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Fractura //// 24.08.2019
Dossier Szpunberg: Nombres de guerra

Un breve análisis del poema "Hablan los nombres de guerra" del poeta Alberto Szpunberg. 

Por Araceli Lacore

¿Somos siempre los mismos, aún llamados por el mismo nombre? ¿Qué nos identifica? ¿Qué nos hace quienes somos y quienes somos después de despojarnos de esa palabra? Sin duda, nunca los mismos. Pedro, Daniel o Alberto. ‘’Mamá’’ los conoce a todos.

"Es difícil establecer el paradero de mis riñones o el destino de su puño". Un puño como un látigo es siempre cicatriz, y pena.

¿Es el cielo, finalmente? ¿O es el mismo puño, la misma bota, la misma culata que cree saber cómo me llamo? Que cree saber a quién le pega, a quién tortura.

"Hablan los nombres de guerra" es el testimonio de una época. Es la justicia poética que llega como un rayo para nombrar al que ya no puede nombrarse. Szpunberg describe con justeza, el sentimiento de una generación, marcada por la lucha y el silencio. Expone, presiona, muestra, lastima como puñal. Porque nombrar, decir, poner en palabras, sana, manifiesta, da vida.

¿Y qué es la identidad, sino eso que nos hace estar vivos? La identidad es el eje de la propia existencia.

"El sol desgarra la niebla que se empeña en cubrirlo, como la memoria disipa el olvido.Toda ausencia -30.000 ausencias- es mentira", dice en el poema V.

Si somos nombrados, nunca más nos morimos.

Memoria, verdad y justicia.

 

Hablan los nombres de guerra
Fui pedro o germán o será pedro o es alberto o soy yo todavía
es difícil establecer el paradero de mis riñones o el destino de su puño
será difícil separar mis ojos de su venda su herida de mi carne
me fui con mi brazo al fondo del río pero su zapatilla quedó junto a la cama
y mi nombre gritaba pedro o fue enrique quien llamó a los compañeros
o fue mamá que grita alberto alberto pero él era daniel o pedro todavía
y algo sonaba en su oído como un nombre que no diré ni dijo ni conozco
acaso la calle acaso mi cita entre sus dientes quizá bajo la lengua
o acá entre estos pastos donde ahora estamos pero no estamos mirando el cielo:

¿es el cielo, pedro, ese puño que se desploma y asciende y vuelve a caer?
¿es el cielo, petiso, esa venda que aprieta los ojos para siempre?
¿es el sol, roberto, esa capucha esa visera esa bota esa culata?

Mano mía, caricia de ella, mocasín o rodilla o media rota
pedazos de mí o de su lado o de sus bordes o del amor de él de ella
que se asoma a este pozo y grito y gira y caigo y nombra
una multitud de nombres ahora a solas con todos y con nadie.
V
¿Qué uno entre todos
si no todos?

¿Qué todos
si no uno y uno y uno
en cada uno
y en todos?

¿Qué ayer o mañana
si no siempre?

¿Qué nosotros
si no todos nosotros
y ahora?

¿Qué nombre
si no anónimo
para reconocernos?

El sol desgarra la niebla
que se empeña en cubrirlo,
como la memoria
disipa el olvido.

Toda ausencia -30.000 ausencias- es mentira:
cada mirada la desmiente,
cada lágrima la refleja,
cada calle es a sus pasos
lo que la realidad es al milagro:
esta verdad
nunca vista
pero siempre presente