fbpx "Cuando el periodismo sienta a la víctima delante de todos nosotros, es para poner entre paréntesis los debates"
Opinión //// 12.10.2016
"Cuando el periodismo sienta a la víctima delante de todos nosotros, es para poner entre paréntesis los debates"

"Ya sabemos que en la televisión nunca hay tiempo para nada, pero cuando es la víctima la que vertebra cada bloque, la ceremonia es perfecta, se vuelve mítica, evangélica. Imágenes afectivas que evocan sentimientos, que tienen la capacidad de ganarse la adhesión súbita de los televidentes”. Por Esteban Rodríguez Alzueta.

Por Esteban Rodríguez Alzueta*
Gran parte de la derecha, durante la última década, hizo política con la desgracia ajena. Si las tapas de los diarios se las llevaban los casos truculentos, en un contexto de crisis de representación de larga duración, la oposición encontraba en esos casos la oportunidad de pasarle boleta al gobierno. Si muchos ciudadanos proyectaban legítimamente sus temores a través del dolor de las víctimas, se sentían hablados, tenidos en cuenta, otros encontraban en su dolor la oportunidad de ganar unos cuantos minutos en la gran pantalla prometiendo más policías, más penas y más cárcel a cambio de votos. Dirigentes demagogos que usaron a las víctimas como cajas de resonancia para pasarle facturas al gobierno kirchnerista. Ahora, en este nuevo ciclo, la derecha no quiere rifar el tema, por eso en la marcha de ayer, #ParaQueNoTepa, se mantuvo bien cerca de los organizadores, y por eso estos aclararon que no era una marcha contra el Gobierno. De hecho, horas antes del comienzo de la manifestación, el presidente Macri presentó la “Indec del delito”, el Convenio sobre Datos Judiciales Abiertos, una iniciativa que pretende reunir información referida a causas y actuaciones del Poder Judicial y del Ministerio Público Fiscal en todo el país. Entre paréntesis, algo que el kirchnerismo venía haciendo a través de la Dirección Nacional de Política Criminal del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, hasta que sentaron a Sergio Berni arriba del Ministerio de Seguridad y la información que se siguió produciendo paso a ser información reservada, exclusiva.  
Pero no nos vayamos de tema, estaba queriendo decir que el gobierno encuentra en las víctimas del delito callejero otro punto de apoyo. Y lo hace por tres razones. Primero: Usando a las víctimas como caballito de batalla para agregarle incentivos morales a las fuerzas de seguridad. Muchos sectores de las policías se sienten finalmente respaldados para hacer lo que siempre desearon hacer: practicar puntería, hacer justicia por mano propia, más acá de la justicia ordinaria, de manera expeditiva. En efecto, las declaraciones de las víctimas, sobre todo aquellas que se encuentran en estado de emoción violenta, propaladas por los movileros, exaltadas por los actuales funcionarios, habilitan indirectamente la discrecionalidad policial, aportando la legitimidad política que necesitan la policías para dar rienda suelta a sus rutinas violentas. Segundo: para desplazar la cuestión social por la cuestión policial, es decir, para llamar la atención sobre otros temas que no sean la desocupación, la precarización, el aumento de la pobreza y la pérdida de la capacidad adquisitiva de los sectores populares. Con todo, lo que se busca es confirmar las adhesiones que supieron reclutar los satélites como Clarín, TN, América 24 y unas cuantas organizaciones sociales y políticas al gobierno que encabeza Macri. Abro otro paréntesis: no es casual que los oradores centrales del acto hayan sido periodistas estrellas. Estos son los victimólogos de la sociedad, los que hablan en nombre de las víctimas de estos casos, los mejores intérpretes y catalizadores de sus afectos.     Y Tercero: para clausurar los debates y proscribir la política o despolitizarla. Frente al dolor de la víctima no se puede discutir nada, lo único que se puede hacer es indignarse. Y el que se corra de ese canon afectivo será visto sospechosamente, apuntado como irresponsable, estigmatizado como “garantista”, y excluido de la agenda. Slavoj Zizek decía que “el horror sobrecogedor de los actos violentos y la empatía con las víctimas funciona sin excepción como señuelo que nos impide pensar”. Sobre todo cuando el dolor no se traduce en organización, en tiempo. En las sociedades de prevención, agregaba la criminóloga italiana, Tamar Picht, la víctima tiene la palabra y muchos se pelean para tener a la víctima de su lado. Incluso las víctimas se pelean para ver quién es la más víctima de todas. La víctima no abre un espacio de diálogo sino que tiende a cerrarlo. No reclama serenidad para ponerse a pensar, investigar, proyectar, sino celeridad para actuar. Se sabe: No hay tiempo para ponerse a pensar, hay que actuar rápidamente. Cuando el periodismo sienta a la víctima delante de todos nosotros y le enchufa el micrófono, es para poner entre paréntesis los debates. Ya sabemos que en la televisión nunca hay tiempo para nada, pero cuando es la víctima la que vertebra cada bloque, la ceremonia es perfecta, se vuelve mítica, evangélica. Imágenes afectivas que evocan sentimientos, que tienen la capacidad de ganarse la adhesión súbita de los televidentes. Frente al relato desgarrador de la madre que acaba de perder a su niña de cinco años, todos nos vamos a sorprender diciendo “¡qué barbaridad!”. Pero hay más todavía, porque el estatus de víctima, subraya la condición de vulnerabilidad y debilidad de todos nosotros. No hay oprimidos sino víctimas inocentes que merecen una atención y sobreprotección especial. Se nos reconstituye como víctimas, para que resignemos parte de nuestra libertad y ganar seguridad. Más seguridad es más policía y gente encarcelada. En eso consiste el reclamo: no están diciendo que el Estado esté ausente, sino que no está presente como a ellos les gustaría que esté. Termino, nadie está negando el carácter trágico, incluso la gravedad que implica cada uno de esos hechos. Pero trasmitidos en cadena, saturada la pantalla con estos casos narrados de manera truculenta, los hechos o sucesos se vuelven desproporcionados. Desproporcionados no porque no sean trágicos en sí mismos, sino porque al lado de los otros problemas que tienen el país, no tienen la dimensión política institucional que pueden tener por ejemplo la evasión impositiva, la fuga de divisas, o el trabajo en negro, que despresupuestan al gobierno para financiar las políticas públicas o a la misma justicia para que investigue los hechos que tanto los indigna.  
*Docente e investigador de la UNQ. Autor de Temor y control y La máquina de la inseguridad. Miembro del CIAJ e integrante de la Campaña Nacional Contra la Violencia Institucional.