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Fractura //// 28.03.2020
“Pasaje al acto” de Virginia Cosin

Una lectura de la segunda novela de Cosin publicada por editorial Entropía a fines de 2019. La escritora explora la locura, el dolor, la angustia, el autodaño, los privilegios de clase, el peligro de la belleza, el abandono del padre y el amor como una trampa.

Por Analía Ávila
Foto: Catalina Bartolomé

 

Los límites del lenguaje son los límites del mundo. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. (Ludwig Wittgenstein)

“Estoy llenando de jeroglíficos los azulejos del baño”, es la frase que da comienzo a Pasaje al acto, la segunda novela de Virginia Cosin publicada por editorial Entropía a fines del año pasado. Desde el título del libro se disparan múltiples sentidos. Uno es el del acto mismo de la escritura, con las palabras como símbolos a descifrar, la escritura como tabla de salvación o herramienta de aniquilación, y a veces como intento de lucidez. También el significado psicoanalítico del acting out  que se lee como una conducta reiterada y violenta que revela algo del pasado. Y además el sentido de una actuación/representación: “Me quiero ir. Yo no soy como el resto. Soy distinta. Estoy actuando”, piensa la narradora.

En la contratapa, Mercedes Halfon nos introduce en el argumento: “La protagonista está temporalmente internada en un psiquiátrico. De los múltiples ojos que la observan, durante ese tiempo medicalizado y suspendido entre cuatro paredes, los más filosos son los suyos”. El relato en primera persona de la internación después de un intento de suicidio, tiene flashbacks al pasado con los textos que la narradora va escribiendo en sus cuadernos, con sus recuerdos familiares y de pareja, y que se van intercalando de una manera no lineal ni cronológica.

La prosa de la novela es fragmentaria y la autora explora el dolor, la angustia, la locura, el autodaño, los privilegios de clase, el peligro de la belleza, las traiciones, el abandono de su padre, el amor como una trampa. En los pasajes de introspección o de monólogo interior, las oraciones se tornan más cortas, se perciben como una respiración entrecortada y acelerada. Y en estos momentos el texto estalla con bellas imágenes oníricas y poéticas: el bosque que atraviesa a la protagonista o el pozo que excava y donde cae, el laberinto, el fondo del mar.

Y también sobrevuela la pregunta de si la locura está afuera y la paz en el encierro: “Pienso que esos barrotes más que impedirme salir me protegen del exterior, esa otra realidad que, a decir verdad, es de lo único que quiero escapar”.

 “Leo para mitigar la impresión de que a mi alrededor todo se mueve a una velocidad galopante (…) Es la droga de la noche: cuando se diluye en la sangre y llega al cerebro, caigo rendida y me entrego al sueño”, anota la protagonista en su cuaderno durante la internación. Ella lee Madame Bovary de Gustave Flaubert , y este acto de leer se hace presente en toda la novela, incluso se identifica con Emma Bovary, pero hace una lúcida relectura: “La diferencia entre Emma, la protagonista del libro que estoy leyendo, y yo, es que ella no puede hacer eso: escribir. Emma sólo fantasea y se ahoga. Pero yo sí. Yo puedo. Donde Emma se ahoga, yo nado, o trato de nadar”.    

En la novela es intenso el trabajo intertextual, aparecen citados o levemente modificados poemas como “Sala de psicopatología” de Alejandra Pizarnik, “Huye en tu asno” de Anne Sexton, “Poema de Ariadna” de Friedrich Nietzsche y fragmentos de la obra Hamlet de William Shakespeare, entre otros.

Una canción de Silvio Rodríguez, un casete del Flaco Spinetta, una publicidad del televisor Grundig, “caro pero el mejor”, las reuniones de la madre en el bar La Paz, la librería Gandhi, la sección de películas de terror del Blockbuster, dan las referencias temporales y espaciales.

Algunas escenas con los recuerdos de la infancia son las más entrañables de la novela, como el ritual que la protagonista compartía con su hermano menor, cuando se escondían en un placard e imaginaban que estaban en una nave que los llevaba al país invisible, habitado por amigos especiales: “Pero ahora que tenemos diez y seis años es tan hermosa la idea de que haya otro lugar, en otro tiempo y en otro espacio, un lugar del que no podemos acordarnos pero en el que creemos, que nos tomamos de la mano y esperamos en ese caldo de aire oscuro hasta que nos llaman a cenar”. Como un anhelo de volver a un tiempo mejor, y que eso al fin perdure.

Biografía:

Virginia Cosin nació en Caracas, Venezuela, en 1973 pero vive en Argentina desde los cinco años. Publicó la novela Partida de nacimiento (2011) y cuentos en varias antologías. Además coordina talleres de lectura y escritura en el Sportivo literario, escribe sobre cine y literatura en distintos medios nacionales y es la directora editorial de la revista digital Atletas.