Géneros //// 21.03.2019
"Las mujeres del movimiento sindical han forjado la capacidad de convocar jóvenes a esta doble identidad: de clase y de géneros"

Entrevista a Estela Díaz, secretaria de géneros de la CTA de los trabajadores y las trabajadoras, e integrante de la Comisión por la liberación de Milagro Sala.

Por Soledad Allende

El feminismo sindical no sólo tiene un rol importante en la defensa de los derechos de trabajadores, también tiene un rol en el acercamiento de posiciones hacia una unidad electoral indispensable para poner fin a este ciclo de acumulación financiera, expoliación de los recursos naturales, y de estado de sitio virtual.

Más importante aún: el feminismo sindical encarna muchas de las demandas contrahegemónicas capaces de marcarle la agenda a un gobierno popular. Esto es así porque tiene la capacidad de enlazar la demanda por los derechos sexuales y reproductivos y la agenda de los cuidados, con las demandas económicas, sociales y políticas del campo popular, esquivando las falsas dicotomías que intentan deslegitimar a los feminismos populares como proyectos políticos integrales.

Estela Díaz, secretaria de géneros de la CTA de los trabajadores y las trabajadoras, e integrante de la comisión por la liberación de Milagro Sala, dialogó con Agencia Paco Urondo sobre la importancia de entender a los feminismos populares como proyectos políticos integrales, y sobre algunas contradicciones que operan al interior del feminismo por un lado, y al interior de las alternativas nacionales y populares por el otro.

Agencia Paco Urondo: ¿Por qué el feminismo popular, y en particular el sindical, emerge como actor ineludible en ésta nueva oleada neoliberal?

Estela Díaz: Creo que nosotras nos encontramos en una tercera fase de la implementación del modelo neoliberal en la Argentina. El primero fue con la dictadura, el segundo fue en los '90 y ésta es la tercera. Cada una tuvo sus características particulares pero creo que en este período, la fuerte resistencia de las mujeres en la Argentina y en el mundo, dan cuenta de algo que está pasando en la relación entre el neoliberalismo y los modos de desigualdad, explotación, de violencia, de dominio y control respecto de los cuerpos de las mujeres. Hay una resistencia en clave feminista -hay quienes hablan de la cuarta ola feminista- popular, latinoamericana, que se proyecta desde las periferias hacia el centro.

Las mujeres del movimiento sindical han forjado la capacidad de convocar jóvenes a ésta doble identidad: de clase y de géneros. A partir especialmente del triunfo de la Alianza Cambiemos (en Argentina) hemos sido testigos de una gran resistencia liderada por la movilización del sindicalismo y de los feminismos populares. Ésto tiene mucho que ver con el acumulado social y político de los períodos de gobierno popular de Néstor y de Cristina que contribuyeron a dos factores decisivos: Por un lado la politización de la sociedad y el fortalecimiento del sindicalismo y de las organizaciones populares, y por otro lado a la creación de un contexto de ampliación de derechos que siempre alienta a ir por más.

Son el sindicalismo y los feminismos quienes están discutiendo cuáles deben ser las características de la alternativa que aspire a la creación de un gobierno de carácter popular.

No es casual que de los seminarios llevados adelante en el Instituto Patria, el que estalló en audiencia y participación haya sido el de Peronismo y Feminismos. Porque tampoco es casual que el planteo de esta cuarta ola feminista, que contiene experiencias emancipatorias, nazca de los países América Latina, que fueron víctimas históricas de la colonización, la dominación imperial, racista y patriarcal. En lo local tuvimos el Ni Una Menos, que rápidamente tomó un carácter mundial, el Paro Internacional de Mujeres que convocó también a más de 50 países y la Marea Verde, que cobró y cobra una fuerza inédita. No hay en el mundo antecedentes de movilizaciones de masas de semejantes dimensiones por el derecho al aborto en las calles. Pero además algo que nosotras decíamos cuando se hizo ese debate era que estemos confiadas, porque esa juventud se movilizó y no espontáneamente, sino producto de una campaña de 13 años, de un gobierno popular que amplió el horizonte de lo posible, donde cada derecho conquistado nos animó a pensar los que faltan.

APU: Hay compañeras del campo nacional y popular que consideran la contradicción pañuelos verdes y celestes como una falsa dicotomía ¿Qué pensás de esto?

ED: Considero que hoy estamos viviendo una situación en la que la contradicción principal que tenemos es la derrota de la Alianza Cambiemos. En éste sentido es necesaria la construcción de la alianza más amplia y sabemos que el debate central no es el tema del aborto sino la discusión del modelo económico, del tipo de proyecto político que está en juego: popular o anti popular. Existen posiciones transversales y ésto se evidenció en el debate en el Congreso de la Nación por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (2018), pero podemos verlo en la historia misma de la lucha de los debates legislativos respecto de los derechos de las mujeres. En las fuerzas del campo Nacional y Popular hay visiones que son conservadoras respecto de los derechos de las identidades de gènero no hegemónicas.

Nosotras buscamos la mayor unidad reconociendo que esa unidad no es homogeneidad y que esa unidad tiene en su seno tensiones. Pero reducir las tensiones sólo al debate del aborto es hacerle un favor a quienes plantean que nunca es tiempo de este debate. Dentro del proyecto político hay tensiones, las hay dentro del Peronismo con sectores que son más conciliadores que otros con el poder. Cuando pensamos cómo se construye un gobierno popular y cuál es el tipo de Estado, no se trata sólo del aparato burocrático del Estado sino de cuál es el modelo de Estado para un gobierno popular y eso trae tensiones. Éstas se expresan, por ejemplo, en el campo de lo social en cómo imaginamos los lugares de las mujeres, de los colectivos de lesbianas, travestis, trans, cómo imaginamos a los pueblos originarios, los debates del ambiente y el territorio, entre otros.

Los pañuelos son otra cosa. Ahí hay una distinción que no es si estoy a favor o en contra del derecho al aborto. El pañuelo verde viene de la lucha del movimiento feminista, de los Encuentros Nacionales de Mujeres. Está enraizado en una identidad de lucha emancipatoria, de convocatoria de las juventudes. De hecho, en la actualidad, aunque no haya perspectiva de debate en el Congreso, los pañuelos prevalecen en las mochilas y muñecas de identidades de todas las edades.

El pañuelo celeste fue una decisión de los sectores antiderechos. Fue una decisión de arriba para abajo, de disputar con la simbología pero además de manera profundamente violenta y patriarcal. Representa la vulneración de los derechos. Está en contra de la vida y la autonomía de las mujeres; y lo vimos del modo más brutal y cruel en las experiencias de las niñas violadas y embarazadas de Jujuy y Tucumán.

Es muy interesante escuchar a la médica Cecilia Ousset, que garantizó la Interrupción Legal del Embarazo a la chiquita de Tucumán que estaba en riesgo de vida. Ella reflexionó: yo soy objetora de consciencia, no estoy de acuerdo con la práctica del aborto pero primero no soy obstructora y segundo corría riesgo de vida. Tengo un deber médico frente a esta vida.

Al pañuelo celeste lo enarbolan mujeres, es cierto. Tuvieron muchas voceras en el Congreso de la Nación pero una las escucha como voceras de su propio dominio, de su propia subordinación, en la instrumentación de su propio cuerpo y de su propia subjetividad y eso es lo que más me produce dolor o desazón. Cuando las mujeres son voceras contra sí mismas.

Los pañuelos no son equiparables para nada. Estamos en un contexto donde el centro del debate, como decía al principio, es la derrota del neoliberalismo, la construcción de la mayor unidad política. Después vamos a necesitar poner en debate una fuerte correlación de fuerzas popular que pueda recuperar los resortes del Estado fundamentales para poder gobernar frente al desastre devastador que están dejando.

APU: Este es un año electoral y el movimiento feminista viene creciendo fuerte y marcando una agenda antineoliberal. Sin embargo, hay contradicciones dentro del movimiento y niveles de confrontación que amenazan con dividirlo. Algo que quedó evidenciado el 8M ¿Qué es lo sucede con éstas diferencias polìticas?

ED: El feminismo es muy plural, contiene expresiones de mujeres de los sectores partidarios, del feminismo autónomo, del estudiantil y del sindical, entre otros. Un movimiento que crece en tales dimensiones,que está en todos lados, como decimos nosotras, está atravesado por tensiones fuertes. En ese sentido yo señalaría dos cuestiones, y algunas que apuntan al quiebre del movimiento.

Hay sectores de la partidocracia de la izquierda tradicional que observan con preocupación la acumulación propia. Desde allí se promueven tensiones que llevan al límite de la ruptura. Un ejemplo de esto es lo que pasó en la organización del 8 de Marzo: Asambleas que dividen, que parten, que no permitieron que se trabajara en comisiones, que llevaron los debates desde las cuatro de la tarde a la una o dos de la mañana; algo que no podemos hacer las mujeres comunes. Esas mujeres, las del feminismo popular quedamos afuera.

Esa espuria estrategia electoral fue llevada adelante en el horario central, todos los canales de televisión estaban mirando el que sería el inicio del acto. Un acto que emblematicamente empezaban nuestras Madres, a las que queremos tanto: Taty Almeida, Lita Boitano. Ese momento, que era el momento para decirle al país que estábamos en Buenos Aires pero que estábamos movilizadas en el país entero, contra el neoliberalismo, contra el FMI, contra el ajuste, contra el gobierno de la Alianza Cambiemos, por el derecho al aborto y contra las violencias, lo utilizaron para poner en juego no sólo una mentira política sino una estrategia -para mí- con fines espurios electorales.

Esto es la muestra de una acción absolutamente funcional a la derecha, contra-revolucionaria. Este es un actor que juega, y este año ha jugado con mucha fuerza y virulencia especialmente contra el sector sindical. Después existen otras tensiones pero que se pueden dirimir construyendo acuerdos. La Campaña por el Derecho al Aborto es un ejemplo de esto. Es una construcción de 13 años que logró lo que logró, y supo tramitar las diferencias sin quiebres. En este sentido crece la articulación de un feminismo popular, nacional y que se entiende en el entramado de debates para la deconstrucción de nuestras organizaciones, de nuestras prácticas. Que es aliado de la lucha por el derecho al trabajo y que disputa, en concreto, el fortalecimiento de la organización popular para derrotar al neoliberalismo y para pensar a un gobierno popular que sea además feminista. Despatriarcalizado, descolonizado, feminista y con justicia social.