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Fractura //// 19.10.2019
Dossier Fractura: Cacho Costantini, de exilios y milongas

Humberto “Cacho” Costantini fue uno de los tantos escritores argentinos que a partir del 24 de marzo de 1976 se encontraron perseguidos y amenazados por el terrorismo de Estado, y tuvieron que hacer las valijas. Esta nota aborda la obra del autor durante los años en que estuvo exiliado en México.

Por Miguel Martinez Naón

 

Un escritor sin vueltas, sin inventos, sin macaneo.

Tal como lo describe Jorge Boccanera: un Whitman canyengue.

Estamos hablando de Humberto “Cacho” Costantini, un vecino de Villa Pueyrredón, veterinario, apasionado del tango (gran bailarin milonguero, según cuentan). Formó parte de un grupo de escritores que en la década del 60 irrumpió en el mundo literario de la ciudad con una tendencia que podría llamarse “coloquialista” o “conversacional”. Unos tipos que comenzaron a manifestar desde sus máquinas de escribir y sus revistas las inquietudes del hombre común, de los trabajadores; las penurias del Don nadie. Una tradición que venía gestándose desde los días del grupo de Boedo, pero en un contexto político y social diferente, donde se profundizaba el conflicto social, dictadura tras dictadura.

Entre ellos se encontraban Roberto Santoro, Alberto Szpunberg, Luis Luchi, Horacio Salas, entre otros.

En esa época comienzan a publicarse sus primeros libros de cuentos: De por aquí nomás, Un señor alto, rubio, de bigotes y Háblenme de Funes, sólo por mencionar algunos. También su libro de poesía Cuestiones con la vida, el que se irá agrandando con el tiempo, con más poemas,  al paso de sus múltiples ediciones.

Cumpliendo con esta breve reseña voy a narrar algunos breves fragmentos de su vida durante la última dictadura militar y su exilio en México.

 

Su exilio

Un 9 de junio de 1976 tuvo que partir rumbo a México. No quería irse, se resistió hasta el último minuto y sus familiares cuentan que tuvieron que subirlo al avión “a patadas en el culo”.

Estaba en una lista de escritores amenazados, pero esto no lo acobardaba en lo más mínimo.

Unos días antes y estando en su casa se había comprometido con su amigo, vecino y compañero de militancia Haroldo Conti, para llevarle un colirio que serviría para curar los ojos de una perrita que lagrimeaba mucho. Ese encuentro no se concreta por el inesperado arribo de una de sus hijas. Cacho se ocupa de recibirla a ella y Haroldo ese mismo día es secuestrado para siempre.

Por aquellos días estaba escribiendo la novela De dioses, hombrecitos y policías, lo hacía de noche poniendo la maquina de escribir sobre una frazada para no delatarse con los ruidos. Todos sabían que estaba en peligro, que era buscado, pero él negaba cualquier posibilidad de armar las valijas, se había atornillado a la silla y no paraba de escribir a la vez que repartía sus escritos entre compañeros y amigos. No quería que su obra quede en manos del enemigo en caso de ser capturado.

A duras penas el escritor de “Bandeo” subió al avión. Su exilio duró exactamente 7 años, 7 meses y 7 días.

 

México

Una vez instalado en México compuso letras de tango y milongas, algunas de las cuales llegaron a grabarse. Una de ellas es “Milonga de aquella yunta”, con música del compositor Osvaldo Avena, donde se canta el encuentro entre “Mate Cosido” y Juan Bautista Bairoletto, los bandidos rurales:

Y sé que en esa ocasión

Bairoletto el perseguido

Se juntó a Mate Cosido

Y que en unión fraternal

Se hicieron La Forestal…

En esos años Cacho va forjando su extraordinario libro de cuentos En la noche, sin duda una pieza maestra de la literatura exiliar argentina en su totalidad.

Me quiero detener especialmente en el cuento “Guardado”. En clave brechtiana, el personaje central es él mismo, un escritor que recupera unos apuntes que había olvidado en Buenos Aires, previos al destierro, donde había comenzado a bocetear una novela, la historia de un militante revolucionario que para no ser cazado por los grupos de tareas atiende una papelería en San Telmo. Ahí suceden todo tipo de situaciones tanto íntimas como familiares que se entretejen unas con otras y el escritor nos la presenta como un rompecabezas: una historia de amor en la clandestinidad, cuadros políticos de una orga que van y vienen, vecinos que interactúan e incomodan al protagonista, pibes que logran enternecer el relato en medio de situaciones límites, una señora chismosa, un atleta, hijos lejanos, compañeros caídos, allanamientos y asesinatos. Todo esto sucede bajo la mirada y la reflexión del escritor que con sus apuntes en mano, involucra  al lector, corrigiendo, poniendo en duda su propia memoria, y sobre todo dejando silencios y dolores profundamente compartidos a partir del terror y el accionar genocida que se perpetuó en nuestro país a partir del golpe.

 

Se me va Buenos Aires

Finalmente está el Cacho poeta (aunque todo su trabajo ronde en la poesía), el que prosigue con sus “Cuestiones con la vida” ese libro que como dije antes va sumando poemas en el transcurso de sus múltiples ediciones.

Una de sus obsesiones es recordar las calles de Buenos Aires. No estamos hablando de una ficción, es un hombre desterrado que siente un miedo real de perder en su memoria el nombre de las calles de su ciudad. Asi lo cuentan sus allegados y uno de sus poemas lo expresa claramente:

Se me va Buenos Aires,

se me muere

en la humareda sonsa del exilio.

Ayer no recordé una calle en Villa Urquiza.

Mañana a lo mejor todo Palermo

será un hueco de olvido.

Cuando llegue al final, mi Buenos Aires,

¿qué guardaré de vos? ¿un paraíso?

¿una baldosa de la calle Nazca?

¿un tango de Pugliese?

¿un olor de almacén por Colegiales?

¿un amigo?

Y sigue pegando piñas con otros poemas como este:

Adversativa: El tipo / convidaba Imparciales, / solía escuchar a Troilo con unción, / y cantaba La loca de amor / bajo la ducha. / No obstante / era un hijo de puta. // Moraleja: / ser porteño cien por cien / no es ninguna garantía; / hay quien cuelga la foto de Gardel / en el Ford Falcon.

Nuestro querido escritor decía que las paredes de Buenos Aires le hablaban, y de fondo seguramente sonaban siempre unos buenos tangos, entre ellos menciona a “La cachila” por la orquesta de Pugliese.

Ahora solo resta hacerle honor a este autor, a este compañero, y salir a recuperar a los personajes de sus cuentos que seguro quedaron muy solos desde aquel 7 de junio de 1987 en que Humberto dejó la vida junto a todas sus cuestiones. Logró volver al país tras el retorno de la democracia, y las paredes de Buenos Aires quizás no solo le hablaron sino también le escucharon decir algo así como:

Yo soy un pecador,

Pero pagué,

Tuve condena y la cumplí carajo.

Por eso mundo, cosa, gente,

Vida en serio,

No se me rajen, tomen

Una copa conmigo,

Digo,

Si no los comprometo.

Tomen algo.