fbpx El veto a la ley antidespidos: Macri y sus trofeos de guerra
Opinión //// 23.05.2016
El veto a la ley antidespidos: Macri y sus trofeos de guerra

El antropólogo social Andrés Ruggeri (UBA) analiza significantes y significados detrás del acto del presidente Macri en Cresta Roja, donde anunció el veto a la ley antidespidos. La política macrista repite viejos modelos y replica un escenario global, con el capitalismo en busca de neutralizar las conquistas de la clase trabajadora.

Por Andrés Ruggeri (*)
Mauricio Macri anunció el veto a la ley antidespidos como un triunfo en el escenario de una gran derrota obrera, con sus víctimas, trabajadores reprimidos, despedidos y luego reincorporados en forma precaria, como telón de fondo. Los obreros de Cresta Roja, con sus ropas de trabajo, hicieron la tribuna de un anuncio antiobrero, conformando la puesta en escena preferida de Durán Barba: Macri (y Vidal, siempre presente y ocupando el lugar de “humanización” del presidente antes ocupado por Gabriela Michetti) rodeado de personas humildes, de trabajo, que demuestran que él gobierna para “la gente”, que no es un “político” sino un hombre preocupado por construir una Nación moderna, por producir el cambio en que se acabe con la corrupción que caracterizó a todos los gobiernos anteriores y se vuelva “al mundo”, del cual estábamos, dicen, aislados.
Ir a Cresta Roja es más que un símbolo de que se apuesta a determinado tipo de empresa y relación laboral. Cresta Roja fue, se sabe, el primer conflicto que se resolvió reprimiendo en el flamante gobierno de Cambiemos. 3500 despedidos cortaban la Richieri y fueron corridos a balazos de goma y gases por la Gendarmería, por orden directa de la ministra Patricia Bullrich (es decir, sin ninguna orden judicial), que se ufanó del hecho por la televisión adicta (a esta altura, toda o casi toda). Posteriormente, el conflicto se resolvió a la peculiar manera Pro, reincorporando a un tercio de los cesantes, con contratos precarios de seis meses y con sueldos rebajados un 20 por ciento. Además, según testimonian los trabajadores, se intensificó el ritmo y la productividad del trabajo: menos trabajadores, que cobran menos y están amenazados permanentemente con la pérdida de sus empleos, producen al ritmo y la cantidad que antes lo hacían junto con sus compañeros despedidos.
Se trata de la utopía negativa de los capitalistas: una fuerza laboral disciplinada, con un sindicato sumiso y derrotado, productividad al máximo a ritmo de látigo, libertad para despedir y flexibilizar el trabajo. 
Esto significa, además, acomodar las relaciones capital-trabajo a la tendencia mundial de una fuerza de trabajo cada vez más precaria, cada vez más débil y cuya mayor libertad es la de someterse a las reglas de juego que las grandes corporaciones y el capital financiero han ido moldeando a nivel mundial después de la caída del Muro de Berlín. La crisis global les ha dado un nuevo impulso para acabar no sólo con las conquistas laborales de los países de la periferia, sino también del mismo capitalismo central. Europa vive un retroceso histórico de las condiciones del trabajo, con la mayoría de su población trabajadora joven precarizada y los asalariados que todavía disfrutan de los logros de su viejo movimiento obrero confundidos y aferrados a la creencia de que la gran amenaza a su estabilidad laboral y sus condiciones de trabajo no viene de los Estados gobernados por los neoliberales y del supragobierno de las corporaciones que demuestra su poder humillando a Grecia e imponiendo la “austeridad” a todos, sino de los pobres refugiados y migrantes que huyen de las guerras y hambrunas que las grandes potencias siembran por el mundo. De ese mundo estábamos relativamente aislados, a ese mundo nos llevan a pasos agigantados.
Cresta Roja es, en ese sentido, su trofeo de guerra. Es el lugar donde el movimiento obrero fue derrotado y humillado. Algo que hay que mostrar. Así como los generales romanos en la celebración de su triunfo desfilaban con las riquezas saqueadas a los vencidos y sus prisioneros encadenados y enjaulados o, más cerca en tiempo y espacio y menos dramático, las barras bravas colgaban las banderas robadas a sus rivales (hasta que prohibieron esa práctica y después a las propias hinchadas visitantes), los trabajadores de Cresta Roja son la bandera robada, el trofeo de los gobernantes y empresarios victoriosos.
Anunciar el veto a la ley antidespidos con los obreros vencidos de fondo no es sólo demostrar fuerza sino humillar al enemigo de este gobierno. El enemigo no es Lázaro Báez -en todo caso uno de los propios que eligió jugar en el bando equivocado, incluso un advenedizo- ni ninguno de los tópicos usuales de la vocinglería de sus partidarios: el enemigo es la clase trabajadora. No basta con despedir, reprimir, precarizar. Hay que humillar, hay que demostrar la fuerza con la prepotencia y el cinismo con que lo puede hacer un gobernante que nunca trabajó, que jamás supo lo que es vivir de un sueldo, hijo y nieto de patrones que hicieron su fortuna a costa y en connivencia con el Estado (por eso lo desprecian, porque siempre fue su socio bobo en sus negocios turbios).
No es nuevo en la forma de hacer política de los neoliberales: lo hizo Ronald Reagan, lo hizo Margaret Thatcher, lo hizo Carlos Menem, lo hicieron todos. Tienen que aplicar la fuerza con la máxima saña para que el adversario no reaccione, para demostrarle que su poder es irresistible, porque en él se combinan el poder político, el judicial, el económico y el mediático.
Pero esa voluntad de aplastar a toda oposición, social y política, encubre un profundo miedo a la reacción popular, a que se caiga la máscara que les permitió llegar al gobierno. También eso muestra el caso de Cresta Roja: para poder hacer la puesta en escena, para mostrar su trofeo de guerra, tuvieron que convertir la planta en una fortaleza, silenciar a la mayoría de los trabajadores que no querían ser cómplices de su política ni sujetos de su humillación (Página/12 informa que mientras se hacía el acto la mayoría de los obreros estaban en paro), hacer un acto rápido para evitar que llegue el ruido de las protestas de otros trabajadores en la puerta de la fábrica, en fin, convertir un anuncio político en un spot guionado como la mayoría de sus actos públicos. Y, después de todo, se trata del reconocimiento implícito de su primera derrota política, que seguramente, no va a ser la última.
 
(*) Antropólogo social y director del programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especial para AGENCIA PACO URONDO.