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Fractura //// 28.12.2019
Dossier Fractura: La materia con que está hecha la ausencia

Varias son las líneas que ha seguido Leopoldo Castilla en la búsqueda de expresar “aquello que no lo deja en paz”, pero dos libros marcan una situación ineludible para aquel que debe alejarse exiliado. De la convivencia entre ambos se nutre la nota que sigue.

 

Por Norman Petrich

 

Hay territorios distantes entre los primeros libros de Leopoldo Castilla (entre ellos, La lámpara en la lluvia) a los libros hijos del buen caminar como Baniano, Gong o Viento Caribe. O de aquellos donde explora territorios que parecen lejanos a la literatura como Poesón u Odilón. En el medio, un puente trazado con un par de libros. Aquellos que nos dejan el Teuco más terrenal que podemos conseguir: ese que huye del horror hacia el refugio del exilio.

Estos cuentos fueron escritos hace casi treinta años al iniciar mi exilio en España. Los publico sin modificaciones por fidelidad al fragor de una época, la más oscura que le tocó vivir a nuestro país. Por ese entonces aparecieron  los poemas aquí incluidos. Que este pequeño aporte testimonial contribuya a la lucha de todas las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo a quienes dedico este libro.

Esta especie de aviso abre el libro de cuentos La canción del ausente, editado por Ciudad Gótica en 2006, aunque fueron escritos por Castilla entre 1976 y 1977. Es un anuncio para desprevenidos, para que sepan que cruzar ese pórtico significa adentrarse a un lugar donde tal vez no alcancen las palabras para nombrar, aunque ese intento sea de altísima calidad.

En todo el libro se respira un aire enrarecido aunque fantástico, donde sólo queda dolor en el lugar donde deberíamos hallar una voz, una mirada.

Abre el libro “La redada”, un cuento ambientado en el Tucumán bajo la bota de Bussi quien, luego de realizar “la guerra a los apoyos logísticos” (algo que podría resumirse en quemar los ranchos de los campesinos que podían apoyar a guerrilleros o incendiar hectáreas de montes para así cercarlos,) decide cambiar la apariencia de la ciudad para recibir la visita del ex presidente de facto Videla con un aspecto más limpio. A través de la palabra del ciego Clemente, nos enteramos cómo fueron cazados todos los mendigos, borrachos y locos para luego subirlos a cuatro o cinco micros y abandonarlos en un páramo de Catamarca a su propia suerte. Este cuento, basado en un hecho real, fue llevado al cine por Rolando Pardo; con las actuaciones de, entre otros, Ulises Dumont, Gianni Lunadei y Litto Nebbia.

Las narraciones siguientes, “La tarea” y “Me va a servir” juegan con los entrecruzamientos de planos donde lo cierto, la cordura, puede perder fácilmente esa condición; un plano donde la línea de agua y la línea de tinta se entrecruzan pero ambas saben el nombre del ausente.

Qué otra cosa es lo que nos deja la pluma del Teuco sino ese bordear la locura como en “Ni mu”, donde lo que no fue no para de crecer tanto como lo que es tras la llegada del Capitán con un niño adoptado que nadie sabe bien de dónde salió, marcando un antes y un después en la idiosincrasia de una familia de buen pasar. Un antes y después tan fantástico y terrible como para Don Benito, el personaje principal de “Seguí jugando”, para quien ese bordear es un refugio que lo mantendrá distante del espanto que lo acecha.

Estos cuentos nos recuerdan que los muertos están, estuvieron siempre, aunque no los podamos ver. Aunque hay algunos que sí los ven, como el mismo Don Benito. Como Abel en la preciosa y despiadada historia de “La luz naranja”. Como los habitantes de San José que ven a Celedón sin poder asegurar cómo es, ya que se confunde con la materia y desaparece en el aire. O como Segundo Cruz, en “La pesca” (quizás el punto más álgido del libro), un pescador tímido y prudente que se transforma en algo que no se parece a nada en este mundo, un animal que hasta los perros esquivan; quien vende todo lo poco que tiene cuando el bichero empieza a atrapar más que peces: “Ahí, en el río, en el fondo, hay más”.

El compromiso es con la poesía. Si ella quiere, si entra en su banco de prueba, o sea si sale poesía de esa experiencia, entonces el tema político es válido y estará cualificado. Me hace acordar cuando se decía que la cultura era una parte de la política, cuando en realidad la política es parte de la cultura. Tengo poemas que dan testimonio de mi visión frente a la injusticia. Y también participo con otros escritos y actividades en la búsqueda de una sociedad más libre, justa y solidaria. Sería hermoso que los políticos leyeran más poesía - o intentaran escribirla - ya que la poesía defiende valores (la armonía con el universo y la naturaleza, la inmersión en todas las dimensiones y en todos los tiempos, la pelea por una sociedad más noble, con una libertad insobornable) de los cuales la política debería aprender responde el salteño en una entrevista que le hacen en los días del festejo por el Bicentenario, en el Fondo Nacional de las Artes.

Versión de la Materia (Madrid, 1982) es una muestra de este pensamiento. Podríamos decir que inaugura esa línea dentro de las líneas poéticas que desarrolla Leopoldo en donde los límites con la física y la metafísica se diluyen. Además acá van con el puño cerrado y en alto, algo que sólo volverá a repetirse tan nítidamente en Nunca.

Textos cortos, profundos, cortantes de toda perspectiva, lo recorren en sus dos secciones que lo conforman. Castilla juega con el último punto de la materia, con el fin del mundo.

Aunque es en la segunda parte, con poemas escritos entre 1976 y 1978, donde la mirada del horror del cual huye queda fuertemente reflejada. Pero ese reconocimiento llega a través del que no está porque entre un punto y otro la distancia más grande es la desolación del punto. Allí, la Patria son los muertos, en un lugar donde toda estética requiere de muerte, en días que son para llevar flores a los sobrevivientes. 

Al escribir sus cuentos, ¿ese desvanecerse en el aire lo habrá hecho regresar a estos poemas? ¿Ese renacido dolor  hizo que los poemas volvieran a tener lugar en ese otro libro?

Porque de esta segunda sección, salen los poemas que intercalará entre las narraciones que verán su definitiva versión en el 2006. A esa sección la llamó El Ausente. Y de la intersección de las líneas que trazó el Teuco con ambos libros, nació su canción.