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Opinión //// 16.06.2015
A 60 años del bombardeo a Plaza de Mayo

Gustavo Gálligo reflexiona sobre un hecho que bañó de sangre la historia reciente del país. 

Por Gustavo Gálligo
El 16 de junio de 1955, en horas del mediodía, aviones de la Marina de Guerra atacaron Plaza de Mayo en Buenos Aires, con la consigna “hay que matar a Perón”. El criminal ataque, dirigido por el vicealmirante Benjamín Gargiulo y los contraalmirantes Samuel Toranzo Calderón y Aníbal Olivieri, siguiendo el plan golpista que gestaban el contraalmirante Isaac Rojas y el capitán de fragata Francisco Manrique, dejo el trágico saldo de 560 muertos y más dos mil personas heridas, muchas mutiladas. Se arrojaron más de nueve toneladas de bombas, y entre las víctimas inocentes hubo decenas de escolares que participaban de visitas guiadas a la casa de gobierno y lugares históricos.
“Estas fuerzas no están aliadas contra un hombre; lo están contra un pueblo, al que niegan el derecho de elegir su propio destino y su propio conductor. Reniegan de la Argentina nueva, la de las conquistas sociales, económicas y políticas, la de los principios de justicia y de la soberanía inmaculada, para intentar retrotraernos a la vieja factoría colonial de los estancieros explotadores, de los comerciantes ávidos, de los acaparadores habilidosos, de las ganancias exorbitantes, de los salarios de hambre, de los gerentes extranjeros y de los traidores nativos” (John William Cooke, diputado nacional peronista, en declaraciones al diario La Prensa, el 1º de  setiembre de 1955).
Esta tragedia fue la antesala del infierno, el 16 de setiembre de 1955 los conjurados contra el pueblo consumaron el golpe cívico-militar, iniciando la “contrarevolución fusiladora”, la que retrasó al país por décadas, que entregó vilmente el patrimonio nacional y que abolió las leyes sociales mas avanzadas de su tiempo en toda América.
Cuando llegué al gobierno de mi país, había gente que ganaba 20 centavos por día, peones que ganaban 15 pesos por mes. Se asesinaba a mansalva en los ingenios azucareros y los yerbatales, con regímenes de trabajo criminales. En un país que poseía 45 millones de vacas, los habitantes se morían de debilidad constitucional. La previsión social era poco menos que desconocida y las jubilaciones insignificantes cubrían solo a los empleados públicos y a los oficiales de las Fuerzas Armadas. Instituimos jubilaciones para todos los que trabajan, incluso para los patrones. Creamos pensiones para la vejez y la invalidez, desterrando del país el triste espectáculo de la miseria en medio de la abundancia. Cuando llegué al gobierno ni alfileres se hacían en el país. Lo dejo fabricando camiones, tractores, automóviles, locomotoras, etc. Dejo recuperados los teléfonos, los ferrocarriles y el gas, para que estos sicarios vuelvan a venderlos. Les dejo una marina mercante, una flota aérea. Esta contrarrevolución, como la de 1930, también setembrina, representa la lucha de la clase parasitaria contra la clase productora. La Oligarquía puso el dinero, el clero la prédica, un sector de las Fuerzas Armadas, dominado por la ambición de algunos de sus jefes, pusieron las armas de la República. En el otro bando están los trabajadores, el pueblo que sufre y produce. La consecuencia es una dictadura militar de neto corte oligárquico -clerical” (Declaraciones de Juan Domingo Perón a la Agencia United Prees, publicadas por el Diario “El Día” de Montevideo, el 5 de octubre de 1955; en Milcíades Peña, El Peronismo, Selección de Documentos para la Historia, Buenos Aires, 1971).
Recordando lo que nos dijo Néstor: “Si levantamos un Proyecto Nacional y Popular, lo central es dar el debate cultural. En este camino, debemos llegar con un mensaje claro, recuperar nuestra verdadera historia para cimentar el presente y el futuro de todos los argentinos”, hagamos honor al mensaje de Cristina: “lo mejor que hemos hecho en estos doce años es volver a tener patria”.