Géneros //// 18.12.2018
Mirá cómo nos ponemos: relatos en primera persona

Las compañeras de la Agencia Paco Urondo nos animamos a poner en palabras algunos de los eventos vividos, escenas de abuso que llevamos atragantadas en la garganta, porque no nos callamos más. Siete microrrelatos, la nota más difícil de escribir, para hacerla había una sola forma: a través de la palabra colectiva.

Fotografía de Lucía Barrera Oro

(1)

Tenía 19 años y nos gustábamos con un compañero de laburo. Ambos estábamos en pareja. Me dijo de un beso y nada más. En un cuartito del negocio, a solas, se lo dí porque quería ver qué me pasaba con él. Me agarró la mano al instante y la puso sobre sus genitales: "mirá cómo me ponés". Y yo no había consensuado eso.

(2)

Hacía solo unos minutos que habíamos terminado de bailar en el conjunto de danzas infantiles del centro cultural español donde participaba. Fuimos al vestuario y como siempre nuestras madres nos ayudaron a sacarnos todo el traje transpirado: castañuelas, mantón, chaqueta, pollera, enagua, medias, camisita, entre otras. Como siempre, queríamos hacerlo lo más rápido posible para poder volver y ver a "las más grandes".
El escenario estaba repleto de gaitas, panderetas, y las polleras coloridas no paraban de saltar, girar y alegrar la noche. Yo quería llegar adelante para ver mejor, pero la cantidad de gente abarrotada en los laterales de las butacas me impedía pasar.
Mientras veía y escuchaba los "aturuxos" gallegos de festejo, unos dedos comenzaron a tocarme la pierna del lado interno. Desde mi inocencia pensé que por los apretones y acumulación de gente, esta persona de unos 70 años no se daba cuenta de lo que estaba pasando. Entonces intenté correrme todo lo que pude hasta que quede trabada nuevamente entre la gente. Pasaron minutos. Volví a sentir la misma mano, pero esta vez ya estaba manoseándome directamente. Sólo tenía 11 años.

(3)

“Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”

Mirá cómo me ponés, me dijo sin decirme ese chico que una vez, mientras caminaba por la calle, pasó en la bici y me tocó una teta. Mirá cómo me ponés me dijo también sin palabras pero con todo el peso simbólico de su acto, ese cura que una vez, mientras me confesaba, me rozó una teta, al mismo tiempo que me preguntaba si había cometido “actos impuros con mi cuerpo” (palabras más, palabras menos). Mirá cómo me ponés, una vez más, me dijo sin emitir un sonido, ese tipo que me siguió tres cuadras cuando volvía de trabajar, hasta que tuve que entrar a un supermercado para despistarlo y llamar a mi expareja para que viniera a buscarme por miedo a que me estuviese esperando a la salida. Esas y muchas veces más sentí el peso de esa frase en el cuerpo, sin incluso haberla dicho, así, con todas las letras, ninguno de esos tipos que me hicieron sentir vulnerable, abusada, llena de terror.

"Mirá cómo me pongo", me hubiese gustado responderle a cada uno de esos tipos (y a los otros que seguramente ya no recuerdo), mostrándole mi bronca, de la forma que sea, con insultos, con violencia, con un acto de justicia que no los deje impune en su atropello, en su decidir qué hacer sobre mi cuerpo, en su infundirme miedo e inseguridad. “Mirá cómo nos ponemos”, así en colectivo, quiero poder gritar ahora cuando vuelvo de noche caminando sola a mi casa, cuando siento la mirada inquisidora de algún machito en el bondi, el subte o la mesa de un bar, ya sin miedo, con toda la fuerza de mi voz y la potencia de mi cuerpo empoderado. Ahora quiero que ante ese grito sean ellos (así, sí, en masculino) los que nos tengan miedo, los que tengan que cruzar la calle o desviar la mirada, que sean ellos (otra vez en masculino) los que ahora sientan el peso de nuestro reclamo, de nuestro poder, de nuestro “Ahora no nos callamos más, mirá como nos ponemos”.

(4)

#NoNosCallamosMás

Dónde empezar, en una noche de amigos, en una celebración de egresados.

Una joven confiada con sus amigos de cinco años de secundaria, baile, bebidas y mucha alegría.

Al final de la celebración tres amigos se quedaron para ayudar en la limpieza, la joven confiada cerró la puerta de ingreso y comenzó a barrer.

De a poco los tres compañeros varones la fueron llevando a la habitación. Primero uno la empujó sobre la cama, le quitó el pantalón y comenzó a violarla. Los otros dos se quedaron a ver la escena, mientras decían:

-Apúrate. Ahora me toca a mí.

Así los tres se sucedieron en violarla, mientras se reían y la miraban, ella gritaba y lloraba pero a nadie le importó, luego se vistieron y se fueron. Dejándola tirada en la cama.

Ya sola logró incorporarse, se arrastró bajo la ducha y lloró, se bañó durante un día. Vivía sola con su hermano mayor, que llegó del trabajo la noche del siguiente día.

 Al llegar la encontró allí; tirada bajo la ducha, desnuda, temblando. La cubrió con una toalla, la llevó a su cama, le trajo un caldo, le preguntó qué le pasaba. Nunca se lo contó, ni a él ni a nadie.

Años después, ya casada y con un niño, recibió la invitación de dos de sus abusadores para ser amigos en Facebook. Los bloqueó rápidamente, pero tampoco dijo nada.

El 11 de diciembre del 2018 mediante este relato decidió contar su situación, aún con el temor de instalar una denuncia formal sobre sus abusadores.

Escribir como la forma de sobrevivir, como forma de visibilizar.

(La autora decidió escribir el relato en tercera persona).

(5)

Hace 7 años tuve una relación con un hombre. Digo hombre porque yo en ese momento tenía 17 años y él 24, y para mí era una persona adulta. Compartíamos un grupo de militancia, él era una persona divina con el resto pero un poco “gato” con las mujeres, eso decían. Desde los primeros acercamientos, era todo una súplica. Yo me pasaba todo el tiempo diciéndole que “no” y terminaba accediendo: irme a buscar a la escuela, llevarme a mi casa después de las reuniones o actividades, faltar a lugares para verlo y hasta mentir a donde iba porque él me quería ver. Era una lucha constante entre lo que él quería y lo que yo sentía que no quería. Entendía que no estaba bien pero tenía que acceder porque supuestamente era así cómo debía ser.

Mis primeras relaciones sexuales fueron con él. Yo en realidad no quería, me daba miedo o no sé qué me pasaba realmente, pero no quería estar con él. Pasaron dos meses y hasta llegó a decirme que sus amigos se le reían, “cojo menos que Barney”. La primera vez me llevó a un telo y me hizo lo que quiso. Agradezco que mi memoria selectiva me deje pocas imágenes en mi recuerdo. Cuando “terminamos”, yo ni siquiera sabía qué había pasado. Sólo sabía que no estaba contenta, como me habían dicho que iba a estar en mi primera vez. Volvimos a una actividad y él se lo contó a un compañero, que no tuvo mejor idea que preguntarme si yo había tenido un buen día.

Demostrándome que además de lo que había vivido, había perdido la intimidad. Me vi desnuda otra vez. Yo contesté entre una risa tímida y un no saber qué decir. Yo era la inexperta, se suponía que estaba bien todo lo que había pasado porque todo lo que él hacía estaba bien. La relación siguió unos seis meses de mierda. Él me cogió donde quiso, me tocaba el culo en las reuniones o actividades, delante de todos y decidió sobre mi cuerpo durante esos seis meses. Así estuve seis meses. Escuchando a sus compañeros y compañeras de militancia riéndose de sus chistes fuera de lugar, y justificándolo por todo, hasta cuando me cagó con otra compañera. Se habían alcoholizado pero él me quería a mí. Él tenía un poder sobre mí, era hombre y era adulto. Supuestamente sabía qué había que hacer. Él tenía el poder de decisión de todo. Ahora el poder de decisión lo tengo yo.

Sé que estas palabras cuestionan a muchas personas, pero de eso se trata. Yo ya me perdoné. Tengo mi cuerpo de vuelta y pude seguir con mi historia, pero soy una convencida que las palabras nos sirven para curar. Por eso, escribo, porque siempre podemos curar. Espero que las palabras puedan salir de más bocas y curar más heridas. Porque también soy una convencida de que la cura para estas heridas es colectiva.

(6)

"Mirá cómo me ponés"
¿amenaza? ¿Piropo?
(son más o menos lo mismo, ahora lo sé).
¿Cuántas veces me lo dijeron?
la verdad que no tengo idea.
Solamente sé que todas las veces que lo escuché sentí una electricidad en la piel,
esa que te grita que salgas corriendo,
que te vayas;
pero vos lo minimizas,
flasheando que flasheas,
que no suena tanto a amenaza,
o que no suena tanto a las amenazas que recibiste.
O sí, y ahí es cuando todo se vuelve parte de eso que Freud (el don que flasheaba que envidiamos a los varones por no tener un pito, cuando tenemos un clítoris que funciona mucho mejor),
vuelvo,
de eso que Freud llamaba lo siniestro, lo terrorífico que al mismo tiempo es familiar y asegura el ejercicio de la violencia a través del silencio.
El silencio, esa comodidad de la que gozaron, se empezó a romper.
El guacho tiene miedo.
Tiene miedo de que le hagamos lo que vienen haciendo con nosotras desde el inicio de los tiempos.
Nosotras, que ya no tenemos miedo, los miramos a la cara y les decimos
MIRÁ CÓMO NOS PONEMOS
mirá
miranos bien
acordate de nuestras caras
porque va a ser lo último que veas cuando te prendamos fuego.
Acá no hay metáforas.
Mirá cómo nos ponemos.
Juntas,
fuertes,
organizadas,
lo estamos tirando en tu cara,
en tu casa,
en tu cama,
en tu laburo,
en tu calle,
en tu auto.
A donde quiera que vayas vamos a estar
como una manada de lobas que custodia el territorio
como un aquelarre de brujas
como lo fuertes que somos cuando estamos juntas.

(7)

Al día siguiente de,
la noche en que miré-cómo-te-puse,
porque no entendías que no-quiero-coger es NO,
me tuvieron que inyectar
reliverán:
No podía parar de vomitar.