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Géneros //// 09.03.2020
El femicidio de Fátima Acevedo nos obliga a seguir luchando

Fátima había denunciado 9 veces a su ex pareja en los últimos meses. Es el principal sospechoso del femicidio. 

Por Catalina Rodriguez Capelli

Ayer fue 8 de marzo, efeméride que recuerda a las trabajadoras calcinadas en una fábrica por reclamar sus derechos. Hace años vemos a sus herederas en distintas partes del mundo organizadas, no dejando olvidar el sistema desigualdad donde cada día tenemos que vivir. O sobrevivir.

También ayer en Argentina tuvimos la confirmación de que nos falta Fátima. De que nos arrebataron a una más, que se la arrebataron a su hijo. Y otra vez comienza el tortuoso ciclo de recordar su nombre, su edad, de llorarla y de agradecer que no es una misma, de que no es una hermana, amiga, tía o madre. Tenemos estadísticas que nos lo confirman de manera más fría, que nos convierten en horribles cifras, en números que no nos dejan dormir, en un frío vaho que nos recorre una espalda cargada de respiración húmeda, muestra de nuestro pavor y de espanto.

Fátima Acevedo tenía 24 años y vivía en Hernandarias. Ante la conmoción de su asesinato, la sociedad toda estuvo pendiente de cualquier información para tratar de entender, para otra vez tratar de reconstruir cada paso que conllevó a encontrarla –como cada vez- sin vida en un aljibe profundo luego de una semana de búsqueda.

Y es más profundo el dolor y la bronca cuando nos enteramos que ese aljibe está a metros de la casa de su ex pareja, hombre que Fátima había denunciado 9 veces este año, autor de amenazas constantes, padre de su hijo y ahora también detenido por su femicidio.

Ese mismo dolor persiste y crece al saber que Fátima también contaba con el botón antipánico y que había tenido que dejar su casa para alojarse en una vivienda de contención para mujeres que sufren violencia de género en la ciudad de Paraná. Que se filtraron sus últimos audios pidiendo que hagan algo, sus últimos reclamos en un estado de vulnerabilidad y desprotección porque ella misma anticipaba lo que iba a pasar si nadie realmente la escuchaba.

El hartazgo de todas, de no poder contener la impotencia, de pedir responsabilidades, de pedir Justicia no puede entenderse más que en la misma experiencia, en la misma piel. Y a esta Justicia se le suman los rumores y los antecedentes que confirman un patriarcado que nos mata, un patriarcado que se perpetua en las instituciones y que es el causante de que todos los días nos falte una mujer más.

Las luchas y logros de las feministas y de las disidencias por tratar de garantizarse una vida libre de violencia a través de presupuestos significativos que permitan llevar a cabo campañas, acciones y programas nacionales masivos para la prevención de la violencia parecen hoy –y hace un tiempo- obsoletos ante una realidad apabullante que grita a viva voz la necesidad de más, la urgencia de más.

Ayer marchamos, hoy volvemos a hacerlo. Paramos porque nuestros derechos siguen siendo maniatados y vulnerados, porque a pesar de lo hecho lo faltante es mucho más si todos los días nos levantamos queriendo evitar la lenta naturalización de las que ya no volverán. Las mujeres han ganado batallas históricas que cambiaron la vida de millones, que presentaron otra posibilidad de vida. Pero hasta hoy el precio sigue siendo demasiado alto.

El Día de la mujer no fue feliz, fue desconsuelo expresado en mil formas y la confirmación de una lucha que no termina hasta que no nos falte ninguna.