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Fractura //// 24.08.2019
Dossier Szpunberg: Otra genialidad de Alberto

El poeta Julián Axat trae el recuerdo de sus encuentros con Alberto Szpunberg, una amistad poética, de búsqueda y de justicia. "Recuerdo aquel día que lo llamé y me invitó a su casa en San Telmo. Hablamos de Money, pero después pasamos al Siloísmo y Miguel Ángel Bustos, como si ambas cosas tuvieran algún pito que ver".

Por Julián Axat

No voy a hacer en esta ocasión un análisis de la poesía de Alberto Szpunberg, lo dejo para otra ocasión. Solo decir que lo conocí de casualidad, buscando a otro poeta. Yo había leído a Alberto y había soñado con él a partir de su Che Amor, sus Apuntes y Luces que a lo lejos editado por Colihue y prologado por Daniel Freidemberg. Creo que me obsesioné con sus versos, había un no sé qué metafísico, cosmogónica en sus palabras. Podía colocar en un mismo plano dos imágenes y armar una alquimia como genialidad cómica y provocadora en el tipo de metáfora.

Lo conocí personalmente un día que estaba tras las pistas del poema-embarazado incluido en el libro Palabra viva recopilación de textos de personas detenidas desaparecidas que armó la SADE. En el libro se mencionaba que el poema había sido cedido para la edición por el poeta Alberto Szpunberg. 

Pero la historia del poema embarazado y Money ahora no vienen al caso, solo decir que en ese encuentro, Alberto, con la generosidad que lo caracteriza; me hizo entrega de los últimos poemas de Money para que hoy exista el libro En la exacta mitad de tu ombligo (la talita dorada, 2009). Durante todo el tiempo de su exilio en Masnou conservó los textos tipiados a máquina tal como se los había entregado Money pocos días antes de ser asesinado por las Tres A en 1975.

Recuerdo aquel día que lo llamé y me invitó a su casa en San Telmo. Hablamos de Money, pero después pasamos al Siloísmo y Miguel Ángel Bustos, como si ambas cosas tuvieran algún pito que ver. Pero en ese momento estaban hermanadas en su memoria por algo así como una nota que había publicado hace tiempo para el periódico La Opinión, en la que padre del humanismo vernáculo se presentaba como el místico en estado salvaje que bajaba de la montaña, mientras Alberto había sido enviado a Mendoza por Jacobo Timerman para entrevistarlo (conservo unas fotos de Silo sentado con sandalias, tomadas por el propio Alberto y que me regaló también en aquella oportunidad). Luego nos volvimos a ver un par de veces más, en lecturas en el conurbano, otra vez en Púan junto a Osvaldo Bayer que lo miraba extasiado mientras el otro le recitaba

La que ahora me viene a la mente es en pleno conflicto con el campo 2008, convocó a muchos poetas amigos a una “Asamblea Permanente de Poetas”; pues para Alberto había que tomar partido en semejante conflicto desde la poesía, lo que ameritaba: poesía en estado permanente de asamblea bien al estilo de su “Academia Piatock”.  Recuerdo ahora a varios de aquellos poetas en el convite: María Malusardi, Pablo Campos, José María Pallaoro, Carlos Aprea, Rafael Vázquez… todo se desarrollaba en los fondos de la Secretaría de derechos humanos, espacio cedido por el gran Rodolfo Matarollo para la ocasión, en el que se armó una linda discusión que terminó a altas horas de la noche cuando las hordas provenientes del campo cortaban las rutas y metían los tractores en la capital.

Otra vez hablamos por teléfono y me contó que le habían detectado un tumor, y que él lo iba a neutralizar a partir de no sé qué método vinculado a la fuerza del clavel del aire y la cábala, por eso estaba escribiendo un largo poema sobre esa planta rizomática “que al contrario de lo que cree todo el mundo, es un mito que allí donde se posa saca la energía de otra planta” (sic). 

Desconozco si al final escribió sobre el clavel del aire, en ese caso me encantaría leerlo. Sí terminó escribiendo una genialidad sobre el brócoli para refutar a Leibniz y su teoría del vacío (¿Por qué no hay más bien Brócoli?, Lamás Médula, 2013). Luego ya no lo ví más. Se esfumó. Cruzó el charco. En todo caso sí recuerdo un encuentro organizado una noche por el poeta Miguel Martínez Naón, en un tugurio de San Telmo, en el que los que amamos a Alberto Szpunberg leímos a una cámara fija bastante etilizados, recitamos poemas o anécdotas para reenviarle grabados en un Cd con mensajes secretos a su nuevo exilio.

Su último libro La habitante del cometa 67/P Churyumov-Guerasimenko (Lamas Médula, 2016) alteró mi percepción sobre su obra, la que yo pensaba cerrada para 2013, con la edición de Solo la muerte es pasajera, maravillosamente editada por Entropía gracias al empeño de Alejandro García Schnetzer. La genialidad de La habitante… es, como bien dice, el poeta Boris Katunaric, “… la de recorrer el mundo a partir de la astronomía soviética agregándole una presencia extraña, una forma de abstraerse de esta tan particular forma de escenario científico-político con la fuerza de lo fantástico redoblándola en su sentido poético: una habitante, única y solitaria que se descubre, se ve observada desde los telescopios…”.  Casi al final de su obra el poeta se vuelve cosmólogo, incluyendo sus sueños en los asteroides y cometas en los que puede ver lo que otros no: “Nadie ha visto a la habitante del cometa /excepto quienes buscan hasta encontrarla/ al ponerse de pie para entregarse/ es evidente cuanta ferocidad nos acarreó el futuro…” En el cometa 67/p, fue observada viajando Rosa Luxemburgo, también Bujarín, seguramente Jorge Masseti y todos los miembros del EGP. Van montados en su lomo el Che, Pancho Villa, Sandino y August Blanqui.

Alberto sueña con su telescopio y no viaja aun. El poeta está ahora en algún lugar cerca de Barcelona, y estos son apenas unos recuerdos de nuestros encuentros,  y espero se ría cuando los lea. Siempre un tipo entrañable Alberto, como su poesía. Como su voz y su canto. Te quiero mucho Alberto.  Pronto nos estamos viendo.