fbpx El debate, round a round
Opinión //// 17.11.2015
El debate, round a round

El ensayista Guillermo David analizó el debate que el último domingo protagonizaron Daniel Scioli y Mauricio Macri. Un relato en clave de épica boxística recupera los puntos centrales de ofensivas, contraofensivas, tiempos muertos, espasmos y sorpresas. ¿Hubo un ganador? Constataciones y novedades.

 
Por Guillermo David (*)
Como buen pugilista que ganó pírricamente la primera vuelta, Daniel Scioli entendió que ésta era su escena. Por varios motivos. El primero, que se trataba de una escena discursiva, que si bien tiene su dimensión visual, no era tan determinante como venía siendo en los spots, que contaban con mejor imagen del macrismo, aunque vaciada de sentido histórico social.
Eso lo colocó de entrada en un territorio propio, y lo puso a la ofensiva. Que Mauricio Macri trató de neutralizar con apelaciones afectivas a la concordia a priori, bien al estilo de gurú trucho, evangélico, que asumió en la campaña. Pero cuando vio que no le daba resultado, acabó concediendo, reconociéndole virtudes al kirchnerismo, una y otra vez, ante situaciones que él mismo había impugnado, y poniéndose a la defensiva. (El ejemplo máximo fue cuando admitió que estaba bien la fertilidad asistida, algo que Scioli ni siquiera había planteado aún, dándole pie a la argumentación demoledora). Error. A partir de allí,  Scioli dobló la apuesta y ganó por knock out el primer round, o sea el primer segmento, que fue el que delimitó las reglas de juego, que ya Macri no atinó a modificar.
Scioli, como buen pugilista, en el segundo asalto lo esperó y le dio chance a la crítica, mientras en cada minuto que tuvo aprovechó a argumentar con solvencia en torno de decenas de cuestiones que Macri no alcanza ni a imaginar. Scioli no entró nunca en el juego propuesto por el “manual de estilo”, que estipulaba que tenía que colocarse en el rol de fiscal del otro, dándole así pie a que el otro se luzca. Cada vez que le tocó ese minuto de preguntas, fue por la afirmativa enunciando temas en los que tiene experiencia y dominio, mostrando que el otro no.
Macri entró a tartamudear, y a atacar diciendo que el gobierno miente. Scioli lo leyó muy bien, y se desmarcó de Cristina, para evitar tener que cargarse con las críticas, y a la vez colocando a Macri en una posición complicada, porque toda su estrategia se basaba en hacer aparecer al kirchnerismo como mentiroso. Sus requisitorias quedaron sin base al decirle que esas críticas con él no aplican (“conmigo no, Mauricio”, dijo, a lo Sarlo), y cayó su estrategia. Entonces empezó a repetirse. Scioli comenzó entonces con ataques muy precisos, de carácter histórico, al demostrar que no en los ’90, sino en el Presente, el macrismo atentó contra la soberanía nacional y contra la ampliación de los derechos que ahora dice defender. O sea: demostró con que el macrismo es el que miente. Macri, nuevamente, sin respuesta.
Scioli apeló a la memoria social sobre la depredación imperial, mentando las recetas del FMI y el endeudamiento, inquiriéndole sobre qué sujeto habría de cargar con ese costo, ante el silencio culposo de Macri. El candidato del PRO trató de apelar a la idea difusa, deshistorizada y no definida, del “vos” interpelado a la manera del pastor evangélico, basando su “argumento” sólo en su “convencimiento” personal, no en propuestas ni medidas concretas, y teniendo que ocultar las que Scioli se encargó de recordarle palmo a palmo como claudicaciones sistemáticas, “coherentes”, como le dijo.
Fue entonces cuando Macri pronunció su “me rindo”, como signo de impotencia ante el juego al que trató de llevar al otro, y su rival se encargó de aclarar con solidez cómo el macrismo había fracasado en la Ciudad en realizar lo que decía estar convencido de poder realizar en la provincia de Buenos Aires.
Así fue todo el debate. Baste recordar el peligroso tema de la seguridad y el narcotráfico, donde Scioli apareció medido, enfatizando la integración social por sobre el poder punitivo, o la cuestión de la relación con los países americanos, donde le tapó la boca al recordarle a Macri que él sí dialoga y tiene políticas activas con todos ellos, en tanto el Jefe de Gobierno  no. Y por supuesto no se privó de la anécdota personal, recordando cómo las recetas del FMI destruyeron la vida de su padre. El candidato del Frente para la Victoria metió varios recordatorios de las trastadas del macrismo, en tanto su oponente no pudo meter ni uno solo.
Fue en esta escena que creo que quedó claro que Scioli puede dirigir un país y Macri no, sino hacer de muñeco del marketing visual y de agente de los poderes transnacionales.
Un apunte importante: así como subestimamos al candidato opositor, de quien creímos que no podría llegar a armar una estructura nacional, también subestimamos a Scioli, que mostró una vez más (y era por eso que medía cuando se lo ungió candidato) que tiene vuelo propio, más allá del kirchnerismo, y que puede capitalizar el voto peronista tradicional, no K, o massista, y conducir un proceso de recomposición del sistema peronista de gobierno en la Argentina, con otros componentes distintos a los del kirchnerismo.
Eso, considerando sólo el debate televisivo. Lo más importante está sucediendo en la sociedad, que reaccionó ante el embate duro del macrismo, autoconvocándose en defensa de lo conquistado, muy consciente de que, si no ganamos, se viene la noche. Las direcciones políticas, colapsadas. Una vez más, como recuerda mi vieja que decía el General, sólo el pueblo salvará al pueblo. Ahora, además, encontró un candidato.
 
(*) Ensayista. Autor, entre otras obras y publicaciones, de Witoldo o la mirada extranjera y Carlos Astrada. La filosofía argentina