Internacionales //// 16.04.2018
Siria: la guerra fallida de Occidente

Un viaje en bicicleta por el mundo llevó al autor de esta nota a conocer la sociedad siria y su historia. Eso le permite poner rostros a las víctimas anónimas de hoy y repasar puntos clave de la vida política del país, demonizada por los supuestos faros democráticos de Occidente.

Por Andrés Ruggeri (*)

Hace exactamente diez años, en abril de 2008, estábamos pedaleando (1) por los lugares a los que el régimen de Trump lanzó sus misiles “bonitos e inteligentes”. Siria en aquellos momentos estaba en un período de paz (el Medio Oriente en general, lo que posibilitó que pudiéramos recorrer en bicicleta varios países que ahora sería imposible o muy difícil hacerlo) y la pudimos recorrer desde su frontera sur con Jordania hasta salir por el norte hacia Turquía, con un paso intermedio por el Líbano.

Esa experiencia de viaje, aunque limitada, alimenta el interés por los lugares y su gente y orienta lecturas que sirven para interpretar lo vivido allí. Y como principal consecuencia, le pone rostros, cuerpo y ambiente a las triste noticias que llegan de aquellos lares. De este modo, Siria, o el lugar que sea, no significa solo noticias de guerra, imágenes en You Tube o lecturas abstractas: son caras concretas, gente con las que nos comunicamos, lugares por los que pasamos con nuestra bici o ciudades en las que caminamos, restaurantes en los que comimos, mercados en los que deambulamos. Un pueblo amable, acogedor, como pocos que haya conocido.

Eso transforma y vuelve más vívidas las imágenes y las noticias de la cruel guerra que se abatió sobre ellos y las convierte en preguntas. ¿Qué habrá pasado con esa familia que nos recibió en su casa el día que volvimos a entrar al país desde Trípoli en el Líbano y no encontrábamos donde pasar la noche? ¿O con el muchacho que cedió su habitación para que durmiéramos, de nombre Bashar, y al que no le gustó que le dijera que se llamaba igual que el presidente del país (pero que mostraba con orgullo una foto en uniforme militar)? ¿O con el camionero que reía con ganas de que hubiéramos tenido un presidente cuya familia procedía de un pequeño pueblo en las afueras de Damasco (pero al que tildó de traidor)? ¿O al hombre que nos llamó para que pasáramos a tomar el té a la casa que estaba construyendo con sus propias manos y nos presentó a su joven esposa y a su bebé recién nacido, en la subida al castillo cruzado Krak de los Caballeros (lugar en el que supe que hubo furiosos combates)? Para quienes apretaron los botones para lanzar los misiles que cayeron para “salvar vidas” y para los que, como nuestro presidente, los apoyan y festejan, seguramente no significan ni representan nada.

Ellos representan en mi memoria, sin embargo, a los millones que son víctimas de lo que se supuso en principio que era un levantamiento pacífico por la democracia. Ese levantamiento comenzó en Deraa, una ciudad del sur sirio, fronteriza con Jordania, por la que en aquel viaje entramos pedaleando ya de noche, después de que en el puesto fronterizo nos pegaran en el pasaporte las estampillas del visado, que tuvimos que comprar en la oficina bancaria que había en la frontera. El hombre que nos atendió, con uniforme militar de estilo soviético, nos preguntó si habíamos estado en Palestina (no en Israel), y revisó nuestros pasaportes en busca de algún indicio de que hubiéramos pasado por el estado israelí o los territorios palestinos ocupados. No permitían la entrada a Siria a nadie que hubiera estado en Israel. La misma pregunta nos hicieron cuando entramos al Líbano.

En Deraa, un hombre en moto nos guió hasta un hotel en pleno centro, enfrente de una plaza, y en cuyos alrededores comimos el mejor shawarma callejero que jamás hayamos probado. Ahí, solo tres años después, se produjeron las primeras manifestaciones que pronto derivaron en violencia incontenible. ¿Habrán participado en ese acontecimiento los vendedores de shawarma, el hotelero amable, el guía de la moto? ¿Estarán vivos? El gobierno reprimió esas manifestaciones. Sin embargo, la respuesta a esa represión pronto se reveló tan o más violenta que la del Estado. No fue política, fue militar. La rebelión que supuestamente, según la versión occidental (reproducida por algunos grupos de izquierda) era una revolución democrática, muy rápidamente se mostró como un levantamiento armado y absolutamente hegemonizado por el islamismo radical. No me consta que esa rebelión democrática haya realmente existido (puede deberse a mi falta de información), pero si la hubo, no cabe ninguna duda que el enfrentamiento real, el núcleo de la guerra civil, escaló hacia un conflicto en que las milicias fuertemente armadas tanto por Occidente como por sus aliados en la región (las monarquías sunnitas del Golfo, el gobierno turco de Erdogan) combatieron a sangre y fuego contra el Estado laico de Al Assad (foto 1). El objetivo no era derribar al régimen para construir una democracia (mucho menos una revolución izquierdista) sino destruir todo rastro de ese Estado secular. Mientras, de costado, Israel se frotaba las manos, feliz por ver cómo su principal rival en la región se hundía en una carnicería.

El “régimen” resistió más allá de lo imaginable si nos guiamos por el destino de otros gobernantes árabes odiados por las potencias occidentales, como Muammar Khadaffi y Saddam Hussein. Pongo régimen entre comillas porque no creo que tengamos que plegarnos acríticamente a las clasificaciones políticas que impone la visión hegemónica del mundo. Francia es una democracia, no es un “régimen”, pero interviene con tropas y bombas en cuanta nación africana que haya formado parte de su imperio colonial se le ocurra, por mencionar un caso diferente de los imperiales Estados Unidos y que representa en el imaginario occidental el corazón de la “civilización”. Mientras masacraban un millón de argelinos que peleaban por su independencia, con el poco democrático objetivo de mantener su dominio colonial impuesto por conquista, a nadie en occidente se le ocurrió calificar al gobierno francés de “régimen”. El Estado sirio, como prácticamente ningún Estado árabe, no cumple evidentemente con los estándares occidentales de una democracia. Pero si entre esos estándares introdujéramos el no someter a otros países a sus intereses políticos y económicos ni a la dominación colonial o neocolonial, y mucho menos bombardearlos e invadirlos, Siria debería ser considerada mucho más democrática que las potencias de la Unión Europea y por supuesto que los Estados Unidos.

La democracia o la falta de ella, los crímenes de guerra, la represión a manifestantes, pacíficos o no, el uso o no de armas químicas, no constituyen una razón para las decisiones geopolíticas de las grandes potencias. A Donald Trump no le interesa en lo más mínimo si el ataque con gas que motivó su bombardeo existió o no. Lo único que “obliga” a los Estados Unidos y a sus aliados a atacar a Siria es evitar el triunfo de Assad y, por lo tanto, de sus aliados Rusia e Irán. La política occidental en Siria como en otros países de una zona de enorme importancia estratégica y riqueza en hidrocarburos siempre consistió en convertir al país en un nuevo “Estado fallido”. Es decir, en un lugar caótico, en el que se arroja permanentemente combustible al fuego de una guerra en que no se sabe quién pelea contra quien, y en donde los intereses de las corporaciones se imponen privatizando la guerra, como en Irak o en Libia (2). Los estrategas del Pentágono han descubierto hace ya un tiempo que el dominio imperial en el siglo XXI no necesita, como antes, del orden impuesto por la fuerza, sino del caos establecido de la misma manera. No es casualidad que en los “Estados fallidos” (son ellos mismos quienes los construyen/destruyen), en donde imperan las bandas de los islamistas (sean el ISIS, Al Nusra o los talibanes), o los carteles narcos como en México, los paramilitares como en Colombia o los señores de la guerra como en algunos países del África subsahariana, lo único que está claro es que las corporaciones energéticas o mineras tienen garantizados la explotación y el negocio de sus riquezas naturales. Ya no sirven ni importan como mercado para sus productos (salvo las armas) ni como proveedores de fuerza de trabajo barata, por lo tanto, su gente es descartable.

El problema de occidente con Siria es que el inminente triunfo de Assad evita y desvía a Siria de ese destino. La guerra fue y es tan cruenta y tan disputada que los únicos que pudieron en algún momento hacer negocios por fuera del tráfico de armas fueron los “rebeldes” de ISIS que vendían petróleo a través de Turquía. Pero el ISIS es útil para ofrecer un motivo fácil para intervenciones militares oportunas, pero no puede ser un agente de los grandes negocios de las corporaciones. El Estado sirio gobernado por los Assad, con todos sus defectos (que habría que analizarlos con conocimiento de causa, no solo con los adjetivos de los medios hegemónicos) era un Estado laico, con una economía con fuerte inversión pública y cierta seguridad social, con tolerancia religiosa (por algo los islamistas se cansaron de masacrar minorías religiosas) y apoyaba la lucha de los palestinos cuando la mayoría de los demás países árabes hacía rato que habían defeccionado de esa causa, más allá de algunas declaraciones retóricas. No tenía las mejores credenciales democráticas, pero estaba lejos de ser un “Estado fallido”. El ataque de la Turquía semidictatorial de Erdogan contra los kurdos del norte de Siria, por su parte, impide que prospere algún tipo de acuerdo con el gobierno de Al Assad, torpedeando toda construcción política y económica del proyecto del “confederalismo democrático” kurdo volviendo a llevar la guerra a su territorio. Escala así por la intervención directa de una potencia extranjera el caos bélico que empezaba a aplacarse.

En la cada vez más compleja y confusa geopolítica actual, el bombardeo de Estados Unidos y sus cada vez menos dignos seguidores franceses e ingleses, nostálgicos de sus imperios desvencijados, no busca solucionar ningún problema ni mucho menos acabar con las armas químicas. Intenta avivar las llamas de una guerra que cuando parece encaminarse a su fin, recrudece. El problema de un triunfo de Assad, para estos Buffalo Bill con misiles, no es solo su alianza con los rusos (lo que garantizó, desde su base en Tartús, que los yanquis no se animaran a meterse abiertamente en la guerra), sino, paradójicamente, el fallo del “Estado fallido”. Ojalá esa gente que conocimos allá, esos sirios de carne y hueso, vivan para llegar al final de esta pesadilla.

(*) Antropólogo social y director del programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especial para AGENCIA PACO URONDO.


(1) Entre 2007 y 2008 dimos con Karina Luchetti la vuelta al mundo en bicicleta tándem. La experiencia puede verse y leerse en www.elmundoentandem.blogspot.com.

(2) Como en las privatizaciones de toda política neoliberal, la inversión gruesa (las empresas públicas en el primer caso, los ejércitos de la OTAN en las guerras neocoloniales contemporáneas) la hace el Estado, y el negocio se lo llevan y lo continúan las corporaciones (las empresas privatizadas, los ejércitos privados).