables. ¿No ocurre acaso que los Estados municipales gastan la porción más grande de sus presupuestos en los contratos de la basura? ¿No están acaso los barrios informales situados en las zonas de mayor contaminación? ¿No se mide acaso el valor del suelo de acuerdo a parámetros ambientales? ¿Qué enfermedades que sufren los pobres no están vinculadas a las condiciones materiales de existencia? ¿No son estas condiciones materiales, también y por antonomasia, condiciones ambientales? Seamos asertivos: es seguro que cuando haya que descargar un costo ambiental de la producción económica, ello se hará sobre las espaldas del pueblo. La desigualdad y la injusticia tienen siempre un correlato ambiental. Vivir en un mal lugar es vivir mal. La pobreza puede comenzar por el bolsillo, pero continúa en el agua que se bebe, el aire que se respira, la comida que se ingiere. Los sectores dominantes, por su parte, lo saben perfectamente, y procuran gozar de su riqueza económica de una manera claramente “ambiental y sustentable”, para lo cual se construyen vastos countries silenciosos, arbolados, secretos.

Como puede verse, la perspectiva ambiental ofrece un ángulo nuevo, y bastante completo, para que la militancia aborde todas las grandes discusiones del desarrollo nacional: cuando pensamos la matriz de producción y distribución energética, cuando nos debatimos entre la primarización o industrialización de la economía, cuando denunciamos el extractivismo y el saqueo de los recursos naturales, cuando nos abocamos a lograr la soberanía alimentaria.

En definitiva, el desafío de construir alternativas de desarrollo económico que generen trabajo y sean sustentables social y ambientalmente nos exige reflexiones más integrales y profundas sobre nuestro modo de vivir y habitar el mundo. Los prejuicios cómodos no sirven. La injusticia ambiental constituye una parte central del sufrimiento de nuestro pueblo. Dejar la perspectiva ambiental en un lugar secundario no solamente nos priva de una herramienta poderosa de lucha política, sino que además viene resultando muy funcional a modelos de desarrollo económico que enriquecen a unos pocos a costa de la mayoría.

Por eso, ya resulta inadmisible pensar que se puede vivir bien cuando la mayoría de la población encuentra cada vez más dificultades para satisfacer sus necesidades básicas. ¿Cómo puede cerrar entonces la idea de que el desarrollo económico de hoy supone empeñar la tierra, el agua y el aire de mañana? Una perspectiva ambiental no es un dogma. Nunca puede tratarse de no desarrollarse, sino de hacerlo de modo que valga la pena. El desarrollo económico es riqueza, pero la pobreza ambiental es pobreza. El desarrollo tiene que ser, por ende, no sólo económico, sino también ambiental. Y esto no sólo es posible y necesario; además, es mejor, lo mejor para nuestras vidas.

Primeras ideas de un manifiesto ambiental para la militancia

Alertando sobre la dimensión generacional de la justicia ambiental, hoy vemos que a escala global son los más jóvenes quienes están tomando la agenda ambiental como una prioridad que debería ordenar las grandes decisiones políticas. En verdad, resulta muy lógico que muchos pibes y pibas ingresen a la militancia por el lado ambiental. El planeta, que es donde pensaban vivir, está siendo destrozado por el capitalismo anárquico-financiero, que se revela capaz de todo por la ganancia inmediata, y sin dudas es capaz de toda devastación. Para la juventud, por razones muy pragmáticas, “futuro” y “ambiente” son sinónimos.

El futuro ya llegó y queremos tirar la primera piedra de un manifiesto por un ambientalismo nacional, popular, democrático y feminista. Aquí unas primeras notas para el debate, la reflexión, la apuesta:

Ambientalismo nacional y latinoamericanista

Ante todo, nuestro ambientalismo no se basará en recetas foráneas. Priorizará los intereses nacionales y regionales, el bienestar de nuestra población y nuestras tradiciones sociales y culturales. Buscará modelos alternativos y superadores del rol que nos quieren asignar en la división internacional del trabajo como meros productores de materia prima. Las supuestas “ventajas comparativas” y las recetas de desregulación y liberalización de nuestro mercado nos condena a la primarización de la economía y a la dependencia a actividades extractivas, todas ellas de baja intensidad en mano de obra y dependientes de una explotación insustentable de nuestros recursos naturales.

La “primarización forzada” (desde los grandes centros del poder mundial) no sólo pone en cuestión nuestra soberanía y resulta inapta para un país de 44 millones de personas. Además es altamente costosa en términos de la dilapidación de nuestros recursos naturales, afecta la salud y la calidad de vida presente y futura y tampoco impacta sustantivamente en variables como la generación de trabajo o la distribución del ingreso. El ambientalismo nacional es anti-primarización. Su orientación es más afín al Buen vivir del que ha dado las primeras puntadas el gobierno de Evo Morales: una perspectiva latinoamericana que además involucra una comunidad entre las condiciones de vida, trabajo, producción y cultura. 

La diversificación, la agregación de valor a los productos primarios, así como la ampliación de la escala y rentabilidad de actividades con modelos alternativos de uso de los recursos (como es el caso de la agroecología que retoma tradiciones y experiencias de asociativismo y distribución de excedentes, cultivo, cuidado del suelo y producción de alimentos saludables y accesibles) son caminos a transitar en la búsqueda de un desarrollo económico con justicia social y ambiental.

Ambientalismo popular

Algo es obvio: de la promoción de conductas individuales y modos de consumo ecológicos “de elite” (ajenos a las cuestiones sociales y la cultura popular) no surgirá respuesta alguna a la crisis ambiental. Hoy vemos proliferar productos orgánicos en almacenes de los barrios más pudientes de los centros urbanos, mientras se extiende la crisis social y alimentaria en los barrios pobres y en las periferias de las ciudades. Esta paradoja irrita a la razón. El repliegue a formas individuales de consumo y modos de vivir  “ecofriendly”, disociados del cuestionamiento a las problemáticas de la comunidad que habitamos, no son más que salidas funcionales a la matriz de desigualdad social que nos trajo a esta situación. El neoliberalismo es hábil para cooptar demandas genuinas, lavarlas de su contenido transformador y devolverlas en forma de marketing, nuevos productos y servicios de moda. Con esto no queremos decir que no sea necesario revisar nuestra cultura de consumo y nuestro modo de habitar el mundo. La noción de justicia ambiental atraviesa la defensa de las condiciones de vida y la salud para incorporar la discusión sobre el acceso a los recursos (agua, tierra, recursos forestales, infraestructura básica) en el marco de disputas económicas, pero también en términos de valores culturales e identitarios.

No hay transformación social que no suponga una autotransformación, porque la matriz social y cultural de la cual proviene la crisis que estamos viviendo nos atraviesa en nuestra construcción subjetiva. El desafío es trazar caminos comunes y que las respuestas alternativas sean extensibles a la comunidad. Ambientalismo popular significa que el ambientalismo tiene que cerrar “con la gente adentro”. 

Ambientalismo democrático 

El ambiente es una riqueza que debe ser distribuida democráticamente. Pero además, el ambiente es un terreno clásico de conflictos en los territorios, a menudo saldados por la ley del más fuerte. En breves términos, no se puede invocar una razón de mercado por encima de los intereses ambientales de la gente. Perjudicar comunidades enteras por un negocio sin valor social es una de las formas de acumulación capitalista más normal y más execrable. Por eso, la participación política activa de la sociedad es crucial para ampliar la representación de las mayorías, robustecer el sistema democrático y contrapesar la influencia de esos poderes económicos concentrados en la determinación de los modos de producir, consumir y vivir.

Dicha participación, en tanto comunión entre saberes comunitarios y conocimiento científico, colaborará en la construcción de políticas que promuevan un ambiente más justo. La convocatoria a los diversos espacios sociales comunitarios, científicos, sindicales, universitarios, organismos y empresarios será clave para el desarrollo de modelos alternativos de desarrollo económico y sustentabilidad social y ambiental.

Ambientalismo feminista

Los colectivos feministas se han convertido en uno de los sujetos de mayor vitalidad política de los últimos años por a su capacidad de interpelación social, construcción de agenda pública y potencia transformadora. La caracterización del patriarcado como un sistema social, económico y cultural de subordinación de las mujeres e identidades disidentes a la heteronorma está estrechamente relacionada al ambientalismo en tanto movimiento que cuestiona la misma matriz de jerarquización y relaciones desiguales entre las personas y el mundo que habitamos.

Desde los años 70´, las corrientes ecofeministas vienen cuestionando la disociación entre sociedad y naturaleza y entre varón y mujer como dos caras del mismo modelo de explotación en donde tanto la naturaleza como las mujeres se encuentran objetivadas y subordinadas al varón y la producción.

Retomamos aquí una vertiente no esencialista del ecofeminismo respecto de la cercanía entre la mujer y la naturaleza. El hecho de que las mujeres carguemos con el grueso de las tareas de cuidado y reproducción de la vida emparenta la lucha de las mujeres con el ambientalismo, en el sentido de poner la vida en el centro de la organización social, política y económica. Tampoco se trata de que ahora las mujeres debamos cargar también con la solitaria responsabilidad del cuidado del ambiente. Sin embargo, en muchos casos han sido mujeres las que han tomado un rol preponderante en la defensa del ambiente –como por ejemplo “Las mujeres de Famatina”, “Las madres de Ituzaingó”, “Las madres de las Torres”, mujeres docentes que visibilizaron la problemática de la Cuenca Matanza-Riachuelo, mujeres productoras rurales de la UTT, el Movimiento de Mujeres Agropecuarias en lucha, colectivos de mujeres indígenas, etc.  El protagonismo de las mujeres en estas luchas no es casual. Así como ocurre con las políticas de ajuste, son las mujeres quienes suelen padecer con mayor virulencia las externalidades ambientales, y quienes desarrollan una rápida conciencia del problema.

Ambiente de necesidad y urgencia

Esta hoja tentativa de discusiones, preguntas y problemas no busca ser exhaustiva, pero tiene carácter de urgencia. Amén de las discusiones estructurales sobre los modelos de producción, los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner produjeron una extraordinaria mejoría en las condiciones materiales de existencia del pueblo argentino, y por lo tanto también en sus condiciones ambientales de vida. El saliente gobierno de Mauricio Macri, por el contrario, fue un experimento neoliberal a cielo abierto del que no se salvó casi nadie y que también tuvo su correlato ambiental: no sólo multiplicó la pobreza, sino que además multiplicó las maneras de ser pobre - pobreza energética, pobreza salarial, pobreza alimentaria, pobreza ambiental -. 

Sería largo listar los desaguisados o los delitos del macrismo en área ambiental cuyo último capítulo es un decreto de dudosa constitucionalidad que flexibiliza los requisitos de peligrosidad para la importación de residuos, favoreciendo la apertura de nuevos mercados para la colocación de la basura de EEUU y Europa y afectando el trabajo de nuestros recuperadores urbanos. Tal vez sea suficiente con mencionar que su mirada del tema fue, en el mejor de los casos, cínica y marketinera, desprovista de cualquier compromiso auténtico, un fastidioso “neoliberalismo verde” que no dejó ningún resultado relevante –de hecho, creó un Ministerio de Ambiente que en afán ajustador volvió a desjerarquizar y puso al frente a Sergio Bergman, un hombre de fe carente de todo conocimiento y -tanto peor- de vocación por el tema, que lo único que hizo por la gestión ambiental fue disfrazarse de enredadera. Una gran metáfora de la mentira macrista. Los argentinos y argentinas vivimos en un ambiente llamado Argentina que por fortuna pronto volverá a ser un país para TODOS. Con Alberto y Cristina, se reabre la oportunidad para la justicia social y ambiental. 

* Candidata a diputada nacional por el Frente de Todos.
** Directora de la carrera de Gestión Ambiental de la Universidad Nacional de Hurlingham.